domingo, 24 de abril de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO SEXTO
Los deseos terrenos atormentan al corazón. El mendigo de Milán.
9) Me parecía yo por honores, riquezas, casamiento; y Vos hacíais burla de mí. Padecía con aquellas ansias, amarguísimas dificultades; siéndome Vos tanto más propicio cuanto menos me dejabais hallar dulzura en lo que no erais Vos. Mirad mi corazón, Señor, que habéis querido que me acordase de esto y os lo confesase. Abrácese ahora con Vos mi alma, que despegasteis de una liga de muerte tan pegajosa. ¡Qué desgraciada era! Vos la punzabais en lo vivo de sus heridas, para que dejadas todas las cosas se convirtiese a Vos, que sois sobre todas las cosas (Ram. 9, 15) y sin el cual nada serían todas las cosas; se convirtiese y sanase.
¡Qué miserable, pues, era yo! ¡Y cómo lo hicisteis, para que sintiese mi miseria! Era el día en que, preparándome para pronunciar las alabanzas del Emperador, en las cuales había de mentir muchos, y mintiendo ganar el favor de los que sabían las mentiras; con el corazón anhelante por tales preocupaciones, y abrasado por la fiebre de los pensamientos que le consumían, al pasar por un arrabal de Milán, reparé en un pobre mendigo, que ya harto, según creo, estaba chanceando y divirtiéndose. Y suspiré y hablé con los amigos que me acompañaban, de los muchos dolores  que nos acarrean nuestras locuras, pues con todos aquellos empeños, semejantes a los que entonces pensaban sobre mí, que aguijoneado por la ambición, iba arrastrando la carga de mi miseria, y al arrastrarla haciéndola más pesada ninguna otra cosa pretendíamos, sino alcanzar aquella alegría segura en la cual aquel mendigo se nos había adelantado, y a donde nosotros tal vez nunca habíamos de llegar. Porque lo mismo que aquel había ya alcanzado con pocas monedas, y estas de limosna, era lo que yo por tan penosos caminos y rodeos ambicionaba: la alegría de la festividad temporal.
No tenía, ciertamente, aquél verdadera alegría; pero de un modo mucho más falso la buscaba yo con aquellas mis ambiciones. Y, al fin, él estaba alegre, y yo inquieto; él seguro y yo sobresaltado. Y si alguien me preguntara qué prefería, estar alegre o temeroso, le respondería que estar alegre. Mas si de nuevo me preguntase qué escogería: ser como aquel pobre, o ser como yo era, me habría escogido a mí mismo, consumido de cuidados y zozobras; pero por mi perversidad; ¿acaso con verdad? Porque no debía yo preferirme a aquel hombre, por ser más docto que él; porque eso no me daba contentamiento, sino deseo de agradar con ello a los hombres, no por instruirlos, sino sólo por agradarles. Por eso Vos con la vara de vuestra corrección quebrantabais mis huesos (Ps. 41, 11).

10) Apártense, pues de mi alma los que le dicen: “Va mucho en aquello de que uno se goza. Alegrábase con la embriaguez aquel mendigo, y tú con la gloria”. ¿Con qué gloria, Señor? Con la que  no está en Vos. Pues así como no era verdadero aquel gozo, así tampoco era verdadera aquella gloria; y más que el vino, me trastornaba el juicio. Él aquella misma noche había de dirigir su borrachera; yo con la mía me había ya dormido y me había levantado; con ella me volvería a dormir y a levantar. ¡Vos veis por cuántos días! Va mucho en aquello de que uno se goza; lo sé; y que el gozo de la esperanza cristiana dista incomparablemente de aquella vanidad. Mas también entonces había diferencia entre ambos; el mendigo era más dichoso que yo, no solo porque a él le rebosaba la alegría, y a mí los cuidados me arrancaban las entrañas, sino también porque él augurando venturas, había obtenido el vino; yo echando mentiras buscaba vanidad.
Muchas cosas dije entonces a este propósito a mis amigos; y muchas veces reflexionaba cómo me iba en esta parte; y hallaba que me iba mal; y me dolía, y con ello me reclamaba el mismo mal; y si algo prospero me sonreía, tenía tedio de tomarlo, porque casi antes de alargar la mano remontaba el vuelo.


PORLA

domingo, 3 de abril de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO CUARTO
Va cayendo el velo de sus ojos
5) No sabiendo, pues, cómo subsistiese esta imagen vuestra, debí proponer, llamando, cómo se había de creer, y no objetar, insultando, como si tal cosa fuera lo que se creía. Y tanto más violentamente me roía las entrañas el ansia de saber algo cierto, cuanto más me avergonzaba de cosas ciertas, hubiese estado sosteniendo con pueril ignorancia y animosidad como ciertas tantas cosas inciertas. Pues que eran falsas después lo vi claramente; mas ya entonces era cierto para mí que eran inciertas, y que yo las había tenido algunas veces por ciertas, cuando con ciega porfía acusaba a vuestra Iglesia Católica; y si bien todavía no conocía que ella enseñaba la verdad, a lo menos entendía que no enseñaba las cosas de que yo gravemente le acusaba. Por esta razón me avergonzaba, volvía de mi error y me alegraba, Dios mío, de que la Iglesia única, cuerpo de vuestro Único Hijo, en la cual siendo infante fui señalado con el nombre de Cristo no tenía resabio de pueriles engaños, ni se hallaba en su saludable doctrina, que a Vos, Creador de todas las cosas, os confinase a un lugar del espacio, por grande y amplio que fuese, pero por todas partes limitado por la figura de miembros humanos.

6) También me alegraba de que ya no se me propusiesen las Escrituras Antiguas de la Ley y los Profetas para leerlas con los ojos que antes que me las representaban absurdas cuando reprendía a vuestros santos (los fieles) como si de tal modo pensasen, aunque en realidad no pensaban así. Y oía con gozo a Ambrosio, que repetidas veces en sus sermones al pueblo decía, como recomendando muy encarecidamente esta regla: La letra mata, y el espíritu vivifica (2Cor. 3, 6); cuando aquellos pasajes, que tomados a la letra parecían enseñar alguna inmoralidad, levantando el velo místico, los explicaba espiritualmente, sin decir nada que me ofendiera, aunque todavía ignoraba yo si era verdad lo que decía. Porque temiendo despeñarme, contenía mi corazón de todo sentimiento; mas esta suspensión era la horca para mí. Porque quería estar tan cierto de las cosas que no veía, como estaba cierto de que siete y tres son diez –pues no era tan loco, que juzgase que ni esto se podía comprender- pero como esto, así deseaba entender las demás cosas, tanto las corporales fuera del alcance de mis sentidos, como las espirituales, sobre las cuales no sabía pensar sino corporalmente.
Hubiera podido sanar creyendo; pues así, más purificada la vista de mi espíritu, se orientara de algún modo hacia vuestra verdad, que siempre permanece  (Ps. 116, 2) y en nada desfallece.
Mas como suele acontecer al que cayó en manos de un mal médico, que aun al bueno recela confiarse, así era la enfermedad de mi alma, que no podía sanar sino creyendo, y por no creer algo falso recelaba ser curado, resistiéndose a vuestras manos (Ps. 16, 8) con que confeccionasteis los medicamentos de la fe y os derramasteis sobre las enfermedades del orbe de la tierra, dotándolas de tamaña autoridad. 

CAPITULO QUINTO
Como empezó a creer en la Sagrada Escritura
7) Aun por esta autoridad prefiriendo ya la doctrina católica, sentía que más modesto es aquí, y de ninguna manera falaz, mandarnos creer lo que no se demuestra –ya porque, habiendo demostración, no sea capaz de ella el sujeto, ya porque no la haya- que no allí, mofarse de la credulidad con temeraria promesa de ciencia, y después mandar creer, porque no podían demostrarse, gran multitud de cosas fabulosísimas y absurdísimas.
Después Vos, Señor, poco a poco, tocando y disponiendo con mano suavísima y misericordiosísima mi corazón; al considerar cuanta infinidad de cosas creía, que no veía, ni me hallé presente cuando sucedieron, como tantas de la historia de las naciones, tantas de lugares y ciudades que no he visto, tantas oídas a los amigos, a los médicos y a otras muchas personas, que si no las creyéramos, no podíamos dar un paso en la vida; y, por último, cuán inconcursamente creía quiénes eran mis padres lo cual yo no pudiera saber sin dando fe a quienes me lo decían: me persuadiste que debían ser vituperados, no los que creían en vuestros libros, que con tanta autoridad habéis acreditado en casi todos los pueblos, sino los que no creían en ellos; y que no debía dar oídos a los que por ventura me preguntasen: ¿De dónde sabes tú que aquellos Libros han sido suministrados al género humano por el Espíritu del único Dios verdadero y veracísimo? Pues eso precisamente es lo que sobre todo había de creer. Porque ninguna acometividad de cuestiones sofísfica, entre tanto como había yo leído de filósofos que luchaban unos con otros, pudo alguna vez arrancarme que no creyese que Vos existís, fueseis el que fueseis (que eso yo lo ignoraba) y que tenéis providencia de las cosas humanas.

8) Mas esto lo creía yo unas veces con más firmeza, otras con más flaqueza; pero siempre creí que Vos existís, y que tenéis cuidado de nosotros, aunque ignoraba lo que debía pensar de vuestra sustancia, y cuál era el camino para ir o volver a Vos. Por tanto, siendo nosotros débiles para hallar por razón evidente la verdad, y necesitando por esta causa la autoridad de las Sagradas Letras, había ya comenzado a creer que de ningún modo hubierais dado tan soberana autoridad por todo el mundo a estas Escrituras, si no hubierais querido que por ellas os creyésemos a Vos, y por ellas os buscásemos a Vos.
Cuanto a lo absurdo que en aquellas Letras me solía ofender, después que oí explicar aceptablemente muchos de aquellos pasajes, atribuidos a la profundidad de los misterios. Y su autoridad se me presentaba tanto más venerable, y digna de la fe sacrosanta, cuanto siendo por una parte asequible a todos su lectura, recataba por otra, con un sentido más profundo la dignidad de su secreto; brindándose a todos con sus palabras llanísimas y humildísimo estilo, y ejercitando el esfuerzo a los que no son ligeros de corazón (Eccli. 19, 21). De suerte que a todos recibe en su regazo popular, mas a pocos deja pasar a Vos por estrechos senderos; y aún son muchos más que si no se elevara a tan alta cumbre de autoridad, o no albergara al vulgo en el regazo de su santa llaneza. Esto pensaba yo, y Vos estabais conmigo; suspiraba, y Vos me escuchabais; vacilaba, y Vos me gobernabais; iba por el camino ancho del siglo, y Vos no me desamparabais.

PORLA