domingo, 11 de diciembre de 2016

LIBRO SÉPTIMO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: Acercándose a Dios (Años 31 - 32)

CAPITULO SEXTO
Cómo llegó a rechazar la astrología
8) Ya también había rechazado las engañosas adivinaciones e impíos delirios de los astrólogos. ¡Alaben os también por esto desde las íntimas entrañas de mi alma vuestras misericordias (Ps. 106, 8), Dios mío!
Porque Vos, únicamente Vos –pues, quien ¿quién otro nos libra de la muerte de todo error, sino la Vida que no puede morir, y la Sabiduría que, sin necesidad de otra luz, ilumina las inteligencias necesitadas de ella, y gobierna el mundo, hasta las voladoras de los árboles?-, Vos remediasteis aquella terquedad mía, con que contradije a Vindiciano, viejo ingenioso, y a Nebridio, joven de excelente espíritu, cuando el primero afirmaba resueltamente, y el segundo con alguna duda, pero frecuentemente repetía que no existe tal arte de predecir las cosas venideras, sino que las conjeturas de los hombres tienen muchas veces la fuerza de la suerte, y que diciendo muchas cosas, se dicen algunas que han de suceder, sin saberlo los mismos que lo dicen, sino que, a fuerza de hablar tropiezan con ellas.
Vos, pues, me proporcionasteis un amigo, no poco aficionado a consultar a los astrólogos, aunque solo escasamente instruido en aquellas letras; pero, como digo, consultador curioso, y, no obstante, sabedor de un suceso que decía haber oído contar a su padre, pero que él ignoraba cuánta fuerza tenía para echar por tierra el crédito de la astrología. Este tal, por nombre Fermín, instruido en las artes liberales, y ejercitado en la elocuencia, viniendo a consultarme como al mejor de sus amigos sobre ciertos asuntos, con los cuales se habían hinchado sus esperanzas mundanas qué me parecía según lo que ellos llamaban sus constelaciones; yo, que en esta materia había empezado ya a inclinarme al parecer de Nebridio, no me negué a hacer el horóscopo y responder a sus dudas lo que me parecía; pero añadí que ya estaba casi persuadido que todo aquello era vano y ridículo. Entonces él me contó que su padre había sido aficionadísimo a todos los tales libros, ya había tenido un amigo igualmente y junto con él aficionado a estas cosas; que ambos, comunicándose con igual interés, soplaban el fuego que en sus corazones ardía hacia semejante bagatelas; hasta el punto de que para recoger experiencias de aquella cuasi arte, aun en los mudos animales, si alguno nacía en casa, observaban el momento de hacer y notaban la posición correspondiente del cielo.
Y decía haber oído contar a su padre que estando embarazada la madre del mismo Fermín estaba al mismo tiempo embarazada una criada de un amigo de su padre; la cual no pudo ocultarse al amo, que aun los partos de sus perras procuraba saber con exactísima diligencia. Y acaeció que contando con minuciosísima exactitud los días, horas y minutos, el uno de la esposa y el otro de la esclava, ambas vinieron a dar a luz al mismo tiempo; de suerte que se vieron precisados a “hacer las mismas constelaciones”, hasta en sus minucias a los dos nacidos, el uno al hijo y el otro al esclavo. Porque luego que ambas mujeres comenzaron a estar de parto, ellos mutuamente se notificaron lo que pasaba en su casa, y previnieron personas que en naciendo las criaturas fuesen a comunicarlo el uno al otro; y como dueños en sus casas, fácilmente lograron que la noticia les llegara al momento. Y así los mensajeros de la una parte y de la otra, decía que se encontraron tan exactamente a media distancia de ambas casas que ninguno de ellos pudo notar diversa posición de las estrellas ni la más mínima partícula de tiempo.
Y, sin embargo, Fermín, nacido de ilustre familia, recorría los mejores senderos de la vida, acumulaba riquezas y se encumbraba en cargos honrosos; y el esclavo, sin poder sacudir el yugo de la esclavitud, servía a sus señores, según nos dijo el mismo que lo conocía.

9) Oídas estas cosas y creídas, por ser tal el que las contaba, toda aquella mi terquedad cayó deshecha. Y ante todo intenté apartar al mismo Fermín de aquella curiosidad, diciéndole que, examinadas sus constelaciones, para pronosticar la verdad, me era, sin duda, necesario ver en ellas que sus padres eran personas principales entre los suyos, su familia noble en la propia ciudad y el bien nacido, esmeradamente educado, e instruido en las artes liberales. Pero si aquel esclavo me consultase sobre las mismas constelaciones (pues aquellas eran también las suyas), para hacerle a él también su verdadero horóscopo, asimismo debía yo haber visto en ellas su familia abyectísima, la condición servil, y todas las otras cosas tan diferentes y tan distantes de las primeras. Pues por el hecho de que, examinadas las mismas constelaciones, había de pronosticar cosas distintas, si había de dar las verdaderas respuestas, y si hubiera pronosticado las mismas equivaldría a darlas falsas, por ese mismo hecho deduje, certísimamente que los pronósticos que, examinadas las constelaciones, salen verdaderos, no es por aciertos del arte, sino de la suerte, y los que salen falsos, no es por impericia del arte, sino por error de la suerte.

10) Tomando de aquí pie y rumiando todo esto dentro de mí mismo, para que ninguno de aquellos delirantes que negocian con tales pronósticos, a los que cuanto antes deseaba acometer y refutar, poniéndolos en ridículo, se me defendiese como si Fermín a mí, o a Fermín su padre, hubiese contado embustes, fijé la atención en los que nacen mellizos; los más de los cuales salen del seno materno tan inmediatamente uno tras otro, que aquel pequeño intervalo de tiempo, por más importancia que en la realidad de las cosas pretendan concederle, no puede ser apreciado por la observación humana, ni de manera alguna registrado en los gráficos que el matemáticos ha de examinar para hacer los verdaderos pronósticos. Y no serán verdaderos, porque examinando los mismos gráficos el mismo pronostico debiera hacer de Esaú y de Jacob, siendo así que no fue igual la suerte de ambos. Luego los pronósticos habían de ser falsos; y para ser verdaderos había de pronosticar cosas diferentes, aun teniendo a la vista los mismos gráficos. No acertaría, pues, por arte, sino por suerte.
Porque Vos, Señor, justísimo gobernador del universo, cuando alguno consulta, hacéis con secreto impulso, sin que consultantes ni consultados lo adviertan, que oiga cada uno lo que oír conviene a los ocultos méritos de las almas, según el abismo de vuestro justo juicio; al cual no diga el hombre: ¿Qué es esto?, ¿por qué es esto? (Eccli. 39, 26) ¡No lo diga, no lo diga, porque es hombre!
PORLA















domingo, 20 de noviembre de 2016

LIBRO SÉPTIMO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: Acercándose a Dios (Años 31 - 32)

CAPITULO QUINTO
Nueva investigación sobre el origen del mal.
7) Buscaba yo el origen del mal; buscábalo mal, y en la misma búsqueda no echaba de ver el mal. Ponía delante de los ojos de mi espíritu la creación entera: todo lo que podemos ver en ella, como es tierra, mar, aire, estrellas, árboles, animales mortales; y todo lo que no vemos, como es arriba el firmamento del cielo, y todos los ángeles y espíritus celestiales; mas estas cosas ordenadas también, como si fuesen cuerpos, cada una en su lugar, según mi imaginación. Y hacía de vuestra creación una gran mole distribuida en diferentes géneros de cuerpos, tanto los que realmente eran cuerpos, como los que yo fingía en lugar de los espíritus. Esta mole hacíala yo grande; no exactamente cuánto ella era –que eso no lo podía saber-, sino cuanto me parecía; si bien por todas partes finita; y a Vos, Señor, rodeándola por todas partes y penetrándola; pero infinito en todas direcciones: como si el mar estuviese en todas partes, y en todas direcciones por la inmensidad infinita formase un solo mar; y tuviese dentro de sí una esponja todo lo grande que se quiera, pero finita; la esponja estaría, sin duda, por todas partes llena del inmenso mar; así concebía yo vuestra creación finita, llena de Vos, infinito, y decía: Veis aquí a Dios y veis aquí las cosas que Dios ha creado; bueno es Dios, inmensa e incomparablemente mejor que ellas: pero con todo Él, bueno, las he creado buenas. ¡Ved cómo las abraza y las llena!
¿Dónde, pues, está el mal?, ¿y de dónde o por dónde se nos ha deslizado aquí?, ¿cuál es su raíz y cuál su semilla?
¿Es que el mal no tiene ser alguno? Pues ¿por qué tememos y nos guardamos de lo que no es? Y si vanamente tememos, al menos el temor mismo ya es una mal, que sin causa nos aflige y atormente el corazón; y un mal tanto más grave, cuanto tememos no habiendo de qué temer. Por tanto, o existe el mal que tememos, o existe este otro mal: que tememos. ¿De dónde, pues, viene este mal, puesto que Dios bueno hizo todas estas cosas buenas: El mayor y supremo Bien hizo todas estas cosas buenas? El mayor y supremo Bien hizo ciertamente los bienes menores; mas no obstante, Creador y criaturas, todo es bueno,  
¿De dónde viene el mal? ¿Será que aquello de que las hizo, era alguna materia mala, y le dio forma y la ordenó, pero dejó en ella algo que no convirtiese en bien? Y eso ¿por qué? ¿Acaso el que es omnipotente era impotente para transformarla toda y mudarla, de modo que no quedase en ella mal alguno? Finalmente, ¿por qué quiso hacer algo de ella, y no hizo más bien con su misma omnipotencia que dejara totalmente de ser? ¿Pudiera ella verdaderamente existir contra su voluntad? Y si era eterna. ¿por qué la dejó existir así tan largo tiempo por infinitos espacios de siglos atrás, y tanto después tuvo a bien hacer algo de ella? O ya, si es que súbitamente quiso hacer algo, nada mejor hubiera hecho el Omnipotente que aniquilarla, quedándose Él solo, el todo, verdadero e infinito Bien. Y si no estaba bien que no fabricase y produjese algún bien el que es todo lo bueno, una vez destruida y aniquilada aquella materia que era mala, hubiera hecho el mismo otra buena, de donde crease todas las cosas. Porque no sería omnipotente si no pudiese hacer alguna cosa buena sin ayudarse de aquella materia que Él no había creado.
Estos pensamientos revolvía en mi mísero pecho, apesadumbrado por desgarradoras inquietudes, por el temor de la muerte, y por no encontrar la verdad. Pero con todo, estaba firmemente arraigada en mi corazón la fe de vuestra Iglesia Católica en vuestro Cristo, Señor y Salvador nuestro; todavía ciertamente, mal formada y fluctuando fuera de la norma de la doctrina; pero con todo no la dejaba mi alma, antes de día en día se iba embebiendo más y más en ella.

PORLA

sábado, 29 de octubre de 2016

LIBRO SÉPTIMO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: Acercándose a Dios (Años 31 - 32)

CAPITULO TERCERO
Vacilaciones sobre la causa del pecado.
4) Mas todavía, aunque yo os confesaba y firmemente os creía incorruptible, inalterable y por ningún concepto mudable, Señor nuestro, Dios verdadero, que hicisteis no solo nuestras almas, sino también los cuerpos, y no solo nuestras almas y cuerpos, sino todas las almas y todos los cuerpos; no tenía yo averiguada y aclarada la causa del mal. Pero cualquiera que ella fuese, veía que debía buscarla de tal modo, que por ella no me viese forzado a creer mudable a dios inmutable, no fuese que yo mismo me hiciese lo que buscaba. Buscabala, pues, seguro y cierto de que no era verdad lo que decían los maniqueos; de quienes huía con toda el alma, porque veía que, investigando el origen del mal, estaban llenos de maldad, con la cual antes creían a vuestra sustancia capaz de padecer el mal, que a la suya de cometerlo.

5) Me esforzaba por entender lo que oía decir, que el libre albedrío de la voluntad es la causa del mal que hacemos, y vuestro recto juicio del que padecemos; mas no podía verlo con claridad. Y así, procurando apartar la vista de mi entendimiento de esta profundidad, volvía a sumergirme; y procurándolo repetidas veces, otras tantas volvía a sumergirme.
Levantábame hacía vuestra luz el ver que tan cierto estaba de que tenía voluntad, como de que vivía; y así cuando quería o no quería alguna cosa, estaba certísimo, que no otro, sino yo era el que quería o no quería; y estaba a punto de caer en la cuenta de que allí estaba la causa de mi pecado. Cuanto a lo hacía contra mi voluntad, veía que esto no era padecerlo que hacerlo; y juzgaba que esto no era culpa, sino pena con la cual, pensando que Vos sois justo, al punto confesaba que no injustamente me castigabais. Pero de nuevo decía “¿Quién me hizo a mí? ¿Acaso no fue mi Dios, que no solo es bueno, sino la misma bondad? Pues ¿de dónde me viene esto de querer el mal y no querer el bien, para que hubiese causa de ser justamente castigado? ¿Quién puso esto en mí y plantó en mí este semillero de amargura, pues todo yo fui hecho por mi dulcísimo Dios? Si el diablo fue el autor, ¿de dónde viene el mismo diablo? Y si él también, por su perversa voluntad, de ángel bueno se hizo diablo, ¿de dónde le vino a él mismo la mala voluntad, por la cual se hizo diablo, pues fue hecho todo ángel por el bonísimo Creador?” Con estos pensamientos me hundía de nuevo y me ahogaba, pero ya sin sumergirme en aquel infierno del error maniqueo, donde nadie os alaba, pues prefieren pensar que Vos padecéis el mal, que no que el hombre lo hace.
   
CAPITULO CUARTO
Que Dios es esencialmente incorruptible.
6) Así me esforzaba por averiguar las demás cosas, como ya había averiguado que lo incorruptible es mejor que lo corruptible, y, por tanto, confesaba que Vos —seáis lo que fuereis— sois incorruptible. Porque nadie pudo jamás ni podrá pensar cosa mejor que Vos, que sois el soberano y perfectísimo Bien. Siendo, pues, verdaderísimo y certísimo que lo que incorruptible se ha de preferir a lo corruptible, como yo entonces lo prefería, podía yo con el pensamiento hallar alguna cosa que fuese mejor que Vos, Dios mío, si Vos no fueseis incorruptible.
Allí, pues, donde yo veía que lo incorruptible debe ser preferido a lo corruptible, allí os debía yo buscar, y de allí echar de ver dónde está el mal, es decir, de dónde proviene la misma corrupción, la cual de ningún modo puede contaminar vuestra sustancia.
Porque de ningún modo en absoluto mancha la corrupción a nuestro Dios; ni por (su) voluntad, no por necesidad, ni por azar imprevisto.
(No por su voluntad): Porque Él es Dios, y lo que para Sí quiere es bueno; y Él es ese mismo Dios; y la corrupción no es ningún bien. Ni contra vuestra voluntad podéis ser forzado a cosa alguna; porque vuestra voluntad no es mayor que vuestro poder; y seríalo si Vos fueseis mayor que Vos mismo; porque la voluntad y el poder de Dios son el mismo Dios.
Finalmente, ¿qué puede acaecer imprevisto para Vos, que sabéis todas las cosas? Y ninguna naturaleza existe, sino porque Vos la conocéis.
Mas ¿para qué decir tantas palabras en razón de que la sustancia que es Dios no es corruptible, cuando si lo fuera no sería Dios?

PORLA


sábado, 24 de septiembre de 2016

LIBRO SÉPTIMO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: Acercándose a Dios (Años 31 - 32)

CAPITULO PRIMERO
Cómo se imaginaba el Ser de Dios.
1) Ya era muerta mi adolescencia, mala y nefanda, y entraba yo en la juventud, cuanto mayor en edad, tanto más repugnante por la vanidad; que no podía concebir, oh Dios, en figura de cuerpo humano; desde que empecé a oír algo de la sabiduría, siempre hui de esto, y me alegraba de hallarlo así en la fe de nuestra madre espiritual, y vuestra Iglesia católica. Pero no se me ocurría de qué otra manera concebiros. Y aunque hombre, ¡y tal hombre! esforzábame por representarme a Vos, sumo, solo y verdadero Dios; y con lo más íntimo de mi ser os creía incorruptible, inviolable e inconmutable; porque sin saber de dónde, ni cómo, veía, sin embargo, claramente y estaba cierto de que lo que puede recibir daño posponíalo sin vacilación a lo que no puede recibirlo; y lo que no está sujeto a mudanza creíalo mejor que lo que puede mudarse.
Violentamente clamaba mi corazón contra todos mis fantasmas, y con este solo golpe me esforzaba por ahuyentar de la vista de mi mente aquel tropel de aves inmundas que revoloteaban en torno; y apenas apartado, en un parpadear, he aquí que, amontonada de nuevo, se presentaba y caía sobre mi vista, y la anublaba de suerte, que si bien no en forma de cuerpo humano, me veía forzado a concebir, como algo corpóreo, que se extendía por espacios de lugares, o infundido en el mundo, o también fuera del mundo difundido por el infinito, aquel mismo Ser incorruptible, inviolable e inconmutable, que yo prefería a lo corruptible, violable y mudable. Porque todo lo que yo despojaba de tales dimensiones en el espacio, me parecía que era nada, pero absolutamente nada, ni siquiera el vacío; como si se quitase de un lugar un cuerpo, y quedase el lugar enteramente vacío de todo cuerpo sólido, líquido, aéreo o celeste; pero al fin quedase el lugar vacío, como una nada espaciada.

2) Así, pues, englosado el corazón (Mt. 13, 15), y sin entenderme a mí mismo, pensaba que todo lo que no se extendiese o difundiese por determinados espacios, lo que no se conglobase o hinchase, y lo que no recibiese o pudiese recibir algo de esto, no era absolutamente nada. Porque cuales eran las formas por donde suelen andar mis ojos, tales eran las imágenes por donde andaba mi espíritu. Y no echaba de ver que esta misma actividad con que formaba tales imágenes no era corpórea; y que, sin embargo, no formara tales imágenes, si no fuera algo excelente.
Así también pensaba que Vos, Vida de mi vida, grande por espacios infinitos, penetrabais por todas partes toda la mole del mundo, y fuera de ella en todas direcciones la inmensidad sin límites dentro de Vos, mas Vos no los teníais en parte alguna. Pues así como el cuerpo del aire, de este aire atmosférico que rodea la tierra, no es obstáculo a la luz del sol, para que pase por él, penetrándolo, no rompiéndolo ni rasgándolo, sino llenándolo todo de su claridad; así pensaba yo que para Vos, no solo el cuerpo del cielo y el del aire y del mar, sino también el de la tierra, era permeable, y en todas sus partes, grandes y pequeñas penetrable, para recibir vuestra presencia, que con secreto aliento gobierna de dentro y de fuera todas las cosas que creasteis.
Esto imaginaba, porque no podía pensar otra cosa; pero era falso. Porque de ser así, la parte mayor de la tierra tendría mayor parte de Vos, y menor la menor, y de tal modo estarían todas las cosas llenas de Vos que el elefante tendría tanto más de Vos que el pájaro, cuanto es más grande que éste y ocupa mayor lugar.
Y así estaríais presente a pedazos, grandes en las partes grandes del mundo, y pequeños, en las pequeñas. ¡Y no es así! Mas, entonces, aun no habíais iluminado mis tinieblas (Ps. 17, 29).

CAPITULO SEGUNDO
Argumento de Nebridio contra los maniqueos.
3) Bastábame, Señor, contra aquellos engañados engañadores, y habladores mudos (pues no sonaba vuestra palabra en su boca), bastábame, pues el argumento, que desde muy atrás, desde Cartago, solía poner Nebridio, y que todos los que le oímos quedamos impresionados: “¿Qué hubiera podido hacer contra Vos aquel no sé qué engendro de las tinieblas que los maniqueos suelen oponeros de parte de la mole contraria, si Vos no hubierais querido pelear contra él?” Porque si respondían que os podría hacer algún daño, Vos seríais violable y corruptible. Y si decían que en nada os podía dañar, no había razón alguna para pelear, y pelear de tal suerte, que una porción vuestra, un miembro vuestro o mole de vuestra propia sustancia, se mezclase con las potestades adversas y con naturaleza no creadas por Vos, y quedase de tal modo corrompido y deteriorado por ellas, que su bienaventuranza se trocara en desdicha, y tuviese necesidad de auxilio para ser libertada y purificada.
Tal decían que era el alma humana, a la cual vino a socorrer vuestro Verbo, el libre a la esclava, el puro a la contaminada, el íntegro a la corrompida; pero él también corruptible, puesto que procedía de una misma sustancia.
Así, pues: Si dicen que Vos –seáis el que fuereis-, esto es, que vuestra sustancia, por la cual sois, es incorruptible, todas aquellas cosas (que dicen sobre la lucha del bien y del mal) son falsas y execrables; si corruptible, eso mismo es falso, y desde la primera palabra, abominable.
Bastábame, pues, este argumento contra ellos, para vomitarlos totalmente de mi pecho oprimido; pues sintiendo y diciendo de Vos tales cosas, no tenían por dónde salir sin horrible sacrilegio de corazón y de lengua.

PORLA

domingo, 4 de septiembre de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO CATORCEAVO
Proyecto de vida en común.
24) Muchos amigos que aborrecíamos las perturbadoras molestias de la vida humana, habíamos pensado, y en nuestras conversaciones casi determinado, vivir tranquilamente apartados de la turba. Esta vida quieta la proyectábamos de suerte que todo lo que pudiéramos tener lo pondríamos en común, y con todo ello formaríamos un solo patrimonio, de suerte que por virtud de nuestra sincera amistad, no fuese una cosa de uno y otra de otro, sino el acervo que se formase con las aportaciones de cada cual había de ser todo de cada uno y todo de todos.
Parecíanos que podríamos ser unas diez personas en esta sociedad. Y entre nosotros había algunos muy ricos, sobre todo Romaniano, mi conciudadano e íntimo amigo desde la infancia, a quien ciertas dificultades graves de sus negocios habían traído a Roma al tribunal del Conde del Eresis. El más que nadie urgía este proyecto, y tenía gran autoridad para persuadirlo, por cuanto su rico patrimonio excedía en mucho al de los demás. habíamos convenido en que cada año dos, como magistrados tendrían cuidado de todo lo necesario, quedando descargado los demás.
Pero cuando empezamos a tratar si pasarían por ello las mujercitas, que algunos de nosotros ya tenían y que yo quería tomas todo aquel proyecto que tan bien íbamos formando, se cayó de entre las manos, se hizo pedazos y quedó desechado. Y vuelta a los suspiros y gemidos, y a caminar siguiendo las sendas anchas y halladas del siglo. Porque eran muchos los pensamientos que se levantaban en nuestro corazón (Prov. 19, 21). ¡Mas vuestro consejo permanece para siempre! (Ps. 32, 11)
Y con este consejo os reíais de los nuestros, e ibais preparando los vuestros, para darnos a su tiempo alimento, y abriendo vuestra mano, llenar nuestras almas de la bendición (Ps . 144, 15, 16)

CAPITULO QUINCEAVO
Despide la primera concubina y toma otra.
25) Entretanto, mis pecados se multiplicaban; y arrancada de mi lado, como estorbo para el matrimonio, la mujer con quien yo solía partir mi lecho, el corazón me quedó desgarrado por donde estaba adherido, y llagado y sangrante. Ella se volvió a África, haciéndoos votos de no conocer a otro varón, dejando conmigo un hijo natural que tuve con ella. Mas yo, desventurado, incapaz de imitar ni a una mujer, no pudiendo sufrir la dilación, pues solo al cabo de dos años había de recibir la esposa que pretendía, como no era amante del matrimonio, sino esclavo de la lascivia, me procuré otra, no ciertamente esposa, para cebar y llevar adelante completa o aumentada la enfermedad de mi alma, al amparo de la no interrumpida costumbre, hasta llegar al reino de la esposa. Mas no se curaba aquella herida que se me había hecho al arrancarme de la primera; sino pasado el ardor y el dolor agudísimo, empezaba a pudrirse; y era el dolor más frío pero más desesperado.

CAPITULO DIECISEISAVO
Temor de la muerte y del juicio.
26) ¡Alabado seáis Vos, glorificado seáis Vos, fuente de misericordias! Yo me iba haciendo más miserable, y Vos más cercano. Presente estaba ya vuestra diestra para arrebatarme del cieno y para lavarme, y yo no lo sabía. Nada me retraía de hundirme más en el golfo de los deleites, sino el temor de la muerte y de vuestro juicio futuro, que aun entre la fluctuación de mis opiniones nunca se apartó de mi corazón. Disputando con mis amigos Alipio y Nebridio sobre el supremo bien y el supremo mal, Epicuro se hubiera llevado la palma en mi espíritu, si yo no hubiese creído que después de la muerte restaba la vida del alma y la sanción de los méritos, lo cual no quiso creer Epicuro. Preguntábales yo: Si fuésemos inmortales y viviésemos en perpetuo deleite del cuerpo, sin temor alguno de perderlo, ¿por qué no seríamos felices?, ¿o qué más había que desear? Y no sabía yo que este mismo pensamiento era una gran miseria; que, de tan hundido y ciego, no podía concebir la luz de la virtud, y de la belleza por sí misma amable, la cual no ven los ojos de la carne, y se ve desde lo íntimo del alma. Ni consideraba yo, mezquino, de qué veneno manaba el placer de discutir estas mismas cosas, en sí feas, en compañía de mis amigos; y que, según el modo de sentir que entonces tenía, no podía yo ser feliz sin los amigos, por grande que fuese la abundancia de deleites carnales; y cierto es que a mis amigos amábalos yo desinteresádamente y a la vez me sentía amado desinteresadamente por ellos.
¡Oh tortuosos senderos! ¡Ay del alma osada, que esperó, si se apartase de Vos, encontrar otra cosa mejor! Vuélvese y revuélvese de espaldas, de uno y otro costado, y boca abajo, y todo está duro; Vos solo sois el descanso. Y acudís luego, y nos libráis de miserables errores, y nos ponéis en vuestro camino, y nos consoláis  decís: “Corred, yo os llevaré (Is. 46, 4), y yo os guiaré; allí, yo os llevaré”.

PORLA

domingo, 14 de agosto de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO DOCEAVO
Discute con Alipio sobre el matrimonio.
21) Deteníame Alipio para que no me casara, repitiéndome que si lo hacía, de ningún modo podríamos con tranquilo vagar vivir juntos en el amor de la sabiduría, como hacía ya mucho tiempo que deseábamos. Porque en este punto él era todavía castísimo; tanto, que ponía admiración. Pues aunque a la entrada de su adolescencia había llegado a hacer experiencia del acto carnal, mas no quedó enredado, antes se arrepintió y lo despreció, y después vivía continentísimamente.
Resistíale yo con los ejemplos de aquellos que, siendo casados, habían cultivado la sabiduría, habían agradado a Dios y habían conservado fielmente y amado a sus amigos. Lejos estaba yo, por cierto, de la magnanimidad de aquellos; y vencido de la enfermedad de mi carne, arrastraba con mortífera suavidad mi cadena, temiendo sea desatado de ella; y repeliendo como si me tocasen en la herida, las palabras de quien bien me aconsejaba, cual si fuese la mano que me desataba.
Además de esto, al mismo Alipio le hablaba también por mi medio la serpiente, y con mis palabras le armaba y sembraba en su camino dulces lazos en los que enredase sus pies honestos y libres.

22) Porque como se admirase de que yo, a quien él tanto estimaba, estuviese tan enredado en aquel pegajoso deleite, que cuantas veces discutíamos entre nosotros de ellos, afirmaba que de ningún modo podía llevar vida célibe; cuando le veía admirarse, decíale para defenderme, que había mucha diferencia entre lo que él había probado apresurada y furtivamente, que ya apenas se acordaba de ello, y por eso fácilmente y sin ninguna molestia lo despreciaba, y mis deleites de costumbre, las cuales, una vez cohonestadas con el nombre de matrimonio, no debía extrañarse de que yo no pudiera renunciar a aquella vida: comenzó él también a desear casarse, vencido, no ciertamente por el apetito de la voluptuosidad, sino de la curiosidad. Porque decía que deseaba saber qué era aquello, sin lo cual mi vida, que tanto le agradaba, no me parecía vida, sino tormento. Porque su alma, libre de aquella cadena, admirábase de mi esclavitud; y admirándose, entraba en deseo de experimentarla; y hubiera llegado a la experiencia, y con ella hubiera tal vez caído en la misma esclavitud de que se admiraba. Porque quería pactar con la muerte (Is. 28, 15); y el que ama el peligro caerá en él (Eccli. 3,27).
Ninguno de los dos se movía sino débilmente por lo que hay de decoroso y honesto en el matrimonio: el gobierno de la familia y la procreación de los hijos. A mi principalmente me tenía cautivo y terriblemente me atormentaba la costumbre de saciar la insaciable concupiscencia; a él la admiración le atraía al cautiverio.
Así estábamos, hasta que Vos, Altísimo, no abandonando nuestro barro, y apiadándoos de nuestra miseria, nos socorristeis por caminos maravillosos y ocultos.

CAPITULO TRECEAVO
Proyecto de matrimonio.
23) Instábame activamente a que tomase mujer. Ya la había yo pedido, ya estaba prometida, trabajándolo mayormente mi madre, para que luego de casarme, recibiese el saludable bautismo, y se gozaba de que  cada día me iba preparando a recibirlo, y observaba que con mi fe se iban cumpliendo sus deseos y vuestras promesas. Y aunque ella, movida por mis ruegos y por su propio deseo, cada día os suplicaba con fuerte clamor de su corazón que le revelaseis en visión alguna cosa de mi futuro matrimonio, Vos nunca quisisteis.
Veía, sí, algunas cosas vanas y fantásticas hacia donde la llevaba el ímpetu del espíritu humano, preocupado por este asunto, o me las contaba; mas no con la seguridad que solía cuando Vos se lo revelabais, sino despreciándolas; pues decía que por cierto sabor, que no podía explicar con palabras, discernía la diferencia que había entre vuestras revelaciones y los ensueños de su corazón. Sin embargo, insistíase en ello; y había llegado a pedirse la mano de una niña, cuya edad era menor casi en dos años que la núbil; y como aquella gustaba, esperábamos.

PORLA

lunes, 18 de julio de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO DECIMO
Entereza de Alipio. Llegada de Nebridio.
16) Habiale yo, pues hallado en Roma, y se me había unido con fortísimo vínculo de amistad: y conmigo se fue a Milán, tanto por no separarse de mí, como por ejercitarse algo en el Derecho que había aprendido, siguiendo más la voluntad de sus padres que la suya propia.
Tres veces había ya ejercido de asesor, admirando a todos por su entereza, y admirándose él más de los que preferían el aro a la conciencia.
También fue puesta a prueba su índole, no solo con el cebo de la codicia, sino, además, con el acicate del temor. Era en Roma asesor del Conde del Erario para los negocios de Italia. Al mismo tiempo había un senador poderosísimo, que a muchos tenía obligados con beneficios o sometidos con amenazas. Quiso éste según costumbre autorizada por su poderío, que se le permitiese no sé qué cosa que estaba prohibida por la ley, y Alipio se opuso; le prometió una recompensa, y la desdeñó sonriendo; le amenazó, conculcó las amenazas; admirando todos un alma tan extraordinaria, que a un hombre tan poderos, y celebrado con una inmensa fama por los mil modos que tenia de hacer bien o mal, no le desease como amigo, ni le temiese como enemigo. El mismo juez, cuyo asesor era Alipio, aunque tampoco quería permitirlo, no se oponía abiertamente, sino se excusaba con Alipio, diciendo que éste no se lo toleraba, porque –y era verdad- si él lo hiciese, Alipio abandonaría. Solo en una cosa estuvo a punto de enredarse por su afición a los libros, tratando de hacerse copiar ciertos códices a precio pretoriano. Pero consultada la justicia, se inclinó al partido mejor; juzgando más útil la equidad que se lo prohibía, que la potestad que se le consentía. Cosa pequeña es ésta; mas el que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho (Lc. 16, 10); y de ningún modo saldrá fallido lo que salió de la boca de vuestra Verdad: si en la riqueza de iniquidad no fuisteis justos, ¿quién os confiará los verdaderos bienes? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿lo vuestro quién os lo dará? (Luc. 16, 16). Tal era entonces este íntimo amigo, que juntamente conmigo estaba perplejo sobre la manera de vida que habíamos de seguir. 

17) También Nebridio, que dejando su patria, cercana a Cartago, y la misma Cartago, donde muy frecuentemente vivía, dejando su casa y a su madre, que no lo había de seguir, no por otra causa se había venido a Milán, sino por vivir conmigo en el estudio ardentísismo de la verdad y la sabiduría; con nosotros suspiraba, y con nosotros fluctuaba, ardoroso investigador de la vida feliz, y escrutador incansable de las cuestiones más dificultosas. Eran tres bocas hambrientas, que mutuamente exhalaban el hambre, y esperaban de Vos que le dieseis el alimento en el tiempo oportuno (Ps. 144, 15), y en todas las amarguras que, por vuestra misericordia, acompañaban a nuestras acciones mundanas, inquiriendo nosotros el fin por que las padecíamos, nos salían al paso las tinieblas; y contrariadas, gemíamos diciendo: ¿Hasta cuándo han de durar estas cosas?
Y esto lo decíamos a menudo; lo decíamos mas no las dejábamos; porque no veíamos cosa cierta a que pudiéramos asirnos al dejarlas.

CAPITULO ONCEAVO
Vacilaciones sobre la mudanza de vida.
18) Sobre todo me maravillaba recordando solícito cuán largo tiempo había transcurrido desde que, a los diecinueve años de edad, empecé a enardecerme con deseo de la sabiduría, proponiéndome abandonar, en hallándola, todas las falaces esperanzas y mentirosas locuras de los vanos deseos (Ps. 39, 5). Y me veía ya con treinta años, atollado en el mismo lodazal por el ansia de gozar los bienes presentes que huían y me desgarraban, en tanto que decía:
“Mañana la hallaré; sí, se me descubrirá la verdad, y la seguiré. Llegará Fausto y lo explicará todo.
¡Oh, qué grandes hombres son los académicos!
Nada podemos comprender con certeza para el gobierno de la vida”.
Pero no: busquemos con mayor diligencia y no desesperemos. Ya veo que no son absurdas las cosas que antes me parecían absurdas en los Libros de la Iglesia, y que se pueden entender razonablemente en otro sentido. Afirmaré los pies en el grado en que, siendo niño, me pusieron mis padres, hasta que se descubre claramente la verdad.
Pero ¿dónde y cuándo buscarla? Ambrosio está ocupado. Yo no tengo tiempo para leer. Los mismos códices, ¿dónde buscarlos? ¿De dónde o cuándo comprarlos? ¿Quién me los prestará?
Destinémosles tiempo; distribuyamos las horas para la salud del alma. Una grande esperanza empieza a brillar; no enseña la fe católica lo que pensábamos, y sin fundamento la acusábamos; sus doctores condenan como error creer que Dios tenga figura de cuerpo humano. ¿Dudaré en llamar, para que se me descubra todo lo demás? los discípulos me ocupan las horas de la mañana: ¿Qué hago en las otras? ¿Por qué no las empleo en esto?
Pero, ¿cuándo voy a saludar a los amigos poderosos, de cuyo favor tengo necesidad? ¿Cuándo voy a preparar las lecciones que me pagan los estudiantes? Y ¿cuándo voy a reparar mis fuerzas, reposando el espíritu de tan intensa fatiga?

19) “¡Piérdase todo, dejemos estas cosas vanas y buenas; apliquémonos solamente a buscar la verdad! La vida es miserable; la muerte incierta; si de súbito nos sorprende, ¿cómo saldremos de este mundo? Y ¿dónde aprenderemos lo que aquí descuidemos de aprender? Y ¿no tendremos que pagar la pena de esta negligencia?
¡Quién sabe si la misma muerte, al cortar el hilo de la vida, pone fin a todos nuestros cuidados!
Pues también esto es menester averiguarlo. Pero lejos de mi pensar que así sea. No sin razón ni sin fundamento la fe cristiana se ha elevado por todo el orbe a tan alta cumbre de autoridad. No obraría Dios tantas y tales cosas por nosotros, si con la muerte del cuerpo feneciese también la vida del alma. Pues ¿por qué nos detenemos en dar de mano a las esperanzas del siglo, y consagrarnos totalmente a buscar a Dios y la vida feliz?
Pero vamos despacio: también estas cosas mundanas son agradables, y tienen su dulzura no pequeña; no hay que romper con ellas de ligero, pues sería vergonzoso volver a ellas de nuevo. Ves qué poco te falta para obtener un cargo honorifico. Y ¿qué más se puede desear en la vida? Cuentas con muchas y poderosos amigos; sin llevar las cosas muy de prisa, te pueden dar una presidencia. Luego te casaría con mujer que tenga algún dinero, para que no resulte gravoso el sostenerla; y aquí podrían hallar término los deseos. Muchos grandes hombres, y dignísimos de ser imitados, se consagraron, teniendo mujer, al estudio de la sabiduría“.

20) Mientras estas cosas decía y estos vientos contrarios llevaban alternativamente mi corazón de una parte a otra, pasaba el tiempo, y yo tardaba en convertirme al Señor, y dilataba de día en día (Eucli. 58) el vivir en Vos, y no dilataba el morir en mí cada día. Amando la vida feliz, temíala donde se hallaba, y buscábala, huyendo de ella. Porque pensaba que sería muy desgraciado si me faltasen los abrazos de una mujer, y no pensaba, para curar esta enfermedad, en la medicina de vuestra misericordia, porque no la había experimentado; y creía que la continencia dependía de mis propias fuerzas, las cuales no sentía en mí; siendo tan necio que no entendía lo que está escrito (Sab. 8, 21): que nadie puede ser continente, si Vos no se lo dais.
Y cierto que Vos me lo dierais, si con interior gemido llamase a vuestros oídos, y con fe sólida arrojase en Vos mi cuidado (Ps. 54, 23).

PORLA

domingo, 19 de junio de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO OCTAVO
Recaída de Alipio.
13) No ciertamente para dejar la carrera del mundo, tan recomendada por sus padres, Alipio había ido delante de mí a Roma a estudiar Derecho, y allí se dejó arrebatar de una afición increíble por los espectáculos de los gladiadores. El caso acaeció de un modo increíble. Porque aborreciendo él y detestando semejantes diversiones, encontrándose casualmente con él unos amigos y condiscípulos suyos que venían de comer, aunque él rehusaba enérgicamente y se resistía, con amigable violencia le llevaron al anfiteatro durante los días de los crueles y funestos juegos, mientras él les iba diciendo: “Aunque arrastréis mi cuerpo a aquel lugar y le pongáis allí ¿acaso podréis también aplicar mi pensamiento y mis ojos a aquellos espectáculos? Allí, pues, estaré como si no estuviese, y así triunfaré de ellos y de vosotros”. Mas ellos, aunque oyeran estas razones, no desistieron de llevarle consigo, quizá precisamente deseando averiguar si sería capaz de cumplirlo.
Cuando llegaron y se colocaron en los asientos que pudieron, todo el circo hervía en ferocísimos regocijos.
Alipio, cerrando las puertas de sus ojos, prohibió a su ánimo salir a ver tantos desmanes. ¡Y pluguiese a Dios que hubiera cerrado también los oídos! Porque en cierto lance de la lucha, hiriendo fuertemente sus oídos un grito atronador de todo el pueblo, vencido de la curiosidad, y como preparado a despreciar y vencer cualquier cosa que viese, abrió los ojos, y fue herido en el alma con una herida más grave, que no en el cuerpo del gladiador a quien deseó ver; y cayó más miserablemente que el otro, a cuya caída se alzó la grita, que entrando por sus oídos, le abrió los ojos, para que por ellos su alma, todavía más atrevida que fuerte fuese herida y derribada; tanto más débil, cuanto había  presumido de sí, habiendo de confiar en Vos. Porque luego que vio aquella sangre, al mismo punto bebió la crueldad; y no apartó el rostro, sino antes fijó detenidamente la vista; con lo cual se saturaba de furor sin darse cuenta, se regostaba con el crimen de la lucha, y se embriaga con el placer de la sangre. Ya no era el mismo que había venido sino uno de la turba con que se había mezclado, y verdadero compañero de los que le habían llevado ¿Qué más? Contempló el espectáculo, vociferó, se enardeció; y salió de allí con una locura que le estimulaba a volver, no solo acompañando a los que le habían llevado, sino aun yendo delante de ellos, y arrastrando consigo a otros.
Pero de allí también con mano poderosísima y misericordiosísima la sacasteis Vos, y le enseñasteis a no poner sus confianza en sí, sino en Vos; aunque esto fue mucho después.

CAPITULO NOVENO
Alipio es detenido como ladrón.
14) Sin embargo, todo esto quedaba ya depositado en su memoria para medicina en lo por venir. Como también lo que sucedió cuando todavía estudiaba, ya discípulo mío, en Cartago; que mientras a mediodía se repasaba en el faro lo que había de declamar, al modo que suelen ejercitarse los estudiantes, Vos permitisteis que fuese preso como ladrón por los guardias del foro; no pienso que por otra causa lo permitieseis Vos, Dios nuestro, sino para que quien había de llegar a ser tan gran varón, empezase a aprender con cuánto miramiento, al examinar las causas, se ha de precaver que no condene un hombre a otro con temeraria credulidad.
Fue el caso que se paseaba solo delante del tribunal con las tablillas y el estilo, y de pronto un mozalbete, del número de los estudiantes, verdadero ladrón, llevando escondida un hacha, entró, sin que él lo advirtiera, a la balaustrada de plomo que cae sobre la lonja de la platería, y comenzó a cortar trozos de plomo. Al oír los golpes del hacha los plateros, que estaban debajo, dieron voces y enviaron a prender a quienquiera que hallasen. El ladrón, como oyó las voces, echó a huir dejando el instrumento, temiendo ser detenido con él. Alipio, que no le había visto entrar, le vio salir y escapar a toda prisa; y deseando saber la causa, entró a aquel lugar, y hallando el hacha, se estaba de pie, y sorprendido la examinaba, cuando he  aquí que los enviados le encuentran solo, teniendo la herramienta a cuyos golpes, alarmados, habían acudido. Echan mano de él y le llevan por fuerza; y juntándose los inquilinos del foro, se felicitan por haberlo preso como a verdadero ladrón, y llevarle de allí para entregarle a los jueves.

15) Hasta aquí no más había de llegar la lección; pues al punto amparasteis, Seños, su inocencia, de la cual sólo Vos erais testigo. Porque cuando le llevaban a la cárcel o al tormento, les salió al encuentro un arquitecto, que era superintendente de los edificios públicos. Alegráronse los que le llevaban de haber topado precisamente con él, a quien ellos solían ser sospechosos de robar las cosas que desaparecían del foso, pues ahora por fin podían conocer quiénes eran los que huían. Pero aquel hombre había visto muchas veces a Alipio en casa de un senador a quien solía visitar; y reconociéndole al punto y tomándole por la mano, le apartó de la turba; y preguntándole la causa de tamaña desgracia, se enteró de lo sucedido; ordenó a toda aquella multitud alborotada y furiosamente amenazadora, que le siguiese; y se dirigieron a la casa del mozalbete que había cometido el delito; hallábase a la puerta un mucha de tan corta edad, que sin temor de hacer con ello algún daño a su amo, fácilmente podría descubrir todo lo sucedido, pues había estado con él en el foso.
Alipio, luego que le hubo reconocido, se lo comunicó al arquitecto. Este, mostrando el hacha al muchacho, le preguntó de quién era, y él al punto contestó: Nuestra. Después, preguntado, declaró todo lo demás. Así, recayendo el delito sobre aquella casa, y quedando confusa la turba, que ya empezaba a triunfar de Alipio, el futuro dispensador de vuestra palabra y examinador de muchas causas en vuestra Iglesia, se retiró más experimentado en instruido.

PORLA

domingo, 22 de mayo de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO SEPTIMO
Aparta a Alipio de la afición a los juegos circenses.
11) Lamentábamos juntamente esas cosas los que vivíamos unidos en amistad, pero especial y familiarísimamente las trataba con Alipio y Nebridio.
Alipio era oriundo de mi misma ciudad, de una de las principales familias de aquel municipio, y de menos edad que yo, pues cuando empecé a enseñar en Tagaste, y después en Cartago, había sido discípulo mío, que me quería mucho, porque me tenía por bueno y docto; y yo a él por su buena índole para la virtud, en la cual, para su corta edad, no poco sobresalía. Pero el torbellino de las costumbres cartaginesas, hervidero de frívolos espectáculos, le había arrebatado a la locura de los juegos circenses. Cuando él iba miserablemente arrastrado, tenía yo allí clase como profesor público de Retórica. No acudía él como discípulo a mi escuela, por cierto disgusto que había surgido entre mí y su padre. Supe yo que estaba perdidamente aficionado al circo, y esto me afligía gravemente, porque me parecía que iba a malograr tan grandes esperanzas, si ya no las había malogrado. Mas no tenía yo facilidad para avisarle, y con algún apremio apartarle de ella, ni con la confianza de amigo, ni con la autoridad de maestro, pues me figuraba que sentiría de mi como su padre. Pero él no era así, antes dejando a un lado en este punto la voluntad de su padre, había comenzado a saludarme, viniendo a mi auditorio, donde escuchaba un rato y se iba.

12) Ello era así que nunca me acordaba de tratar con él sobre que no malograse tan aventajado ingenio con la ciega y arrebatada afición a vanos espectáculos.
Pero Vos, Señor, que tenéis el gobernalle de todas las cosas que habéis creado, no os habíais olvidado del que había de ser entre vuestros fieles dispensador de vuestros misterios. Y para que abiertamente se os atribuyese su enmienda, la obrasteis por mí, pero sin yo saberlo. Porque hallándome cierto día sentado en el lugar de costumbre y estando delante de mí los discípulos, llegó Alipio, me saludó, se sentó, y comenzó a atender a lo que se decía. Acaso tenía yo entre manos una lección, y al declararla, pareciéndome oportuno traer la comparación de los juegos circenses, para dar a entender más amena y claramente mi intento, ridiculizando mordazmente a la vez a los que se dejaban cautivar de aquella locura; Vos sabéis, Dios nuestro, que entonces no pensaba en curar a Alipio de aquel contagio. Mas él lo tomó para sí, y creyó que no lo había dicho sino por él, y de los que otro hubiera tomado ocasión de enojo conmigo, él lo tomo para enojarse contra sí mismo y para más ardientemente amarme. Habíais dicho Vos mucho antes, y consignándolo en vuestra Escritura (Prov. 9, 8): Reprende al sabio y te amará. Mas no era yo el que le reprendía, sino Vos, que os servís de todos, sabiéndolo ellos o no, según el orden que Vos sabéis –y este orden es justo-, hicisteis de mi corazón y mi lengua carbones encendidos, con que cauterizasteis aquel espíritu de tan buenas esperanzas, pero ulcerado, y le sanasteis. Calle vuestras alabanzas quien no considera vuestras misericordias, las cuales os alaben desde las médulas de mi ser. Porque ello fue así que, oídas estas palabras, saltó fuera de aquel hoyo tan profundo, en que de grado se iba sumergiendo, y con increíble deleite se iba cegando, y sacudió con vigorosa templanza su espíritu, y se le desprendió todo el fango de los juegos circenses, y no volvió a poner allí los pies.
Luego venció la resistencia de su padre a que me tomase por maestro; y el padre cedió y se lo concedió. Y comenzando otra vez a oír mis lecciones, se enredó juntamente conmigo en aquella superstición de los maniqueos, agradándole en ellos la ostentación de continencias, que él creía verdadera y sincera; mas en realidad era necia y engañosa, que aprisionaba las almas preciosas (Prov. 6, 16), no adiestradas aun a sondear el fondo de la virtud, y fáciles de engañar con la superficie,  aunque fuese de una virtud contrahecha y simulada.

PORLA

domingo, 24 de abril de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO SEXTO
Los deseos terrenos atormentan al corazón. El mendigo de Milán.
9) Me parecía yo por honores, riquezas, casamiento; y Vos hacíais burla de mí. Padecía con aquellas ansias, amarguísimas dificultades; siéndome Vos tanto más propicio cuanto menos me dejabais hallar dulzura en lo que no erais Vos. Mirad mi corazón, Señor, que habéis querido que me acordase de esto y os lo confesase. Abrácese ahora con Vos mi alma, que despegasteis de una liga de muerte tan pegajosa. ¡Qué desgraciada era! Vos la punzabais en lo vivo de sus heridas, para que dejadas todas las cosas se convirtiese a Vos, que sois sobre todas las cosas (Ram. 9, 15) y sin el cual nada serían todas las cosas; se convirtiese y sanase.
¡Qué miserable, pues, era yo! ¡Y cómo lo hicisteis, para que sintiese mi miseria! Era el día en que, preparándome para pronunciar las alabanzas del Emperador, en las cuales había de mentir muchos, y mintiendo ganar el favor de los que sabían las mentiras; con el corazón anhelante por tales preocupaciones, y abrasado por la fiebre de los pensamientos que le consumían, al pasar por un arrabal de Milán, reparé en un pobre mendigo, que ya harto, según creo, estaba chanceando y divirtiéndose. Y suspiré y hablé con los amigos que me acompañaban, de los muchos dolores  que nos acarrean nuestras locuras, pues con todos aquellos empeños, semejantes a los que entonces pensaban sobre mí, que aguijoneado por la ambición, iba arrastrando la carga de mi miseria, y al arrastrarla haciéndola más pesada ninguna otra cosa pretendíamos, sino alcanzar aquella alegría segura en la cual aquel mendigo se nos había adelantado, y a donde nosotros tal vez nunca habíamos de llegar. Porque lo mismo que aquel había ya alcanzado con pocas monedas, y estas de limosna, era lo que yo por tan penosos caminos y rodeos ambicionaba: la alegría de la festividad temporal.
No tenía, ciertamente, aquél verdadera alegría; pero de un modo mucho más falso la buscaba yo con aquellas mis ambiciones. Y, al fin, él estaba alegre, y yo inquieto; él seguro y yo sobresaltado. Y si alguien me preguntara qué prefería, estar alegre o temeroso, le respondería que estar alegre. Mas si de nuevo me preguntase qué escogería: ser como aquel pobre, o ser como yo era, me habría escogido a mí mismo, consumido de cuidados y zozobras; pero por mi perversidad; ¿acaso con verdad? Porque no debía yo preferirme a aquel hombre, por ser más docto que él; porque eso no me daba contentamiento, sino deseo de agradar con ello a los hombres, no por instruirlos, sino sólo por agradarles. Por eso Vos con la vara de vuestra corrección quebrantabais mis huesos (Ps. 41, 11).

10) Apártense, pues de mi alma los que le dicen: “Va mucho en aquello de que uno se goza. Alegrábase con la embriaguez aquel mendigo, y tú con la gloria”. ¿Con qué gloria, Señor? Con la que  no está en Vos. Pues así como no era verdadero aquel gozo, así tampoco era verdadera aquella gloria; y más que el vino, me trastornaba el juicio. Él aquella misma noche había de dirigir su borrachera; yo con la mía me había ya dormido y me había levantado; con ella me volvería a dormir y a levantar. ¡Vos veis por cuántos días! Va mucho en aquello de que uno se goza; lo sé; y que el gozo de la esperanza cristiana dista incomparablemente de aquella vanidad. Mas también entonces había diferencia entre ambos; el mendigo era más dichoso que yo, no solo porque a él le rebosaba la alegría, y a mí los cuidados me arrancaban las entrañas, sino también porque él augurando venturas, había obtenido el vino; yo echando mentiras buscaba vanidad.
Muchas cosas dije entonces a este propósito a mis amigos; y muchas veces reflexionaba cómo me iba en esta parte; y hallaba que me iba mal; y me dolía, y con ello me reclamaba el mismo mal; y si algo prospero me sonreía, tenía tedio de tomarlo, porque casi antes de alargar la mano remontaba el vuelo.


PORLA

domingo, 3 de abril de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO CUARTO
Va cayendo el velo de sus ojos
5) No sabiendo, pues, cómo subsistiese esta imagen vuestra, debí proponer, llamando, cómo se había de creer, y no objetar, insultando, como si tal cosa fuera lo que se creía. Y tanto más violentamente me roía las entrañas el ansia de saber algo cierto, cuanto más me avergonzaba de cosas ciertas, hubiese estado sosteniendo con pueril ignorancia y animosidad como ciertas tantas cosas inciertas. Pues que eran falsas después lo vi claramente; mas ya entonces era cierto para mí que eran inciertas, y que yo las había tenido algunas veces por ciertas, cuando con ciega porfía acusaba a vuestra Iglesia Católica; y si bien todavía no conocía que ella enseñaba la verdad, a lo menos entendía que no enseñaba las cosas de que yo gravemente le acusaba. Por esta razón me avergonzaba, volvía de mi error y me alegraba, Dios mío, de que la Iglesia única, cuerpo de vuestro Único Hijo, en la cual siendo infante fui señalado con el nombre de Cristo no tenía resabio de pueriles engaños, ni se hallaba en su saludable doctrina, que a Vos, Creador de todas las cosas, os confinase a un lugar del espacio, por grande y amplio que fuese, pero por todas partes limitado por la figura de miembros humanos.

6) También me alegraba de que ya no se me propusiesen las Escrituras Antiguas de la Ley y los Profetas para leerlas con los ojos que antes que me las representaban absurdas cuando reprendía a vuestros santos (los fieles) como si de tal modo pensasen, aunque en realidad no pensaban así. Y oía con gozo a Ambrosio, que repetidas veces en sus sermones al pueblo decía, como recomendando muy encarecidamente esta regla: La letra mata, y el espíritu vivifica (2Cor. 3, 6); cuando aquellos pasajes, que tomados a la letra parecían enseñar alguna inmoralidad, levantando el velo místico, los explicaba espiritualmente, sin decir nada que me ofendiera, aunque todavía ignoraba yo si era verdad lo que decía. Porque temiendo despeñarme, contenía mi corazón de todo sentimiento; mas esta suspensión era la horca para mí. Porque quería estar tan cierto de las cosas que no veía, como estaba cierto de que siete y tres son diez –pues no era tan loco, que juzgase que ni esto se podía comprender- pero como esto, así deseaba entender las demás cosas, tanto las corporales fuera del alcance de mis sentidos, como las espirituales, sobre las cuales no sabía pensar sino corporalmente.
Hubiera podido sanar creyendo; pues así, más purificada la vista de mi espíritu, se orientara de algún modo hacia vuestra verdad, que siempre permanece  (Ps. 116, 2) y en nada desfallece.
Mas como suele acontecer al que cayó en manos de un mal médico, que aun al bueno recela confiarse, así era la enfermedad de mi alma, que no podía sanar sino creyendo, y por no creer algo falso recelaba ser curado, resistiéndose a vuestras manos (Ps. 16, 8) con que confeccionasteis los medicamentos de la fe y os derramasteis sobre las enfermedades del orbe de la tierra, dotándolas de tamaña autoridad. 

CAPITULO QUINTO
Como empezó a creer en la Sagrada Escritura
7) Aun por esta autoridad prefiriendo ya la doctrina católica, sentía que más modesto es aquí, y de ninguna manera falaz, mandarnos creer lo que no se demuestra –ya porque, habiendo demostración, no sea capaz de ella el sujeto, ya porque no la haya- que no allí, mofarse de la credulidad con temeraria promesa de ciencia, y después mandar creer, porque no podían demostrarse, gran multitud de cosas fabulosísimas y absurdísimas.
Después Vos, Señor, poco a poco, tocando y disponiendo con mano suavísima y misericordiosísima mi corazón; al considerar cuanta infinidad de cosas creía, que no veía, ni me hallé presente cuando sucedieron, como tantas de la historia de las naciones, tantas de lugares y ciudades que no he visto, tantas oídas a los amigos, a los médicos y a otras muchas personas, que si no las creyéramos, no podíamos dar un paso en la vida; y, por último, cuán inconcursamente creía quiénes eran mis padres lo cual yo no pudiera saber sin dando fe a quienes me lo decían: me persuadiste que debían ser vituperados, no los que creían en vuestros libros, que con tanta autoridad habéis acreditado en casi todos los pueblos, sino los que no creían en ellos; y que no debía dar oídos a los que por ventura me preguntasen: ¿De dónde sabes tú que aquellos Libros han sido suministrados al género humano por el Espíritu del único Dios verdadero y veracísimo? Pues eso precisamente es lo que sobre todo había de creer. Porque ninguna acometividad de cuestiones sofísfica, entre tanto como había yo leído de filósofos que luchaban unos con otros, pudo alguna vez arrancarme que no creyese que Vos existís, fueseis el que fueseis (que eso yo lo ignoraba) y que tenéis providencia de las cosas humanas.

8) Mas esto lo creía yo unas veces con más firmeza, otras con más flaqueza; pero siempre creí que Vos existís, y que tenéis cuidado de nosotros, aunque ignoraba lo que debía pensar de vuestra sustancia, y cuál era el camino para ir o volver a Vos. Por tanto, siendo nosotros débiles para hallar por razón evidente la verdad, y necesitando por esta causa la autoridad de las Sagradas Letras, había ya comenzado a creer que de ningún modo hubierais dado tan soberana autoridad por todo el mundo a estas Escrituras, si no hubierais querido que por ellas os creyésemos a Vos, y por ellas os buscásemos a Vos.
Cuanto a lo absurdo que en aquellas Letras me solía ofender, después que oí explicar aceptablemente muchos de aquellos pasajes, atribuidos a la profundidad de los misterios. Y su autoridad se me presentaba tanto más venerable, y digna de la fe sacrosanta, cuanto siendo por una parte asequible a todos su lectura, recataba por otra, con un sentido más profundo la dignidad de su secreto; brindándose a todos con sus palabras llanísimas y humildísimo estilo, y ejercitando el esfuerzo a los que no son ligeros de corazón (Eccli. 19, 21). De suerte que a todos recibe en su regazo popular, mas a pocos deja pasar a Vos por estrechos senderos; y aún son muchos más que si no se elevara a tan alta cumbre de autoridad, o no albergara al vulgo en el regazo de su santa llaneza. Esto pensaba yo, y Vos estabais conmigo; suspiraba, y Vos me escuchabais; vacilaba, y Vos me gobernabais; iba por el camino ancho del siglo, y Vos no me desamparabais.

PORLA

domingo, 13 de marzo de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO TERCERO
Ocupaciones de San Ambrosio
3) Ya ni siquiera gemía yo suplicándoos que me socorrieseis sino que mi espíritu estaba ocupado en buscar e inquieto en discutir. Al mismo Ambrosio teníale yo por un hombre feliz según el mundo, pues tanto le honraban tan altas potestades; solamente su celibato se me hacía dificultoso. Pero las esperanzas que abrigaba, las luchas que sostenía contra las tentaciones de su misma grandeza su consuelo en las adversidades y sus deleites sabrosos al rumiar vuestro país con la boca interior de su corazón, ni yo lo sabía sospechar ni tenía experiencia en ello. Tampoco él conocía mis congojas, ni el precipicio en que amenazaba caer; porque yo no podía tratar con él lo que quería y cómo quería; porque de hablarle y escucharle me apartaba la multitud de negocios de personas a quien él atendía en sus necesidades; y cuando esto le dejaban solo, que era por muy breve tiempo, o reparaba el cuerpo con el necesario sustento, o el espíritu con la lectura.
Cuando leía paraba los ojos por la página, y percibía con el entendimiento el sentido, pero sin pronunciar palabra ni mover la lengua.
Muchas veces, estando yo presente –pues a nadie se negaba la entrada, ni había costumbre de anunciarle quien llegaba-, le vi leer calladamente, y nunca de otra manera; y después de haber estado sentado largo rato en silencio –porque ¿quién se iba a atrever a molestar a un hombre tan abstraído?-, me retiraba, conjeturando que aquel breve tiempo que lograba para reparar su espíritu, descansando del estrépito de negocios ajenos, no quería que le distrajesen a otra cosa. Y aun tal vez, evitaba que ante algún oyente, suspenso y atento, si el autor que leía trajese algún pasaje oscuro, le fuese también necesario explicarlo o desarrollar algunas cuestiones más difíciles y gastando en esto el tiempo, no pudiese leer tanto de sus libros como deseaba. Aunque tal vez la causa más acertada de leer en silencio pudo ser el conservar la voz, que con mucha facilidad se le  enronquecía. Pero, en fin, cualquiera que fuere la intención con que aquel varón lo hacía, era sin duda buena.

4) Mas lo cierto es que a mí no se me brindaba ocasión de preguntar lo que deseaba a tan santo oráculo vuestro, como era su pecho, sino cuando era negocio de pocas palabras; y aquellas inquietudes mías reclamaban mucho vagar en la persona con quien había de desahogarme, y nunca lo hallaban.
Oíale, sí, cada domingo explicar rectamente al pueblo la palabra de la verdad;  y me iba confirmando más y más en que era posible deshacer todos los lazos de falaces calumnias que aquellos engañadores míos armaban contra los Libros Sagrados. Y cuando también averigüé que vuestros hijos espirituales, que con vuestra gracia reengendrasteis en el seno maternal de la Iglesia Católica, no entendían aquellas palabras: que el hombre fue hecho por Vos a vuestra imagen (Ben. 9, 6), de suerte que os creyesen o pensasen limitado en figura de cuerpo humano, aunque ni remotamente y por enigma (1 Cor. 13, 12) sospechaba lo que es una sustancia espiritual sin embargo, sentí a la vez gozo y vergüenza de haber estado tantos años labrando, no contra la fe católica, sino contra las quimeras de mis pensamientos carnales; y sin duda había sido impío y temerario, por haber afirmado reprendiendo lo que debía aprender preguntando.
Pero Vos, Señor, altísimo y cercano, ocultísimo y presentísimo, que no tenéis miembros, unos mayores y otros menores, sino estáis todo en todo lugar, y no limitado a lugar, no sois ciertamente esta figura corporal, y, no obstante, hicisteis a vuestra imagen al hombre, que, como vemos, de la cabeza a los pies ocupa lugar.

PORLA