domingo, 11 de febrero de 2018

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)


CAPITULO DOCEAVO´
Conviertese totalmente a Dios
28) Mas después que la profunda consideración sacó del fondo secreto y amontonó en presencia de mi corazón toda mi miseria, se desató en mí una deshecha borrasca, preñada de copiosa lluvia de lágrimas. Y para descargarla toda con sus voces, me levanté de donde estaba Alipio –la soledad parecíame para llorar más a propósito-, y me retiré tan lejos, que ni su presencia me pudiera servir de estorbo. Así estaba yo entonces, y él se dio cuenta; porque pienso que dije no sé qué; en lo cual el acento de la voz parecía cargado de llanto, y así me había levantado. Quedose él, pues, como atónito donde estábamos sentados, y yo fui a arrojarme debajo de una higuera, no sé cómo, y solté las riendas a las lágrimas, y rompieron dos ríos de mis ojos, sacrificio aceptable a Vos. Y muchas cosas os dije, no con estas palabras, pero sí en este sentido: y Vos, Señor ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo, Señor, habéis de estar siempre enojado? (Ps. 6, 4) ¡No os acordéis de nuestras maldades antiguas! (Ps. 78, 5). Porque sentía yo que ellas me retenían. Daba voces lastimeras: “¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo diré: Mañana, y mañana? ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no es en esta hora el fin de mis torpezas?”

29) Esto decía, y lloraba con amarguísima contrición de mi corazón. Y he aquí que oigo de la casa vecina una voz, no sé si de un niño o de una niña, que decía cantando, y repetía muchas veces: “¡Toma, lee; toma, lee!” Y al punto, inmutado el semblante, me puse con toda atención a pensar, si acaso habría alguna manera de juego, en que los niños usasen canturrear algo parecido; y no recordaba haberlo jamás oído en parte alguna. Y reprimido el ímpetu de las lágrimas, me levanté, interpretando que no otra cosa se me mandaba de parte de Dios, sino que abriese el libro y leyese el primer capítulo que encontrase. Porque había oído decir de Antonio, que por la lección evangélica, a la cual llegó casualmente, había sido amonestado, como si se dijese para él lo que se leía: Ve, y vende todas las cosas que tienes, dalo a los pobres, y tendrás u tesoro en los Cielos; y ven y sígueme (Mt. 19,31); y con este oráculo, luego se convirtió a Vos. Así que volví a toda prisa al lugar donde estaba sentado Alipio, pues allí había puesto el códice del Apóstol al levantarme de allí; lo arrebaté, lo abrí y leí en silencio el primer capítulo que se me vino a los ojos: No en comilonas ni embriagueces; no en fornicaciones y deshonestidades; no en rivalidad y envidia; sino vestíos de nuestro Señor Jesucristo, y no hagáis caso de la carne para satisfacer sus concupiscencias (Rom. 13, 13, 14). No quise leer más ni fue menester; pues apenas leída esta sentencia, como si una luz de seguridad se hubiera difundido en mi corazón, todas las tinieblas de la duda se desvanecieron.

30) Entonces, poniendo el dedo, o no sé qué otra señal, en el códice, lo cerré, y ya con el rostro sereno, se lo conté a Alipio; y él me indicó lo que pasaba por él, y yo no sabía. Me pidió ver lo que yo había leído; se lo mostré, y se fijó también más allá de lo que yo había leído, e ignoraba lo que seguía. Seguía, pues: Recibid al débil en la fe; lo cual él tomó para sí, y me lo indicó. Y con esta amonestación se confirmó, y sin turbación ni tardanza, se asoció a mi buena resolución y propósito, tan perfectamente conforme con sus costumbres, en que desde mucha antes tanta ventaja me hacía.
De aquí pasamos a ver a mi madre, y se lo indicamos; se regocija. Le contamos cómo había sucedido, y salta de júbilo y triunfa, y os daba gracias a Vos, que sois poderoso para darnos más de lo que pedimos o entendemos (Efes. 3, 20); pues veía que le habíais concedido en mí tanto más de lo que ella os solía suplicar con lastimeros y llorosos gemidos. Porque de tal modo me convertisteis a Vos, que ya no buscaba esposa, ni esperanza alguna de este siglo, puesto en pie sobre aquella regla de fe, en la que tantos años antes me habíais mostrado a mi madre. Y trocasteis su llanto en gozo (Ps. 29, 12), mucho más copioso de lo que ella había apetecido, y muchas más caro y casto que el que esperaba de los nietos de mi carne.
PORLA


lunes, 15 de enero de 2018

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)

CAPITULO ONCEAVO´
Última lucha entre el espíritu y la carne
25) Así andaba yo, enfermo y atormentado, acusándome a mí mismo mucho más acerbamente de lo que yo solía, volviéndome y revolviéndome en mi prisión, hasta que del todo se rompiese lo poco que me retenía, pero que aún me retenía. Y Vos, Señor, me apremiabais en lo interior de mi alma, y con severa mi misericordia redoblabais los azotes del temor y de la vergüenza, no fuera que cejase otra vez, y aquello poco y débil que quedaba, no acabase de romperse, y de nuevo se rehiciese,  me sujetase más fuertemente. Decíame yo dentro de mí: “¡Ea, ahora mismo ha de ser!” Y casi pasaba de la palabra a la obra; casi lo hacía, pero no lo hacía. No recaía en las casas de antes, pero estaba cerca de ellas y respiraba. Nuevamente lo intentaba, y por poco no llegaba, por poco, ya casi tocaba el término, para quedarme en él; pero el hecho es que no llegaba, ni tocaba al término, ni me quedaba en él; vacilando en morir a la muerte y vivir a la vida. Y podía más conmigo lo malo inveterado, que lo bueno desacostumbrado. Y aquel preciso momento en que yo había de ser otro, cuanto más se acercaba, tanto mayor horror me infundía. No me hacía tornar atrás, ni mudar de propósito, pero me dejaba suspeso.

26) Reteníanme frivolisimas frivolidades y vanísimas vanidades, antiguas amigas mías, y me tiraban de mi vestido de carne, y me decían por lo bajo: “¿Nos deja? ¿Y desde este momento jamás estaremos contigo? ¿Y desde este momento jamás te será lícito estoy y aquello?”
¡Y qué cosas, Dios mío, me sugerían, en lo que llamo “esto y aquello”! ¡Qué cosas me sugerían, Dios mío! ¡Apárteles vuestra misericordia del alma de vuestro siervo! ¡Qué suciedades me sugerían! ¡Qué torpezas! Pero ya las oía la menor parte de mí; y no se me ponían descaradamente delante para cerrarme el paso, sino como musitando a la espalda, y como a hurtadillas pellizcándome al alejarme para que volviese los ojos a mirarlas. Pero me retardaban, vacilante para arrancarme y sacudirme de ellas, y pasar de un salto a donde me llamabais; en tanto que la costumbre violenta me decía: “¿Piensas tú que podrás vivir sin estas cosas?

27) Pero ya lo decía con gran tibieza. Porque de aquella parte hacia donde yo tenía vuelto el rostro, y a donde temblaba de pasar, se me descubría la casta dignidad de la continencia, serena y alegre sin liviandad, halagándome honestamente para que me acercase a ella y no dudase, y extendiendo hacia mí, para recibirme y abrazarme, las piadosas manos, llenas de multitud de buenos ejemplos: allí tanto niños y niñas, allí mucha juventud, y todas las edades, viudas venerables y vírgenes ancianas. Y en todos ellos la misma continencia no estéril, sino madre fecunda de hijos de los gozos de su Esposo, que sois Vos, Señor. Y ella se burlaba de mí, y con donaire me alentaba, como diciendo: “¿No podrás tú lo que éstos y éstas? ¿Acaso éstos y éstas lo pueden por sí mismos, y no en el Señor su Dios? El Señor su Dios me dio a ellos: ¿Por qué estribas en ti, que no puedes tenerte en pie? Arrójate en Él; no temas, y no se apartará para que caigas; arrójate seguro que Él te recibirá y te sanará”. Y tenía grandísima vergüenza de mí, porque todavía oí murmullo de aquellas frivolidades, y seguía indeciso y suspenso. Mas ella como que volvía a decirme: “Hazte sordo para con tus miembros inmundos sobre la tierra, para mortificarlos (Colos. 5, 5). Propónente deleites, mas no conforme a la Ley del Señor tu Dios (Ps. 118, 85). Esta disputa pasaba en mi corazón altercando yo solo contra mí mismo.
Mas Alipio, pegado a mi lado, aguardaba en silencio en qué había de parar aquella agitación mía desacostumbrada.

PORLA

miércoles, 13 de diciembre de 2017

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)

CAPITULO NOVENO
Que la voluntad quiere y no quiere
21) ¿De dónde nace esta monstruosidad? ¿Y por qué esto? Alúmbreme vuestra misericordia y preguntaré –si es que pueden responderme los arcanos de las penas humanas, y las tenebrosísimas tribulaciones de los hijos de Adán-: ¿de dónde esta monstruosidad? ¿Y por qué esto? Manda el alma al cuerpo, y al punto es obedecida; manda el alma a sí misma, y halla resistencia.
Anda el alma que se mueva la mano, y hacese con tanta facilidad, que apenas se distingue la ejecución del mandato; y eso que el alma es alma, y la mano cuerpo. Manda el alma que quiera el alma, y no siendo sin ella misma, con todo, no se obedece. ¿De dónde esta monstruosidad? ¿Y por qué esto?
Manda, digo, que quiera. Y no le mandaría si ya no quisiese: ¡y no se hace lo que manda!
Mas no quiere del todo, y por eso no manda del todo. Porque en tanto manda en cuanto quiere; y en tanto no se hace lo que manda en cuanto no quiere.
Porque la voluntad manda que haya voluntad; y no otra, sino ella misma. No lo manda, pues, toda ella completa; y por eso no se hace lo que manda. Porque si ella fue completa no mandaría querer, pues ya quería.
No es, por tanto, monstruosidad querer en parte y en parte no querer, sino enfermedad del alma, que elevada por la verdad, no se levanta toda ella, sobrecargada por el peso de la costumbre. Y por eso hay dos voluntades, porque una de ellas no es completa; y lo que falta a la una tiene la otra.

CAPITULO DECIMO
Refutase la explicación maniquea delas dos naturalezas, una buena y otra mala
22) Perezcan a vuestra presencia, oh Dios (Ps. 67, 3) como perecen, los vanos habladores y engañadores de almas (Tit. 1, 10), que advirtiendo en si al deliberar dos voluntades, afirman que hay dos almas de dos naturalezas distintas: una buena y otra mala. Ellos son verdaderamente malos, pues abrigan tan malos sentimientos; y ellos mismos serán buenos, si sintieren la verdad y consintieren con ella; de suerte que pueda decirles nuestro Apóstol (Efer. 5, 8): Fuisteis algún tiempo tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor. Porque ellos, queriendo ser luz, no en el Señor, sino en sí mismos, y pensando que la naturaleza del alma es lo mismo que Dios, se convirtieron así en más espesas tinieblas, por haberse con espantosa arrogancia apartado más lejos de Vos, luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn. 1, 9). ¡Mirad lo que decís y cubríos de vergüenza! Y acercaos a Él, y seréis iluminados y no se ruborizaran vuestros rostros (Ps. 33, 6).
Cuando yo deliberaba sobre servir al Señor Dios mío, como mucho tiempo antes lo había trazado, yo era el que quería, yo era el que no quería: era. Ni del todo quería, ni del todo no quería y por eso luchaba conmigo y me desgarraba a mí mismo. Y este desgarramiento acontecía contra mi voluntad; mas no indicaba otra alma de naturaleza contraria, sino castigo de la mía. Y por eso ya no era yo el que la obraba, sino el pecado que habitaba en mí (Rom. 7, 17) en castigo de otro pecado más libre por ser yo hijo de Adan.

23) Porque si hay en nosotros tantas naturalezas contrarias cuantas son las voluntades que se contradicen, habría que admitir, no dos, sino muchas más. Si alguno delibera entre ir al conventículo delos maniqueos o al teatro, ellos claman: “Veis ahí las dos naturalezas: una buena conduce a nuestras reuniones; otra mala lleva al teatro. Porque ¿de qué otra parte puede venir la vacilación de voluntades contrarias?”
Mas yo digo que ambas son malas: la que conduce a ellos, y la que lleva al teatro. Pero ellos no creen que sea sino buena la que conduce a ellos. Pues ¿qué? Si alguno de nosotros delibera y fluctúa entre dos voluntades que luchan entre sí, sobre si ha de ir al teatro o a nuestra Iglesia, ¿no fluctuarán también los maniqueos sobre lo que han de responder? Porque, o han de confesar lo que no quieren, que es buena la voluntad de ir a nuestra Iglesia, como van a ella los que han recibido sus sacramentos y permanecen fieles, o han de opinar que en un solo hombre luchan dos naturalezas malas y dos almas malas –y no será verdad lo que suelen decir, que hay una buena y otra mala-, o se convertirían a la verdad, y no negarán, que cuando uno delibera, una sola alma es agitada por voluntades diversas.

24) No digan ya, pues, cuando advierten en un solo hombre dos voluntades entre sí contrarias, que son dos almas contrarias, de dos sustancias contrarias y de dos principios contrarios que se combaten, una buena y otra mala. Porque Vos, Dios veraz, los reprobáis, los reargüís y los convencéis con los hechos; como en los casos de ambas voluntades malas; verbigracia, cuando uno delibera si matar a otro con veneno o con hierro; si invadir esta finca ajena o la otra, por no poder invadir entrambas; si malgastar el dinero en torpe deleite o guardarlo avariciosamente; si ir al circo o al teatro, cuándo ambos festejos se celebran a un tiempo; y añado a este caso un tercer término, o ir a robar a una casa ajea, brindándose ocasión; y añado todavía un cuarto término, o ir a cometer adulterio, ofreciéndose a la ve oportunidad para ello: suponiendo que estos cuatro cosas concurran a un mismo tiempo, y que todas sean igualmente deseadas, y no puedan ser a la vez ejecutadas. Porque estas cuatro voluntades –y otras muchas, pues son tantas las cosas que se apetecen- luchando entre sí, despedazan el alma; y, sin embargo, no suelen ellos afirmar tanta multitud de naturalezas diversas. Lo mismo acaece en las voluntades buenas. Porque les pregunto, si es bueno deleitarse leyendo al Apóstol; y si es bueno explicar el Evangelio. A cada pregunta responderán: Es bueno. ¿Pues qué? Si todas ellas agradan igualmente y juntas al mismo tiempo, ¿no es cierto que las diversas voluntades distienden el corazón del hombre, mientras delibera a cuál ha de dar la preferencia? Y todas estas voluntades son buenas, y luchan entre sí, hasta que se elige una cosa, que lleve tras sí la voluntad entera, que estaba repartida entre muchas.
De esta misma manera, cuando la eternidad deleita a la parte superior, y el placer del bien temporal retiene a la inferior, una misma es el alma que, no con toda su voluntad, quiere lo uno y lo otro; y por eso se desgarra con grave dolor, mientras prefiere lo celestial por su verdad y no deja terreno por la costumbre.

PORLA

domingo, 12 de noviembre de 2017

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)

CAPITULO SEPTIMO
Crece la lucha interior
16) Esto contaba Ponciano, y mientras él hablaba, Vos, Señor, me trastocabais; y porque yo me había echado a mí mismo tras mis espaldas, Vos, me poníais delante de mí mismo, para que viese qué feo era,  que contrahecho, que sucio y lleno de manchas y llamas. Me veía y me horrorizaba, y no tenía a dónde huir de mí. Y si procuraba desviar los ojos de mí, Vos, con lo que Ponciano iba contando, volvíais a ponerme delante de mí, y a empujarme sobre mis ojos, para que descubriese mi maldad y la aborreciese. Ya antes la había yo conocido; mas disimulaba, me dominaba y olvidaba.

17) Pero entonces cuanto más ardientemente amaba yo a aquellos de quienes oía contar tan saludables afectos, porque se habían entregado del todo a Vos para que lo sanaseis, tanto más al compararme con ellos me aborrecía y execraba. Porque muchos años míos se habían pasado sobre mí –cerca de doce– desde que, el año diecinueve de mi edad leyendo el “Hortensio” de Cicerón, desperté al amor de la sabiduría; e iba dilatando el consagrarme a su investigación, despreciada la felicidad terrena; siendo así que no ya el hallarla, sino sólo el buscarla se debía preferir a los tesoros hallados, y a los reinos del mundo, y a todos los deleites del cuerpo, aunque uno los disfrutase a medida de su deseo. Mas yo, adolescente desgraciado, sumamente desgraciado, había llegado en los mismos albores de la adolescencia, a pediros la castidad diciendo: “Dadme castidad y continencia, pero no ahora”. Porque me temía que me escuchaseis en seguida, y me sanaseis luego de la enfermedad dela concupiscencia, la cual más quería satisfacer que extinguir. Y comencé a caminar por las sendas tortuosas dela sacrílega superstición (maniquea); no porque yo la tuviese por cierta, sino porque la anteponía a las demás religiones, que yo no buscaba piadosamente, sino que hostilmente combatía.

18) Pensaba que la causa de diferir de día en día el entregarme a solo Vos, despreciando las esperanzas del siglo, era porque no se me descubría ninguna cosa cierta a donde encaminar mis pasos. Pero llegó el día en que me vi al desnudo, y mi conciencia me increpó: “¿Dónde está mi palabra? Es así, que decías que por una verdad incierta no querías arrojar de ti la carga de la vanidad. He aquí que ya es cierta verdad, y aun te oprime la vanidad, mientras en hombros más libres reciben alas los que no se consumieron tanto en investigar, ni por diez y más años meditaron este asunto”. Con esto me carcomía interiormente, y fuertemente me confundía con horrible vergüenza, cuando Ponticiano nos contaba aquellas cosas; el cual, acababa la conversación y el negocio a que había venido, se fue; y yo quedé a solas conmigo. ¡Qué cosas no dije contra mí!
¡Con qué azotes de razones no flagelé mi alma, para que me siguiese en mis esfuerzos por ir a Vos! Pero ella se resistía; rehusaba, aunque no se excusaba; todos los argumentos estaban ya agotados y rebatidos; quedaba muda y temblaba; temía a par de muerte que le cortasen la corriente de la costumbre, con que se iba mortalmente consumiendo.

CAPITULO OCTAVO
Entra en el huerto con Alipio
19) Entonces en aquella gran lucha de mi casa interior, que yo mismo había fuertemente excitado con mi alma en lo secreto de mi corazón, turbado no menos el semblante que el espíritu acometí a Alipio, y a voces le dije: “¿Qué es esto que nos pasa? ¿Qué es esto que has oído? ¡Levantanse los indoctos y arrebatan el Cielo, y nosotros con nuestra ciencia, faltos de corazón he aquí que nos revolcamos en la carne y la sangre! ¿Acaso, porque aquéllos se nos han adelantado, tenemos vergüenza de seguirlos, y no tendremos vergüenza de ni siquiera seguirlos?”. No sé qué palabras como de Alipio, que atónito callaba y me miraba; porque no hablaba yo como solía; y mucho más declaraban mi ánimo la frente las mejillas, los ojos, el color, el acento de la voz, que las palabras que profería.
Tenía la casa en que nos hospedábamos un huertecillo, del cual usábamos como de toda la casa, porque el huésped, dueño de ella, no la habitaba. A este huerto me llevó el alboroto de mi corazón, donde nadie me estorbase el acalorado combate que había yo emprendido conmigo mismo, hasta que terminase por donde Vos sabíais, y yo no; enloquecía no más, para recobrar el juicio; moría para vivir; sabedor del mal que yo era, pero ignorante del bien que de allí a poco iba a ser. Retiréme, pues, al huerto, y Alipio, pasa ante paso, se vino tras mí; porque donde él se hallase, no dejaba yo de estar en secreto y hallándome tan impresionado, ¿cómo me iba a dejar solo? Sentámonos lo más lejos de la casa que pudimos Yo daba bramidos con el espíritu, enojándome con violentísima indignación, porque no iba a hacer las paces con Vos, y a daros gusto, Dios mío, como todos mis huesos clamaban que debía hace, ensalzando esta acción hasta las nubes. Especialmente que no había de ir allá en barco, ni en coche de cuatro caballos, ni a pie, ni siquiera tantos pasos habíamos andado desde la casa hasta el lugar donde estábamos sentados. Porque no ya el ir, pero aun el llegar a Dios, ninguna otra cosa era sino querer ir; pero querer, fuerte e íntegramente, no traer y llevar de acá para allá, la voluntad enfermiza que lucha cuando una parte del alma se eleva y otra se derrumba.

20) Finalmente, durante la misma agitación de la indecisión, ¡tantas cosas hacía con el cuerpo, que algunas veces quieren hacer los hombres y no pueden, o por carecer de algunos miembros, o por tenerlos atados, o debilitados por la enfermedad, o de cualquier otro modo impedidos!
Si mesaba el cabello, si golpeaba la frente, si con las manos cruzadas me cogía la rodilla, hacíalo porque quería. Puede quererlo y no hacerlo, si no hubiese obedecido la movilidad de los miembros. ¡Tantas cosas, pues, hice, en las cuales no era lo mismo querer que poder; y no hacía, sin embargo, lo que con un afecto incomparable me agradaba más, y lo que, apenas hubiera querido, hubiera podido! Porque al punto de quererlo, ciertamente lo hubiera querido; y en esta materia poder es querer; y ese mismo querer es hacer. Y sin embargo no acababa de hacerlo; y más fácilmente obedecía el cuerpo a una debilísima intimación del alma, y movía a su mandar los miembros que no el alma a sí misma para cumplir lo que mucho quería, con solo quererlo se cumplía.

PORLA

martes, 17 de octubre de 2017

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)

CAPITULO SEXTO
El ejemplo del grande Antonio
13) Paso a contar cómo me librasteis de aquella cadena del deseo del acto carnal, que me tenía estrechísimamente aprisionado, y de la servidumbre de los negocios seglares, y alabaré vuestro nombre, Señor, ayudador mío y redentor mío (Ps. 53, 8).
Seguía yo mis ocupaciones acostumbradas, con creciente ansiedad y cada día suspiraba delante de Vos; frecuentaba vuestra Iglesia, cuanto me dejaban libre aquellos negocios que me hacían gemir bajo su peso. Estaba conmigo Alipio, desocupado del trabajo de la jurisprudencia después de su tercera asesoría, aguardando a quién vender nuevamente sus consejos, como yo vendía el arte de la elocuencia, si es que alguna se puede comunicar con la enseñanza. Nebridio, accediendo a nuestra amistad, era auxiliar en la cátedra de nuestro entrañable y común amigo Veremundo, vecino y gramático de Milán, que ardientemente deseaba, y a título de amistad nos pedía un fiel auxiliar de entre nosotros, de que estaba muy necesitado. De manera que no le movió a Nebridio el deseo de lucro, pues si quisiera, mayores ganancias pudiera sacar de sus letras; sino en ley de amistad, no quiso aquel amigo tan cariñoso y condescendiente desatender nuestro ruego. Y desempeñaba aquel cargo con extremada prudencia, huyendo de ser conocido de los grandes personajes según el mundo, por no perder el trato de ellos la quietud del alma, la cual quería tener libre y desocupada el mayor tiempo posible para investigar, leer u oír algo sobre la sabiduría.

14) Cierto día –no recuerdo el motivo por qué estaba ausente Nebridio- se presentó en nuestra casa a visitar a Alipio y a mí, Ponticiano, compatriota nuestro en calidad de africano, que desempeñaba un elevado cargo en palacio; no sé qué pretendía de nosotros. Sentámonos para hablar. Casualmente, sobre una mesa de juego que estaba delante, reparó en un códice, lo tomó, lo abrió, y vio que era del Apóstol Pablo; con harta sorpresa, por cierto, pues pensaba que sería alguno de los libros de la profesión que me iba consumiendo. Entonces él, sonriéndome y mirándome, me felicitó extrañándose de haber hallado de súbito, delante de mis ojos precisamente, aquel escrito y no otro: pues él era cristiano y fiel, y a menudo se postraba en la iglesia delante de Vos, Dios nuestro, con frecuentes y largas oraciones. Como yo le indicara que a aquellos escritos consagraba preferentemente, mi atención, se trabó la conversación, contándonos él de Antonio, monje de Egipto, cuyo nombre era tan esclarecido entre vuestros siervos, pero nosotros hasta aquella hora lo desconocíamos. Viendo de que nada sabíamos detúvose más en la narración dándonos a conocer a aquel varón tan insigne, y admirándose de nuestra ignorancia. Estábamos estupefactos, al oír tales maravillas, perfectísimamente atestiguadas, tan recientemente obradas por Vos casi en nuestros días en la verdadera fe y en la Iglesia Católica. Todos estábamos admirados: nosotros de tan grandes sucesos; y él, de que no hubieran llegado a nuestros oídos.

15) De aquí pasó a hablarnos de las muchedumbres que pueblan los monasterios, y del divino perfume de sus virtudes, y de la fertilidad de los desiertos del yermo; de todo lo cual nada sabíamos: más aún: en el mismo Milán había un monasterio, extramuros de la ciudad, poblado de buenos hermanos, bajo el gobierno de Ambrosio: y nosotros no lo sabíamos. Alargabase en hablarnos, y le oíamos atentamente en silencio. De una cosa en otra, vino a decir que en Treveris, no sé cuándo, mientras el emperador se entretenía una tarde en los juegos circenses, salió él con otros tres compañeros a pasear por los jardines contiguos a la muralla; y allí, como se iban espaciando en pareja formadas al azar, él con otro aparte por un lado, y los otros dos aparte por otro, vinieron a separarse. Los otros dos, paseando sin rumbo fijo, fueron a dar en una cabaña, donde moraban algunos siervos vuestros, pobres de espíritu, de los cuales es el reino de los Cielos (Ut. 5, 3), y allí encontraron un códice en que estaba escrita la Vida de Antonio. Uno de ellos comenzó a leerla, y a admirarse y enardecerse, y a pensar mientras leía en abrazar aquel género de vida, y dejada la milicia seglar, entrar a serviros; eran ambos de los que llaman “Agentes de negocios públicos”. Estando en esto, súbitamente, lleno de amor santo y virtuosa vergüenza, enojado consigo mismo, volvió los ojos a su compañero y le dijo: “Ruégote que me digas ¿adónde ambicionamos llegar con todos estos nuestros trabajos? ¿Puede nuestra esperanza llegar a más, en palacio, que a ser amigos del emperador? Pues en esta privanza, ¿qué hay que no sea frágil y lleno de peligros? Y ¡por cuántos peligros se llega a este peligro mayor! Y esto ¿cuándo llegará? Pero amigo de Dios, si quiero, ahora mismo puedo serlo. Dijo esto, y turbado con el parto de la nueva vida, volvió los ojos al libro; y leía, y se iba mudando interiormente en lo que Vos veíais y su alma se iba desnudando del mundo, como luego se vio. Porque mientras leía y revolvía las olas de su corazón, dio por fin un gemido y conoció y resolvió lo mejor; y, ya vuestro, dijo a su amigo: “Yo he roto ya con toda aquella nuestra esperanza; y estoy resuelto a servir a Dios; y esto lo comienzo desde ahora y en este lugar. Tú si no quieres imitarme, no quieras estorbarme”. Respondió el otro que quería juntarse con él como compañero en tan alta milicia y en tan gran recompensa. Y ambos ya vuestros, comenzaron a edificar la torre evangélica, con las suficientes expensas de dejarlo todo y seguros a Vos (Lc. 14, 28-30).
A esta razón, Ponticiano y su compañero, que habían paseado por otra parte de los jardines, yendo a buscarlos, dieron con la misma cabaña, y hallándolos, les avisaron que se volviesen, pues ya era caída la tarde. Mas ellos, haciéndoles saber su determinación y propósito, y de qué modo había nacido en ellos y confirmándose aquel deseo, les rogaron que si no les querían acompañar, no les molestasen. No mudaron de vida Ponticiano y su compañero, aunque lamentaron su propia suerte, y les dieron piadosamente el parabién, y se encomendaron en sus oraciones; y bajando el corazón a la tierra, se volvieron a palacio, mas aquellos, fijando el corazón en el cielo, se quedaron en la cabaña. Tenían ambos sus novias; las cuales, cuando esto oyeron, os consagraron ellas también su virginidad.

PORLA

sábado, 23 de septiembre de 2017

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)

CAPITULO CUARTO
Ventajas de la conversión de personas insignes
9) ¡Ea, Señor, hacedlo Vos; despertadnos, reducidnos, encendednos y arrebatadnos; derramad fragancia, y endulzaos; amemos, corramos! ¿No es cierto que muchos vuelven a Vos de un abismo de ceguedad más profundo que Victorino, y se os allegan, y son iluminados (Ps. 33, 6), recibiendo vuestra luz, que cuantos la reciben, juntamente reciben de Vos la potestad de hacerse hijos vuestros? (Jn. 1, 12) Pero si son menos conocidos del mundo, menos alegría reciben aun los mismos que los conocen; porque cuando el gozo es de muchos, es mayor el de cada uno, pues unos a otros se enfervorizan y encienden. A más de esto, los que son conocidos de muchos son a muchos ejemplo de salvación, y abren camino a muchos que los han de seguir. Por eso también alégrense mucho los que les precedieron, pues no se alegran por ellos solos. Mas no permitáis que las personas de los ricos sean en vuestra casa preferidas a los pobres, ni los nobles a los plebeyos; cuando Vos más bien escogisteis lo flaco del mundo para confundir su fortaleza; y lo vil y despreciado y lo que no tiene ser como si no tuviera, para destruir a lo que lo tiene (1 Cor. 1, 27-28). Y con todo esto, aquel mismo, el menor de vuestros Apóstoles (1 Cor. 15, 9), por cuya boca promulgasteis estas palabras, cuando el procónsul Paulo, domeñada por la estrategia de Saulo su sobrino, recibió el suave yuyo de vuestro Cristo, quedando tributario del gran Rey, quiso el mismo Apóstol, como trofeo de tan señalada victoria, trocar su antiguo nombre de Saulo en el de Paulo. Porque más vencido queda el demonio en aquel a quien tiene más rendido, y por cuyo medio sujeta a otros muchos. Y más rendido tiene a los soberbios por razón de su autoridad. Por eso, cuanto era más grato pensar que el pecho de Victorino había sido un baluarte inexpugnable donde se había encastillado el demonio, y la lengua de Victorino un dardo grande y penetrante con que a muchos había dado muerte; tanto más abundante debía ser el gozo de vuestros hijos porque nuestro Rey había encadenado al fuerte, y veían que sus armas, de que le había despojado (Mt. 12, 20), eran purificadas y adaptadas a honra vuestra, haciendo que sirviesen al Señor para buena obra (2 Tim. 2, 21).

CAPITULO QUINTO
Tiranía de la mala costumbre
10) Luego que vuestro siervo Simpliciano me contó lo que de Victoriano he referido me encendí en deseo de imitarle; y aun para eso me lo había él contado. Y cuando después añadió que en tiempo del emperador Juliano se había dado una ley que prohibía a los cristianos enseñar literatura y oratoria, y que él, acatado la ley, prefirió dejar la escuela de palabras antes que a vuestra Palabra con que hacéis elocuentes las lenguas de los infantes (Sap. 10, 21) no me pareció más fuerte que afortunado, pues halló la ocasión de consagrarse a Vos, cosa que yo suspiraba, atado, no con hierro ajero, sino con mi férrea voluntad; por la voluntad me tenía cogido el enemigo, y de ella me había hecho una cadena, y me había aprisionado. Porque de la voluntad perversa nació la lujuria; y rindiéndome a la lujuria, se formó la costumbre; y no resistiendo a la costumbre, se creó la necesidad. Y con estas como eslabones trabados entre sí –que por eso los llamo cadenas- me tenía aherrojado la dura esclavitud. Y aquella nueva voluntad que yo empezaba a tener, de serviros por amor, y de querer gozaros, ¡oh Dios, único gozo seguro!, aun no tenía fuerzas para vencer a la primera, robustecida con la antigüedad. De este modo mis dos voluntades, una vieja y otra nueva, aquélla carnal y ésta espiritual, luchaban entre sí, y con su desavenencia desgarraban mi alma.

11) Así vine a entender por personal experiencia lo que había leído: cómo la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu codicia contra la carne (Gal. 5, 12). Cierto que en la una y en la otra estaba “yo”; pero más “yo” en aquello que en mi aprobaba; pues en esto más bien ya no era “yo”, porque en gran parte, más era padecerlo a pesar mío que hacerlo de grado. Con todo, de mí mismo se había hecho aquella costumbre más batalladora contra mí; porque a fuerza de querer, había llegado a donde no querría. Y ¿quién podría con razón protestar de que la pena justa cayese sobre el culpado?
Y no me quedaba aquella excusa con que solía parecerme que la causa de no despreciar al mundo y serviros a Vos era porque aún no veía con certeza la verdad.
Porque ya, sí, la veía con certeza. Mas migado todavía a la tierra, rehusaba yo seguir vuestra bandera, y temía tanto desenredarme de todos los estorbos cuanto debiera temer estar enredado en ellos.

12) Así me sentía dulcemente oprimido por la carga del siglo como por el sueño; y los pensamientos con que meditaba ir a Vos eran semejantes a los esfuerzos de los que quieren despertar; pero vencidos del profundo sopor, tornan a sumergirse en él. Y así como no hay nadie que quiera estar siempre durmiendo, y al sano juicio de todos es preferible estar despierto, y, no obstante, difiere frecuentemente el hombre sacudir el sueño, cuando un pesado sopor encadena sus miembros, y aunque no quisiera y sea hora de levantarse, se vuelve a dormir con más gusto: así yo tenía por cierto que era mejor entregarme a vuestro amor que condescender con el apetito; pero aquello me parecía bien y me convencía, mas esto me deleitaba y encadenaba. Por lo cual no tenía qué responderos cuando me decíais: ¡Levántate tú que duermes, y álzate de entre los muertos, y te iluminará Cristo! (Efer. 5, 14). Me hacíais ver por todos lados que era verdad lo que me decíais, y convencido de la verdad, no tenía absolutamente nada que responde, sino palabras perezosas y soñolientas: “Ahora, ahora” no llegaba nunca; y aquel “déjame un poco” iba para largo. En vano me deleitaba en vuestra Ley según el hombre interior; porque otra Ley luchaba en mis miembros contrala Ley de mi espíritu y me llevaba cautivo bajo la Ley del pecado que estaba en mis miembros (Rom. 7, 22). Porque Ley del pecado es la violencia de la costumbre, que arrastra y retiene el ánimo contra su voluntad. ¡Desventurado de mí!, ¿quién me iba a librar de este cuerpo de muerte, sino vuestra gracia, por Jesucristo, Señor nuestro? (Rom. 7, 24). 

PORLA

sábado, 19 de agosto de 2017

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)

CAPITULO TERCERO
Que el gozo es mayor después de mayor trabajo
6) ¡Buen Dios!, ¿qué pasa en el hombre, que se alegra de la salud de un alma desahuciada y libertada de mayor peligro, que si siempre hubiera tenido esperanza, o el peligro hubiera sido menor? Porque también Vos, Padre misericordioso, os alegráis más de un solo penitente, que de noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia (Lc. 15, /). Y nosotros lo oímos con gran alegría cuando oímos con cuánto regocijo lleva el Pastor sobre sus hombros la oveja que se había descarriado; y cómo la dracma es repuesta en vuestro tesoro, entre los parabienes de las vecinas a la mujer que la halló (Lc. 15 5-9), y nos arranca lágrimas el júbilo de la fiesta en vuestra casa cuando en ella se lee del hijo menor que había muerto y ha resucitado; había perecido y ha sido hallado (Lc. 15, 24). Es así que Vos os gozáis en nosotros y en vuestros ángeles santos con la santa caridad. Pues Vos sois siempre el mismo; y de la misma manera conocéis siempre todas las cosas que ni son siempre, ni de la misma manera.

7) Pues ¿qué es lo que pasa en el alma, cuando se goza más al hallar o recobrar las cosas que ama, que si siempre las hubiese poseído? Porque lo mismo testifican los demás acaecimientos; y todos ellos están llenos de ejemplos que claman: “Así es”. Celebra el triunfo un general victorioso; mas no venciera si no peleara; y cuanto fue mayor el peligro en la lucha, tanto es mayor el gozo en el triunfo. La tempestad pone en aprieto a los navegantes, que ven al ojo el naufragio, y palidecen todos ante la muerte que les aguarda: serénanse el Cielo y el mar, y se alegran sobre manera porque temieran sobremanera. Enferma un ser querido, y el pulso indica peligro: todos los que desean su salud enferman en el alma con él; comienza a mejorar, y aunque todavía no anda con las fuerzas antiguas, hay ya en casa tal alegría, cual no la hubo antes cuando andaba sano y fuerte. los mismos deleites de la vida humana también los alcanzan los hombres a costa de ciertas molestias, no ya que sobrevienen impensadamente y contra su voluntad, sino intencionadas y voluntarias. No se toma gusta en comer y bebe, si no precede la molestica del hambre y de la sed. Los bebedores comen cosas saladas, que le causen cierto ardor molesto, para sentir el placer de apagarlo con la bebida. Es costumbre que las prometidas por esposas no sean luego entregadas, porque el marido no la tenga en poco al serle entregada, si de novio no suspiró por ella al serle diferida. Estos acaece en la alegría torpe y execrable; esto en la que es lícita y permitida; esto en la misma sincerísima y honesta amistad; había perecido y ha sido hallado (Lc. 15, 32). En todo, el mayor placer va precedido de molestia mayor.
¿Qué es esto, Señor mío, que, siendo Vos para Vos mismo gozo eterno, y gozando siempre de Vos algunos seres cerca de Vos, que es la causa de que esta parte de las criaturas tenga semejantes alternativas de menguas y aumentos, de encuentros y reconciliaciones? ¿Es acaso ésta su manera de ser, y esto lo único que le disteis, cuando desde lo más alto del Cielo hasta lo más bajo de la tierra, desde el principio del tiempo hasta el fin de los siglos, desde el ángel hasta el gusanillo, desde el primer movimiento hasta el postrero, colocasteis todo linaje de bienes y todas vuestras obras cabales cada una en su propio lugar para ejecutarla a su tiempo?
¡Ay de mí! ¡Cuán excelso sois en las alturas, y cuán profundo en los abismos! Nunca os apartáis de nosotros, y con dificultad volvemos a Vos.

PORLA