Pero la belleza exige ser contemplada en
profundidad: si no es así, se puede convertir en apariencia vacía, vanagloria
en definitiva. Como confiesa Dimitir Karamazov a su hermano Aliocha en la novela “Los hermanos Karamazov”:
“la belleza es una cosa terrible. Por ella pelean Dios y Satanás, y el campo de
batalla es mi corazón”. Por eso Gaudí tantas veces hacía de guía a los
visitantes para enseñar la hondura y la profundidad escondida tras las
estructuras arquitectónicas y las figuras escultóricas.
2.- La
naturaleza como creación inspiradora
“La Creación
continúa y el Creador se vale de sus criaturas, las que buscan las leyes de la
naturaleza para conformar a ella nuevas obras, colaboran con el Creador”
La explicación profunda de las innovaciones
técnicas de su arquitectura, del extraordinario despliegue simbólico de sus
motivos y la capacidad expresiva de sus propuestas formales nace de la
conciencia íntima de sentirse un creador. Como artista se siente prolongando
una obra ya empezada, que no solamente se trata de imitar copiando, sino de
ampliar en un proceso evolutivo hacia la plenitud. El alto creador de Dios no
está agotado, sino que se dilata en la acción creadora de los seres humanos, de
la cual los artistas son testigos. Desde el arte, Gaudí se siente parte del
proceso evolutivo, que entiende en clave de creación hacia la salvación. No es
una casualidad que el itinerario de los retablos de la Sagrada Familia se
articule como historia de salvación según el esquema de creación (Nacimiento),
pecado (Pasión) y salvación (Gloria).
“Este árbol
cercano a mi taller, este es mi maestro”.
Desde aquí consideraba a la naturaleza su maestra.
En la fecunda corriente del franciscanismo catalán, siente que en sus secretos
se esconden las estructuras más perfectas que sirven de modelos a la
arquitectura. Por eso era un contemplativo constante y profundo de ella,
corrigiendo y ensayando de su mano.
La fachada del Nacimiento es una eclosión de vida
donde la piedra se anima para florecer en vegetales o flores y cantar con
pájaros que se elevan al cielo a través de los árboles. Siendo la naturaleza su
tratado de inspiración recoge en ella las leyes geométricas de sus estructuras
o los colores de sus imágenes.
Consideraba que los mediterráneos han descubierto
mejor sus secretos porque cuentan con el don de una luz inclinada que no es ni
cegadora ni apagada. A través de ella se desvela el secreto de armonía. Por eso
en sus paseos le gustaba llegar al mar, del que decía que era el doble del
cielo. Allí aprendía el sentido del color que complementa a la piedra
acercándola a la luz a través de la forma.
“¡Esto es un
canto a la naturaleza! Sí, eso, pero… ¡llámela Creación!”
Esta mirada gaudiniana es en el fondo una oración
que busca tras la huella de Dios encontrar el sentido en el amor Creador. Por
eso, reclamaba a los admiradores de lo natural el salto de la confesión. Pasar
de fenómeno al fundamento, de la criatura a su Creador.
3.-
Jesucristo, manifestación del invisible
“¡Mirando a
Jesucristo: El sí que, por nuestro amor, se hizo pobre de verdad!”
Gaudí va pasando de una visión filosófica de la
belleza a una visión profundamente cristiana. En esta dirección le ayuda
especialmente la teología paulina que descubre la referencia a Cristo en todo
lo creado. “Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de todo la creación,
porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las
visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las
Potestades: todo fue creado por él y para él” (Col 1, 15-16).
La entraña cristológica de la realidad le permite
hacer una lectura de la belleza y del arte referido a Jesucristo, como veremos
en nuestro recorrido en torno a la Sagrada Familia. Todo conduce a Cristo. La
ternura y la fiesta de Cristo encarnado, el dolor sufriente de Jesús
crucificado y el gozo eterno de su manifestación en Gloria. Ahora el icono es
Cristo y el él está la puerta. Solo así cabe interpretar la ilusión del
arquitecto cuando le fue encargado el misterio de Gloria de Montserrat.
Representar al Señor Resucitado en la mañana de Pascua era un reto profundo a
su fe. Se trataba de poner en piedra la visión paulina de una creación que
ansiosa espera la recreación plena (cf. Rm 8,19-24).
Lástima que el intento quedará parcialmente
frustrado y la obra fuera encomendado a un discípulo, con dimensiones y
criterios mucho más simples.
El parque Güell también da cuenta de esta
pretensión del artista; así la subida al monte de este jardín es, en el fondo,
un camino espiritual. Se comienza con la razón mítica, en la entrada, para
luego pasar por la contemplación de la naturaleza hasta la cima de la cruz.
Solo allí, en la presencia de Cristo, se alcanza e verdadero encuentro entre el
cielo y la tierra.
Allí el arte en la máxima simplicidad de una cruz
desnuda alcanza su definitiva elocuencia.
4.-
Cuando la arquitectura muestra la Trinidad
“Todo aquel
que lo lea, hasta los incrédulos, entonará un himno a la Santísima Trinidad”
Nuestro recorrido por la belleza nos lleva desde la
cruz a la Trinidad. Cuando Gaudí busca traducir a las formas arquitectónicas el
misterio de la fe, procura conjugar la inspiración orante, las posibilidades
simbólicas y la pericia técnica. Esto le obliga a pensar y repensar sus
propuestas madurándolas y cuestionándolas desde su mirada creyente. La
Trinidad, como culminación dela revelación de Dios, se convierte en el reto más
insondable para expresar la profundidad del amor. Para el arquitecto, la
superficie alabeada denominada “paraboloide hiperbólico” se convierte en la
plasmación geométrica y mecánica que expresa este misterio. Lo peculiar de esta
forma, que se parece a la ondulación de una silla de montar, es que, siendo una
superficie curvada, se constituye por líneas rectas. Así, tres líneas infinitas
no paralelas generan en su movimiento la forma. Dos de ellas, el Padre y el
Hijo, son las directrices; mientras que la tercera es el Espíritu, que en su
movimiento al desplazarse por las otras dos genera la forma geométrica.
Es como si la forma geométrica escondiera la huella
de su Creador. Como si la materia hablara el lenguaje de su Dios. O como decía
Juan de la Cruz: “Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura, y, yéndolos
mirando, con sola su figura, vestidos los dejó de hermosura”. En este caso, serán
las líneas geométricas las que reciban simbólicamente las dimensiones del Dios
tripersonal.
Vayamos a otra pista trinitaria. En las torres
figuran helicoidalmente colocados, de tres en tres, los Sanctus, Sanctus, Sanctus.
Gaudí señala que el primero está dedicado al Padre y su color será el amarillo
de la luz; el segundo en naranja estará dedicado al Espíritu Santo; y el
tercero, en rojo estará dedicado al Hijo. Precisa el artista creyente que el
segundo es el Espíritu como comunicación del amor del Padre y el Hijo, y su
color es la mezcla de los que representan a las otras dos personas trinitarias.
Este canto orante en piedra y color que sale a la
calle, tiene en la liturgia interior su fuente, y su testimonio realmente no es
sino una confesión destinada al Amor fundante que baja hasta nosotros en Revelación,
retornando luego en ascenso de alabanza. Como si las piedras cantaran a su
Dios.
Con esta última entrada damos por terminada la
quinta Catequesis.
PORLA