“Hacer del
mundo una familia, de cada familia un Nazaret” (Sant Josep Manyanet)
En el origen del proyecto del templo de la Sagrada
Familia hemos de señalar la intuición de Sant Josep Manyanet que, con su
testimonio, sus fundaciones y sus escritos, proponía volver a Nazaret. Este
apostolado intentaba abordar la situación social y espiritual devolviendo a la
familia su dignidad según el modelo de la familia de Nazaret.
La semilla de esta inquietud se grabó especialmente
en el librero Josep Maria de Bocabella, que presidía la Asociación de Devotos
de San José. Así, después de un viaje a Roma, donde habían regalado al Papa una
imagen de la Sagrada Familia, y tras pasar por Loreto, le vino la idea de
reproducir en Barcelona la Santa Casa que estaba en la basílica italiana.
Haciendo así resonar las palabras del Padre Manyanet: “la Casa de la Sagrada
Familia es morada de paz y de verdadera alegría. Aquí se te enseñará y
encontrarás lo que quieres y desea tu corazón”.
Después de una serie de intentos fallidos, a
finales del año 1881 por 171.000 pesetas de la época se compraba un solar
ubicado entre las calles Mallorca, Marina, Provenza y Cerdeña en pleno Ensanche
de Barcelona. La idea era edificar un templo-catedral dedicado a Jesús, María y
José.
“Iglesia
expiatoria… para mayor honra y gloria de la Sagrada Familia” (Obispo
Urquinaona, en la celebración en que se puso la primera piedra del templo).
El día de San José del año siguiente el obispo Urquinaona
puso la primera piedra, y en ese momento el proyecto comenzó su larga andadura.
Tras unos primeros planos, y con la cripta iniciada, el arquitecto Francisco de
Paula de Villar, dimite por algunas discrepancias técnicas con Joan Martorell,
asesor de Bocabella en los asuntos del templo. En este momento entra en escena
Gaudí, que el día 3 de noviembre de 1883 recibe el encargo de ser el arquitecto
del templo expiatorio. Así, hasta su muerte, 43 años después, fue fiel a esta
misión de construir un templo para la familia de todos los pueblos.
1.- Volver a Nazaret
“Todos necesitamos volver a Nazaret para contemplar siempre de nuevo el silencio y el amor de la Sagrada Familia, modelo de toda vida familiar cristiana” (Benedicto XVI).
En aquel tiempo convulso, la Sagrada familia de
Nazaret se presentaba como modelo unas nuevas relaciones que tiene en el amor
de Dios su fundamento. El hecho de que ya en la cripta tengamos el relieve del
escultor Josep Llimona como retablo de altar central y los siete altares
absidiales dedicados a la Sagrada Familia de Jesús resalta hasta qué punto en
la base del templo contamos con esta inspiración. Como decía José Manyanet, el
apóstol de la Sagrada Familia: “Figurémonos estar en la Casa de Nazaret en
compañía de Jesús, María y José, oyendo sus palabras y observando sus acciones,
y que con paternal cariño dicen a cada uno de nosotros: “Si quieres agradarnos,
no dejes de copiar en ti lo que nosotros decimos y hacemos””.
El sentido de volver a Nazaret nos lo explican
estas palabras de Benedicto XVI: “La Sagrada Familia de Nazaret es
verdaderamente el “prototipo” de cada familia cristiana que, unida en el
Sacramento del matrimonio y alimentada de la Palabra y de la Eucaristía, está
llamada a llevar a cabo la estupenda vocación y misión de ser célula viva no
sólo de la sociedad, sino de la Iglesia, signo e instrumento de unidad para
todo el género humano”.
Gaudí comprende que el templo y su proceso de
edificación están al servicio de este empeño que supone un programa de vida y
de construcción social basado en el amor familiar, concreto e histórico de
Jesús, María y José. O dicho en palabras del padre Manyanet: “Por medio de la
contemplación del misterio de Nazaret, Jesús desea instruirnos y consolidarnos
en la verdadera virtud y perfecto amor de Dios, ya que para eso vino al mundo y
se ha dignado formar parte de esta Familia, la cual debe ser el modelo de todas
las demás”.
Así pues, el templo será, en definitiva, un
monumento al Amor. Su carácter expiatorio mostrará el sentido de la gratuidad
que se manifiesta en una fidelidad sin límites. El sí de María a la voluntad de
Dios y la tutela fiel de José permitirán que el Niño, engendrado y de la misma
naturaleza del amor del Padre, crezca en esta historia rodado de un amor sano,
fuerte y libre forjado en las decisiones de disponibilidad y entrega.
Nazaret se presenta así como un hogar y una escuela
para aprender el amor esponsal, la maternidad y la paternidad y el sentido
profundo de ser hijos y ser hermanos. La casa de Nazaret se nos muestra como el
primer templo y la primera iglesia.
2.- El matrimonio, primera piedra de la sociedad
“El “sí” personal y recíproco del hombre y de la mujer abre el espacio para el futuro, para la auténtica humanidad de cada uno, y al mismo tiempo está destinado al don de una nueva vida” (Benedicto XVI).
Gaudí tiene una experiencia fundante del amor
matrimonial. Su debilidad física marcada por el dolor temprano que el reuma le
provoca en las articulaciones, vendrá compensada por los cuidados de Antonia, su
madre, atenta a aliviar el sufrimiento de su hijo menor. Las atenciones de
Francesc, su padre, le acercan al mundo del trabajo; así, el joven Antonio
ayuda en pequeñas tareas en pequeñas
tareas en el taller de calderería de su progenitor.
Esta referencia de la infancia marcará la
comprensión de la familia humana vinculada a la experiencia de Dios. La
trinidad terrenal de Jesús, María y José a la que se dedica el Templo tiene en
el fondo un modelo trascendente que es la Trinidad divina que se manifiesta en
su mayor hondura en el interior. La encarnación del Hijo será el punto de
encuentro de la verticalidad divina y la horizontalidad humana que encuentran
en el templo toda su significatividad. Un templo que desde Nazaret invita a la
Gloria como se desarrolla la misma construcción del edificio en sus diferentes
pórticos.
Así pues la Sagrada Familia se convierte en una
invitación a edificar el amor desde el sí de los esposos que es “la primera
piedra de la construcción de una sociedad”.
Así, en la alianza conyugal del hombre y de la
mujer se especifica la vocación al amor que surge del ser humano creado como
imagen de Dios.
Nos hacemos semejantes a Dios en esta experiencia
del amor que sale de sí para darse en libertad. El amor está en el principio, y
el matrimonio está en el principio, y el matrimonio está en el fundamento de la
familia y de la vida social. Esta perspectiva cambia al mundo que se
redimensiona frente a los intereses económicos que usurpan el verdadero
fundamento de lo auténtico y definitivo, y lo coloca ante la hondura que le da
un sentido y una esperanza que tiene en Dios su origen y su meta.
PORLA
