jueves, 26 de diciembre de 2013

Navidad

Ya estamos en Navidad. Para los cristianos, esta fiesta es la conmemoración del nacimiento del Hijo de Dios en carne humana en Belén. Llegada la plenitud de los tiempos, el que es la Palabra puso su tabernáculo entre nosotros, asumiendo la naturaleza humana en todo menos en el pecado.
Por ello, la Navidad es el comienzo de la revelación de Dios en Jesucristo, que nace pobre y humilde en un pesebre del establo de Belén. Navidad es el acercamiento generoso de Dios a la humanidad.
De este Niño depende toda nuestra existencia: en la tierra y en el Cielo. Y quiere que le tratemos con una amistad y una confianza únicas. Se hace pequeño para que no temamos acercarnos a Él.
El Padre predestinó a los hombres a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea primogénito entre muchos hermanos. Nuestra vida debe ser una continua imitación de Su vida aquí en la tierra. Él es nuestro Modelo en todas las virtudes y tenemos con Él relaciones que no poseemos respecto de los demás personas de la Santísima Trinidad. La gracia conferida al hombre por los sacramentos no es meramente “gracia de Dios”, como aquello que adornó el alma de Adán, sino, en sentido verdadero y propio, “gracia de Cristo”. Fue Cristo un hombre, un hombre individual, con una familia y con una patria, con sus costumbres propias, con sus fatigas y preferencias particulares; un hombre concreto, este Jesús. Pero, al mismo tiempo, dada la transcendencia de su divina Persona, pudo y puede acoger en sí todo lo humano recto, todo cuanto de los hombres es asumible.
No hay en nosotros un solo pensamiento o sentimiento bueno que Él no pueda hacer suyo, no existe ningún pensamiento o sentimiento suyo que no debamos nosotros esforzarnos en asimilar. Jesús amó profundamente todo lo verdaderamente humano: el trabajo, la amistad, la familia; especialmente a los hombres, con sus defectos y miserias. Su Humanidad Santísima es nuestro camino hacia la Trinidad.
Jesús nos enseña con su ejemplo cómo hemos de servir y ayudar a quienes nos rodean: os he dado ejemplo, nos dice, para que ayudéis a vuestros hermanos cercanos con caridad.

PORLA
 

sábado, 14 de diciembre de 2013

Adviento

1. Origen, tiempo y lugar del nacimiento del Mesías
En muchos pasajes del Antiguo Testamento se lee que el Mesías nacería de la tribu de Judá y de la estirpe de David. Jacob, al morir, señaló el tiempo del nacimiento del Mesías con estas palabras: “El cetro, esto es, la potestad soberana y el poder legislativo, no saldrá de Judá, ni el principado de su potestad hasta la venida de AQUEL que debe ser enviado, y ÉSTE será el esperado de las gentes” (Gen. C. 49). Daniel anunció que no pasarían 490 años antes de su venida y de su muerte (Dan. C. 9). Miqueas predijo que nacería en Belén (Miq. C. 5).
Cumplimiento: Si echamos una ojeada a la genealogía del Salvador, tal como se halla en el Evangelio, veremos que Jesucristo era de la tribu de Judá y de la estirpe de David, que nació en Belén cerca de treinta y cinco años antes de cumplirse el tiempo anunciado por Daniel, cuando un príncipe extranjero, Herodes, natural de Idumea, reinaba en la tribu de Judá.

2. Nacimiento, estado y carácter del Mesías
Isaías (cap. 7) anunció que el Mesías debía nacer de una Virgen: Zacarías, que sería pobre, pero que se distinguiría entre los demás hombres, sobre todo por su dulzura (cap. 9).
Cumplimiento: Los que han leído el Evangelio saben que Jesucristo nació por obra del Espíritu Santo, de una Virgen llamada María; que nació en un pesebre; vivió del trabajo de sus manos, y que todas las virtudes, pero especialmente la bondad y la dulzura, constituyeron su carácter.

3. Milagros del Mesías
Isaías dice claramente que el Mesías obraría prodigios jamás vistos, y que, esto no obstante, sus compatriotas, que más que ninguna otra gente debían creerle, le harían grandísima oposición (Isaías, cap. 6, 8, 35).
Cumplimiento: En el curso de esa historia veremos cómo Jesucristo pasó los tres últimos años de su vida ocupado en la obra de la predicación y obrando muchísimos milagros; y que los fariseos, los sacerdotes y los ancianos del pueblo judío le contradijeron siempre y le persiguieron cruelmente.

4. Los judíos perseguirían al Mesías y le darían muerte
Dice Isaías que el Mesías se entregaría espontáneamente en manos de sus perseguidores y que, en medio de los oprobios  y tormentos, callaría cual inocente cordero; que sus llagas y su muerte salvarían al mundo y que sus padecimientos y su muerte le harían padre de una muchedumbre de justos (Isaías, cap. 53).
El profeta David predijo que se levantaría contra el Mesías una furiosa persecución; que le taladrarían las manos y los pies; que sus huesos crujirían por la violencia de los tormentos, que le harían padecer; que sería encarnecido y burlado en medio de sus padecimientos; que se dividirían sus vestiduras y se echarían suertes sobre ellas (Salmo 21).
Cumplimiento: El mismo Jesucristo, antes de su muerte, declaró muchas veces que moriría por su voluntad. Dijo también que daría su vida por la salvación de los hombres. A las calumnias, injurias y ultrajes de sus enemigos contestó con el silencio, con su mansedumbre fundó su Iglesia y fue Jefe de todos los justos, que fueron y son todavía sus principales miembros.
Los príncipes de los sacerdotes se coaligaron contra Jesús para darle muerte. Le colgaron en la cruz traspasando sus manos y pies con agudos clavos, y permanecieron al pie de la cruz para insultarle mientras padecía los más agudos tormentos.
Los soldados que le habían crucificado dividieron entre sí sus vestiduras y echaron suertes sobre ellas.

5. El Mesías resucitaría
Isaías predijo que le sepulcro del Mesías sería glorioso; David dijo que Dios no permitiría que su carne padeciera corrupción (Salmo 15).
Cumplimiento: Los cuatro Evangelios están acordes en afirmar que Jesucristo realmente resucitó tres días después de su muerte, así como Él lo había predicho.
Acerca de este milagro no puede caber duda alguna, como veremos en el curso de la historia.


 

 
A partir de ahora repasaremos la Liturgia para este tiempo.
Segunda semana de Adviento.
 
Los profetas mantenían encendida
la esperanza de Israel.
Nosotros, como un símbolo,
encenderemos estos dos cirios.
 
El tronco cortado está rebrotando,
el desierto está de fiesta, la estepa florece.
La humanidad entera se estremece
porque Dios se ha sembrado
en nuestra carne.
 
Que cada uno de nosotros, Señor,
te abra su vida para que brotes,
para que florezcas, para que nazcas,
y mantengas la esperanza
encendida en nuestro corazón.
 
¡Ven Señor, no tardes más!
¡Ven, Salvador!
 
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Ya estamos en la Tercera semana de Adviento.
No olvidemos que es tiempo de esperanza, espera y conversión.
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Cuarta semana de Adviento y última, de preparación para la Navidad.
Escucha, Señor, la oración de tu pueblo, alegre por la venida de tu Hijo en carne mortal, y haz que cuando vuelva en su gloria, al final de los tiempos, podamos alegrarnos de escuchar de sus labios la invitación a poseer el reino eterno.
PORLA
 

 

martes, 3 de diciembre de 2013

Y para finalizar la Séptima Catequesis

3.- La casa como hogar

En la familia, cada persona ya sea el niño más pequeño o el familiar más anciano, es valorado por lo que es en sí misma, y no es vista meramente como un medio para otros fines” (Benedicto XVI).
“El nacimiento del niño la noche de Belén dio comienzo a la familia… La solemnidad de Navidad y, en su contexto, la fiesta de la Sagrada Familia nos resultan especialmente cercanas y entrañables, precisamente porque en ellas se encuentra la dimensión fundamental de nuestra fe, es decir, el misterio de la Encarnación, con la dimensión no menos fundamental de las vivencias del hombre…, la familia” (Juan Pablo II, Homilía en Loreto, 8 noviembre 1979).
Hoy ciertamente muchas familias están rodeadas de graves dificultades para realizar su proyecto. El trabajo se hace un bien escaso, la posibilidad de la vivienda se complica, incluso muchos tienen que emigrar de su tierra y de sus lazos familiares. Aquí también la Sagrada Familia va por delante cuando tuvo que afrontar la exigencia del censo a la hora del nacimiento de su hijo, y vivió la falta de casa con la inseguridad que supone, y soportó la emigración obligada e incuso probablemente padeció la inseguridad laboral.
Sin embargo, las dificultades no agotan el amor. A través de apoyo mutuo, los esposos aprenden cotidianamente la renuncia a su propia individualidad, los hijos reciben la garantía de un amor fiel en el que crecer, los hermanos aprenden a compartir en reciprocidad y los mayores ayudan, a la vez que son cuidados. Esta trama de relaciones familiares es la herencia sobre la que se construye la persona que aprende el amor en libertad y la apertura a las necesidades de los otros.
Así, la familia es el antídoto más poderoso contra el individualismo, el ámbito más estable para abordar los retos de la vida y la experiencia de gratuidad donde se reconoce de forma más elocuente el amor absoluto que nos funda. El hogar de Nazaret trasparente y refleja el amor de la Trinidad divina, que es la fuente de toda experiencia comunitaria y social de los seres humanos.
 
4.- La familia como Iglesia doméstica y como impulso de compromiso social

La familia y la Iglesia, en concreto las parroquias y las demás formas de comunidad eclesial, están llamadas a  la más íntima colaboración en esa tarea fundamental que está constituida, inseparablemente, por la formación de la persona y la transmisión de la fe” (Benedicto XVI).
La familia cristiana se vive en un dinamismo de comunión que le abre a ser iglesia más allá del territorio de sus relaciones de proximidad. Al saberse fundados en un amor que les trasciende, como la casa de los primeros cristianos, la familia acoge y sale de si para participar de la comunidad cristiana, de la parroquia. Si el núcleo familiar se aísla, corre el peligro de no garantizar la transmisión de la fe y no ofrecer a sus miembros la fuente, que en la Palabra y la Eucaristía, sostiene su unidad.
Las familias cristianas necesitan comunidades acogedoras que puedan acompañarlas en las peculiaridades de cada situación. Pero a la vez, las parroquias necesitan familias que creen una trama de comunión que pueda ser ámbito de crecimiento para las generaciones que vienen detrás. Esta sintonía mutua exige la disponibilidad de todos y esfuerzos renovados y creativos para atender las necesidades cambiantes y las dificultades siempre nuevas, especialmente para los más jóvenes. La vida familiar lejos de encerrar, potencia el crecimiento de la conciencia social de los miembros, que comprenden que los problemas sociales les afectan y que las situaciones y personas más desfavorecidas suponen una invitación a dar lo que han recibido. Un hogar acogedor y comunicativo, capaz de relaciones sanas en crecimiento, es le mejor formador del compromiso social. La caridad cristiana como desbordamiento en el amor de Dios siempre encuentra caminos de generosidad desde las peculiaridades de cada uno de los miembros de la familia.
“La comunidad social, para vivir en paz, está llamada a inspirarse también en los valores sobre los que se rige la comunidad familiar” (Benedicto XVI).
Una sociedad que no cuida la protección de la familia acabará por encontrarse con graves problemas de cohesión social. Sus ciudadanos, sin la experiencia de las relaciones de crecimiento en el amor, se verán desmotivados para el compromiso ético y para la construcción social. Por eso, la mejor apuesta de una sociedad, más que las estructuras, son las personas; y el desarrollo de estas pasa por la instancia familiar.
Cuando han pasado casi 130 años del inicio de las obras del templo expiatorio, sigue teniendo actualidad la intuición que movió a aquellos creyentes: “¿Qué hacer para devolver a la familia su dignidad, la paz y la tranquilidad? No hay más que aficionarla a imitar el perfectísimo modelo de la Sagrada Familia, y de seguro se reformará, y reformada ella, quedará saneada la sociedad”. Hoy tenemos, cada vez más terminado, un símbolo elocuente que nos recuerda este empeño.


Y hasta aquí las catequesis que la archidiócesis de Barcelona ofreció por la visita del Papa Benedicto XVI.
PORLA
 
 

 

 

 

domingo, 17 de noviembre de 2013

CATEQUESIS SÉPTIMA: La familia de Nazaret como referencia espiritual

Hacer del mundo una familia, de cada familia un Nazaret” (Sant Josep Manyanet)
En el origen del proyecto del templo de la Sagrada Familia hemos de señalar la intuición de Sant Josep Manyanet que, con su testimonio, sus fundaciones y sus escritos, proponía volver a Nazaret. Este apostolado intentaba abordar la situación social y espiritual devolviendo a la familia su dignidad según el modelo de la familia de Nazaret.
La semilla de esta inquietud se grabó especialmente en el librero Josep Maria de Bocabella, que presidía la Asociación de Devotos de San José. Así, después de un viaje a Roma, donde habían regalado al Papa una imagen de la Sagrada Familia, y tras pasar por Loreto, le vino la idea de reproducir en Barcelona la Santa Casa que estaba en la basílica italiana. Haciendo así resonar las palabras del Padre Manyanet: “la Casa de la Sagrada Familia es morada de paz y de verdadera alegría. Aquí se te enseñará y encontrarás lo que quieres y desea tu corazón”.
Después de una serie de intentos fallidos, a finales del año 1881 por 171.000 pesetas de la época se compraba un solar ubicado entre las calles Mallorca, Marina, Provenza y Cerdeña en pleno Ensanche de Barcelona. La idea era edificar un templo-catedral dedicado a Jesús, María y José.
Iglesia expiatoria… para mayor honra y gloria de la Sagrada Familia” (Obispo Urquinaona, en la celebración en que se puso la primera piedra del templo).
El día de San José del año siguiente el obispo Urquinaona puso la primera piedra, y en ese momento el proyecto comenzó su larga andadura. Tras unos primeros planos, y con la cripta iniciada, el arquitecto Francisco de Paula de Villar, dimite por algunas discrepancias técnicas con Joan Martorell, asesor de Bocabella en los asuntos del templo. En este momento entra en escena Gaudí, que el día 3 de noviembre de 1883 recibe el encargo de ser el arquitecto del templo expiatorio. Así, hasta su muerte, 43 años después, fue fiel a esta misión de construir un templo para la familia de todos los pueblos.
 
1.- Volver a Nazaret

Todos necesitamos volver a Nazaret para contemplar siempre de nuevo el silencio y el amor de la Sagrada Familia, modelo de toda vida familiar cristiana” (Benedicto XVI).
En aquel tiempo convulso, la Sagrada familia de Nazaret se presentaba como modelo unas nuevas relaciones que tiene en el amor de Dios su fundamento. El hecho de que ya en la cripta tengamos el relieve del escultor Josep Llimona como retablo de altar central y los siete altares absidiales dedicados a la Sagrada Familia de Jesús resalta hasta qué punto en la base del templo contamos con esta inspiración. Como decía José Manyanet, el apóstol de la Sagrada Familia: “Figurémonos estar en la Casa de Nazaret en compañía de Jesús, María y José, oyendo sus palabras y observando sus acciones, y que con paternal cariño dicen a cada uno de nosotros: “Si quieres agradarnos, no dejes de copiar en ti lo que nosotros decimos y hacemos””. 
El sentido de volver a Nazaret nos lo explican estas palabras de Benedicto XVI: “La Sagrada Familia de Nazaret es verdaderamente el “prototipo” de cada familia cristiana que, unida en el Sacramento del matrimonio y alimentada de la Palabra y de la Eucaristía, está llamada a llevar a cabo la estupenda vocación y misión de ser célula viva no sólo de la sociedad, sino de la Iglesia, signo e instrumento de unidad para todo el género humano”.
Gaudí comprende que el templo y su proceso de edificación están al servicio de este empeño que supone un programa de vida y de construcción social basado en el amor familiar, concreto e histórico de Jesús, María y José. O dicho en palabras del padre Manyanet: “Por medio de la contemplación del misterio de Nazaret, Jesús desea instruirnos y consolidarnos en la verdadera virtud y perfecto amor de Dios, ya que para eso vino al mundo y se ha dignado formar parte de esta Familia, la cual debe ser el modelo de todas las demás”.
Así pues, el templo será, en definitiva, un monumento al Amor. Su carácter expiatorio mostrará el sentido de la gratuidad que se manifiesta en una fidelidad sin límites. El sí de María a la voluntad de Dios y la tutela fiel de José permitirán que el Niño, engendrado y de la misma naturaleza del amor del Padre, crezca en esta historia rodado de un amor sano, fuerte y libre forjado en las decisiones de disponibilidad y entrega.
Nazaret se presenta así como un hogar y una escuela para aprender el amor esponsal, la maternidad y la paternidad y el sentido profundo de ser hijos y ser hermanos. La casa de Nazaret se nos muestra como el primer templo y la primera iglesia.

2.- El matrimonio, primera piedra de la sociedad

El “sí” personal y recíproco del hombre y de la mujer abre el espacio para el futuro, para la auténtica humanidad de cada uno, y al mismo tiempo está destinado al don de una nueva vida” (Benedicto XVI).
Gaudí tiene una experiencia fundante del amor matrimonial. Su debilidad física marcada por el dolor temprano que el reuma le provoca en las articulaciones, vendrá compensada por los cuidados de Antonia, su madre, atenta a aliviar el sufrimiento de su hijo menor. Las atenciones de Francesc, su padre, le acercan al mundo del trabajo; así, el joven Antonio ayuda en pequeñas tareas  en pequeñas tareas en el taller de calderería de su progenitor.
Esta referencia de la infancia marcará la comprensión de la familia humana vinculada a la experiencia de Dios. La trinidad terrenal de Jesús, María y José a la que se dedica el Templo tiene en el fondo un modelo trascendente que es la Trinidad divina que se manifiesta en su mayor hondura en el interior. La encarnación del Hijo será el punto de encuentro de la verticalidad divina y la horizontalidad humana que encuentran en el templo toda su significatividad. Un templo que desde Nazaret invita a la Gloria como se desarrolla la misma construcción del edificio en sus diferentes pórticos.
Así pues la Sagrada Familia se convierte en una invitación a edificar el amor desde el sí de los esposos que es “la primera piedra de la construcción de una sociedad”.
Así, en la alianza conyugal del hombre y de la mujer se especifica la vocación al amor que surge del ser humano creado como imagen de Dios.
Nos hacemos semejantes a Dios en esta experiencia del amor que sale de sí para darse en libertad. El amor está en el principio, y el matrimonio está en el principio, y el matrimonio está en el fundamento de la familia y de la vida social. Esta perspectiva cambia al mundo que se redimensiona frente a los intereses económicos que usurpan el verdadero fundamento de lo auténtico y definitivo, y lo coloca ante la hondura que le da un sentido y una esperanza que tiene en Dios su origen y su meta.
 
PORLA
 

 

 

domingo, 27 de octubre de 2013

Y para terminar la Sexta Catequesis

3.- El sentido de la expiación
 
“El templo de la Sagrada Familia es expiatorio. Esto significa que ha de nutrirse de sacrificios”.
El sentido de la expiración tiene que ver con la forma cómo está siendo edificado el templo. La construcción no consiste únicamente en levantar un edificio, sino que el camino de edificación tiene que ser coherente con su finalidad. No se puede construir de cualquier manera. No se trata ni de una cuestión técnica n económica. Para celebrar en el templo la Eucaristía de la reconciliación en Cristo, hay que construir un camino de perdón, y cada piedra se puede convertir no tanto en un objeto que se arroja, como en una ofrenda generosa y disponible para el perdón. Por eso la Sagrada Familia es un templo expiatorio; pero ¿qué quiere decir esto? Realmente esta palabra merece una explicación. El punto de partida, como siempre, es mirar a Jesucristo. Él con su entrega de amor viene a trastocar el sentido antiguo de la expiación. No solo Dios no exige la sangre de un inocente por los pecados de los culpables, sino que nos da la vida de su Hijo para destruir el pecado y recrear nuestras relaciones con Él y con los hermanos. La expiación es el sacrificio de amor del Hijo que nos transforma en hijos y hermanos.
La vida es amor y el amor es sacrificio. El sacrificio es lo único realmente fructífero”. Por eso Gaudí plantea la construcción como si fuera una ofrenda para recrear el amor. Así, coloca en las columnas de los ventanales de los muros laterales el paralelismo de las tres ofrendas de los reyes sabios venidos de Oriente que eran oro, incienso y mirra como tres ofrendas expiatorias para edificar el templo: limosna, oración y sacrificio. Se trata de un camino de perdón activo y pasivo. Y lo cierto es que él predica con el ejemplo; así, cuando se hace necesario para las obras con motivo de la crisis económica originada por la primera guerra mundial, él mismo sale a mendigar. No se trata sólo de levantar un templo, sino de asumir una dinámica personal, comunitaria y social de sacrificio de amor. Un camino de expiación ante el poder del pecado, de la violencia, del mal en definitiva. Esto lo entendió perfectamente su amigo, el poeta Joan Maragall, cuando escribió para apoyar la campaña de recogida de fondos su famoso artículo: ¡Una gracia de caridad!
 
 4.- Una catequesis en piedra sobre Jesucristo
 
Gaudí nos invita en la tradición de las viejas catedrales a realizar una meditación sobre Jesucristo a través de las imágenes que se concentran en los tres grandes acontecimientos de la Encarnación, la Pascua y la Glorificación. La novedad de nuestro recorrido es que fijará la mirada esencialmente en el Señor como clave de interpretación de la riqueza simbólica de las estructuras arquitectónicas y los grupos escultóricos. Esta concentración en Jesús evitará que nos perdamos en detalles siempre tan elocuentes pero desprovistos de sentido sin esta perspectiva.
Erigir un pesebre tan grandioso y tan esplendido, que no pudiera ser considerado como el de una sola familia sino el de toda la ciudad de Barcelona”.
La portada del nacimiento representa la aparición de la Gracia en el nacimiento de Cristo. Cuando contemplamos este pórtico nos parece asistir a una inmensa fiesta donde la alegría se desborda en palmas, plantas y aves. Parece como si toda la naturaleza se revistiera de gozo en una perturbación primaveral en pleno invierno. Si es posible dar Vida a las piedras, aquí tenemos una realización. Vemos cómo las piedras cantan y danzan en la alegría de unas formas que más que el peso de la gravedad, recuerdan la solemnidad vibrante de una Paraíso anticipado. Si las piedras pueden expresar la vida, es que la Vida es distinta y nueva, sembrada de algo eterno en su finitud, una misteriosa ternura en su rigidez y una vibración exultante en su quietud.
Las piedras en su limitación tienen el don de permanecer. Cuando la mirada se centra y desciende por el ciprés hasta el pelícano, descubre el nombre de Jesús; y tras pasar por la coronación de María, se detiene en la Anunciación para llegar al nacimiento siguiendo la estrella, corazón temático del portal. La composición del grupo protagonista, colocado en el capitel central, es de gran simplicidad. El Niño, alzado del pesebre, aparece insignificante en la inmensidad de piedra, hasta puede pasar inadvertido. Sin embargo, su lugar es central, mientras María y José le ofrecen su protección en actitud orante. Como si se tratase de una invitación a arrodillarnos para contemplarle y así poder cruzar la puerta que conduce al templo. El pequeño nos muestra su desnudez confiada que descansa en las manos de la Madre, que ligeramente le alza como para mecerlo, aunque en el fondo es para mostrarlo. Ella, inclinada, parece no tener rostro, como si toda su faz estuviera ya grabada en el pequeño. José se inclina con las manos extendidas y vueltas hacia el niño, para ayudar, pero con la suficiente distancia como para no despertar el Misterio. A cada lado, la mula y el buey, rodeándolos un grupo de ángeles músicos que nos hacen una llamada desde lo alto: “Jesús est natus. Venite adoremus”. Los que escuchas este llamamiento pueden entonar, también ellos, el mensaje de la noche navideña: Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis.
“En contraste con la del Nacimiento, decorada, ornamentada, turgente la de la Muerte es dura, pelada, como hecha de huesos”.
La meditación en torno a la segunda fachada se ha de centrar en Jesucristo, ya que es Él el único protagonista. Gaudí estructuró y dibujó la fachada de Poniente después de la grave enfermedad que le tuvo apartado varios meses y que le adentró en una profunda experiencia de asociación a la pasión del Señor acompañado por los textos de San Juan de la Cruz.
Esta opción de resaltar plásticamente el dramatismo supone lucidez creyente, ya que la contemplación del amor entregado de Cristo supone reconocer en él al que carga con el pecado y el dolor de un peso y una intensidad tal que, sobrepasando la dimensión personal, tiene una densidad colectiva que procede de unas cadenas que esclavizan a toda la humanidad. La fuerza dramática procede del “por nosotros” de su amor que carga con el mal que impide la realización del proyecto del amor. En este sentido, la parte baja de la fachada es una variación del Vía crucis dispuesto como el ascenso a un monte, que recuerda la senda que dibujó Juan de la Cruz para subir al Carmelo-Calvario. Como si las estaciones propusieran un camino espiritual de ahondamiento en el misterio del amor de la mano del Jesús sufriente. Esta fachada se completa con la representación del Cristo resucitado, que no está representado en piedra. Como si para esta irrupción de novedad y esperanza solo la luz y el color pudieran dar forma a la existencia transfigurada y gloriosa del Vencedor del pecado y la muerte. Se trata de una vidriera donde la trasparencia es protagonista en la rosa del gran ventanal central del crucero. Tanto desde fuera como desde dentro se puede contemplar al Resucitado, que se hace a la vez presencia sacramental y eclesial en el interior y anuncio y misión de esperanza en el exterior. Culmina la fachada de Poniente el Cristo en Ascensión que desde lo alto del puente entre las cuatro torres­-campanario prepara para la contemplación de la fachada de la Gloria.
“Es una obra que está en las manos de Dios y en la voluntad del pueblo. El arquitecto viviendo en el pueblo y dirigiéndose a Dios, va haciendo su trabajo. La providencia, según sus designios, es la que lleva la obra a término”.
Es toda una señal significativa que ésta sea la única fachada que queda pendiente y en la que se concentran diferentes dificultades urbanísticas para su realización. Como si las pruebas de la construcción se correspondieran con las pruebas de la vida, o como si el acceso y la visión de la Escatología no solo fuera la última sino la de la representación más difícil de imaginar en este entretiempo de la historia y la eternidad. Es ésta una perspectiva muy sugerente en un templo cuya construcción representa una trayectoria temporal que fácilmente superará los ciento cincuenta años. Pero en este caso la contemplación tendrá que ser imaginativa e interior. Lo que en este momento supone una cierta ventaja, ya que se asemeja a nuestra perspectiva creyente sobre la consumación del tiempo. Ya que “pues ahora vemos de un modo oscuro, como en un espejo” (1Co 13,12). La fachada que ahora no vemos se convierte en bella parábola del plan de Dios: “he aquí, yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).
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Fin de la sexta catequesis.
PORLA
 

sábado, 21 de septiembre de 2013

CATEQUESIS SEXTA: El Templo de la Sagrada Familia como altar, casa y testimonio

La Sagrada Familia no sólo forma parte del perfil urbano de Barcelona, sino que de la mano de Gaudí se convierte en una obra emblemática que atrae diariamente a miles de personas de todos los pueblos del mundo. Aunque el arquitecto fue tomando conciencia progresiva de la importancia de su misión, lo que no podría sospechar es que su proyecto tuviera la significatividad y la resonancia creciente que actualmente tiene. Aquella inspiración que le venía de Dios se convierte verdaderamente elocuente y proféticamente actual.
Así, el templo expiatorio es casa, altar y testimonio para muchos que vienen o vendrán a él.
 
 1.- Un templo para convocar, mostrar y celebrar la fe

 “Un templo, la única cosa digna de representar el sentir de un pueblo, ya que la religión es la cosa más elevada en el hombre”.
Como dice Benedicto XVI, “cuando la fe, especialmente celebrada en la liturgia, se encuentra con el arte, se crea una sintonía profunda porque ambas pueden y quieren hablar de Dios, haciendo visible al invisible”. El templo de la Sagrada Familia, en la estela de las antiguas catedrales románicas y góticas, es un ejemplo elocuente de esta síntesis. La fe cristiana plantea una transformación en el concepto del templo de piedra, antiguo lugar sagrado del sacrificio. El nuevo templo es Jesucristo, que es el amor de Dios derramado sobre los seres humanos. Él con su vida es el templo nuevo y vivo. Nosotros estamos edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo” (Ef 2,20). Por eso, el templo cristiano es para la celebración litúrgica, por la cual se convierte en un paz y reconciliación donde a través de la Eucaristía, Dios abraza en Cristo al mundo por medio de la Iglesia reunida.
El templo cristiano salió de las catacumbas y de las casas (Dumus ecclesiae o Domus Dei) para convertirse en basílica. Las más sencillas, con una sala rectangular cubierta de madera, fueron creciendo en tamaño así como variando en forma y materiales, especialmente en Oriente donde aparecieron mosaicos, frescos y cúpulas definiendo lo que sería el arte bizantino.
Antonio Gaudí decía: “yo he ido a tomar la arquitectura allá donde la dejó el estilo bizantino”. Así, el templo de la Sagrada Familia se presenta como una gran montaña de piedra para el acercamiento a Dios en una verticalidad marcada por las doce torres que representan a los apóstoles y los seis cimborrios que representan a Cristo, el de más altura, a María y a los cuatro evangelistas. Esto implica que el simbolismo se desplaza también a la arquitectura y cada elemento de la estructura forma parte de una finalidad significativa. Un pequeño detalle, la altura máxima será un poco más baja que Montjúic, y así la obra del hombre no rebasara la de su creador.
Esta estrecha relación de la Sagrada Familia con los orígenes de la arquitectura cristiana también incorpora el período de las catedrales románicas y góticas, que a partir del final del siglo X y desde la tutela monacal comienzan a extenderse. El hecho de que abundaran más las imágenes tuvo en su origen una intención catequética y así algunos elementos del interior salen al exterior en sus portales. De esta forma, en el románico se subraya que Cristo es la puerta que lleva al cielo; mientras que en los portales góticos los motivos se diversifican y los temas bíblicos y teológicos se multiplican aportando un fuerte simbolismo. Esta salida del retablo a la calle es una de las líneas de continuidad con la Sagrada Familia. Pero en este caso, la novedad procede de que las tres portadas realizan una catequesis global que, desde Cristo encarnada, crucificado y glorioso, contempla el misterio de Dios y desvela el rostro del hombre hasta convertirlo en compromiso moral.
 
2.- Iglesia como casa y familia de Dios

 “La Iglesia se sirve de todas las artes, tanto del espacio (arquitectura, escultura, pintura, orfebrería…) como del tiempo (poesía, cantos, música…). La liturgia nos da lecciones de la más depurada estética”
En medio de las divisiones y los encuentros, los retos y las amenazas de nuestro mundo, la Iglesia se ofrece como casa para la familia de Dios, convocada por su amor para toda la humanidad.
El templo es la casa donde la Iglesia celebra la liturgia. Así la arquitectura y todas las artes se ponen al servicio de la celebración. El interior del templo se orientará  principalmente a ella. La nave central estará constituida como un bosque plantado frente al trono de Dios. Las columnas, representando las diócesis del mundo, recordarán la arboleda del Apocalipsis y la visión del profeta: “Al borde del torrente, sobre sus dos orillas, crecerán árboles frutales de todas las especies. No se marchitarán sus hojas ni se agotarán sus frutos, y todos los meses producirán nuevos frutos, porque el agua sale del santuario. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas de remedio” (Ez 47,12). El altar mayor, donde se consuma la presencia de Cristo, será visible ante todo el Pueblo de Dios y allí convergerá espontáneamente la atención de la asamblea de fieles.
Por ello, Gaudí cuando explicaba la Sagrada Familia a los visitantes les contaba imaginativamente cómo se celebraría el culto a Dios en ella. Las ceremonias solemnes convocarían a toda la Iglesia diocesana que vendría desde los distintos lugares de oración y celebración a este gran espacio donde, con el obispo en la cátedra, los sacerdotes rodeándole, el pueblo reunido celebraría la liturgia entre el cielo y la tierra.
La luz, generosa e intensa, encima del altar proviene de los grandes ventanales del cimborrio, iluminando el gran crucero, desde el que se contemplaría como visión principal la Santísima Trinidad. A la vez desde los ventanales del ábside, del crucero y las naves, se ofrece una luz armoniosa y moderada hacia el bosque de columnas. Desde allí las vidrieras muestran sus colores y sus representaciones a la asamblea reunida. Mientras, la schola cantorum ubicada en las gradas escalonadas en lo alto, desde los triforios, cantan la alabanza que es armonizada por los órganos y alegrada por el sonido de los doce torres con sus campanas. Así, la vez de la liturgia se hará oír desde toda Barcelona, con los variados sones del carrillón gigante que forman los distintos tipos de campanas tubulares, con tubería de órgano o normales.
La Iglesia convertida en fiesta celebrar, como en la Jerusalén celeste, la unidad de la familia de hermanos en torno a su Dios. Desde ella se ofrece como signo y sacramento de unidad a la ciudad de todos los pueblos.

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Esta vez desplegamos la tercera parte en dos catequesis. La primera, como habéis visto, centrada en el significado de la Sagrada Familia como templo para reunir a la comunidad en la liturgia de alabanza.
La segunda se centrará en la actualidad de la Sagrada Familia como modelo para las familias, la Iglesia y la sociedad. La veremos en breve.

                PORLA

 


 

 

 

sábado, 31 de agosto de 2013

Y para terminar la Quinta Catequesis

Pero la belleza exige ser contemplada en profundidad: si no es así, se puede convertir en apariencia vacía, vanagloria en definitiva. Como confiesa Dimitir Karamazov a su hermano  Aliocha en la novela “Los hermanos Karamazov”: “la belleza es una cosa terrible. Por ella pelean Dios y Satanás, y el campo de batalla es mi corazón”. Por eso Gaudí tantas veces hacía de guía a los visitantes para enseñar la hondura y la profundidad escondida tras las estructuras arquitectónicas y las figuras escultóricas.          
                                                      

2.- La naturaleza como creación inspiradora

“La Creación continúa y el Creador se vale de sus criaturas, las que buscan las leyes de la naturaleza para conformar a ella nuevas obras, colaboran con el Creador”
La explicación profunda de las innovaciones técnicas de su arquitectura, del extraordinario despliegue simbólico de sus motivos y la capacidad expresiva de sus propuestas formales nace de la conciencia íntima de sentirse un creador. Como artista se siente prolongando una obra ya empezada, que no solamente se trata de imitar copiando, sino de ampliar en un proceso evolutivo hacia la plenitud. El alto creador de Dios no está agotado, sino que se dilata en la acción creadora de los seres humanos, de la cual los artistas son testigos. Desde el arte, Gaudí se siente parte del proceso evolutivo, que entiende en clave de creación hacia la salvación. No es una casualidad que el itinerario de los retablos de la Sagrada Familia se articule como historia de salvación según el esquema de creación (Nacimiento), pecado (Pasión) y salvación (Gloria).
“Este árbol cercano a mi taller, este es mi maestro”.
Desde aquí consideraba a la naturaleza su maestra. En la fecunda corriente del franciscanismo catalán, siente que en sus secretos se esconden las estructuras más perfectas que sirven de modelos a la arquitectura. Por eso era un contemplativo constante y profundo de ella, corrigiendo y ensayando de su mano.
La fachada del Nacimiento es una eclosión de vida donde la piedra se anima para florecer en vegetales o flores y cantar con pájaros que se elevan al cielo a través de los árboles. Siendo la naturaleza su tratado de inspiración recoge en ella las leyes geométricas de sus estructuras o los colores de sus imágenes.
Consideraba que los mediterráneos han descubierto mejor sus secretos porque cuentan con el don de una luz inclinada que no es ni cegadora ni apagada. A través de ella se desvela el secreto de armonía. Por eso en sus paseos le gustaba llegar al mar, del que decía que era el doble del cielo. Allí aprendía el sentido del color que complementa a la piedra acercándola a la luz a través de la forma.
“¡Esto es un canto a la naturaleza! Sí, eso, pero… ¡llámela Creación!”
Esta mirada gaudiniana es en el fondo una oración que busca tras la huella de Dios encontrar el sentido en el amor Creador. Por eso, reclamaba a los admiradores de lo natural el salto de la confesión. Pasar de fenómeno al fundamento, de la criatura a su Creador.
 
3.- Jesucristo, manifestación del invisible

“¡Mirando a Jesucristo: El sí que, por nuestro amor, se hizo pobre de verdad!”
Gaudí va pasando de una visión filosófica de la belleza a una visión profundamente cristiana. En esta dirección le ayuda especialmente la teología paulina que descubre la referencia a Cristo en todo lo creado. “Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de todo la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él” (Col 1, 15-16).
La entraña cristológica de la realidad le permite hacer una lectura de la belleza y del arte referido a Jesucristo, como veremos en nuestro recorrido en torno a la Sagrada Familia. Todo conduce a Cristo. La ternura y la fiesta de Cristo encarnado, el dolor sufriente de Jesús crucificado y el gozo eterno de su manifestación en Gloria. Ahora el icono es Cristo y el él está la puerta. Solo así cabe interpretar la ilusión del arquitecto cuando le fue encargado el misterio de Gloria de Montserrat. Representar al Señor Resucitado en la mañana de Pascua era un reto profundo a su fe. Se trataba de poner en piedra la visión paulina de una creación que ansiosa espera la recreación plena (cf. Rm 8,19-24).
Lástima que el intento quedará parcialmente frustrado y la obra fuera encomendado a un discípulo, con dimensiones y criterios mucho más simples.
El parque Güell también da cuenta de esta pretensión del artista; así la subida al monte de este jardín es, en el fondo, un camino espiritual. Se comienza con la razón mítica, en la entrada, para luego pasar por la contemplación de la naturaleza hasta la cima de la cruz. Solo allí, en la presencia de Cristo, se alcanza e verdadero encuentro entre el cielo y la tierra.
Allí el arte en la máxima simplicidad de una cruz desnuda alcanza su definitiva elocuencia.

4.- Cuando la arquitectura muestra la Trinidad

“Todo aquel que lo lea, hasta los incrédulos, entonará un himno a la Santísima Trinidad”
Nuestro recorrido por la belleza nos lleva desde la cruz a la Trinidad. Cuando Gaudí busca traducir a las formas arquitectónicas el misterio de la fe, procura conjugar la inspiración orante, las posibilidades simbólicas y la pericia técnica. Esto le obliga a pensar y repensar sus propuestas madurándolas y cuestionándolas desde su mirada creyente. La Trinidad, como culminación dela revelación de Dios, se convierte en el reto más insondable para expresar la profundidad del amor. Para el arquitecto, la superficie alabeada denominada “paraboloide hiperbólico” se convierte en la plasmación geométrica y mecánica que expresa este misterio. Lo peculiar de esta forma, que se parece a la ondulación de una silla de montar, es que, siendo una superficie curvada, se constituye por líneas rectas. Así, tres líneas infinitas no paralelas generan en su movimiento la forma. Dos de ellas, el Padre y el Hijo, son las directrices; mientras que la tercera es el Espíritu, que en su movimiento al desplazarse por las otras dos genera la forma geométrica.
Es como si la forma geométrica escondiera la huella de su Creador. Como si la materia hablara el lenguaje de su Dios. O como decía Juan de la Cruz: “Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura, y, yéndolos mirando, con sola su figura, vestidos los dejó de hermosura”. En este caso, serán las líneas geométricas las que reciban simbólicamente las dimensiones del Dios tripersonal.
Vayamos a otra pista trinitaria. En las torres figuran helicoidalmente colocados, de tres en tres, los Sanctus, Sanctus, Sanctus. Gaudí señala que el primero está dedicado al Padre y su color será el amarillo de la luz; el segundo en naranja estará dedicado al Espíritu Santo; y el tercero, en rojo estará dedicado al Hijo. Precisa el artista creyente que el segundo es el Espíritu como comunicación del amor del Padre y el Hijo, y su color es la mezcla de los que representan a las otras dos personas trinitarias.
Este canto orante en piedra y color que sale a la calle, tiene en la liturgia interior su fuente, y su testimonio realmente no es sino una confesión destinada al Amor fundante que baja hasta nosotros en Revelación, retornando luego en ascenso de alabanza. Como si las piedras cantaran a su Dios.

 

 Con esta última entrada damos por terminada la quinta Catequesis.

PORLA
 
 

lunes, 12 de agosto de 2013

5.- La atención a los pobres (continúa la quinta Catequesis)

“Los pobres venían a pedir: ¿Dónde podrán acogerse mejor que al amparo del templo, que es la caridad cristiana?”
Cuando el pintor Joaquim Mir pinta un cuadro sobre la Sagrada Familia en el que destacan en primer plano un grupo de personas pidiendo, entre las que se encuentran algunos discapacitados y una madre sobre la que duermen dos pequeños, no se imaginaba que su pintura iba a añadir un adjetivo al templo. Así, Torres i Bages tuvo la ocurrencia de titular el cuadro “La catedral delos pobres”. Esta denominación agradaba a Antonio Gaudí, ya que veía en ella la posibilidad de significar el objetivo de atención a los pobres que también significaba la construcción de la iglesia. Cuando coloca en el pórtico de la Gloria las obras de misericordia hace algo más que introducir un adorno al decorado. Trata de resaltar una opción por la solidaridad que se hacía patente en su propia vida. Así, visitaba frecuentemente enfermos, y no únicamente entre sus amigos, sino también en muchas ocasiones acompañaba a obreros del templo enfermos y otras personas sin temer el contagio. Realizaba habitualmente aportaciones solidarias a personas en dificultades desde sus propios ingresos, frecuentemente sacrificados también en las obras del propio templo.
Un aspecto significativo de su sentido de la causa hay que situarlo en el proyecto de las escuelas de la Sagrada Familia. Los hechos de la Semana Trágica le permiten tomar conciencia de la gravedad de la situación de miseria y ausencia de futuro de mundo obrero. Así se centra en los operarios de la obra y en los vecinos de El Poblet, suburbio aislado que lindaba con el templo. En común con Mn. Gil Parés, sacerdote responsable de la atención pastoral de la Sagrada Familia, deciden montar una escuela para los chicos de los albañiles del edificio y para los niños del barrio en general. La intuición partía de la urgencia de ofrecer educación y formación religiosa a las familias obreras. Así, Gaudí con sus propios ahorros levantó, un edificio funcional entre 1908 y 1909 a base de ladrillo catalán. Formado por tres aulas cuyo perímetro tiene forma de tres corazones que representa a Jesús, María y José a través delos que se significa la clase de amor que ha de inspirar la acción educativa.
La preocupación de Gil Parés y Gaudí, tras la construcción, se convirtió en realizar una verdadera experiencia de innovación pedagógica que, basada en los principios de la escuela activa de María Montessori, procurara ofrecer a los alumnos una formación integral, práctica y atenta a la naturaleza. Asunto que Antonio Gaudí seguía con interés, realizando aportaciones según su especialidad, especialidad en el área de la educación estética. Un artículo de 1914 en “Ilustración Catalana” nos da idea de la valoración social y educativa de este empeño.
Las Escuela de la Sagrada Familia han de ser comprendidas como uno de los proyectos más queridos por el arquitecto y que mostraba hasta qué punto su lúcido sentido de la caridad apuntaba a la promoción educativa de aquellos que tenían menos posibilidades. Además sitúa su fe en una perspectiva social coherente profundamente en el Evangelio que quería vivir.
 
II. EL ARTISTA ANTE EL MISTERIO DE LA BELLEZA

“Ser original es volver al origen”
Las obras de arte de Gaudí nacen de su propio dinamismo espiritual. La eclosión de reconocimiento internacional de Gaudí tiene que ver con la belleza y la originalidad de sus propuestas, pero sobre todo asombra especialmente la fuerza de su simbolismo que muestra un fuerte sentido espiritual. La conexión admirativa con nuestros contemporáneos tiene que ver con la transparencia del más allá que vemos reflejada en su visión del espacio, en las formas y estructuras de la piedra, en los colores de la cerámica y la transformación obediente de la forja. No es extraño que desde las religiones de Oriente o desde la búsqueda ecológica haya quien se sienta atraído por sus edificios, por sus jardines o por la infinidad de detalles que nos ha legado.
Algunos han intentado encontrar respuestas ocurrentes, unas veces esotéricas y otras disparatadas, al sentido de su obra, pero la solución más sencilla y evidente se encuentra en la coherencia y autenticidad de su fe católica. La obra de Gaudí tiene su fuente y origen en la experiencia de Dios, vivida eclesialmente desde el acontecimiento de Jesucristo que es “el resplandor de su gloria” (He 1,3). Por eso es fácil, como veíamos, establecer el paralelismo entre sus realizaciones, especialmente en la Sagrada Familia, y su itinerario espiritual. Entre la exuberancia y variedad de sus símbolos, reconocemos el fundamento cristiano que los sostiene.
 
 1.- La belleza de las piedras
 
“La Gloria es la luz, la luz da júbilo y el júbilo es la alegría del Espíritu”
Fue el sacerdote, y más tarde obispo de Vic, Torres i Bages quien ayuda a aportar la profundidad bíblica, teológica y eclesial a las intuiciones de Gaudí. Su talento de artista encuentra en las palabras del pastor, el sentido a su trabajo creador. Así, al labrar la forma en la materia descubre que la inspiración es como la luz divina que se esconde en ella. Esto se traduce en el aprecio por la materia que tiene en la encarnación su motivo radical. Como si el dinamismo del abajamiento de Dios también llevara a decir que el Verbo se hizo, en alguna medida, piedra. Como decía el obispo teólogo y poeta: “No rechacemos la materia. No rechacemos aquello en lo que resplandece la luz del sello artístico, que hasta las criaturas más ínfimas de la creación, los elementos más simples, en manos del hombre inspirado, pueden hablar a nuestro espíritu el lenguaje divino de la belleza”.
El arquitecto de la Sagrada Familia sabía que la belleza tenía un poder provocador y atraía hacia la bondad y la verdad, a la vez que hablaba de ellas. Sabía que su obra invitaba y movía a la fe, que tras sus piedras se manifestaba una elocuencia que decía el Infinito.
Que el Invisible se hacía visible en un terreno, la obra de arte, en el que lo natural y lo divino se acercaban. Dicho también por la palabra de Torres i Bages, “la atracción que Dios ejerce sobre la criatura racional se efectúa por medio del amor (…) El arte sirve para llevar a los hombres hacia Dios, Amor sustancial de quien proceden todas las cosas”.
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Como veis, esta Catequesis es muy larga. En breve la terminaremos.
                 PORLA