CAPITULO SEXTO
Los deseos
terrenos atormentan al corazón. El mendigo de Milán.
9) Me parecía yo por honores, riquezas, casamiento;
y Vos hacíais burla de mí. Padecía con aquellas ansias, amarguísimas
dificultades; siéndome Vos tanto más propicio cuanto menos me dejabais hallar
dulzura en lo que no erais Vos. Mirad mi corazón, Señor, que habéis querido que
me acordase de esto y os lo confesase. Abrácese ahora con Vos mi alma, que despegasteis
de una liga de muerte tan pegajosa. ¡Qué desgraciada era! Vos la punzabais en
lo vivo de sus heridas, para que dejadas todas las cosas se convirtiese a Vos,
que sois sobre todas las cosas (Ram. 9, 15) y sin el cual nada serían todas las
cosas; se convirtiese y sanase.
¡Qué miserable, pues, era yo! ¡Y cómo lo hicisteis,
para que sintiese mi miseria! Era el día en que, preparándome para pronunciar
las alabanzas del Emperador, en las cuales había de mentir muchos, y mintiendo
ganar el favor de los que sabían las mentiras; con el corazón anhelante por
tales preocupaciones, y abrasado por la fiebre de los pensamientos que le
consumían, al pasar por un arrabal de Milán, reparé en un pobre mendigo, que ya
harto, según creo, estaba chanceando y divirtiéndose. Y suspiré y hablé con los
amigos que me acompañaban, de los muchos dolores que nos acarrean nuestras locuras, pues con
todos aquellos empeños, semejantes a los que entonces pensaban sobre mí, que
aguijoneado por la ambición, iba arrastrando la carga de mi miseria, y al
arrastrarla haciéndola más pesada ninguna otra cosa pretendíamos, sino alcanzar
aquella alegría segura en la cual aquel mendigo se nos había adelantado, y a
donde nosotros tal vez nunca habíamos de llegar. Porque lo mismo que aquel
había ya alcanzado con pocas monedas, y estas de limosna, era lo que yo por tan
penosos caminos y rodeos ambicionaba: la alegría de la festividad temporal.
No tenía, ciertamente, aquél verdadera alegría;
pero de un modo mucho más falso la buscaba yo con aquellas mis ambiciones. Y,
al fin, él estaba alegre, y yo inquieto; él seguro y yo sobresaltado. Y si
alguien me preguntara qué prefería, estar alegre o temeroso, le respondería que
estar alegre. Mas si de nuevo me preguntase qué escogería: ser como aquel
pobre, o ser como yo era, me habría escogido a mí mismo, consumido de cuidados y
zozobras; pero por mi perversidad; ¿acaso con verdad? Porque no debía yo
preferirme a aquel hombre, por ser más docto que él; porque eso no me daba
contentamiento, sino deseo de agradar con ello a los hombres, no por
instruirlos, sino sólo por agradarles. Por eso Vos con la vara de vuestra
corrección quebrantabais mis huesos (Ps. 41, 11).
10) Apártense, pues de mi alma los que le dicen:
“Va mucho en aquello de que uno se goza. Alegrábase con la embriaguez aquel
mendigo, y tú con la gloria”. ¿Con qué gloria, Señor? Con la que no está en Vos. Pues así como no era
verdadero aquel gozo, así tampoco era verdadera aquella gloria; y más que el
vino, me trastornaba el juicio. Él aquella misma noche había de dirigir su borrachera;
yo con la mía me había ya dormido y me había levantado; con ella me volvería a
dormir y a levantar. ¡Vos veis por cuántos días! Va mucho en aquello de que uno
se goza; lo sé; y que el gozo de la esperanza cristiana dista incomparablemente
de aquella vanidad. Mas también entonces había diferencia entre ambos; el
mendigo era más dichoso que yo, no solo porque a él le rebosaba la alegría, y a
mí los cuidados me arrancaban las entrañas, sino también porque él augurando
venturas, había obtenido el vino; yo echando mentiras buscaba vanidad.
Muchas cosas dije entonces a este propósito a mis
amigos; y muchas veces reflexionaba cómo me iba en esta parte; y hallaba que me
iba mal; y me dolía, y con ello me reclamaba el mismo mal; y si algo prospero
me sonreía, tenía tedio de tomarlo, porque casi antes de alargar la mano
remontaba el vuelo.
