3.- El
sentido de la expiación
“El templo de
la Sagrada Familia es expiatorio. Esto significa que ha de nutrirse de
sacrificios”.
El sentido de la expiración tiene que ver con la
forma cómo está siendo edificado el templo. La construcción no consiste
únicamente en levantar un edificio, sino que el camino de edificación tiene que
ser coherente con su finalidad. No se puede construir de cualquier manera. No
se trata ni de una cuestión técnica n económica. Para celebrar en el templo la
Eucaristía de la reconciliación en Cristo, hay que construir un camino de
perdón, y cada piedra se puede convertir no tanto en un objeto que se arroja,
como en una ofrenda generosa y disponible para el perdón. Por eso la Sagrada
Familia es un templo expiatorio; pero ¿qué quiere decir esto? Realmente esta
palabra merece una explicación. El punto de partida, como siempre, es mirar a
Jesucristo. Él con su entrega de amor viene a trastocar el sentido antiguo de
la expiación. No solo Dios no exige la sangre de un inocente por los pecados de
los culpables, sino que nos da la vida de su Hijo para destruir el pecado y
recrear nuestras relaciones con Él y con los hermanos. La expiación es el
sacrificio de amor del Hijo que nos transforma en hijos y hermanos.
“La vida es
amor y el amor es sacrificio. El sacrificio es lo único realmente fructífero”.
Por eso Gaudí plantea la construcción como si fuera una ofrenda para recrear el
amor. Así, coloca en las columnas de los ventanales de los muros laterales el
paralelismo de las tres ofrendas de los reyes sabios venidos de Oriente que
eran oro, incienso y mirra como tres ofrendas expiatorias para edificar el
templo: limosna, oración y sacrificio. Se trata de un camino de perdón activo y
pasivo. Y lo cierto es que él predica con el ejemplo; así, cuando se hace
necesario para las obras con motivo de la crisis económica originada por la
primera guerra mundial, él mismo sale a mendigar. No se trata sólo de levantar
un templo, sino de asumir una dinámica personal, comunitaria y social de
sacrificio de amor. Un camino de expiación ante el poder del pecado, de la
violencia, del mal en definitiva. Esto lo entendió perfectamente su amigo, el
poeta Joan Maragall, cuando escribió para apoyar la campaña de recogida de
fondos su famoso artículo: ¡Una gracia de caridad!
Gaudí nos invita en la tradición de las viejas
catedrales a realizar una meditación sobre Jesucristo a través de las imágenes
que se concentran en los tres grandes acontecimientos de la Encarnación, la
Pascua y la Glorificación. La novedad de nuestro recorrido es que fijará la
mirada esencialmente en el Señor como clave de interpretación de la riqueza
simbólica de las estructuras arquitectónicas y los grupos escultóricos. Esta
concentración en Jesús evitará que nos perdamos en detalles siempre tan
elocuentes pero desprovistos de sentido sin esta perspectiva.
“Erigir un
pesebre tan grandioso y tan esplendido, que no pudiera ser considerado como el
de una sola familia sino el de toda la ciudad de Barcelona”.
La portada del nacimiento representa la aparición
de la Gracia en el nacimiento de Cristo. Cuando contemplamos este pórtico nos
parece asistir a una inmensa fiesta donde la alegría se desborda en palmas,
plantas y aves. Parece como si toda la naturaleza se revistiera de gozo en una
perturbación primaveral en pleno invierno. Si es posible dar Vida a las
piedras, aquí tenemos una realización. Vemos cómo las piedras cantan y danzan
en la alegría de unas formas que más que el peso de la gravedad, recuerdan la
solemnidad vibrante de una Paraíso anticipado. Si las piedras pueden expresar
la vida, es que la Vida es distinta y nueva, sembrada de algo eterno en su
finitud, una misteriosa ternura en su rigidez y una vibración exultante en su
quietud.
Las piedras en su limitación tienen el don de
permanecer. Cuando la mirada se centra y desciende por el ciprés hasta el
pelícano, descubre el nombre de Jesús; y tras pasar por la coronación de María,
se detiene en la Anunciación para llegar al nacimiento siguiendo la estrella,
corazón temático del portal. La composición del grupo protagonista, colocado en
el capitel central, es de gran simplicidad. El Niño, alzado del pesebre,
aparece insignificante en la inmensidad de piedra, hasta puede pasar
inadvertido. Sin embargo, su lugar es central, mientras María y José le ofrecen
su protección en actitud orante. Como si se tratase de una invitación a
arrodillarnos para contemplarle y así poder cruzar la puerta que conduce al
templo. El pequeño nos muestra su desnudez confiada que descansa en las manos
de la Madre, que ligeramente le alza como para mecerlo, aunque en el fondo es
para mostrarlo. Ella, inclinada, parece no tener rostro, como si toda su faz
estuviera ya grabada en el pequeño. José se inclina con las manos extendidas y
vueltas hacia el niño, para ayudar, pero con la suficiente distancia como para
no despertar el Misterio. A cada lado, la mula y el buey, rodeándolos un grupo
de ángeles músicos que nos hacen una llamada desde lo alto: “Jesús est natus.
Venite adoremus”. Los que escuchas este llamamiento pueden entonar, también
ellos, el mensaje de la noche navideña: Gloria in excelsis Deo, et in terra pax
hominibus bonae voluntatis.
“En contraste
con la del Nacimiento, decorada, ornamentada, turgente la de la Muerte es dura,
pelada, como hecha de huesos”.
La meditación en torno a la segunda fachada se ha
de centrar en Jesucristo, ya que es Él el único protagonista. Gaudí estructuró
y dibujó la fachada de Poniente después de la grave enfermedad que le tuvo
apartado varios meses y que le adentró en una profunda experiencia de
asociación a la pasión del Señor acompañado por los textos de San Juan de la
Cruz.
Esta opción de resaltar plásticamente el dramatismo
supone lucidez creyente, ya que la contemplación del amor entregado de Cristo
supone reconocer en él al que carga con el pecado y el dolor de un peso y una
intensidad tal que, sobrepasando la dimensión personal, tiene una densidad
colectiva que procede de unas cadenas que esclavizan a toda la humanidad. La
fuerza dramática procede del “por nosotros” de su amor que carga con el mal que
impide la realización del proyecto del amor. En este sentido, la parte baja de
la fachada es una variación del Vía crucis dispuesto como el ascenso a un
monte, que recuerda la senda que dibujó Juan de la Cruz para subir al
Carmelo-Calvario. Como si las estaciones propusieran un camino espiritual de
ahondamiento en el misterio del amor de la mano del Jesús sufriente. Esta
fachada se completa con la representación del Cristo resucitado, que no está
representado en piedra. Como si para esta irrupción de novedad y esperanza solo
la luz y el color pudieran dar forma a la existencia transfigurada y gloriosa
del Vencedor del pecado y la muerte. Se trata de una vidriera donde la
trasparencia es protagonista en la rosa del gran ventanal central del crucero.
Tanto desde fuera como desde dentro se puede contemplar al Resucitado, que se hace
a la vez presencia sacramental y eclesial en el interior y anuncio y misión de
esperanza en el exterior. Culmina la fachada de Poniente el Cristo en Ascensión
que desde lo alto del puente entre las cuatro torres-campanario prepara para
la contemplación de la fachada de la Gloria.
“Es una obra
que está en las manos de Dios y en la voluntad del pueblo. El arquitecto
viviendo en el pueblo y dirigiéndose a Dios, va haciendo su trabajo. La
providencia, según sus designios, es la que lleva la obra a término”.
Es toda una señal significativa que ésta sea la
única fachada que queda pendiente y en la que se concentran diferentes
dificultades urbanísticas para su realización. Como si las pruebas de la
construcción se correspondieran con las pruebas de la vida, o como si el acceso
y la visión de la Escatología no solo fuera la última sino la de la
representación más difícil de imaginar en este entretiempo de la historia y la
eternidad. Es ésta una perspectiva muy sugerente en un templo cuya construcción
representa una trayectoria temporal que fácilmente superará los ciento
cincuenta años. Pero en este caso la contemplación tendrá que ser imaginativa e
interior. Lo que en este momento supone una cierta ventaja, ya que se asemeja a
nuestra perspectiva creyente sobre la consumación del tiempo. Ya que “pues
ahora vemos de un modo oscuro, como en un espejo” (1Co 13,12). La fachada que
ahora no vemos se convierte en bella parábola del plan de Dios: “he aquí, yo
hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).
Fin de la sexta catequesis.
PORLA