domingo, 19 de junio de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO OCTAVO
Recaída de Alipio.
13) No ciertamente para dejar la carrera del mundo, tan recomendada por sus padres, Alipio había ido delante de mí a Roma a estudiar Derecho, y allí se dejó arrebatar de una afición increíble por los espectáculos de los gladiadores. El caso acaeció de un modo increíble. Porque aborreciendo él y detestando semejantes diversiones, encontrándose casualmente con él unos amigos y condiscípulos suyos que venían de comer, aunque él rehusaba enérgicamente y se resistía, con amigable violencia le llevaron al anfiteatro durante los días de los crueles y funestos juegos, mientras él les iba diciendo: “Aunque arrastréis mi cuerpo a aquel lugar y le pongáis allí ¿acaso podréis también aplicar mi pensamiento y mis ojos a aquellos espectáculos? Allí, pues, estaré como si no estuviese, y así triunfaré de ellos y de vosotros”. Mas ellos, aunque oyeran estas razones, no desistieron de llevarle consigo, quizá precisamente deseando averiguar si sería capaz de cumplirlo.
Cuando llegaron y se colocaron en los asientos que pudieron, todo el circo hervía en ferocísimos regocijos.
Alipio, cerrando las puertas de sus ojos, prohibió a su ánimo salir a ver tantos desmanes. ¡Y pluguiese a Dios que hubiera cerrado también los oídos! Porque en cierto lance de la lucha, hiriendo fuertemente sus oídos un grito atronador de todo el pueblo, vencido de la curiosidad, y como preparado a despreciar y vencer cualquier cosa que viese, abrió los ojos, y fue herido en el alma con una herida más grave, que no en el cuerpo del gladiador a quien deseó ver; y cayó más miserablemente que el otro, a cuya caída se alzó la grita, que entrando por sus oídos, le abrió los ojos, para que por ellos su alma, todavía más atrevida que fuerte fuese herida y derribada; tanto más débil, cuanto había  presumido de sí, habiendo de confiar en Vos. Porque luego que vio aquella sangre, al mismo punto bebió la crueldad; y no apartó el rostro, sino antes fijó detenidamente la vista; con lo cual se saturaba de furor sin darse cuenta, se regostaba con el crimen de la lucha, y se embriaga con el placer de la sangre. Ya no era el mismo que había venido sino uno de la turba con que se había mezclado, y verdadero compañero de los que le habían llevado ¿Qué más? Contempló el espectáculo, vociferó, se enardeció; y salió de allí con una locura que le estimulaba a volver, no solo acompañando a los que le habían llevado, sino aun yendo delante de ellos, y arrastrando consigo a otros.
Pero de allí también con mano poderosísima y misericordiosísima la sacasteis Vos, y le enseñasteis a no poner sus confianza en sí, sino en Vos; aunque esto fue mucho después.

CAPITULO NOVENO
Alipio es detenido como ladrón.
14) Sin embargo, todo esto quedaba ya depositado en su memoria para medicina en lo por venir. Como también lo que sucedió cuando todavía estudiaba, ya discípulo mío, en Cartago; que mientras a mediodía se repasaba en el faro lo que había de declamar, al modo que suelen ejercitarse los estudiantes, Vos permitisteis que fuese preso como ladrón por los guardias del foro; no pienso que por otra causa lo permitieseis Vos, Dios nuestro, sino para que quien había de llegar a ser tan gran varón, empezase a aprender con cuánto miramiento, al examinar las causas, se ha de precaver que no condene un hombre a otro con temeraria credulidad.
Fue el caso que se paseaba solo delante del tribunal con las tablillas y el estilo, y de pronto un mozalbete, del número de los estudiantes, verdadero ladrón, llevando escondida un hacha, entró, sin que él lo advirtiera, a la balaustrada de plomo que cae sobre la lonja de la platería, y comenzó a cortar trozos de plomo. Al oír los golpes del hacha los plateros, que estaban debajo, dieron voces y enviaron a prender a quienquiera que hallasen. El ladrón, como oyó las voces, echó a huir dejando el instrumento, temiendo ser detenido con él. Alipio, que no le había visto entrar, le vio salir y escapar a toda prisa; y deseando saber la causa, entró a aquel lugar, y hallando el hacha, se estaba de pie, y sorprendido la examinaba, cuando he  aquí que los enviados le encuentran solo, teniendo la herramienta a cuyos golpes, alarmados, habían acudido. Echan mano de él y le llevan por fuerza; y juntándose los inquilinos del foro, se felicitan por haberlo preso como a verdadero ladrón, y llevarle de allí para entregarle a los jueves.

15) Hasta aquí no más había de llegar la lección; pues al punto amparasteis, Seños, su inocencia, de la cual sólo Vos erais testigo. Porque cuando le llevaban a la cárcel o al tormento, les salió al encuentro un arquitecto, que era superintendente de los edificios públicos. Alegráronse los que le llevaban de haber topado precisamente con él, a quien ellos solían ser sospechosos de robar las cosas que desaparecían del foso, pues ahora por fin podían conocer quiénes eran los que huían. Pero aquel hombre había visto muchas veces a Alipio en casa de un senador a quien solía visitar; y reconociéndole al punto y tomándole por la mano, le apartó de la turba; y preguntándole la causa de tamaña desgracia, se enteró de lo sucedido; ordenó a toda aquella multitud alborotada y furiosamente amenazadora, que le siguiese; y se dirigieron a la casa del mozalbete que había cometido el delito; hallábase a la puerta un mucha de tan corta edad, que sin temor de hacer con ello algún daño a su amo, fácilmente podría descubrir todo lo sucedido, pues había estado con él en el foso.
Alipio, luego que le hubo reconocido, se lo comunicó al arquitecto. Este, mostrando el hacha al muchacho, le preguntó de quién era, y él al punto contestó: Nuestra. Después, preguntado, declaró todo lo demás. Así, recayendo el delito sobre aquella casa, y quedando confusa la turba, que ya empezaba a triunfar de Alipio, el futuro dispensador de vuestra palabra y examinador de muchas causas en vuestra Iglesia, se retiró más experimentado en instruido.

PORLA