domingo, 27 de julio de 2014

LIBRO SEGUNDO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO PRIMERO
Por qué va a contar los pecados de aquella edad
1) Recordar quiero mis fealdades pasadas, y las torpezas carnales de mi alma; no porque las ame, sino para amaros a Vos, Dios mío. Por amor de vuestro amor hago esto, recorriendo con amargo recuerdo mis perversísimos caminos, para que Vos me seáis dulce, dulzura no engañosa, dulzura dichosa e imperecedera; y recogiéndome yo mismo de aquella disgregación con que me repartí en pedazos, cuando apartado de Vos, que sois Uno, me desvanecí en muchas cosas. Porque hubo un tiempo en mi adolescencia en que me abrasaba por hartarme de estas cosas bajas, y osé convertirme en un matorral de varios y sombríos amores; y se consumó mi hermosura, y me convertí en podredumbre a vuestros ojos, agradándome a mí mismo, y deseando agrados a los ojos de los hombres.

CAPITULO SEGUNDO
El despertar de las pasiones
2) Y ¿qué era lo que me deleitaba, sino amor y ser amado? Pero no guardaba yo l amesura, de alma a alma, que marcan los linderos luminosos de la amistad.
Porque del fango de la concupiscencia carnal y del manantial de mi pubertad subía un vaho, que nublaba y ofuscaba mi corazón, tanto que no distinguía la serenidad del amor casto de la oscuridad de la lujuria. Ambos amores confundían sus llamadas y arrebataban mi flaca edad por los despeñaderos de las pasiones, y la sumergían en un piélago de torpezas. Se había desatado contra mí vuestra ira, y yo no me daba cuenta. Con el estridor de la cadena que arrastraba mi mortalidad me había vuelto sordo: castigo de la soberbia de mi alma. Y me iba alejando de Vos, y Vos me dejabais; y me agitaba, y me desbordaba, y me derretía, y hervía con mis fornicaciones; y Vos callabais, ¡oh tardo gozo mío!, callabais Vos por entonces; y yo me iba cada vez más lejos de Vos, y con altiva abyección e inquieto cansancio, arrojaba a manos llenas estériles semillas de dolores.

3) ¡Quién hubiera sometido a ley mi trabajo, enseñándome a usar rectamente de las fugaces hermosuras de las cosas bajas, fijando límites a sus halagos, de modo que el oleaje de mi juventud fuese a romper en la playa del matrimonio, si en él no podía haber la calma que se limita al fin de la procreación de los hijos, como prescribe vuestra ley, Señor, que formáis el germen transmisor de vuestra mortalidad, y sois poderoso a templar con mano blanda las espinas (de la concupiscencia), excluidas de vuestro paraíso! Porque no está lejos de nosotros vuestra omnipotencia, aun cuando nosotros estamos lejos de Vos. Ciertamente, debí atender con más diligencia a la voz de vuestras nubes (1), (los apóstoles), que delos casados dicen: Los tales padecerán tribulación de la carne; pero yo os la ahorro (1 Cor. 7, 28); y: Bueno es al hombre no tocar mujer; y luego: El que está sin mujer anda solícito en las cosas de Dios, y como le agradará; más el casado piensa en las cosas del mundo,  y cómo agradará a su mujer. Estas voces debí escuchar con mayor atención y haciéndome eunuco por el reino de los cielos (Mt, 19, 12), hubiera esperado, más feliz, vuestros abrazos.

4) Más yo, miserable, me desbordé, siguiendo el ímpetu de mi corriente, abandonándoos a Vos, y traspasé todas vuestras leyes; y no escapé de vuestros azotes -¿cuál de los mortales pudo lograrlo?-. Porque Vos siempre os presentabais piadosamente cruel, rociando de amarguísimos sinsabores todos mis placeres ilícitos para que buscase el placer que carece de sinsabor; y éste no lo pudiese hallar fuera de Vos, Señor; fuera de Vos, que ponéis trabajo en el precepto (Ps. 93, 20), y herís para sanar (Deut. 32, 39), y nos dais muerte para que no muramos sin Vos. Pero ¡dónde estaba yo, y cuán lejos andaba, desterrado de las delicias de vuestra casa, en aquel año decimosexto de la edad de mi carne, cuando ella tomó su cetro sobre mí, y yo, atadas las manos, me rendía a ella, la vesania de la lujuria, desenfrenada por la infamia de los hombres, pero prohibida por vuestras leyes!
No cuidaron los míos de recogerme, al caer, en el matrimonio; solamente cuidaron de que aprendiese a pronunciar los más hermosos discursos, y a persuadir con la palabra.


CAPITULO TERCERO
A los dieciséis años. Males de la ociosidad
5) precisamente aquel año se habían interrumpido mis estudios, mientras a mi regreso de Madaura, ciudad vecina (1), adonde primeramente había ido a estudiar literatura y oratoria se preparaba el coste de un viaje más largo a Cartago, más por los arrestos que por la caridad de mi padre, muy modesto vecino de Tagaste. Mas ¿a quién cuento yo esto? No a Vos, ciertamente, Dios mío; sino en vuestra presencia lo cuento a mi linaje, al linaje humano, en aquella partecita, por pequeña que sea, que acertase a leerle. Y ¿para qué lo cuento? Para que yo, y todo el que lo leyese, pensemos desde qué abismo tan profundo debemos clamar a Vos (Ps. 120, 9).
Pero ¿qué cosa más cercana que vuestros oídos, si el corazón os confiesa, y la vida nace de la fe? ¿Quién había entonces que no pusiese por las nubes a aquel hombre, mi padre, porque, yendo ya más allá de lo que le permitían sus recursos, gastaba en el hijo cuanto era necesario para ir a continuar los estudios en una ciudad lejana? Porque muchos ciudadanos harto más opulentos, no se tomaban por sus hijos semejante cuidado. Y entretanto mí mismo padre no se preocupaba de cómo iría yo creciendo para Vos, o hasta qué punto sería casto; con tal que fuera diserto (elocuente), o, por mejor decir, desierto de vuestro cultivo, oh Dios, que sois el Único verdadero y buen Señor de vuestro campo, mi corazón.

6) Mas cuando aquel año decimosexto, interrumpido por las estrecheces domésticas el estudio, comencé a vivir con mis padres, descansando de toda clase, las espinas de mi lascivia crecieron por encima de mi cabeza (Ps. 37, 5), y no hubo una mano que las arrancara. Muy al contrario, aquel padre, al verme en el baño pubescente y con los signos de la inquieta adolescencia, como saltando de gozo por tener nietos, se lo dijo a mi madre alborozado, alborozado con la embriaguez con que este mundo se olvida de Vos, su Creador, y ama, en lugar de Vos, a la criatura, tomado del vino de su perversa voluntad, abatida a las cosas bajas. Mas para entonces ya Vos habíais comenzado a edificar vuestro templo en el pecho de mi madre, y el principio de vuestra santa morada -         que mi padre aún era catecúmeno y desde poco antes-. Y así ella se sobresaltó con piadoso temor y temblor; pues aunque yo no era todavía cristiano, temió ella que siguiese las torcidas sendas por donde andan los que os vuelven las espaldas, y no el rostro (Jer. 2, 27).

7) ¡Ay de mí!, ¿y me atrevo a decir que Vos, Dios mío, callabais, cuando yo más me iba alejando de Vos? ¿Es verdad que entonces callabais conmigo? Pues ¿de quién sino vuestras, eran aquellas voces, que por boca de mi madre, vuestra fiel sierva, cantasteis a mis oídos? Pero ninguna me llegó al corazón para ponerla por obra. Quería ella –y recuerdo que, a solas, me amonestó con gran encarecimiento- que yo no fornicase, y, sobre todo, que no adulterase con la mujer ajena. Consejos mujeriles me parecieron los suyos, y me habría avergonzado de seguirlos. Mas en realidad eran vuestros, y yo no lo sabía: pensaba yo que callabais Vos y hablaba ella; y erais Vos el que me hablabais por ella: y en ella os despreciaba yo su hijo, el hijo de vuestra sierva, y siervo vuestro (Ps. 115, 16). Mas yo lo ignoraba e iba precipitándome con tan gran ceguera, que entre los de mi edad me avergonzaba de mi menor desvergüenza, pues las oía jactarse de sus maldades y gloriarse tanto más cuanto más torpes eran; y me daba gana de hacerlo, no solo por el gusto de hacerlo, sino también por ser alabado. ¿Qué cosa hay digna de vituperio sino el vicio? Pues yo, para no ser vituperado, me hacía más vicioso; y cuando no había cometido alguna culpa que me igualase con los más perdidos, fingía haber hecho, por no parecer tanto más abyecto cuanto más inocente, ni ser temido por tanto más vil cuanto más casto.

8) He aquí con que compañeros recorría yo las plazas de Babel (2) y me revolcaba en su cieno, como en cinamomo y perfumes preciosos. Y en medio del lodazal, para dejarme más tenazmente apegado, pisoteabame el enemigo invisible, y me seducía, porque yo era fácil de seducir. Ni aun aquella que había ya huido de en medio de Babilonia, pero andaba harto despacio por sus arrabales, la madre de mi carne, así como me aconsejó la castidad, no se cuidó de encauzar dentro de los términos del afecto conyugal, puesto que no era posible cortar por lo vivo, lo que de mí le había dicho su marido, y que ella veía serme ya perjudicial, y para más adelante peligroso. No se cuidó de ello, porque temía que el grillete del amor conyugal frustrase la esperanza que de mí se tenía; no aquella esperanza de la vida futura, que mi madre tenía en Vos, sino la esperanza de las letras, que ambos a dos exageradamente querían que yo aprendiese: mi padre, porque apenas pensaba en Vos, y formaba castillos de viento sobre mí; mi madre, porque juzgaba que no sólo no me estorbarían, antes me ayudarían por llegarme a Vos, los acostumbrados estudios literarios. Así lo conjeturo, en cuanto, puedo recordar la manera de ser de mis padres.
También me aflojaban las riendas para jugar, más de lo que permite la discreta severidad, dejándome ir tras mis desordenados y varios deseos. En todo esto había una espesa nube, que me ocultaba la luz serena de vuestra verdad, Dios mío, y reventaba de gruesa mi maldad (Ps. 72, 7).


PORLA

domingo, 6 de julio de 2014

CONFESIONES DE SAN AGUSTIN (Continuación)

CAPITULO 18
Guardan los hombres las leyes de la gramática, y quebrantan las de Dios
28) Pero ¿qué maravilla es que así me fuese yo tras las vanidades, y me alejase de Vos, Dios mío, cuando me ponían por modelo a unos hombres que si al contar algunas de sus propias acciones no malas, eran notados de cometer algún solecismo o barbarismo se avergonzaban, pero si al relatar con palabras castizas y bien compuestas facunda y elegantemente sus propias lascivias, eran alabadas, se vanagloriaban?
Vos, Señor, veis estos desordenes, y calláis, longánime y de mucha misericordia y veraz (Ps. 102, 8). Pero ¿acaso callaréis siempre? Y ahora sacad de este espantoso abismo al alma que os busca, y tiene sed de vuestros deleites, y de corazón os dice: Vuestro rostro busqué, Señor, vuestro rostro buscaré (Ps. 26, 8). Porque lejos se está de vuestro rostro, por una pasión tenebrosa. Pues no con los pies ni con distancias de lugar huimos de Vos, ni nos acercamos a Vos. ¿Buscó, acaso, aquel vuestro hijo menor, caballos, o carros, o naves, o voló con alas visibles, hizo el camino moviendo las piernas, caminó con los pies para vivir en región apartada, donde desperdició pródigo lo que Vos le habíais dado a la partida, Padre dulce, en dárselo, y más dulce cuando volvió mendigo? Vivió, pues, en la pasión libidinosa, que eso quiere decir tenebrosa, y eso es estar lejos de vuestro rostro.
 
29) Mirad, Señor Dios, y mirad con paciencia, como lo miráis, cuán diligentemente observan los hijos de los hombres las leyes sobre las letras y sílabas, recibidas de los que hablaron primero; y descuidado las leyes eternas de salud perdurable, recibidas de Vos.
Tanto que el que sabe o enseña tales reglas, si pronunciase  (en latín) contra la disciplina gramatical, la palabra hominem (hombre) sin aspiración (h) de la primera letra, desagradaría a los hombres más que si contra vuestros preceptos, siendo él hombre, aborreciese a otro hombre. Como si algún hombre enemigo le fuese más pernicioso, que el mismo odio con que se irrita contra él. O como si alguien pudiera causar a otro mayor estrago o persiguiéndole, que el que causa a su propio corazón aborreciendo. Pues ciertamente no nos es más íntima la ciencia de las letras, que la Ley escrita en la conciencia, de no hacer a otro lo que no quieres que hagan contigo. Cuán secreto sois Vos, que moráis en silencio en las alturas, Dios solo grande, cuando con ley inexorable esparcís cegueras vengadoras sobre la concupiscencias ilícitas; cuando el hombre, buscando fama de elocuente, y persiguiendo con odio ferocísimo a su enemigo, ante el juez, también hombre, rodeado de una concurrencia de hombres, se guarda atentísimamente de decir por un desliz de la lengua, interhominibus (entre los hombres), y de quitar, por furor de la mente, a un hombre ex homínibus (de entre los hombres) no se guarde. 


CAPITULO 19
Sus pecados en la niñez
30) En el umbral de estas costumbres yacía yo, miserable, cuando niño; y de semejante arena era aquella palestra, donde más miedo tenía de cometer un barbarismo, que cuidado de no envidiar, si lo cometía, a los que no lo habían cometido. Os declaro y confieso, Dios mío, estas faltas, en las cuales era alabado por aquellos a quienes agradar era para mí entonces honestamente vivir; porque no veía la vorágine de torpezas en que me había arrojado lejos de vuestros ojos (Ps. 30, 23). Pues entre mis compañeros ¿quién más deforme que yo, que aun siendo ellos tales, les daba en rostro, engañando con innumerables mentiras al pedagogo, a los maestros, a mis padres, por amor al juego, por el gusto de ver vanos espectáculos, y por la juguetona inquietud en remedarlos?
Hacia también hurtos de la despensa de casa y de la mesa, ya dominado por la golosina, ya para tener qué dar a los muchachos que me vendían el jugar conmigo, aunque ellos también se divertían. En el juego también, muchas veces, vencido del deseo de sobresalir, amañaba fraudulentas victorias. En cambio, ¿qué cosa se me hacía insoportable, y la echaba en cara tan violentamente si la descubría, como la misma trampa que yo hacía a los otros? Mas si me cogían y me lo echaban en cara antes que ceder, prefería enfurecerme.
¿Es ésta la inocencia del niño? No es tal, Señor, no lo es; perdonadme, os ruego, Dios mío. Porque estas mismas son las faltas que, de los ayos, padres y maestros, de las nueces, pelotas, pajarillos, pasan al llegar la edad mayor, exactamente de las mismas, a los prefectos y reyes, al oro, fincas y esclavos, como a las palmetas suceden mayores suplicios.
Por tanto, la humildad, simbolizada en la estatura del niño, es lo que Vos, Rey nuestro, alabasteis cuando dijisteis: De los tales es el reino de los cielos (Mt. 19, 14).

CAPITULO 20
Da gracias a Dios por los beneficios recibidos en la niñez
31) No obstante, Señor, os doy gracias, excelentísimo y óptimo Creador y Gobernador del universo, y Dios nuestro, aun cuando sólo me hubierais concedido llegar a ser niño. Porque ya entonces yo existía, vivía, sentía y cuidaba del bienestar de mi persona, huella de vuestra secretísima Unidad, de donde tuve el ser. Cuidaba también con mi sentido interno de la integridad de mis sentidos, y en los mismos pequeños pensamientos míos y de cosas pequeñas me deleitaba la verdad. No quería ser engañado, tenía buena memoria, iba adquiriendo forma de decir, gozaba con la amistad, huía del dolor, de la afrenta y de la ignorancia. ¿Qué cosa había en un viviente como éste, que no fuese maravillosa y loable? Pues todos estos bienes son dones de mi Dios; no me los di yo a mí: y todo ello es bueno; y ese todo soy yo. Bueno es, por tanto, el que me hizo; y Él mismo es mi bien, y en Él me gozo por todos los bienes que me integraban mi ser de niño.
En esto pecaba yo: que buscaba deleites, encumbramientos y verdades, no en Dios, sino en sus criaturas; en mí y en las otras; y por eso caía en dolores, ignominias y errores.
Gracias a Vos, dulzura mía, gloria mía y esperanza mía, Dios mío: gracias a Vos por vuestros dones; pero guardádmelos Vos; porque así me guardaréis; y se acrecentarán y se perfeccionarán los bienes que me disteis; y yo mismo estaré con Vos, pues para que esté Vos me los disteis.

 PORLA