CAPITULO 11
Solo Dios es
estable
16) No seas vana, alma mía, ni te hagas sorda en el
oído de tu corazón con el tumulto de tu vanidad. Oye también tú: el mismo Verbo
clama que vuelvas a Él; que allí es el lugar del descanso imperturbable, donde
el amor no es abandonado, si el mismo no abandona. Mira que aquellas cosas se
van, para dar lugar a otras, para que este mundo inferior se forme en todas sus
partes. “Mas ¿acaso me retiro yo de un lugar a otro?”, dice el Verbo de Dios.
Fija allí tu morada alma mía; allí deja en guarda
cuanto de allí has recibido: siquiera fatigada de engaños; encomienda a la
Verdad cuanto de la Verdad has recibido, y no perderás nada; antes reflorecerán
tus podredumbres, y sanarán todas tus dolencias; y lo que hay en ti caduco (tu
cuerpo) será reformado, renovado y estrechamente unido contigo; y no te llevará
tras sí hacia la nada a donde él desciende, sino estará firme, y permanecerá
contigo hacia Dios, que siempre está en un ser y permanece.
17) ¿Por qué pervertida, sigues a tu carne? Sígate
ella a ti, convertida. Cuanto en la
carne sientes, no es más que parte; y no conoces el todo de que esas cosas son
partes; y, sin embargo, te deleitan. Pero si el sentido de tu carne fuese capaz
de abarcar el todo, y en castigo de tu culpa no estuviese limitado a conocer
solo una parte del universo, desearían sin duda que pasasen todas las cosas que
al presente existen, para que te deleitase más el conjunto de ellas. Porque por
un sentido de la carne percibes lo que yo hablo; y no te gusta que las sílabas
se paren sino que pasen al vuelo, para que vengan las otras y percibas e todo;
pues así acaece con todas las partes de que se compone un conjunto, sin que
existen a un mismo tiempo todas las que lo forman: deleitan más todas juntas
que una por una, si es posible abarcarlas a todas. Pero incomparablemente mejor
que ellas es el que hizo todas las cosas; y éste es nuestro Dios: el cual no
pasa, porque nada viene después de Él.
CAPITULO 12
Solo en Dios
está la verdadera felicidad
18) Si te agradan los cuerpos. Alaba a Dios en
ellos, y traslada tu amor al Artífice de ellos, para que no le desagrades en
las cosas que te agradan.
Si te agradan las almas, ámalas en Dios; porque
también ellas son mudables; y fijas en Dios se hacen estables; de otro modo pasarían
y perecerían. Amalas, pues en Él, y arrebata contigo hacia Él cuantas puedas, y
diles:
¡Amémosle! Él hizo estas cosas (Ps. 99, 3) y no
está lejos de ellas (Act. 17, 27). Que no las hizo y se fue; mas salieron del
Él y están en Él. Miradle dónde está, donde se saborea el gusto de la verdad:
en lo íntimo del corazón está. Mas el corazón anduvo descarriado de Él.
¡Volveos, prevaricadores, al corazón! (Is. 45, 8), y abrazaos con Aquel que os
hizo. Estad con Él, y seréis estables; descansad en Él, y tendréis descanso.
¿Adónde vais por despeñaderos?, ¿adónde vais? El
bien que amáis, de Él proviene; pero, ¿qué tan grande es, comparado con Él?
Bueno es y suave; mas justamente os será amargo; porque, dejando a Dios,
injustamente se ama cualquier cosa que de Él tiene ser. ¿Por qué seguir todavía
andando por caminos difíciles (Sap. 5, 17), y trabajosos? No está el descanso
donde le buscáis. Buscad lo que buscáis en la región de la muerte; no está
allí; ¿cómo va a estar la vida dichosa donde ni siquiera hay vida?
19) Bajó acá nuestra misma Vida, y tomó nuestra
muerte, y la mató con la abundancia de su vida; y con voz de trueno clamó que
nos volvamos a Él, a aquella secreta morada de donde Él vino a nosotros,
descendiendo primero a las virginales entrañas, en las cuales se desposó con Él
la humana naturaleza, la carne mortal, para no ser siempre mortal. De allí, como
esposo que sale de su tálamo, saltó, cual gigante, a correr su carrera (Ps. 18,
6). Porque no se detuvo, antes la corrió, dando voces con su muerte, con su
bajada al limbo y con su ascensión al Cielo, clamando que nos volvamos a Él.
Desaparición de nuestra vista para que nos volvamos
a nuestro corazón (Is. 46, 8) y le hallamos en él; porque aunque se partió,
aquí está con nosotros. No quiso estar mucho tiempo con nosotros, más no nos
abandonó partióse allá de donde nunca estuvo ausente; y salió de donde nunca se
apartó, porque el mundo fue hecho por Él, y en este mundo estaba Él (Jn. 1,
10); y Él vino a este mundo para salvar a los pecadores (1Tim. 1, 15); y a Él
se confiesa mi alma, y Él la sana, pues había pecado contra Él (Ps. 40, 5).
Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo seréis pesados
de corazón? (Ps. 43, 2). ¿Es posible que después que bajó la Vida a vosotros,
no queráis subir y vivir? Mas ¿adónde subisteis cuando os levantasteis en alto,
y pusisteis en el Cielo vuestra boca? (Ps. 72, 9). Bajad para que subáis a
Dios; pues subiendo contra Dios, caísteis. Dile estas cosas para que lloren en
el valle de lágrimas (Ps. 83, 7), y así arrebátalas contigo a Dios; porque si
se las dices ardiendo en fuego de caridad, con su mismo Espíritu se las dices.
CAPITULO 13
Naturaleza de
la hermosura
20) No sabía yo estas cosas entonces, y amaba las
hermosuras inferiores, y caminaba hacia el abismo. Decía a mis amigos: ¿amamos
acaso algo, fuera de lo hermoso? Pero ¿qué es lo hermoso? ¿Qué es la hermosura?
¿Qué es lo que nos atrae y nos aficiona a las cosas que amamos? Porque si no
hubiese en ellas alguna gracia y hermosura, de ningún modo nos atraerían hacia
sí. Y notaba yo y veía que en los mismos cuerpos una cosa era el todo, que por
serlo es hermoso, y otra lo que en tanto es conveniente, en cuanto se adapta
convenientemente a otro; como la parte del cuerpo a todo él, o el calzado al pie,
y otras cosas semejantes. Esta consideración brotó en mi alma de lo íntimo de
mi corazón, y escribí los libros De lo Hermoso y de lo Apto. Creo que dos o
tres; Vos, Dios mío, lo sabéis, que yo no me acuerdo, y no los tengo, porque se
me perdieron no sé cómo.
