sábado, 29 de octubre de 2016

LIBRO SÉPTIMO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: Acercándose a Dios (Años 31 - 32)

CAPITULO TERCERO
Vacilaciones sobre la causa del pecado.
4) Mas todavía, aunque yo os confesaba y firmemente os creía incorruptible, inalterable y por ningún concepto mudable, Señor nuestro, Dios verdadero, que hicisteis no solo nuestras almas, sino también los cuerpos, y no solo nuestras almas y cuerpos, sino todas las almas y todos los cuerpos; no tenía yo averiguada y aclarada la causa del mal. Pero cualquiera que ella fuese, veía que debía buscarla de tal modo, que por ella no me viese forzado a creer mudable a dios inmutable, no fuese que yo mismo me hiciese lo que buscaba. Buscabala, pues, seguro y cierto de que no era verdad lo que decían los maniqueos; de quienes huía con toda el alma, porque veía que, investigando el origen del mal, estaban llenos de maldad, con la cual antes creían a vuestra sustancia capaz de padecer el mal, que a la suya de cometerlo.

5) Me esforzaba por entender lo que oía decir, que el libre albedrío de la voluntad es la causa del mal que hacemos, y vuestro recto juicio del que padecemos; mas no podía verlo con claridad. Y así, procurando apartar la vista de mi entendimiento de esta profundidad, volvía a sumergirme; y procurándolo repetidas veces, otras tantas volvía a sumergirme.
Levantábame hacía vuestra luz el ver que tan cierto estaba de que tenía voluntad, como de que vivía; y así cuando quería o no quería alguna cosa, estaba certísimo, que no otro, sino yo era el que quería o no quería; y estaba a punto de caer en la cuenta de que allí estaba la causa de mi pecado. Cuanto a lo hacía contra mi voluntad, veía que esto no era padecerlo que hacerlo; y juzgaba que esto no era culpa, sino pena con la cual, pensando que Vos sois justo, al punto confesaba que no injustamente me castigabais. Pero de nuevo decía “¿Quién me hizo a mí? ¿Acaso no fue mi Dios, que no solo es bueno, sino la misma bondad? Pues ¿de dónde me viene esto de querer el mal y no querer el bien, para que hubiese causa de ser justamente castigado? ¿Quién puso esto en mí y plantó en mí este semillero de amargura, pues todo yo fui hecho por mi dulcísimo Dios? Si el diablo fue el autor, ¿de dónde viene el mismo diablo? Y si él también, por su perversa voluntad, de ángel bueno se hizo diablo, ¿de dónde le vino a él mismo la mala voluntad, por la cual se hizo diablo, pues fue hecho todo ángel por el bonísimo Creador?” Con estos pensamientos me hundía de nuevo y me ahogaba, pero ya sin sumergirme en aquel infierno del error maniqueo, donde nadie os alaba, pues prefieren pensar que Vos padecéis el mal, que no que el hombre lo hace.
   
CAPITULO CUARTO
Que Dios es esencialmente incorruptible.
6) Así me esforzaba por averiguar las demás cosas, como ya había averiguado que lo incorruptible es mejor que lo corruptible, y, por tanto, confesaba que Vos —seáis lo que fuereis— sois incorruptible. Porque nadie pudo jamás ni podrá pensar cosa mejor que Vos, que sois el soberano y perfectísimo Bien. Siendo, pues, verdaderísimo y certísimo que lo que incorruptible se ha de preferir a lo corruptible, como yo entonces lo prefería, podía yo con el pensamiento hallar alguna cosa que fuese mejor que Vos, Dios mío, si Vos no fueseis incorruptible.
Allí, pues, donde yo veía que lo incorruptible debe ser preferido a lo corruptible, allí os debía yo buscar, y de allí echar de ver dónde está el mal, es decir, de dónde proviene la misma corrupción, la cual de ningún modo puede contaminar vuestra sustancia.
Porque de ningún modo en absoluto mancha la corrupción a nuestro Dios; ni por (su) voluntad, no por necesidad, ni por azar imprevisto.
(No por su voluntad): Porque Él es Dios, y lo que para Sí quiere es bueno; y Él es ese mismo Dios; y la corrupción no es ningún bien. Ni contra vuestra voluntad podéis ser forzado a cosa alguna; porque vuestra voluntad no es mayor que vuestro poder; y seríalo si Vos fueseis mayor que Vos mismo; porque la voluntad y el poder de Dios son el mismo Dios.
Finalmente, ¿qué puede acaecer imprevisto para Vos, que sabéis todas las cosas? Y ninguna naturaleza existe, sino porque Vos la conocéis.
Mas ¿para qué decir tantas palabras en razón de que la sustancia que es Dios no es corruptible, cuando si lo fuera no sería Dios?

PORLA