martes, 11 de noviembre de 2014

LIBRO TERCERO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO SEPTIMO
Ignorancias que le hicieron caer en el error maniqueo
12) Porque no conocía yo otro ser, el que verdaderamente es (1); y como que sutilmente me agujaban para que me declararse a favor de aquellos necios engañadores, cuando me preguntaban de dónde procedía el mal, y si Dios estaba circunscrito a figura corporal, y si tenía cabellos y uñas; y si habían de ser tenidos por justos los patriarcas, que tenían a la vez muchas mujeres, y mataban hombres y sacrificaban animales. Con estas preguntas yo, ignorante de todo, me desconcertaba, y apartándome de la verdad, me parecía que iba hacia ella. Porque no entendía que el mal no es sino privación del bien hasta lo que enteramente no es. Y ¿de dónde lo había de entender, pues con los ojos no veía más allá de los cuerpos, y con el alma no más allá de los fantasmas? No sabía que Dios es espíritu (Jn. 4, 24), que no tienen miembros con extensión a lo largo o a lo ancho, ni tiene cantidad; porque en la cantidad la parte es menos que el todo; y aun dado que fuera infinita, la parte contenida en cierto espacio limitado es menos que el todo infinito; y no está toda en todas partes, como el espíritu, como Dios. Totalmente ignoraba también qué es en nosotros aquello según lo cual somos, y con verdad se nos llama en la Escritura (Gen. 1, 27) hechos a semejanza de Dios.

13) Ni conocía la verdadera justicia interior, que no juzga por la costumbre, sino por la Ley rectísima de Dios todopoderoso; a la cual se han de ajustar las costumbres de las regiones y de los tiempos, según las exigencias de las regiones y de los tiempos, permaneciendo ella en todas partes y siempre idéntica, no distinta en distintos lugares, ni diversa en diversos tiempos. Conforme a esta justicia, fueron justos Abrahán, Isaac, Jacob, Moisés y David y todos ellos alabados por boca de Dios, aunque los tengan por inicuos los ignorantes, que juegan con juicio humano (1, Cor. 4, 3), y miden por las propias costumbres las de todo el linaje de los hombres. Como si uno que no entiende de armaduras, y qué pieza es para cada miembro, tratase de encasquetarse las grebas y calzarse el casco, y se quejase de que las armas no se le acomodan. O como si un vendedor se diera por agraviado de que un día declarado festivo por la tarde, no se le permitía abrir la tienda, habiéndosele permitido por la mañana; o como si en una casa, viendo que un esclavo toma en sus manos un objeto que no dejan tocar al que sirve la copa, o que hacen detrás de los pesebres lo que no se le permite delante de la mesa; uno se indignase de que en una misma casa y en una misma familia, no se permita lo mismo en todo lugar y a todos.
Así son estos (maniqueos) que murmuran cuando oyen decir que en aquellos tiempos (de los Patriarcas) fue lícita a los justos alguna cosa que en los nuestros no es lícita a los justos; y que una cosa mandó Dios a aquéllos y otra a éstos, por razones circunstanciales, aunque ajustándose unos y otros a la misma rectitud. Y están viendo cómo en un mismo hombre y en un mismo día, y en una misma casa, una cosa conviene a un miembro y otra a otro; y que lo que poco antes fue lícito, pasada una hora no lo es; y que en tal lugar se permite o se manda lo que en tal otro cercano se prohíbe y castiga.
¿Acaso la justicia es variable y tornadiza? No; mas los tiempos a que ella preside no corren siempre los mismos; porque son tiempos. Pero los hombres cuya vida sobre la tierra es breve, como no alcancen con el sentido a comparar las razones de los siglos pasados y de los pueblos extranjeros que no conocen por experiencia, con lo que ellos han experimentado, y, en cambio, en un solo cuerpo, en un solo día y en una sola casa fácilmente pueden ver lo que conviene a cada miembro a cada momento, a cada lugar y a cada persona, condenan lo pasado y se avienen a los presente.

14) No entendía yo entonces estas cosas ni caía en ellas; y aunque por todas partes saltaban a la vista, no las veía. Declamaba poemas y no me era lícito poner dondequiera cualquier pie; (métrico), sino diferentes pies en cada clase de metro; y aun en un solo verso, no en todo lugar el mismo pie; y, sin embargo, el arte de versificar no varía según los sitio, sino abarca a la vez diversas reglas. Y no echaba de ver que la justicia, a quien obedecen los buenos y santos varones, contiene a la vez por un modo mucho más excelente y sublime todos sus preceptos sin diversidad alguna, aunque no los manda todos en todos los tiempos, mas diversifica sus preceptos según la diversidad de los tiempos. Y yo, ciego, condenaba a aquellos piadosos  Patriarcas, que no solo usaron, como Dios se lo mandaba e inspiraba, de las cosas presentes sino también anunciaron, como Dios se lo revelaba, las venideras (2).

CAPITULO OCTAVO
Que ciertas acciones son siempre vituperables
15) ¿Por ventura en algún tiempo o lugar es cosa injusta amar a Dios de todo corazón, con toda el alma, y con toda la mente, y amar al prójimo como a sí mismos? (M. 22, 37 – 39). Pues así, los pecados que son contra naturaleza, como fueron los de los sodomitas, siempre y en todo lugar deben ser detestados y castigados; y aun cuando todas las gentes los cometieran, serian igualmente culpables ante la divina, que no hizo a los hombres para que de tal modo usasen unos de otros. Porque se destruye la misma sociedad que con Dios debemos tener, cuando la misma naturaleza de que Él es autor, se amancilla con la depravación de la lujuria.
Pero los pecados que son contra las instituciones humanas débense evitar según la diversidad de las costumbres; de suerte que el mutuo concierto entre pueblos y naciones, establecido por costumbre o por ley, no se quebrante por el capricho de ningún ciudadano o extranjero; porque es deforme toda parte que no se conforma con su todo. Mas cuando Dios manda alguna cosa contra la costumbre o pacto d quienquiera que sea aunque nunca se haya hecho, se debe hacer; si dejó de observarse, debe restablecerse de nuevo; si no se ha puesto en uso, debe ponerse. Porque si es lícito al rey en la ciudad donde reina mandar una cosa que ninguno antes de él, ni él mismo hasta entonces había mandado, y no es contra el bien común de aquella ciudad obedecerle, antes lo sería el no obedecerle –pues es ley general de las sociedades hermanas obedecer a sus reyes- , ¿cuántos más Dios, que reina sobre todas sus criaturas, debe, sin duda, ser obedecido en lo que mandare? Pues como entre la jerarquía de la sociedad humana la autoridad superior es obedecida con preferencia a la inferior, así Dios sobre todos.

16) Dígame otro tanto de los delitos inspirados por el placer de causar daño, sea con afrenta sea con injuria; y lo uno o lo otro, ya por vengarse, como un enemigo de su enemigo; ya por alcanzar algún provecho material, como el ladrón que roba al caminante; ya por evitar algún mal de parte de la persona a quien se teme; ya por envidia, como acontece al desdichado con el dichoso, o al que ha prosperado en algo con el que teme se le iguale o se duele de que ya se le iguala; ya por solo placer del mal ajeno, como los espectadores de la lucha de gladiadores y los que de cualesquiera otros se ríen y mofan. Estas son las cabezas y fuentes de la maldad, que nacen del mal deseo de dominar, ver o sentir, de uno solo, de dos de ellos, o de todos juntos.
Así se vive mal contra los tres y siete (1), el salterio de diez cuerdas (Ps. 143, 3), vuestro decálogo, oh Dios altísimo y dulcísimo.
Mas ¿qué torpeza nuestra puede llegar a Vos, que sois incorruptible?, ¿o qué atropello se puede cometer contra Vos, que no podéis recibir daño? Pero Vos castigáis lo que los hombres cometen contra sí mismos; porque aun cuando pecan contra Vos, obran impíamente contra sus propias almas, y la iniquidad miente para su mal (Ps. 26, 12), sea estragando y pervirtiendo su naturaleza, que Vos hicisteis y ordenasteis, sea usando desmedidamente de las cosas lícitas, o apeteciendo ardientemente las ilícitas para usarlas contra naturaleza (Rom. 1, 26); o se hacen reos enfureciéndose contra Vos de pensamiento y de palabra y tirando coces contra el agujón (Act. 9, 5), o bien cuando rotas las barreras de la humana sociedad, se gozan audaces en conciliar o romper amistades privadas, según que alguna cosa les agrada o desagrada. Y estos delitos se cometían cuando Vos, fuente de vida, que sois el único y verdadero Creador y gobernado del universo, sois abandonado, y con privada soberbia se ama en lo particular una falsa unidad. Así, pues, por la humilde piedad volvemos a Vos, y Vos nos purificáis de la mala costumbre, y perdonáis los pecados de los que os confiesan y escucháis los gemidos de los encarcelados (Ps. 101, 21), y nos soltáis las cadenas que nosotros nos habíamos forjado, con tal que ya no levantamos contra Vos la cerviz de la falsa libertad, por la codicia de tener más, y, con el riesgo de perderlo todo, amando más nuestro propio interés que a Vos, bien universal de las criaturas.

PORLA