CAPITULO PRIMERO
Por qué va a
contar los pecados de aquella edad
1) Recordar quiero mis fealdades pasadas, y las
torpezas carnales de mi alma; no porque las ame, sino para amaros a Vos, Dios
mío. Por amor de vuestro amor hago esto, recorriendo con amargo recuerdo mis
perversísimos caminos, para que Vos me seáis dulce, dulzura no engañosa,
dulzura dichosa e imperecedera; y recogiéndome yo mismo de aquella disgregación
con que me repartí en pedazos, cuando apartado de Vos, que sois Uno, me
desvanecí en muchas cosas. Porque hubo un tiempo en mi adolescencia en que me
abrasaba por hartarme de estas cosas bajas, y osé convertirme en un matorral de
varios y sombríos amores; y se consumó mi hermosura, y me convertí en
podredumbre a vuestros ojos, agradándome a mí mismo, y deseando agrados a los
ojos de los hombres.
CAPITULO SEGUNDO
El despertar
de las pasiones
2) Y ¿qué era lo que me deleitaba, sino amor y ser
amado? Pero no guardaba yo l amesura, de alma a alma, que marcan los linderos
luminosos de la amistad.
Porque del fango de la concupiscencia carnal y del
manantial de mi pubertad subía un vaho, que nublaba y ofuscaba mi corazón,
tanto que no distinguía la serenidad del amor casto de la oscuridad de la
lujuria. Ambos amores confundían sus llamadas y arrebataban mi flaca edad por
los despeñaderos de las pasiones, y la sumergían en un piélago de torpezas. Se
había desatado contra mí vuestra ira, y yo no me daba cuenta. Con el estridor
de la cadena que arrastraba mi mortalidad me había vuelto sordo: castigo de la soberbia
de mi alma. Y me iba alejando de Vos, y Vos me dejabais; y me agitaba, y me
desbordaba, y me derretía, y hervía con mis fornicaciones; y Vos callabais, ¡oh
tardo gozo mío!, callabais Vos por entonces; y yo me iba cada vez más lejos de
Vos, y con altiva abyección e inquieto cansancio, arrojaba a manos llenas
estériles semillas de dolores.
3) ¡Quién hubiera sometido a ley mi trabajo,
enseñándome a usar rectamente de las fugaces hermosuras de las cosas bajas,
fijando límites a sus halagos, de modo que el oleaje de mi juventud fuese a
romper en la playa del matrimonio, si en él no podía haber la calma que se
limita al fin de la procreación de los hijos, como prescribe vuestra ley,
Señor, que formáis el germen transmisor de vuestra mortalidad, y sois poderoso
a templar con mano blanda las espinas (de la concupiscencia), excluidas de
vuestro paraíso! Porque no está lejos de nosotros vuestra omnipotencia, aun
cuando nosotros estamos lejos de Vos. Ciertamente, debí atender con más
diligencia a la voz de vuestras nubes (1), (los apóstoles), que delos casados
dicen: Los tales padecerán tribulación de la carne; pero yo os la ahorro (1
Cor. 7, 28); y: Bueno es al hombre no tocar mujer; y luego: El que está sin
mujer anda solícito en las cosas de Dios, y como le agradará; más el casado
piensa en las cosas del mundo, y cómo
agradará a su mujer. Estas voces debí escuchar con mayor atención y haciéndome
eunuco por el reino de los cielos (Mt, 19, 12), hubiera esperado, más feliz,
vuestros abrazos.
4) Más yo, miserable, me desbordé, siguiendo el
ímpetu de mi corriente, abandonándoos a Vos, y traspasé todas vuestras leyes; y
no escapé de vuestros azotes -¿cuál de los mortales pudo lograrlo?-. Porque Vos
siempre os presentabais piadosamente cruel, rociando de amarguísimos sinsabores
todos mis placeres ilícitos para que buscase el placer que carece de sinsabor;
y éste no lo pudiese hallar fuera de Vos, Señor; fuera de Vos, que ponéis
trabajo en el precepto (Ps. 93, 20), y herís para sanar (Deut. 32, 39), y nos
dais muerte para que no muramos sin Vos. Pero ¡dónde estaba yo, y cuán lejos
andaba, desterrado de las delicias de vuestra casa, en aquel año decimosexto de
la edad de mi carne, cuando ella tomó su cetro sobre mí, y yo, atadas las
manos, me rendía a ella, la vesania de la lujuria, desenfrenada por la infamia
de los hombres, pero prohibida por vuestras leyes!
No cuidaron los míos de recogerme, al caer, en el
matrimonio; solamente cuidaron de que aprendiese a pronunciar los más hermosos
discursos, y a persuadir con la palabra.
CAPITULO TERCERO
A los
dieciséis años. Males de la ociosidad
5) precisamente aquel año se habían interrumpido
mis estudios, mientras a mi regreso de Madaura, ciudad vecina (1), adonde
primeramente había ido a estudiar literatura y oratoria se preparaba el coste
de un viaje más largo a Cartago, más por los arrestos que por la caridad de mi
padre, muy modesto vecino de Tagaste. Mas ¿a quién cuento yo esto? No a Vos,
ciertamente, Dios mío; sino en vuestra presencia lo cuento a mi linaje, al
linaje humano, en aquella partecita, por pequeña que sea, que acertase a
leerle. Y ¿para qué lo cuento? Para que yo, y todo el que lo leyese, pensemos
desde qué abismo tan profundo debemos clamar a Vos (Ps. 120, 9).
Pero ¿qué cosa más cercana que vuestros oídos, si
el corazón os confiesa, y la vida nace de la fe? ¿Quién había entonces que no
pusiese por las nubes a aquel hombre, mi padre, porque, yendo ya más allá de lo
que le permitían sus recursos, gastaba en el hijo cuanto era necesario para ir
a continuar los estudios en una ciudad lejana? Porque muchos ciudadanos harto
más opulentos, no se tomaban por sus hijos semejante cuidado. Y entretanto mí
mismo padre no se preocupaba de cómo iría yo creciendo para Vos, o hasta qué
punto sería casto; con tal que fuera diserto (elocuente), o, por mejor decir,
desierto de vuestro cultivo, oh Dios, que sois el Único verdadero y buen Señor
de vuestro campo, mi corazón.
6) Mas cuando aquel año decimosexto, interrumpido
por las estrecheces domésticas el estudio, comencé a vivir con mis padres,
descansando de toda clase, las espinas de mi lascivia crecieron por encima de
mi cabeza (Ps. 37, 5), y no hubo una mano que las arrancara. Muy al contrario,
aquel padre, al verme en el baño pubescente y con los signos de la inquieta
adolescencia, como saltando de gozo por tener nietos, se lo dijo a mi madre
alborozado, alborozado con la embriaguez con que este mundo se olvida de Vos,
su Creador, y ama, en lugar de Vos, a la criatura, tomado del vino de su
perversa voluntad, abatida a las cosas bajas. Mas para entonces ya Vos habíais
comenzado a edificar vuestro templo en el pecho de mi madre, y el principio de
vuestra santa morada - que mi
padre aún era catecúmeno y desde poco antes-. Y así ella se sobresaltó con
piadoso temor y temblor; pues aunque yo no era todavía cristiano, temió ella
que siguiese las torcidas sendas por donde andan los que os vuelven las
espaldas, y no el rostro (Jer. 2, 27).
7) ¡Ay de mí!, ¿y me atrevo a decir que Vos, Dios
mío, callabais, cuando yo más me iba alejando de Vos? ¿Es verdad que entonces
callabais conmigo? Pues ¿de quién sino vuestras, eran aquellas voces, que por
boca de mi madre, vuestra fiel sierva, cantasteis a mis oídos? Pero ninguna me
llegó al corazón para ponerla por obra. Quería ella –y recuerdo que, a solas,
me amonestó con gran encarecimiento- que yo no fornicase, y, sobre todo, que no
adulterase con la mujer ajena. Consejos mujeriles me parecieron los suyos, y me
habría avergonzado de seguirlos. Mas en realidad eran vuestros, y yo no lo
sabía: pensaba yo que callabais Vos y hablaba ella; y erais Vos el que me
hablabais por ella: y en ella os despreciaba yo su hijo, el hijo de vuestra
sierva, y siervo vuestro (Ps. 115, 16). Mas yo lo ignoraba e iba precipitándome
con tan gran ceguera, que entre los de mi edad me avergonzaba de mi menor desvergüenza,
pues las oía jactarse de sus maldades y gloriarse tanto más cuanto más torpes
eran; y me daba gana de hacerlo, no solo por el gusto de hacerlo, sino también
por ser alabado. ¿Qué cosa hay digna de vituperio sino el vicio? Pues yo, para
no ser vituperado, me hacía más vicioso; y cuando no había cometido alguna
culpa que me igualase con los más perdidos, fingía haber hecho, por no parecer
tanto más abyecto cuanto más inocente, ni ser temido por tanto más vil cuanto
más casto.
8) He aquí con que compañeros recorría yo las
plazas de Babel (2) y me revolcaba en su cieno, como en cinamomo y perfumes
preciosos. Y en medio del lodazal, para dejarme más tenazmente apegado,
pisoteabame el enemigo invisible, y me seducía, porque yo era fácil de seducir.
Ni aun aquella que había ya huido de en medio de Babilonia, pero andaba harto
despacio por sus arrabales, la madre de mi carne, así como me aconsejó la
castidad, no se cuidó de encauzar dentro de los términos del afecto conyugal,
puesto que no era posible cortar por lo vivo, lo que de mí le había dicho su
marido, y que ella veía serme ya perjudicial, y para más adelante peligroso. No
se cuidó de ello, porque temía que el grillete del amor conyugal frustrase la
esperanza que de mí se tenía; no aquella esperanza de la vida futura, que mi
madre tenía en Vos, sino la esperanza de las letras, que ambos a dos
exageradamente querían que yo aprendiese: mi padre, porque apenas pensaba en
Vos, y formaba castillos de viento sobre mí; mi madre, porque juzgaba que no
sólo no me estorbarían, antes me ayudarían por llegarme a Vos, los
acostumbrados estudios literarios. Así lo conjeturo, en cuanto, puedo recordar
la manera de ser de mis padres.
También me aflojaban las riendas para jugar, más de
lo que permite la discreta severidad, dejándome ir tras mis desordenados y
varios deseos. En todo esto había una espesa nube, que me ocultaba la luz
serena de vuestra verdad, Dios mío, y reventaba de gruesa mi maldad (Ps. 72,
7).
PORLA

