martes, 21 de octubre de 2014

LIBRO TERCERO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO CUARTO
La lectura del “Hortensio” despierta en él la afición a la sabiduría
7) Entre estos eversores estudiaba yo, en tierna edad todavía, los libros de elocuencia, en la cual deseaba descollar, con fin vituperable y vano para gozar de la vanidad humana.
Según el orden acostumbrado de los estudios, llegué a un libro de un tal Cicerón (1), cuya lengua casi todos admiran; el pecho, no todos. Aquel libro suyo, titulado Hortensius, contiene una exhortación a la filosofía. Y aquel libro, mudó mis aficiones, y enderezó a Vos, Señor mío, mis plegarias, e hizo que fueran otras mis aspiraciones y deseos. De repente me pareció vil toda vana esperanza, y con increíble ardor de corazón deseaba la inmortalidad de la sabiduría, y comenzaba a levantarme para volverme a Vos. Porque no buscaba yo pulir el estilo –que es lo que, al parecer, yo compraba con los dineros de mi madre a mis diecinueve años, muerto ya dos años antes mi padre-; no buscaba, digo, con la lectura de aquel libro pulir el estilo, ni al leerlo me había convencido su lenguaje, sino lo que decía.

8) ¡Cómo ardía, Dios mío, cómo ardía yo, deseando remontarme desde las criaturas hasta Vos, y no me daba cuenta de lo que obrabais en mí! Porque en Vos está la sabiduría (Job. 12, 13), y el amor a la sabiduría se llama en griego Filosofía, en cuyo amor me encendían aquellas páginas.
Hay algunos que engañan por medio de la filosofía coloreando y dando apariencia a sus errores con la grandeza y suavidad de tan hermoso nombre; y casi todos los que en aquellos y en los anteriores habían sido tales, hallándose notados y descubiertos en aquel libro. Allí, pues, se pone de manifiesto el saludable consejo que vuestro Espíritu nos da por medio del bueno y piadoso siervo vuestro San Pablo (Colos. 2, 8, 9): Mirad que nadie os sorprenda por la filosofía y vana falacia, conforme a la tradición de los hombres, según los elementos del mundo, y no según Cristo; porque en Él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente. Yo por entonces –Vos los sabéis, luz de mi corazón- no conocía estas palabras de vuestro Apóstol; mas lo único que me deleitaba en aquella exhortación del Hortensio, era que me excitaba con sus palabras, y me encendía e inflamaba, no a seguir esta o aquella secta, sino a desear, buscar, alcanzar, retener o abrazar fuertemente la misma sabiduría, dondequiera que estuviese.
Sólo una cosa me entibiaba entre tan grandes ardores: que no hallaba en aquel libro el nombre de Cristo. Porque este nombre de mi Salvador, vuestro Hijo, habíalo piadosamente bebido mi tierno corazón con la leche de mi madre, y lo retenía profundamente grabado; y cualquier escrito donde no se leyera este nombre, aunque fuese elegante, pulido y erudito, no me arrebataba del todo.

CAPITULO QUINTO
La lectura de la Biblia le desagradó por la llaneza del estilo
9) Determiné, pues, darme al estudio de las santas Escrituras, para ver cómo eran. Mas ahora veo que es un libro inaccesible a los soberbios, y no descubierto a los pequeños; humilde a la entrada, y de dentro sublime, y envuelto en misterios; y yo no era tal que pudiera entrar a ella, ni bajar la cerviz para atravesar. No juzgué de ella como ahora digo, cuando me apliqué a su lectura; antes me pareció indigna de compararse con la majestad de Tulio. Mi hinchazón rechazaba su llaneza, y mi corta visita no penetraba su interior; cuando a la verdad, ella es tal, que crece con los pequeñuelos; mas yo me desdeñaba de ser pequeño, e hinchado de presunción, me tenía por grande.

CAPITULO SEXTO
Cómo se dejó engañar por los maniqueos
10) Vine, pues, a caer con unos hombres soberbiamente delirantes, y en gran manera carnales y parleros, en cuyas bocas armó sus lazos el diablo, y puso una viscosa liga, compuesta de las silabas de vuestro nombre y el de nuestro Señor Jesucristo, y el del Espíritu Santo, nuestro Paráclito y Consolador. Estos nombres no se apartaban de su boca, mas solo cuando al sonido y ruido de la lengua; por lo demás, su corazón estaba vacío de verdad. Decía: ¡Verdad y verdad!, y mucho me la nombraban; pero nunca se hallaba en ellos; antes decían cosas falsas, no solamente acerca de Vos, que verdaderamente sois la Verdad, sino también acerca de los elementos de este mundo, creación vuestra; sobre los cuales, aun a los filósofos que dicen muchas verdades, debí dejar atrás por amor vuestro, Padre mío, Bien Sumo, hermosura de todas las hermosuras.
¡Oh Verdad, Verdad! Cuán entrañablemente suspiraban todavía por vos las médulas de mi alma cuando aquellas frecuentemente y de muchas maneras me hacían oír vuestro nombre ya solo de palabra, ya en muchos y muy abultados volúmenes! Aquellos eran los platos en que, teniendo yo hambre de Vos, me presentaban, en vez de Vos, al sol y la luna, hermosas obras vuestras; pero al cabo obras vuestras, no Vos, ni siquiera las más excelentes de vuestras obras. Porque más excelentes son vuestras criaturas espirituales que estas corporales, aunque luminosas y celestiales.
Pero ni aun de aquellas criaturas superiores tenía yo hambre y sed, sino de Vos mismo, que sois la Verdad, en la cual no hay mudanza, ni momentánea oscuridad (Jac. 1, 16). Presentábanme en aquellas fuentes esplendidos fantasmas, cuando hubiera sido mejor amar a este sol, que al menos descubre a la vista del cuerpo ser verdadero que no aquellas falsedades, que por los ojos engañaban al alma.
Mas como yo las tomaba por Vos, comíalas no ciertamente con gana, porque ni en mi boca tenían sabor a lo que sois Vos –como que no eran Vos aquellas vanas ficciones-, ni me sustentaba con ellas, antes me iba más extenuado. La comida en sueños es parecidísima a la que se toma despierto; pero con ello no se alimentan los que duermen, porque están dormidos. Pero aquellos manjares en ninguna manera eran semejantes a Vos, oh Verdad, como ahora me lo habéis enseñado. Porque aquéllos eran fantasmas corpóreos, cuerpos fingidos; y más realidad que ellos tienen estos cuerpos verdaderos, que vemos con los ojos de la carne, tanto los celestes como los terrenos; como los ven los brutos y las aves. Veamoslos y con más certidumbre que cuando los imaginamos que si por ellos sospechásemos otros más grandes e infinitos que no tienen realidad alguna. Con tales vaciedades me apacentaba yo entonces, mas no me sustentaba.
Pero Vos, amor mío, en quien para ser fuerte desfallezco, ni sois estos cuerpos que vemos, aunque sean en el Cielo; ni los otros que no vemos allí; porque Vos lo creasteis, y ni los contáis entre las más excelentes creaciones vuestras. Pues ¿cuánto más lejos no estáis de aquellos fantasmas míos, fantasmas de cuerpos que no tienen realidad alguna? Porque más reales que aquéllos son las imágenes de los cuerpos existentes; y más reales que estas son los mismos cuerpos; los cuales, sin embargo no sois Vos. Pero ni tampoco sois el alma, que es vida de los cuerpos, y, por tanto como vida de los cuerpos, más excelente y más real que los cuerpos. Mas Vos sois Vida de las almas,  vida de las vidas, que vivís por Vos mismo sin mudanza, Vida de mi alma.

11) Pero ¿dónde estabais entonces Vos para mí? ¡Y qué lejos! Muy lejos peregrinaba yo sin Vos, privado hasta de las bellotas de los cerdos que yo apacentaba con bellotas (Lc. 15, 16). Pues ¿cuánto mejores no eran las fábulas de los gramáticos y de los poetas, que no aquellos trampantojos? Porque los versos, las poesías y el vuelo de Medea son ciertamente más provechosos que “los cinco elementos (1) diversamente disfrazados, por razón de los cinco antros tenebrosos”; los cuales absolutamente nada son, pero dan muerte a los que creen en ellos. Porque de los versos y poemas sirvome para condimentar mi verdadero manjar; y el vuelo de Medea recitábalo yo, mas no lo afirmaba; oíalo recitar, mas no lo creía. Pero esas otras quimeras las creí. ¡Ay, ay de mí! Por qué escalones descendí a lo profundo del abismo, fatigado y congojado por la falta de la verdad, cuando os buscaba, Dios mío –a quien alabo porque os apiadasteis de  mí, que aún no os alababa-; cuando os buscaba, no con el entendimiento del alma, con que quisisteis que me aventajase a los brutos, sino con el sentido de la carme. Pero Vos estabais más dentro de mí que lo más íntimo de mí. Y más alto que los supremo de mi ser. Vine a tropezar con aquella mujer procaz y sin juicio (2) –el enigma de Salomón (Prov. 9, 17)-, que sentada a la puerta en una silla, dice a los transeúntes: Comed alegremente del pan escondido, y bebed a hurtadillas del agua dulce.
Esta mujer me sedujo, porque me halló que moraba yo fuera en los ojos de mi carne (3), y rumiaba dentro de mí las mismas cosas que por ellas había devorado.


PORLA

miércoles, 1 de octubre de 2014

LIBRO TERCERO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO PRIMERO
Deseando el amor, cae en las redes del amor
1) Llegué a Cartago, y por todas partes crepitaba en derredor mío aquella sartén (1) de amores impuros. Aun no amaba yo; pero ansiaba amar; y con una secreta indigencia me aborrecía a mí porque era menos indigente.
Ansiando amar, buscaba a quien amar; y aborrecía la seguridad y las sendas sin lazos.
Porque tenía dentro hambre por falta del alimento interior, que sois Vos mismo, Dios mío; mas no era esto lo que yo hambreada, antes estaba sin deseo de los manjares incorruptibles; no porque estuviera lleno de ellos, sino tanto más hastiado cuanto más vacío. Y por esto no estaba sana mi alma; que, llagada, se arrojaba fuera de sí, ávida de estragase miserablemente con el contacto  de las cosas sensibles, las cuales, si no tuvieran alma, ciertamente no serían amadas. Amar y ser amado me era más dulce si gozaba también del cuerpo del amante. Manchaba yo, pues, el manantial de la amistad con la inmundicia de la concupiscencia, y oscurecía su blancura con los vapores infernales de la lujuria. Y con ser yo deforme y deshonesto me desvivía por ser elegante y cortés, rebosando vanidad.
Caí también en el amor, del cual deseaba ser cautivo. ¡Dios mío, misericordia mía, con cuánta hiel rociasteis aquella suavidad, y con cuánta bondad lo hicisteis! Porque logré ser amado, y llegué secretamente (2) al vínculo de la fruición; y alegre, me iba atando con nudos congojosos, para ser azotado, como con varas de hierro candente, con celos, y sospechas y temores, iras y contiendas.

CAPITULO SEGUNDO
Su afición a la tragedia – El placer trágico
2) Arrebátabanme los espectáculos teatrales, llenos de imágenes de mis miserias y de incentivos de mi fuego.
¿Qué será, que el hombre en el teatro quiere sentir pena cuando ve representar sucesos luctuosos y trágicos, que, sin embargo, él mismo no querría padecer? Y, no obstante, como espectador quiere sentir pena de ellos; y aun esa misma pena es su deleite. ¿Qué es esto sino miserable locura? Porque tanto más se conmueve uno con estas escenas, cuanto menos santo está de semejantes afectos; si bien cuando uno mismo lo padece, se suele llamar miseria; y cuando se compadece de otros, misericordia. Pero ¿qué misericordia puede caber hacia desgracias fingidas y escénicas? Porque al espectador no se le impulsa a socorrer, sino solamente se le convida a dolerse y él tanto más aplaude al autor de semejantes ficciones, cuanto más se duele. Y si aquellas calamidades de los hombres, ya sean antiguas, ya fingidas, se representan de suerte que el espectador no siente pena, quédase atento y satisfecho.

3) Según esto, ¿nos gustan las lágrimas y dolores? Cierto es que todo hombre quiere gozar. Mas, supuesto que a nadie agrada ser miserable, pero agrada ser misericordioso, como esto no puede ser sin dolor, ¿será que por esta sola causa nos guste el dolor? También este sentimiento nace del manantial de la amistad (1). Pero “en la tragedia”, ¿adónde va?, ¿adónde desemboca? ¿Por qué va a caer en el torrente de pez hirviendo (Is. 34, 9), espantosa vorágine de horribles liviandades en las cuales se trueca y trasforma la amistad, cuando por su propia querer se tuerce y cae de su celestial serenidad?
¿Condenaremos, pues, la compasión? De ninguna manera. Ámese en buen hora alguna vez el dolor; mas guárdate de la inmundicia, ahora mía, bajo el amparo de mi Dios, el Dios de nuestros padres, digno de ser alabado y sobreensalzado por todos los siglos (Dan. 3, 52); guárdate de la inmundicia. Ni yo he dejado ahora de compadecerme. Pero entonces en el teatro me deleitaba con los amantes, cuando se gozaban torpemente, aunque aquellas sólo eran acciones fingidas en la representación escénica.  Y cuando el uno perdía al otro, con cierta conmiseración me entristecía. Y lo uno y lo otro me deleitaba. Pero ahora tengo más compasión del que disfrutaba en el pecado que del que se considera en terrible trance por la pérdida de un placer pernicioso, o por la privación de una felicidad miserable. Esta es, sin duda, más genuina misericordia; pero en ella el dolor no causa deleite. Porque si bien merece alabanza, por cumplir con un deber de caridad, el que se compadece de un desgraciado, sin embargo, el que es genuinamente compasivo preferiría sin duda que no hubiera de que dolerme. Porque si la buena voluntad pudiera querer el mal (lo cual no es posible), también el que verdadera y sinceramente es compasivo podría desear que hubiera desgraciados para compadecerse de ellos. Hay, pues, algún dolor de compasión que debe ser aprobado, pero ninguno debe ser deseado. Porque Vos, Dios mío, que amáis las almas, os compadecéis de ellas tanto más cumplidas y puramente, cuanto lo hacéis sin que ningún dolor os atormente. Pero ¿quién es capaz de llegar a esto? (2 Cor. 2, 16).

4) Mas yo, desventurado, deseaba entonces el dolor y buscaba tener de qué dolerme, cuando en la desgracia ajena, falsa y teatral, aquella representación del autor me deleitaba más, y me tenía más fuertemente suspenso, en que se me saltaban las lágrimas. Pero ¿qué maravilla es que yo, infeliz oveja descarriada de vuestro rebaño, por no sufrir vuestra guarda, estuviese lleno de roña repugnante? Y de aquí nacía los deseos del dolor, no tal que penetrase hasta el fondo, pues no deseaba padecer las desgracias que veía representadas , sino tal, que oídas en la escena y fingidas, me rozasen en la superficie; pero, como a las que se rascaron las uñas, se me levantaba un temor ardoroso, lleno de corrupción y horrible podredumbre. Tal era mi vida; ¿era esto vida, Dios mío?

CAPITULO TERCERO
Frutos de muerte – Su aversión a los estudiantes “eversores”
5) Y en derredor mío volaba de lejos vuestra fiel misericordia. ¡En cuántas maldades me consumí, llevado de cierta curiosidad sacrílega (1), que apartándome de vos, me arrastraba al abyecto, pérfido y engañoso culto de los demonios, a quienes sacrificaba (Deu. 32, 17) mis malas obras! Y Vos en todas ellas me azotabais.
Me atrevía  también, aun durante la celebración de una solemnidad vuestra, dentro de los muros de vuestra Iglesia, a desear y tratar la manera de procurarme frutos de muerte (Rom. 7, 5) (2). Por ello me azotasteis Vos con graves penas, que nada eran para la gravedad de mis culpas, oh Vos, grandísima misericordia mía, Dios mío, refugio mío contra los terribles malhechores míos, entre los cuales, para más apartarme de Vos, anduve con el cuello erguido, siguiendo mis caminos y no los vuestros, y anhelando una libertad fugitiva.

6) Los estudios, que se llaman honestos en que me ocupaba, se enderezaban a los pleitos del foro, en los cuales pretendía yo sobresalir, tanto más alabado, cuanto más fraudulento. ¡Tanta es la ceguera de los hombres, que se glorían aun de ceguera! Era yo el primero en la clase de retórica, y de ello me gozaba orgullosamente y estaba hinchado de vanidad; aunque –Vos lo sabéis, Señor- era mucho más reposado y totalmente ajeno a las salvajadas de los eversores (3) –nombre siniestro y diabólico, que ha llegado a ser distintivo de cortesanía-, entre los cuales vivía yo desvergonzadamente avergonzado de no ser como ellos. Andaba con ellos, y a veces disfrutaba con su amistad; pero siempre abominaba de sus travesuras, esto es de las novatadas con que descaradamente maltrataban la timidez de los bisoños, vejándolos y ridiculizándolos inmotivamente, apacentando así sus malévolas alegrías. Nada como aquella acción tan parecida a las acciones de los demonios. ¿Qué nombre, pues podría dárseles más verdadero que el de “perturbadores”, estando ellos completamente “perturbados” y pervertidos por los espíritus del error, que se burlan de ellos y los engañan en lo mismo que ellos y quieren burlarse y engañar a los otros?


PORLA