Que sólo el conocimiento de Dios nos hace felices
7) ¿Acaso, Señor Dios de verdad (Ps. 30, 6), todo el que sabe estas cosas, ya os agrada? Desventurado el hombre que sabe todas aquellas cosas, y no os conoce; dichoso, en cambio, el que os conoce aunque no lo sepa. Pero el que a Vos y a ellas conoce, no por ellas es más dichoso, sino solo por Vos es dichoso, si conociéndoos, os glorifica y da gracias como a Dios, y no devanea en sus pensamientos (Rom. 1, 21). Porque así como es mejor el que sabe poseer un árbol, y os da gracias por el uso que hace de él, aunque no sepa cuántos codos tiene de alto y cuántos de ancho, que el que lo mide y cuenta todas sus ramas, mas no posee el árbol, ni conoce ni ama al que lo crio; así sería necedad dudar que el hombre fiel, cuyas son todas las riquezas del mundo, y que por estar unido con Vos, a quien sirven todas las cosas no teniendo nada, lo posee todo (2. Cor. 6, 10), aunque ni siquiera sepa el curso de la Osa Mayor (Job. 38, 3). Es mucho mejor que el astrónomo que mide el cielo, y cuenta las estrellas, y pesa los elementos, y no se cuida de Vos, que ordenasteis todas las cosas en número, peso y medida (Sab. 11, 21)
CAPITULO QUINTO
Descrédito científico de Manes
8) Pero ¿quién le pedía a un tal Manes que escribiese también de astronomía sin cuyo conocimiento se podía aprender la piedad? Porque Vos dijisteis al hombre; Sabe que la piedad es la sabiduría (Job. 28, 28). Podía él ignorarla, aunque conociese perfectamente las ciencias; mas, pues no las sabía, y con todo, se atrevía desvergonzadamente a enseñarlas, es indudable que de ningún modo conocía la piedad; porque vanidad es, aun conociéndolas profesar estas ciencias mundanas, y piedad es confesaros a Vos. Y así, desviándose de esta, habló tanto de astronomía, para que, convencido de ignorante por los que de verdad la sabían, claramente se viese que poco alcanzaba en las otras que son más oscuras. Porque no pretendió él que le tuviesen en poco, pues trabajó en persuadir a los demás que tenía en sí personalmente y con la plenitud de su autoridad, al Espíritu Santo, consuelo y riqueza de vuestros fieles.
Por tanto, habiéndose averiguado que desbarró al hablar del cielo y de las estrellas, y del curso del sol y de la luna, aunque estas cosas no pertenezcan a la doctrina de la religión, bastantemente descubrió su sacrílego atrevimiento en decir cosas, no sólo que no sabía, sino falsas, y con tan loca y vana soberbia, que se empeñaba en hacer creer que Dios hablaba por su boca.
9) Cuando oigo a tal o cual hermano cristiano que no sabe estas ciencias, y toma una cosa por otra, llevo con paciencia a aquel hombre que así opina, yo no veo que reciba daño, mientras de Vos, Señor, Creador de todo, no crea cosa indigna, aunque tal vez ignore la posición y manera de estar de las criaturas corpóreas. Dañariale, en cambio, si pensase que su errónea opinión pertenecía a la misma esencia de la fe religiosa, y afirmase con pertinacia lo que no sabe; mas aun esta flaqueza en la infancia de la fe sopórtala la caridad como madre, hasta tanto que el hombre nuevo llegue a ser varón perfecto, que no puede ser llevado por cualquier viento de doctrina (Efes. 4, 13). Pero tratándose de un hombre (Manes), que se atrevió a hacerse doctor, maestro guía y caudillo de aquellos a quienes enseñaba tales cosas, en tal forma que los que le seguían creyesen que seguían, no a un hombre cualquiera, sino a vuestro Espíritu Santo, una vez sorprendido en error, ¿quién no detestaría y arrojaría lejos de sí tamaña locura? Más aún no había yo claramente averiguado si la variación de los días y las noches, más largos o más cortos y la misma sucesión del día y la noche, y los eclipses de los astros, y lo demás que yo había leído en otros libros, se podía también explicar conforme a su doctrina; y a poderse hacer, hubiera quedado para mí dudoso si las cosas serían de esta manera o de la otra; mas en tal caso hubiera antepuesto a mí opinión la autoridad de Manes, por, por el crédito de santidad de que gozaba.
PORLA
