miércoles, 16 de abril de 2014

CONFESIONES DE SAN AGUSTIN (Continuación)

CAPITULO NOVENO
Por la afición al juego aborrece el estudio
14) ¡Oh Dios, Dios mío!, ¡qué de miserias y engaños experimenté en aquella edad! Proponianme por norma de vida obedecer a los que me exhortaban a descollar en el mundo y sobresalir en las artes de la palabra, que me sirvieran para alcanzar honras humanas y falsas riquezas. Por esto me pusieron a la escuela, para que aprendiese a leer yo, triste de mí, no sabía el provecho que había en ello; y con todo, si era descuidado en aprenderlas, me azotaban; rigor alabado por los mayores; y muchos que vivieron antes que nosotros habían abierto estos caminos trabajosos, por los cuales se nos obligaba a pasar multiplicando las fatigas y el dolor a los hijos de Adán (Eccli., 40, 1).
Sin embargo, vine a dar con maestros que os invocaban, Señor; y de ellos aprendí yo a sentir, cuanto me era posible, que sois un ser grande, que aunque no manifiesto a nuestros sentidos, podéis oírnos y socorrernos. Y así, desde niño comencé a invocaros como a mi refugio y amparo (Ps. 93, 22) y mi lengua se soltó a hablar con la invocación de vuestro nombre (1); y aunque pequeño, os rogaba con no pequeño afecto que no me azotasen en la escuela. Y cuando no me oíais lo cual no era sin o para mi enseñanza (Ps. 21, 3), las personas mayores, y aun mis padres, que no querían me aconteciese mal alguno, reíanse de mis azotes que eran entonces para mí un mal grande y pesado.
 
15) ¿Hay, Señor, algún alma tan grande, unida a vos con tan robusto amor; hay alguna, digo –pues también puede acaecer por cierta estolidez -; hay, pues, alguna que, por su piadosa unión con Vos, tenga tan generosos arrestos, que desprecie los caballetes, los garfios y otras varias semejantes torturas, que son en gran manera temidos, y por librarse de ellos, de todas las partes del mundo se os ofrecen plegarias, y así se ría de ellos, aun amando a los que acerbísimamente los temen, como se reían nuestros padres de los castigos con que de niños nos maltrataban los maestros? Porque no menos los temíamos, ni menos os suplicábamos que nos libraseis de ellos (2). Y con todo, pecábamos escribiendo, leyendo y pensando en el estudio menos de lo que se exigía de nosotros.
Y no era, Señor, por falta de memoria o de ingenio, que Vos me los habíais dado, para aquella edad suficiente; pero nos gustaba jugar, y los maestros castigaban en nosotros lo mismo que ellos hacían; sino que los juegos de los mayores se llaman negocios (3); pero los de los niños, que son puros juegos, son castigados por los mayores; y nadie se compadece ni de los niños, ni de los grandes, o mejor de unos y de otros.
Si ya no es que algún buen árbitro de las cosas aprueba que me azotasen porque, de niño, jugaba a la pelota, y por jugar no aprendía tan pronto las letras, con las cuales, cuando mayor, había de jugar más torpemente.
¿Acaso hacía otra cosa el mismo maestro que me azotaba, el cual, si en alguna disputilla era vencido por algún colega, quedaba más atormentado por la cólera y la envidia que yo cuando en el partido de pelota era vencido por mi compañero de juego?
 
CAPITULO DECIMO
Su afición al juego y a los espectáculos
16) Con todo, pecaba yo, Señor Dios mío, ordenador y autor de todas las criaturas – pero del pecado solamente ordenador (1); pecaba yo, Señor Dios mío, quebrantando los preceptos de mis padres y maestros; pues podía yo después hacer buen uso de las letras que los míos, cualesquiera que fueren sus intentos, querían que aprendiese. Porque era yo desobediente, no por hacer algo mejor, sino por afición al juego, en cuyos lances ansiaba soberbios triunfos, y que con fabulosas historietas me pellizcasen las orejas, para más encenderme la comezón; mientras más y más me brotaba de los ojos la misma curiosidad por los espectáculos, que son los juegos de las personas mayores; pero juegos que los sujetos que los dan, descuellas invertidos de tal dignidad, que casi todos los padres la desean para sus pequeñuelos; y, sin embargo, permiten de grado que sean azotados, si los tales espectáculos les estorban el estudio, por cuyo medio se desea que lleguen a poder darlos.
Mirad, Señor, con misericordia estas cosas, y libradnos a los que ya os invocamos; libradnos a los que ya os invocamos; librad también a los que todavía no os invocan; para que os invoquen y los libréis.
PORLA