CAPITULO OCTAVO
Recaída de
Alipio.
13) No ciertamente para dejar la carrera del mundo,
tan recomendada por sus padres, Alipio había ido delante de mí a Roma a
estudiar Derecho, y allí se dejó arrebatar de una afición increíble por los
espectáculos de los gladiadores. El caso acaeció de un modo increíble. Porque
aborreciendo él y detestando semejantes diversiones, encontrándose casualmente
con él unos amigos y condiscípulos suyos que venían de comer, aunque él
rehusaba enérgicamente y se resistía, con amigable violencia le llevaron al
anfiteatro durante los días de los crueles y funestos juegos, mientras él les
iba diciendo: “Aunque arrastréis mi cuerpo a aquel lugar y le pongáis allí
¿acaso podréis también aplicar mi pensamiento y mis ojos a aquellos
espectáculos? Allí, pues, estaré como si no estuviese, y así triunfaré de ellos
y de vosotros”. Mas ellos, aunque oyeran estas razones, no desistieron de llevarle
consigo, quizá precisamente deseando averiguar si sería capaz de cumplirlo.
Cuando llegaron y se colocaron en los asientos que
pudieron, todo el circo hervía en ferocísimos regocijos.
Alipio, cerrando las puertas de sus ojos, prohibió
a su ánimo salir a ver tantos desmanes. ¡Y pluguiese a Dios que hubiera cerrado
también los oídos! Porque en cierto lance de la lucha, hiriendo fuertemente sus
oídos un grito atronador de todo el pueblo, vencido de la curiosidad, y como
preparado a despreciar y vencer cualquier cosa que viese, abrió los ojos, y fue
herido en el alma con una herida más grave, que no en el cuerpo del gladiador a
quien deseó ver; y cayó más miserablemente que el otro, a cuya caída se alzó la
grita, que entrando por sus oídos, le abrió los ojos,
para que por ellos su alma, todavía más atrevida que fuerte fuese herida y
derribada; tanto más débil, cuanto había
presumido de sí, habiendo de confiar en Vos. Porque luego que vio
aquella sangre, al mismo punto bebió la crueldad; y no apartó el rostro, sino
antes fijó detenidamente la vista; con lo cual se saturaba de furor sin darse
cuenta, se regostaba con el crimen de la lucha, y se embriaga con el placer de
la sangre. Ya no era el mismo que había venido sino uno de la turba con que se
había mezclado, y verdadero compañero de los que le habían llevado ¿Qué más?
Contempló el espectáculo, vociferó, se enardeció; y salió de allí con una
locura que le estimulaba a volver, no solo acompañando a los que le habían
llevado, sino aun yendo delante de ellos, y arrastrando consigo a otros.
Pero de allí también con mano poderosísima y
misericordiosísima la sacasteis Vos, y le enseñasteis a no poner sus confianza
en sí, sino en Vos; aunque esto fue mucho después.
CAPITULO
NOVENO
Alipio es
detenido como ladrón.
14) Sin embargo, todo esto quedaba ya depositado en
su memoria para medicina en lo por venir. Como también lo que sucedió cuando
todavía estudiaba, ya discípulo mío, en Cartago; que mientras a mediodía se
repasaba en el faro lo que había de declamar, al modo que suelen ejercitarse
los estudiantes, Vos permitisteis que fuese preso como ladrón por los guardias
del foro; no pienso que por otra causa lo permitieseis Vos, Dios nuestro, sino
para que quien había de llegar a ser tan gran varón, empezase a aprender con
cuánto miramiento, al examinar las causas, se ha de precaver que no condene un
hombre a otro con temeraria credulidad.
Fue el caso que se paseaba solo delante del
tribunal con las tablillas y el estilo, y de pronto un mozalbete, del número de
los estudiantes, verdadero ladrón, llevando escondida un hacha, entró, sin que
él lo advirtiera, a la balaustrada de plomo que cae sobre la lonja de la
platería, y comenzó a cortar trozos de plomo. Al oír los golpes del hacha los
plateros, que estaban debajo, dieron voces y enviaron a prender a quienquiera
que hallasen. El ladrón, como oyó las voces, echó a huir dejando el
instrumento, temiendo ser detenido con él. Alipio, que no le había visto
entrar, le vio salir y escapar a toda prisa; y deseando saber la causa, entró a
aquel lugar, y hallando el hacha, se estaba de pie, y sorprendido la examinaba,
cuando he aquí que los enviados le
encuentran solo, teniendo la herramienta a cuyos golpes, alarmados, habían
acudido. Echan mano de él y le llevan por fuerza; y juntándose los inquilinos
del foro, se felicitan por haberlo preso como a verdadero ladrón, y llevarle de
allí para entregarle a los jueves.
15) Hasta aquí no más había de llegar la lección;
pues al punto amparasteis, Seños, su inocencia, de la cual sólo Vos erais
testigo. Porque cuando le llevaban a la cárcel o al tormento, les salió al
encuentro un arquitecto, que era superintendente de los edificios públicos.
Alegráronse los que le llevaban de haber topado precisamente con él, a quien
ellos solían ser sospechosos de robar las cosas que desaparecían del foso, pues
ahora por fin podían conocer quiénes eran los que huían. Pero aquel hombre
había visto muchas veces a Alipio en casa de un senador a quien solía visitar;
y reconociéndole al punto y tomándole por la mano, le apartó de la turba; y
preguntándole la causa de tamaña desgracia, se enteró de lo sucedido; ordenó a
toda aquella multitud alborotada y furiosamente amenazadora, que le siguiese; y
se dirigieron a la casa del mozalbete que había cometido el delito; hallábase a
la puerta un mucha de tan corta edad, que sin temor de hacer con ello algún
daño a su amo, fácilmente podría descubrir todo lo sucedido, pues había estado
con él en el foso.
Alipio, luego que le hubo reconocido, se lo
comunicó al arquitecto. Este, mostrando el hacha al muchacho, le preguntó de
quién era, y él al punto contestó: Nuestra. Después, preguntado, declaró todo
lo demás. Así, recayendo el delito sobre aquella casa, y quedando confusa la
turba, que ya empezaba a triunfar de Alipio, el futuro dispensador de vuestra
palabra y examinador de muchas causas en vuestra Iglesia, se retiró más
experimentado en instruido.
PORLA
