CAPITULO PRIMERO
Mónica llega
a Milán
1) ¡Esperanza mía desde mi juventud! (Ps. 70, 5)
¿Dónde estabais para mí o a qué lugar os habíais retirado?
¿Acaso no erais Vos el que me habéis formado, y
diferenciado de los cuadrúpedos, y hecho más sabio que las aves del cielo?
(Job. 35, 10, 11). Y caminaba yo por tinieblas y rebaladeros; y os buscaba
fuera de mí, y no hallaba al Dios de mi corazón (Ps. 72, 26) sumido estaba en lo
profundo del mar (Ps. 67, 23) y desconfiaba y desesperaba de hallar la verdad.
Ya mi madre, fuerte con su piedad, se había venido a mi lado, siguiéndome por
mar y por tierra, segura de Vos en todos los peligros; tanto, que en las
tempestades del mar esforzaba a los mismos marineros –que suelen esforzar a los
pasajeros avezados al mar, cuando los ven temerosos- asegurándoles que
llegarían con felicidad, porque Vos, Señor, en una visión se lo habíais
prometido.
Cierto, en grave peligro me halló, desesperado de
encontrar la verdad. Mas cuando le di a entender que ya no era maniqueo, aunque
tampoco católico cristiano, no saltó de placer, como si oyera una nueva
inesperada, aunque ya quedaba asegurada contra aquella parte de mi miseria, en
la cual me lloraba delante de Vos como a muerto –mas que había de resucitar- y
me llevaba en el féretro de su pensamiento para que Vos dijeseis al hijo de la
viuda: ¡Joven contigo hablo; levántate! (Luc. 7, 15) y él resucitase, y
empezase a hablar, y Vos le entregaseis a su madre. No se estremeció, pues, su
corazón con turbulenta alegría cuando oyó que ya estaba hecho en tan gran parte
lo que cada día con lágrimas os suplicaba que hicieseis; que yo, aunque todavía
no en posesión de la verdad, ya había sido arrancado a la falsedad. Antes bien,
como estaba cierta que le habíais de conceder lo que restaba, pues se lo
habíais prometido todo, me respondió placidisimamente, y con el corazón lleno
de confianza, que ella esperaba en Cristo, que antes de salir de esta vida me
había de ver fiel católico. Esto para mí; que para Vos, fuente de las
misericordias redobló sus plegarias y lágrimas, para que aceleraseis vuestro
auxilio y alumbraseis mis tinieblas (Ps. 17, 24). Acudía con mayor solicitud a
la Iglesia, y quedaba suspensa de los labios de Ambrosio, bebiendo de la fuente
del agua viva que salta hasta la vida eterna (Jn. 4, 2). Amaba ella a aquel
varón como a un ángel de Dios porque sabía que por su medio había yo llegado
por de pronto a aquella perplejidad indecisa, por la cual presentía con certeza
que había de pasar de la enfermedad a la salud, atravesando el peligro más
agudo, como por una fase que los médicos llaman “acceso crítico”.
CAPITULO
SEGUNDO
Banquetes
sobre los sepulcros de los Mártires
2) En cierta ocasión, habiendo llevado mi madre
como solía hacer en África, ofrenda de viandas, pan y vino a los sepulcros de
los Santos, e impidiéndoselo el portero, apenas supo que lo había prohibido el
obispo, lo recibió con tanta devoción y obediencia, que yo mismo me maravillaba
de la facilidad con que se puso más bien a censurar su antigua costumbre, que a
discutir aquella prohibición. Porque su espíritu no estaba dominado por la
bebida, ni la afición al vino la espoleaba a odiar la verdad, como acontece a
tantos hombres y mujeres a quienes el cántico de sobriedad les produce nauseas,
como el vino aguado a los beodos.
Mas ella, llevando el canastillo con las
acostumbradas viandas, para hacer la salva y distribuirlas, no ponía más que un
vasito de vino aguado a su gusto, que era muy sobrio, con el cual hacia la
reverencia los Mártires. Y si eran muchos los sepulcros de los Mártires que con
idéntica ceremonia debían ser honrados, llevabais de uno en otro el mismo
vasito, para ponerlo en todos ellos, ya no solo muy aguado, sino muy tibio, y
lo repartía a sorbos pequeños entre los suyos que presentes se hallaban; porque
buscaba en ello la piedad, no el deleite. Mas luego que supo que aquel
esclarecido predicador y árbitro de la piedad había prohibido esta ceremonia
aun a los que sobriamente la celebraban, para no dar ocasión alguna de
embriagarse a los intemperantes, y porque aquellas fiestas parentales eran muy
semejantes a la superstición gentilicia, se abstuvo de ellas gustosísimamente. Y
en lugar del canastillo lleno de frutos de la tierra, se acostumbró a llevar a
los sepulcros de los Mártires el corazón lleno más puros deseos, y dar lo que
podía a los necesitados y celebrar allí la comunión del cuerpo del Señor pues a
imitación de su Pasión, fueron inmolados y coronados los Mártires. Mas con ser
todo esto así, tengo para mí, Señor Dios mío, y así lo siente en vuestra
presencia mi corazón, que tal vez mi madre no hubiera tan fácilmente accedido a
cortar esta costumbre, si otro la prohibiera a quien no amase tanto a Ambrosio;
y él a ella por su religiosísima vida y fervor de espíritu con que frecuentaba
la Iglesia y se ejercitaba en buenas obras; de tal modo que muchas veces cuando
me encontraba prorrumpía en sus alabanzas, felicitándome por tener tal madre; y
no sabía que tal hijo tenía ella en mí, que dudaba de todas aquellas cosas, y
pensaba que no era posible hallar el camino de la vida.
PORLA

