domingo, 26 de mayo de 2013

El itinerario de fe de un hombre de Dios. Gaudí. Cuarta Catequesis.

Por si alguno de vosotros no lo sabía, Gaudí fue el arquitecto que diseñó la Basílica de la Sagrada Familia de esta gran ciudad de Barcelona.  Con esto ya sabéis desde dónde me dirijo a vosotros.
Contamos con importantes aportaciones biográficas sobre Gaudí que han insistido en la genialidad del artista y nos presentan su itinerario vital asociado a su obra.
Sin embargo, quiero centrarme en presentar una pequeña síntesis de su camino espiritual mostrando lo que podrían ser sus momentos y rasgos determinantes.
 
Infancia y adolescencia (1852 – 1867). La herencia creyente.
La infancia de Gaudí transcurre entre Riudoms y Reus (ambos en Tarragona). El primer ámbito representa la naturaleza y se ubica en la finca familiar del Mas de la Caldereta, mientras que el segundo tiene como referencia el taller de calderería de su padre.
Bautizado en la iglesia parroquial de San Pedro de Reus, su familia le ofrece un ambiente piadoso y sencillo. De los primeros años y como experiencia fundante, probablemente hemos de resaltar los cuidados de sus padres, Antonia y Francisco.
Antonio es el pequeño de cinco hermanos y tiene fuertes episodios de dolor debido a un reuma que le impedirá acudir usualmente a la escuela y que, a la vez, exigirá atenciones y desvelos, especialmente por parte de su madre.
Debía de pasar largas temporadas en la finca acompañado de la ternura materna y rodeado de una escuela, donde en la belleza y la luz tuvo sus maestros, que desplegaron en él una acentuada curiosidad y un peculiar sentido de la admiración. Esta sensibilidad le acompañó en los años que pasó en el colegio de los Padres Escolapios de Reus, donde se emocionaba especialmente en las liturgias solemnes dedicadas a Santa María. Ello nos da la pista, ya tempranamente, de su gusto por la liturgia.
A pesar de su destacada intuición, no era demasiado buen estudiante, ya que sus intereses artísticos seleccionaban sus esfuerzos. Más contemplativo que especulativo, prefería sus observaciones y dibujos que los libros.
De aquellos tiempos data una alianza con sus amigos para reconstruir el monasterio de Poblet, teniendo como base sus dibujos.
Sin embargo, el trabajo en el taller de su padre, en el que puntualmente colaboraba, le aportaba un sentido práctico y allí se fraguó su determinación de ser arquitecto.
Gaudí se traslada a Barcelona para terminar el bachillerato y preparar su ingreso en la escuela de arquitectura. Vivirá, inicialmente, con su hermano Francesc, que estudia medicina. La venta de una parte del patrimonio familiar permite que los hijos puedan estudiar en la capital.
Ahora la perspectiva se amplía en medio de una ciudad donde las condiciones sociales del mundo obrero son muy duras. Además, pronto se tiene que poner a trabajar para garantizar los medios para poder estudiar.
Desde el punto de vista religioso, es un periodo de adormecimiento y sus preocupaciones inmediatas se centran en avanzar a duras penas en los estudios, el crecimiento de su conciencia social y su enamoramiento de Pepeta Moreu, una joven maestra de la escuela de la Cooperativa Mataronense, con la que al final no llegó a casarse.
A pesar de este cierto enfriamiento de la fe, trabaja sobre temas de sentido religioso como el dibujo para la puerta de un cementerio basada en algunos símbolos del libro del Apocalipsis o la colaboración como ayudante en algunas reformas en la Catedral de Barcelona.
En el espíritu de la Renaixença, siguiendo la inspiración de Verdaguer, se siente atraído para mostrar el mundo del Infinito y los textos del Apocalipsis cautivaron su imaginación.
Durante esta etapa, tres encuentros con la muerte marcarán una llamada a la profundidad y al sentido. En 1876 y con dos meses de diferencia, mueren su hermano Francesc y su madre Antonia. Apenas tres años después muere su hermana Rosa que, separada, le deja a su hija Roseta a su cuidado.
Así que su título de arquitecto viene acompañado por la exigencia del cuidado del resto de su familia: su padre y su sobrina. Esta experiencia en el dolor se convertirá en un terreno fértil para reavivar su fe católica.
En los próximos días continuaremos con esta interesante cuarta catequesis.
PORLA
 

 

viernes, 10 de mayo de 2013

Pedro, la roca sobre la que Cristo fundó su Iglesia

En mi última entrada recordamos a Pedro como el primero de los apóstoles. Hoy quiero volver una vez más sobre esta grande e importante figura de la Iglesia.
El evangelista San Juan, al relatar el primer encuentro de Jesús con Simón, hermano de Andrés, atestigua un hecho singular. Jesús, “fijando su mirada en él, le dijo:
-Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que quiere decir Piedra (Jn 1, 42).
El dato cobra especial relieve si se tiene en cuenta que, en el antiguo Testamento, el cambio de nombre por lo general implicaba la encomienda de una misión. De hecho, la voluntad de Cristo de atribuir a Pedro una importancia particular dentro del Colegio apostólico se manifiesta a través de numerosos indicios: en Cafarnaúm el Maestro se hospeda en la casa de Pedro (Mc 1, 29) cuando la muchedumbre se agolpaba a su alrededor a la orilla del lago de Genesaret, entre las dos barca allí amarradas Jesús escoge la de Simón (Lc 5, 3); cuando en circunstancias particulares Jesús se llevaba solo a tres discípulos, a Pedro siempre se le nombra como primero del grupo: así sucede en la resurrección de la hija de Jairo en la Transfiguración (Mc 9, 2; Mt 17) y por último, durante la agonía en el huerto de Getsemaní (Mc 14, 33; Mt 26, 37).
Además, a Pedro se dirigen los recaudadores del impuesto para el templo y el Maestro paga solo por sí y por Pedro.
Pedro es el primero a quien lava los pies en la última Cena y ora solo por él para que no desfallezca en la fe y pueda confirmar luego en ella a los demás discípulos.
Por lo demás, Pedro mismo es consciente de su situación peculiar: es él quien a menudo toma la palabra en nombre de los demás; habla para pedir la explicación de una parábola (Mt 15, 15) o el sentido exacto de un precepto, o la promesa formal de una recompensa (Mt 19, 27). En particular, es él quien resuelve algunas situaciones embarazosas interviniendo en nombre de todos.
Por ejemplo, cuando Jesús entristecido por la incomprensión de la multitud después del discurso sobre el “pan de la vida”, pregunta:
-¿También vosotros queréis iros?
Pedro da una respuesta perentoria:
-Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 67-69).
También en Cesarea de Filipo es Pedro quien responde a Jesús en nombre de los doce cuando Jesús les dice:
-Y vosotros ¿quién decís que soy yo?
Pedro responde:
-Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 15-16).
Acto seguido, Jesús pronuncia la declaración solemne que define, de una vez por todas, el papel de Pedro en la Iglesia:
-Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… A ti te daré las llaves del reino de los cielos y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos (Mt 16, 18.-19).
Las tres metáforas que utiliza Jesús son en sí muy claras: Pedro será el cimiento de roca sobre el que se apoyará el edificio de la Iglesia; tendrá las llaves del reino de los cielos para abrir y cerrar a quien le parezca oportuno; por último, podrá atar o desatar, es decir, podrá decidir o prohibir lo que considere necesario para la vida de la Iglesia, que es y sigue siendo de Cristo.
Siempre es la Iglesia de Cristo y no de Pedro. Así queda descrito con imágenes muy plásticas lo que la reflexión sucesiva calificará con el término: “Primado de jurisdicción”.
Esta posición de preeminencia que Jesús quiso conferir a Pedro se constata también después de la resurrección: Jesús encarga a las mujeres que lleven el anuncio a Pedro, distinguiéndolo entre los demás apóstoles (Mc 16, 7).
La Magdalena acude corriendo a él y a Juan para informar que la piedra ha sido movida de la entrada del sepulcro, y Juan cede el paso cuando los dos llegan ante la tumba vacía; después, entre los apóstoles, Pedro es el primer testigo de la aparición del resucitado.
Este papel, subrayado con decisión marca la continuidad entre su preeminencia que seguirá teniendo en la comunidad nacida con los acontecimientos pascuales, como atestigua el libro de los Hechos de los Apóstoles. Su comportamiento es considerado tan decisivo que es objeto de observaciones y también de críticas.
Y precisamente por el hecho de ser el testigo de la fe auténtica, Pablo mismo reconoce en él su papel de “primero”. Además, el hecho de que varios de los textos clave referidos a Pedro puedan enmarcarse en el contexto de la última Cena, en la que Cristo le confiere el ministerio de confirmar a los hermanos (Lc 22, 31s), muestra cómo el ministerio confiado a Pedro es uno de los elementos constitutivos de la Iglesia que nace del memorial pascual celebrado en la Eucaristía.
El hecho de insertar el primado de Pedro en el contexto de la última Cena, en el momento de la institución de la Eucaristía, Pascua del Señor, indica también el sentido último de este primado: Pedro, para todos los tiempos, debe ser el custodio de la comunión con Cristo; debe guiar a la comunión con Cristo; debe cuidar de que la red no se rompa, a fin de que así perdure la comunión universal. Solo juntos podemos estar con Cristo, que es el Señor de todos.
La responsabilidad de Pedro consiste en garantizar así la comunión con Cristo con la caridad de Cristo, guiando a la realización de esta caridad en la vida diaria.
Oremos para que el primado de Pedro, encomendado a pobres personas humanas, sea siempre ejercido en este sentido originario que quiso el Señor, y para que lo reconozcan cada vez más en su verdadero significado los hermanos que todavía no están en comunión con nosotros.

PORLA
  

miércoles, 1 de mayo de 2013

Catequesis segunda

Antes de empezar os quería preguntar: ¿Cómo habéis vivido la Semana Santa? ¿Habéis rezado algo de lo que leísteis en el blog?
La oración es muy necesaria. En esta época que nos ha tocado vivir, con tantos problemas económicos y morales, nos tenemos que refugiar en algo positivo; y lo más seguro y con más fuerza es “Dios”, el que todo lo puede, y el que más ama al hombre pues dio su vida para salvarnos.
En esta catequesis seguimos con Pedro. Anteriormente hemos visto dos etapas decisivas de su vida: la llamada a orillas del lago de Galilea y, después, la confesión de fe: “Tú eres el Cristo, el Mesías”.
Como dijimos se trata de una confesión aún insuficiente, inicial, aunque abierta.
San Pedro se pone en un camino de seguimiento. Así, esta confesión  inicial ya lleva en sí, como un germen, la futura fe de la Iglesia. Hoy quiero recordar otros dos acontecimientos importantes en la vida de Pedro.
La multiplicación  de los panes.
Como sabéis, el pueblo había escuchado al Señor, durante horas.
Al final, Jesús dice:
-Están cansados, tienen hambre, tenemos que dar de comer a esta gente.
Los apóstoles preguntan:
-Pero, ¿cómo?
Y Andrés, el hermano de Pedro, le dice a Jesús que un muchacho tenía cinco panes y dos peces.
-Pero, ¿qué es eso para tantos? – se preguntan los Apóstoles.
Entonces el Señor manda que se siente la gente y que se distribuyan esos cinco panes y dos peces. Y todos quedan saciados. Más aun, el Señor encarga a los Apóstoles, y entre ellos a Pedro, que recojan las abundantes sobras: doce canastos de pan (Jn 6, 12-13)
A continuación, la gente, al ver este milagro -que parecía ser la renovación tan esperada del nuevo “maná”, el don del pan del cielo-, quiere hacerlo su rey. Pero Jesús no acepta y se retira a orar solo en la montaña.
Al día siguiente, en la otra orilla del lago, en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús interpretó el milagro, es en sentido de realeza, sino en sentido de la entrega de sí mismo:
-El pan que yo voy a dar es mi carne por la vida del mundo (Jn 6, 51).
Jesús anuncia la cruz, y con la cruz la auténtica multiplicación de los panes, el Pan eucarístico, su manera completamente opuesta a las expectativas de la gente. Para nuestro corazón, para nuestra mentalidad, eran y son palabras “duras”, que ponen a prueba la fe (Jn 6,60).
Muchos de los discípulos se echaron atrás.
Buscaban a alguien que renovara realmente el Estado de Israel, su pueblo, y no a uno que dijera:
-Yo doy mi carne.
Podemos imaginar que las palabras de Jesús fueron difíciles también para Pedro, que en Cesárea de Filipo se había opuesto a la profecía de la cruz.
Y, sin embargo, cuando Jesús preguntó a los Doce:
-¿También vosotros queréis marcharos?
Pedro reaccionó con el entusiasmo de su corazón generoso, inspirado por el Espíritu Santo.
En nombre de todos, respondió con palabras inmortales, que también nosotros hacemos nuestras:
-Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.
Aquí al igual que en Cesarea, con sus palabras, Pedro comienza la confesión de la fe cristológica de la Iglesia y se hace portavoz también de los demás Apóstoles y de nosotros, los creyentes de todos los tiempos.
Pedro siguió a Jesús con entusiasmo, superó la prueba de la fe, abandonándose a él.
Sin embargo, llega el momento en que él cede al miedo y cae: traiciona al Maestro (Mc 14, 66-72).
Pedro que había prometido fidelidad absoluta, experimenta la amargura y la humillación de haber negado a Cristo; el jactancioso aprende, a costa suya, la humildad. También Pedro tiene que aprender que es débil y necesita perdón.
Cuando finalmente se le cae la máscara y entiende la verdad de su corazón débil de pecador creyente, estalla en un llanto de arrepentimiento liberador.
Jesús le vuelve a preguntar a Pedro, por tres veces, si lo ama, y él le repite que:
-Señor tú lo sabes todo, y tú sabes que te quiero.
Parecería que Jesús se ha adaptado a Pedro, en vez de que Pedro se adaptara a Jesús.
Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió:
-Sígueme.
Desde aquel día, Pedro “siguió” al Maestro con la conciencia clara de su propia fragilidad.
Sabemos que Jesús se adapta a nuestra debilidad. Pedro se define a sí mismo “testigo” de los sufrimientos de Cristo.
En los próximos días seguiremos con la Catequesis.
                PORLA