Recuerdo que con alegría aprendí, de boca de un santo religioso, este proverbio tan sencillo como luminoso: juvenes videntur sancti sed non sunt: senes non videntur sed sunt (los jóvenes parecen santos, pero no lo son, los viejos no lo parecen, pero lo son). Los ardores de la juventud que empieza a seguir de cerca a Jesús son flores, son promesas; pero el trabajo sereno, profundo e intenso de las almas en el servicio de Dios, es fruto maduro y sazonado, es eficacísima realidad.
Querer una santidad sin esfuerzo, buscar una virtud sin pruebas y sin luchas, sin batallas ni derrotas, es un sueño de juventud que no resiste a la experiencia consumada de una verdadera vida espiritual. Hoy, en cambio, virtudes que se afirman en medio de las dificultades; virtudes que con esfuerzo y merced al paso del tiempo, llegan a reinar; virtudes que, después de muchas luchas y victorias, adquieren la prontitud, la facilidad y la constancia propias de las verdaderas virtudes.
Todas estas características, unidas a un gusto espiritual por el ejercicio de actos virtuosos, son las pruebas y el sello que hace reconocer por verdadera una virtud.
Y es precisamente para que tú, hermano mio, alcances esta meta por la que Dios nuestro Señor pone a prueba tu oración, con esas arideces; tu apostolado, con esa aparente esterilidad; tu humildad, con las humillaciones; tu paciencia, con las tribulaciones; tu caridad, con los defectos y las miserias de los demás y, también, con la contradicción de los buenos.
PORLA