CAPITULO SEPTIMO
Ignorancias
que le hicieron caer en el error maniqueo
12) Porque no conocía yo otro ser, el que
verdaderamente es (1); y como que sutilmente me agujaban para que me declararse
a favor de aquellos necios engañadores, cuando me preguntaban de dónde procedía
el mal, y si Dios estaba circunscrito a figura corporal, y si tenía cabellos y
uñas; y si habían de ser tenidos por justos los patriarcas, que tenían a la vez
muchas mujeres, y mataban hombres y sacrificaban animales. Con estas preguntas
yo, ignorante de todo, me desconcertaba, y apartándome de la verdad, me parecía
que iba hacia ella. Porque no entendía que el mal no es sino privación del bien
hasta lo que enteramente no es. Y ¿de dónde lo había de entender, pues con los
ojos no veía más allá de los cuerpos, y con el alma no más allá de los
fantasmas? No sabía que Dios es espíritu (Jn. 4, 24), que no tienen miembros
con extensión a lo largo o a lo ancho, ni tiene cantidad; porque en la cantidad
la parte es menos que el todo; y aun dado que fuera infinita, la parte
contenida en cierto espacio limitado es menos que el todo infinito; y no está
toda en todas partes, como el espíritu, como Dios. Totalmente ignoraba también
qué es en nosotros aquello según lo cual somos, y con verdad se nos llama en la
Escritura (Gen. 1, 27) hechos a semejanza de Dios.
13) Ni conocía la verdadera justicia interior, que
no juzga por la costumbre, sino por la Ley rectísima de Dios todopoderoso; a la
cual se han de ajustar las costumbres de las regiones y de los tiempos, según
las exigencias de las regiones y de los tiempos, permaneciendo ella en todas
partes y siempre idéntica, no distinta en distintos lugares, ni diversa en
diversos tiempos. Conforme a esta justicia, fueron justos Abrahán, Isaac,
Jacob, Moisés y David y todos ellos alabados por boca de Dios, aunque los
tengan por inicuos los ignorantes, que juegan con juicio humano (1, Cor. 4, 3),
y miden por las propias costumbres las de todo el linaje de los hombres. Como
si uno que no entiende de armaduras, y qué pieza es para cada miembro, tratase
de encasquetarse las grebas y calzarse el casco, y se quejase de que las armas
no se le acomodan. O como si un vendedor se diera por agraviado de que un día
declarado festivo por la tarde, no se le permitía abrir la tienda, habiéndosele
permitido por la mañana; o como si en una casa, viendo que un esclavo toma en
sus manos un objeto que no dejan tocar al que sirve la copa, o que hacen detrás
de los pesebres lo que no se le permite delante de la mesa; uno se indignase de
que en una misma casa y en una misma familia, no se permita lo mismo en todo
lugar y a todos.
Así son estos (maniqueos) que murmuran cuando oyen
decir que en aquellos tiempos (de los Patriarcas) fue lícita a los justos
alguna cosa que en los nuestros no es lícita a los justos; y que una cosa mandó
Dios a aquéllos y otra a éstos, por razones circunstanciales, aunque
ajustándose unos y otros a la misma rectitud. Y están viendo cómo en un mismo
hombre y en un mismo día, y en una misma casa, una cosa conviene a un miembro y
otra a otro; y que lo que poco antes fue lícito, pasada una hora no lo es; y
que en tal lugar se permite o se manda lo que en tal otro cercano se prohíbe y
castiga.
¿Acaso la justicia es variable y tornadiza? No; mas
los tiempos a que ella preside no corren siempre los mismos; porque son
tiempos. Pero los hombres cuya vida sobre la tierra es breve, como no alcancen
con el sentido a comparar las razones de los siglos pasados y de los pueblos
extranjeros que no conocen por experiencia, con lo que ellos han experimentado,
y, en cambio, en un solo cuerpo, en un solo día y en una sola casa fácilmente
pueden ver lo que conviene a cada miembro a cada momento, a cada lugar y a cada
persona, condenan lo pasado y se avienen a los presente.
14) No entendía yo entonces estas cosas ni caía en
ellas; y aunque por todas partes saltaban a la vista, no las veía. Declamaba
poemas y no me era lícito poner dondequiera cualquier pie; (métrico), sino
diferentes pies en cada clase de metro; y aun en un solo verso, no en todo
lugar el mismo pie; y, sin embargo, el arte de versificar no varía según los
sitio, sino abarca a la vez diversas reglas. Y no echaba de ver que la
justicia, a quien obedecen los buenos y santos varones, contiene a la vez por
un modo mucho más excelente y sublime todos sus preceptos sin diversidad
alguna, aunque no los manda todos en todos los tiempos, mas diversifica sus
preceptos según la diversidad de los tiempos. Y yo, ciego, condenaba a aquellos
piadosos Patriarcas, que no solo usaron,
como Dios se lo mandaba e inspiraba, de las cosas presentes sino también
anunciaron, como Dios se lo revelaba, las venideras (2).
CAPITULO OCTAVO
Que ciertas
acciones son siempre vituperables
15) ¿Por ventura en algún tiempo o lugar es cosa
injusta amar a Dios de todo corazón, con toda el alma, y con toda la mente, y
amar al prójimo como a sí mismos? (M. 22, 37 – 39). Pues así, los pecados que
son contra naturaleza, como fueron los de los sodomitas, siempre y en todo
lugar deben ser detestados y castigados; y aun cuando todas las gentes los
cometieran, serian igualmente culpables ante la divina, que no hizo a los
hombres para que de tal modo usasen unos de otros. Porque se destruye la misma
sociedad que con Dios debemos tener, cuando la misma naturaleza de que Él es
autor, se amancilla con la depravación de la lujuria.
Pero los pecados que son contra las instituciones
humanas débense evitar según la diversidad de las costumbres; de suerte que el
mutuo concierto entre pueblos y naciones, establecido por costumbre o por ley,
no se quebrante por el capricho de ningún ciudadano o extranjero; porque es
deforme toda parte que no se conforma con su todo. Mas cuando Dios manda alguna
cosa contra la costumbre o pacto d quienquiera que sea aunque nunca se haya
hecho, se debe hacer; si dejó de observarse, debe restablecerse de nuevo; si no
se ha puesto en uso, debe ponerse. Porque si es lícito al rey en la ciudad
donde reina mandar una cosa que ninguno antes de él, ni él mismo hasta entonces
había mandado, y no es contra el bien común de aquella ciudad obedecerle, antes
lo sería el no obedecerle –pues es ley general de las sociedades hermanas
obedecer a sus reyes- , ¿cuántos más Dios, que reina sobre todas sus criaturas,
debe, sin duda, ser obedecido en lo que mandare? Pues como entre la jerarquía
de la sociedad humana la autoridad superior es obedecida con preferencia a la
inferior, así Dios sobre todos.
16) Dígame otro tanto de los delitos inspirados por
el placer de causar daño, sea con afrenta sea con injuria; y lo uno o lo otro,
ya por vengarse, como un enemigo de su enemigo; ya por alcanzar algún provecho
material, como el ladrón que roba al caminante; ya por evitar algún mal de
parte de la persona a quien se teme; ya por envidia, como acontece al
desdichado con el dichoso, o al que ha prosperado en algo con el que teme se le
iguale o se duele de que ya se le iguala; ya por solo placer del mal ajeno,
como los espectadores de la lucha de gladiadores y los que de cualesquiera
otros se ríen y mofan. Estas son las cabezas y fuentes de la maldad, que nacen
del mal deseo de dominar, ver o sentir, de uno solo, de dos de ellos, o de
todos juntos.
Así se vive mal contra los tres y siete (1), el
salterio de diez cuerdas (Ps. 143, 3), vuestro decálogo, oh Dios altísimo y
dulcísimo.
Mas ¿qué torpeza nuestra puede llegar a Vos, que
sois incorruptible?, ¿o qué atropello se puede cometer contra Vos, que no
podéis recibir daño? Pero Vos castigáis lo que los hombres cometen contra sí
mismos; porque aun cuando pecan contra Vos, obran impíamente contra sus propias
almas, y la iniquidad miente para su mal (Ps. 26, 12), sea estragando y
pervirtiendo su naturaleza, que Vos hicisteis y ordenasteis, sea usando
desmedidamente de las cosas lícitas, o apeteciendo ardientemente las ilícitas
para usarlas contra naturaleza (Rom. 1, 26); o se hacen reos enfureciéndose
contra Vos de pensamiento y de palabra y tirando coces contra el agujón (Act.
9, 5), o bien cuando rotas las barreras de la humana sociedad, se gozan audaces
en conciliar o romper amistades privadas, según que alguna cosa les agrada o
desagrada. Y estos delitos se cometían cuando Vos, fuente de vida, que sois el
único y verdadero Creador y gobernado del universo, sois abandonado, y con
privada soberbia se ama en lo particular una falsa unidad. Así, pues, por la
humilde piedad volvemos a Vos, y Vos nos purificáis de la mala costumbre, y
perdonáis los pecados de los que os confiesan y escucháis los gemidos de los
encarcelados (Ps. 101, 21), y nos soltáis las cadenas que nosotros nos habíamos
forjado, con tal que ya no levantamos contra Vos la cerviz de la falsa libertad,
por la codicia de tener más, y, con el riesgo de perderlo todo, amando más
nuestro propio interés que a Vos, bien universal de las criaturas.
