domingo, 21 de febrero de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO PRIMERO
Mónica llega a Milán
1) ¡Esperanza mía desde mi juventud! (Ps. 70, 5) ¿Dónde estabais para mí o a qué lugar os habíais retirado?
¿Acaso no erais Vos el que me habéis formado, y diferenciado de los cuadrúpedos, y hecho más sabio que las aves del cielo? (Job. 35, 10, 11). Y caminaba yo por tinieblas y rebaladeros; y os buscaba fuera de mí, y no hallaba al Dios de mi corazón (Ps. 72, 26) sumido estaba en lo profundo del mar (Ps. 67, 23) y desconfiaba y desesperaba de hallar la verdad. Ya mi madre, fuerte con su piedad, se había venido a mi lado, siguiéndome por mar y por tierra, segura de Vos en todos los peligros; tanto, que en las tempestades del mar esforzaba a los mismos marineros –que suelen esforzar a los pasajeros avezados al mar, cuando los ven temerosos- asegurándoles que llegarían con felicidad, porque Vos, Señor, en una visión se lo habíais prometido.
Cierto, en grave peligro me halló, desesperado de encontrar la verdad. Mas cuando le di a entender que ya no era maniqueo, aunque tampoco católico cristiano, no saltó de placer, como si oyera una nueva inesperada, aunque ya quedaba asegurada contra aquella parte de mi miseria, en la cual me lloraba delante de Vos como a muerto –mas que había de resucitar- y me llevaba en el féretro de su pensamiento para que Vos dijeseis al hijo de la viuda: ¡Joven contigo hablo; levántate! (Luc. 7, 15) y él resucitase, y empezase a hablar, y Vos le entregaseis a su madre. No se estremeció, pues, su corazón con turbulenta alegría cuando oyó que ya estaba hecho en tan gran parte lo que cada día con lágrimas os suplicaba que hicieseis; que yo, aunque todavía no en posesión de la verdad, ya había sido arrancado a la falsedad. Antes bien, como estaba cierta que le habíais de conceder lo que restaba, pues se lo habíais prometido todo, me respondió placidisimamente, y con el corazón lleno de confianza, que ella esperaba en Cristo, que antes de salir de esta vida me había de ver fiel católico. Esto para mí; que para Vos, fuente de las misericordias redobló sus plegarias y lágrimas, para que aceleraseis vuestro auxilio y alumbraseis mis tinieblas (Ps. 17, 24). Acudía con mayor solicitud a la Iglesia, y quedaba suspensa de los labios de Ambrosio, bebiendo de la fuente del agua viva que salta hasta la vida eterna (Jn. 4, 2). Amaba ella a aquel varón como a un ángel de Dios porque sabía que por su medio había yo llegado por de pronto a aquella perplejidad indecisa, por la cual presentía con certeza que había de pasar de la enfermedad a la salud, atravesando el peligro más agudo, como por una fase que los médicos llaman “acceso crítico”.

CAPITULO SEGUNDO
Banquetes sobre los sepulcros de los Mártires
2) En cierta ocasión, habiendo llevado mi madre como solía hacer en África, ofrenda de viandas, pan y vino a los sepulcros de los Santos, e impidiéndoselo el portero, apenas supo que lo había prohibido el obispo, lo recibió con tanta devoción y obediencia, que yo mismo me maravillaba de la facilidad con que se puso más bien a censurar su antigua costumbre, que a discutir aquella prohibición. Porque su espíritu no estaba dominado por la bebida, ni la afición al vino la espoleaba a odiar la verdad, como acontece a tantos hombres y mujeres a quienes el cántico de sobriedad les produce nauseas, como el vino aguado a los beodos.
Mas ella, llevando el canastillo con las acostumbradas viandas, para hacer la salva y distribuirlas, no ponía más que un vasito de vino aguado a su gusto, que era muy sobrio, con el cual hacia la reverencia los Mártires. Y si eran muchos los sepulcros de los Mártires que con idéntica ceremonia debían ser honrados, llevabais de uno en otro el mismo vasito, para ponerlo en todos ellos, ya no solo muy aguado, sino muy tibio, y lo repartía a sorbos pequeños entre los suyos que presentes se hallaban; porque buscaba en ello la piedad, no el deleite. Mas luego que supo que aquel esclarecido predicador y árbitro de la piedad había prohibido esta ceremonia aun a los que sobriamente la celebraban, para no dar ocasión alguna de embriagarse a los intemperantes, y porque aquellas fiestas parentales eran muy semejantes a la superstición gentilicia, se abstuvo de ellas gustosísimamente. Y en lugar del canastillo lleno de frutos de la tierra, se acostumbró a llevar a los sepulcros de los Mártires el corazón lleno más puros deseos, y dar lo que podía a los necesitados y celebrar allí la comunión del cuerpo del Señor pues a imitación de su Pasión, fueron inmolados y coronados los Mártires. Mas con ser todo esto así, tengo para mí, Señor Dios mío, y así lo siente en vuestra presencia mi corazón, que tal vez mi madre no hubiera tan fácilmente accedido a cortar esta costumbre, si otro la prohibiera a quien no amase tanto a Ambrosio; y él a ella por su religiosísima vida y fervor de espíritu con que frecuentaba la Iglesia y se ejercitaba en buenas obras; de tal modo que muchas veces cuando me encontraba prorrumpía en sus alabanzas, felicitándome por tener tal madre; y no sabía que tal hijo tenía ella en mí, que dudaba de todas aquellas cosas, y pensaba que no era posible hallar el camino de la vida.

PORLA

domingo, 7 de febrero de 2016

LIBRO QUINTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO CATORCE
Rompe con los maniqueos y se hace catecúmeno
24) Porque sin poner empeño en aprender lo que Ambrosio decía, sino solamente en oír cómo lo decía –pues desesperanzado ya de que el hombre tuviese camino para llegar a Vos, sólo me quedaba este vano cuidado-, empero juntamente con las palabras que me agradaban, entraban en mi alma las verdades que desdeñaba, pues no podía separar unas de otras; y al abrir el corazón para percibir cuán elocuentemente hablaba, juntamente percibía con cuanta verdad hablaba; aunque paso a paso. Porque al principio comenzó a parecerme que también lo que él decía se podía defender, y que la fe católica, en pro de la cual había pensado que nada se podía responder a las impugnaciones maniqueas, ya pensaba que se podía defender a cara descubierta; sobre todo después de oír resolver repetidas veces diversos problemas del Antiguo Testamento, que, entendidos por mí a la letra, me daban la muerte (1 Cor. 3, 6). Declarados, pues, en sentido espiritual numerosos lugares de aquellos libros, comencé a condenar aquella mi desconfianza, pero solo en cuanto había creído que era de todo punto imposible refutar a los que abominaban y se mofaban de la Ley y los Profetas.
Mas no por eso pensaba que debía yo seguir el camino de los católicos, por el hecho de que también ellos podían tener sus doctos defensores, que elocuentemente y sin contradecirse rechazasen las objeciones; ni tampoco por eso debía condenar la secta que antes seguía, porque de ambas partes se equilibrasen las defensas. Pues la religión católica de tal modo me parecía no vencida, que todavía no me parecía vencedora.

25) Entonces esforcé mi ingenio para ver si de algún modo podría con argumentos irrebatibles convencer de falsedad a los maniqueos. Y si yo hubiera podido concebir una sustancia espiritual, al punto se hubieran desbaratado todas aquellas fantasmagorías y habían desaparecido de mi mente, mas no podía. Sin embargo, considerando lo más y más, y comparando unas cosas con otras, me convencía que acerca del conjunto de este mundo, y de toda la naturaleza que el sentido de la carne percibe, la mayor parte de los filósofos habían tenido opiniones mucho más razonable que los maniqueos. Así, pues, dudando de todo, a la usanza, según se cree, de los académicos, y fluctuando en medio de todo, me resolví desde luego a dejar a los maniqueos, juzgando que ni aun por el tiempo que durase mis dudas debía de permanecer en aquella secta, a la cual anteponía ya algunos filósofos; a los cuales filósofos, sin embargo, absolutamente rehusaba encomendar la cura de mi alma enferma, porque no hallaba en ellos el nombre saludable de Cristo. Por tanto determiné hacerme catecúmeno en la Iglesia católica, que me habían recomendado mis madres, hasta descubrir algo según adonde enderezar mis pasos.
 PORLA