miércoles, 13 de diciembre de 2017

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)

CAPITULO NOVENO
Que la voluntad quiere y no quiere
21) ¿De dónde nace esta monstruosidad? ¿Y por qué esto? Alúmbreme vuestra misericordia y preguntaré –si es que pueden responderme los arcanos de las penas humanas, y las tenebrosísimas tribulaciones de los hijos de Adán-: ¿de dónde esta monstruosidad? ¿Y por qué esto? Manda el alma al cuerpo, y al punto es obedecida; manda el alma a sí misma, y halla resistencia.
Anda el alma que se mueva la mano, y hacese con tanta facilidad, que apenas se distingue la ejecución del mandato; y eso que el alma es alma, y la mano cuerpo. Manda el alma que quiera el alma, y no siendo sin ella misma, con todo, no se obedece. ¿De dónde esta monstruosidad? ¿Y por qué esto?
Manda, digo, que quiera. Y no le mandaría si ya no quisiese: ¡y no se hace lo que manda!
Mas no quiere del todo, y por eso no manda del todo. Porque en tanto manda en cuanto quiere; y en tanto no se hace lo que manda en cuanto no quiere.
Porque la voluntad manda que haya voluntad; y no otra, sino ella misma. No lo manda, pues, toda ella completa; y por eso no se hace lo que manda. Porque si ella fue completa no mandaría querer, pues ya quería.
No es, por tanto, monstruosidad querer en parte y en parte no querer, sino enfermedad del alma, que elevada por la verdad, no se levanta toda ella, sobrecargada por el peso de la costumbre. Y por eso hay dos voluntades, porque una de ellas no es completa; y lo que falta a la una tiene la otra.

CAPITULO DECIMO
Refutase la explicación maniquea delas dos naturalezas, una buena y otra mala
22) Perezcan a vuestra presencia, oh Dios (Ps. 67, 3) como perecen, los vanos habladores y engañadores de almas (Tit. 1, 10), que advirtiendo en si al deliberar dos voluntades, afirman que hay dos almas de dos naturalezas distintas: una buena y otra mala. Ellos son verdaderamente malos, pues abrigan tan malos sentimientos; y ellos mismos serán buenos, si sintieren la verdad y consintieren con ella; de suerte que pueda decirles nuestro Apóstol (Efer. 5, 8): Fuisteis algún tiempo tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor. Porque ellos, queriendo ser luz, no en el Señor, sino en sí mismos, y pensando que la naturaleza del alma es lo mismo que Dios, se convirtieron así en más espesas tinieblas, por haberse con espantosa arrogancia apartado más lejos de Vos, luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn. 1, 9). ¡Mirad lo que decís y cubríos de vergüenza! Y acercaos a Él, y seréis iluminados y no se ruborizaran vuestros rostros (Ps. 33, 6).
Cuando yo deliberaba sobre servir al Señor Dios mío, como mucho tiempo antes lo había trazado, yo era el que quería, yo era el que no quería: era. Ni del todo quería, ni del todo no quería y por eso luchaba conmigo y me desgarraba a mí mismo. Y este desgarramiento acontecía contra mi voluntad; mas no indicaba otra alma de naturaleza contraria, sino castigo de la mía. Y por eso ya no era yo el que la obraba, sino el pecado que habitaba en mí (Rom. 7, 17) en castigo de otro pecado más libre por ser yo hijo de Adan.

23) Porque si hay en nosotros tantas naturalezas contrarias cuantas son las voluntades que se contradicen, habría que admitir, no dos, sino muchas más. Si alguno delibera entre ir al conventículo delos maniqueos o al teatro, ellos claman: “Veis ahí las dos naturalezas: una buena conduce a nuestras reuniones; otra mala lleva al teatro. Porque ¿de qué otra parte puede venir la vacilación de voluntades contrarias?”
Mas yo digo que ambas son malas: la que conduce a ellos, y la que lleva al teatro. Pero ellos no creen que sea sino buena la que conduce a ellos. Pues ¿qué? Si alguno de nosotros delibera y fluctúa entre dos voluntades que luchan entre sí, sobre si ha de ir al teatro o a nuestra Iglesia, ¿no fluctuarán también los maniqueos sobre lo que han de responder? Porque, o han de confesar lo que no quieren, que es buena la voluntad de ir a nuestra Iglesia, como van a ella los que han recibido sus sacramentos y permanecen fieles, o han de opinar que en un solo hombre luchan dos naturalezas malas y dos almas malas –y no será verdad lo que suelen decir, que hay una buena y otra mala-, o se convertirían a la verdad, y no negarán, que cuando uno delibera, una sola alma es agitada por voluntades diversas.

24) No digan ya, pues, cuando advierten en un solo hombre dos voluntades entre sí contrarias, que son dos almas contrarias, de dos sustancias contrarias y de dos principios contrarios que se combaten, una buena y otra mala. Porque Vos, Dios veraz, los reprobáis, los reargüís y los convencéis con los hechos; como en los casos de ambas voluntades malas; verbigracia, cuando uno delibera si matar a otro con veneno o con hierro; si invadir esta finca ajena o la otra, por no poder invadir entrambas; si malgastar el dinero en torpe deleite o guardarlo avariciosamente; si ir al circo o al teatro, cuándo ambos festejos se celebran a un tiempo; y añado a este caso un tercer término, o ir a robar a una casa ajea, brindándose ocasión; y añado todavía un cuarto término, o ir a cometer adulterio, ofreciéndose a la ve oportunidad para ello: suponiendo que estos cuatro cosas concurran a un mismo tiempo, y que todas sean igualmente deseadas, y no puedan ser a la vez ejecutadas. Porque estas cuatro voluntades –y otras muchas, pues son tantas las cosas que se apetecen- luchando entre sí, despedazan el alma; y, sin embargo, no suelen ellos afirmar tanta multitud de naturalezas diversas. Lo mismo acaece en las voluntades buenas. Porque les pregunto, si es bueno deleitarse leyendo al Apóstol; y si es bueno explicar el Evangelio. A cada pregunta responderán: Es bueno. ¿Pues qué? Si todas ellas agradan igualmente y juntas al mismo tiempo, ¿no es cierto que las diversas voluntades distienden el corazón del hombre, mientras delibera a cuál ha de dar la preferencia? Y todas estas voluntades son buenas, y luchan entre sí, hasta que se elige una cosa, que lleve tras sí la voluntad entera, que estaba repartida entre muchas.
De esta misma manera, cuando la eternidad deleita a la parte superior, y el placer del bien temporal retiene a la inferior, una misma es el alma que, no con toda su voluntad, quiere lo uno y lo otro; y por eso se desgarra con grave dolor, mientras prefiere lo celestial por su verdad y no deja terreno por la costumbre.

PORLA

domingo, 12 de noviembre de 2017

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)

CAPITULO SEPTIMO
Crece la lucha interior
16) Esto contaba Ponciano, y mientras él hablaba, Vos, Señor, me trastocabais; y porque yo me había echado a mí mismo tras mis espaldas, Vos, me poníais delante de mí mismo, para que viese qué feo era,  que contrahecho, que sucio y lleno de manchas y llamas. Me veía y me horrorizaba, y no tenía a dónde huir de mí. Y si procuraba desviar los ojos de mí, Vos, con lo que Ponciano iba contando, volvíais a ponerme delante de mí, y a empujarme sobre mis ojos, para que descubriese mi maldad y la aborreciese. Ya antes la había yo conocido; mas disimulaba, me dominaba y olvidaba.

17) Pero entonces cuanto más ardientemente amaba yo a aquellos de quienes oía contar tan saludables afectos, porque se habían entregado del todo a Vos para que lo sanaseis, tanto más al compararme con ellos me aborrecía y execraba. Porque muchos años míos se habían pasado sobre mí –cerca de doce– desde que, el año diecinueve de mi edad leyendo el “Hortensio” de Cicerón, desperté al amor de la sabiduría; e iba dilatando el consagrarme a su investigación, despreciada la felicidad terrena; siendo así que no ya el hallarla, sino sólo el buscarla se debía preferir a los tesoros hallados, y a los reinos del mundo, y a todos los deleites del cuerpo, aunque uno los disfrutase a medida de su deseo. Mas yo, adolescente desgraciado, sumamente desgraciado, había llegado en los mismos albores de la adolescencia, a pediros la castidad diciendo: “Dadme castidad y continencia, pero no ahora”. Porque me temía que me escuchaseis en seguida, y me sanaseis luego de la enfermedad dela concupiscencia, la cual más quería satisfacer que extinguir. Y comencé a caminar por las sendas tortuosas dela sacrílega superstición (maniquea); no porque yo la tuviese por cierta, sino porque la anteponía a las demás religiones, que yo no buscaba piadosamente, sino que hostilmente combatía.

18) Pensaba que la causa de diferir de día en día el entregarme a solo Vos, despreciando las esperanzas del siglo, era porque no se me descubría ninguna cosa cierta a donde encaminar mis pasos. Pero llegó el día en que me vi al desnudo, y mi conciencia me increpó: “¿Dónde está mi palabra? Es así, que decías que por una verdad incierta no querías arrojar de ti la carga de la vanidad. He aquí que ya es cierta verdad, y aun te oprime la vanidad, mientras en hombros más libres reciben alas los que no se consumieron tanto en investigar, ni por diez y más años meditaron este asunto”. Con esto me carcomía interiormente, y fuertemente me confundía con horrible vergüenza, cuando Ponticiano nos contaba aquellas cosas; el cual, acababa la conversación y el negocio a que había venido, se fue; y yo quedé a solas conmigo. ¡Qué cosas no dije contra mí!
¡Con qué azotes de razones no flagelé mi alma, para que me siguiese en mis esfuerzos por ir a Vos! Pero ella se resistía; rehusaba, aunque no se excusaba; todos los argumentos estaban ya agotados y rebatidos; quedaba muda y temblaba; temía a par de muerte que le cortasen la corriente de la costumbre, con que se iba mortalmente consumiendo.

CAPITULO OCTAVO
Entra en el huerto con Alipio
19) Entonces en aquella gran lucha de mi casa interior, que yo mismo había fuertemente excitado con mi alma en lo secreto de mi corazón, turbado no menos el semblante que el espíritu acometí a Alipio, y a voces le dije: “¿Qué es esto que nos pasa? ¿Qué es esto que has oído? ¡Levantanse los indoctos y arrebatan el Cielo, y nosotros con nuestra ciencia, faltos de corazón he aquí que nos revolcamos en la carne y la sangre! ¿Acaso, porque aquéllos se nos han adelantado, tenemos vergüenza de seguirlos, y no tendremos vergüenza de ni siquiera seguirlos?”. No sé qué palabras como de Alipio, que atónito callaba y me miraba; porque no hablaba yo como solía; y mucho más declaraban mi ánimo la frente las mejillas, los ojos, el color, el acento de la voz, que las palabras que profería.
Tenía la casa en que nos hospedábamos un huertecillo, del cual usábamos como de toda la casa, porque el huésped, dueño de ella, no la habitaba. A este huerto me llevó el alboroto de mi corazón, donde nadie me estorbase el acalorado combate que había yo emprendido conmigo mismo, hasta que terminase por donde Vos sabíais, y yo no; enloquecía no más, para recobrar el juicio; moría para vivir; sabedor del mal que yo era, pero ignorante del bien que de allí a poco iba a ser. Retiréme, pues, al huerto, y Alipio, pasa ante paso, se vino tras mí; porque donde él se hallase, no dejaba yo de estar en secreto y hallándome tan impresionado, ¿cómo me iba a dejar solo? Sentámonos lo más lejos de la casa que pudimos Yo daba bramidos con el espíritu, enojándome con violentísima indignación, porque no iba a hacer las paces con Vos, y a daros gusto, Dios mío, como todos mis huesos clamaban que debía hace, ensalzando esta acción hasta las nubes. Especialmente que no había de ir allá en barco, ni en coche de cuatro caballos, ni a pie, ni siquiera tantos pasos habíamos andado desde la casa hasta el lugar donde estábamos sentados. Porque no ya el ir, pero aun el llegar a Dios, ninguna otra cosa era sino querer ir; pero querer, fuerte e íntegramente, no traer y llevar de acá para allá, la voluntad enfermiza que lucha cuando una parte del alma se eleva y otra se derrumba.

20) Finalmente, durante la misma agitación de la indecisión, ¡tantas cosas hacía con el cuerpo, que algunas veces quieren hacer los hombres y no pueden, o por carecer de algunos miembros, o por tenerlos atados, o debilitados por la enfermedad, o de cualquier otro modo impedidos!
Si mesaba el cabello, si golpeaba la frente, si con las manos cruzadas me cogía la rodilla, hacíalo porque quería. Puede quererlo y no hacerlo, si no hubiese obedecido la movilidad de los miembros. ¡Tantas cosas, pues, hice, en las cuales no era lo mismo querer que poder; y no hacía, sin embargo, lo que con un afecto incomparable me agradaba más, y lo que, apenas hubiera querido, hubiera podido! Porque al punto de quererlo, ciertamente lo hubiera querido; y en esta materia poder es querer; y ese mismo querer es hacer. Y sin embargo no acababa de hacerlo; y más fácilmente obedecía el cuerpo a una debilísima intimación del alma, y movía a su mandar los miembros que no el alma a sí misma para cumplir lo que mucho quería, con solo quererlo se cumplía.

PORLA

martes, 17 de octubre de 2017

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)

CAPITULO SEXTO
El ejemplo del grande Antonio
13) Paso a contar cómo me librasteis de aquella cadena del deseo del acto carnal, que me tenía estrechísimamente aprisionado, y de la servidumbre de los negocios seglares, y alabaré vuestro nombre, Señor, ayudador mío y redentor mío (Ps. 53, 8).
Seguía yo mis ocupaciones acostumbradas, con creciente ansiedad y cada día suspiraba delante de Vos; frecuentaba vuestra Iglesia, cuanto me dejaban libre aquellos negocios que me hacían gemir bajo su peso. Estaba conmigo Alipio, desocupado del trabajo de la jurisprudencia después de su tercera asesoría, aguardando a quién vender nuevamente sus consejos, como yo vendía el arte de la elocuencia, si es que alguna se puede comunicar con la enseñanza. Nebridio, accediendo a nuestra amistad, era auxiliar en la cátedra de nuestro entrañable y común amigo Veremundo, vecino y gramático de Milán, que ardientemente deseaba, y a título de amistad nos pedía un fiel auxiliar de entre nosotros, de que estaba muy necesitado. De manera que no le movió a Nebridio el deseo de lucro, pues si quisiera, mayores ganancias pudiera sacar de sus letras; sino en ley de amistad, no quiso aquel amigo tan cariñoso y condescendiente desatender nuestro ruego. Y desempeñaba aquel cargo con extremada prudencia, huyendo de ser conocido de los grandes personajes según el mundo, por no perder el trato de ellos la quietud del alma, la cual quería tener libre y desocupada el mayor tiempo posible para investigar, leer u oír algo sobre la sabiduría.

14) Cierto día –no recuerdo el motivo por qué estaba ausente Nebridio- se presentó en nuestra casa a visitar a Alipio y a mí, Ponticiano, compatriota nuestro en calidad de africano, que desempeñaba un elevado cargo en palacio; no sé qué pretendía de nosotros. Sentámonos para hablar. Casualmente, sobre una mesa de juego que estaba delante, reparó en un códice, lo tomó, lo abrió, y vio que era del Apóstol Pablo; con harta sorpresa, por cierto, pues pensaba que sería alguno de los libros de la profesión que me iba consumiendo. Entonces él, sonriéndome y mirándome, me felicitó extrañándose de haber hallado de súbito, delante de mis ojos precisamente, aquel escrito y no otro: pues él era cristiano y fiel, y a menudo se postraba en la iglesia delante de Vos, Dios nuestro, con frecuentes y largas oraciones. Como yo le indicara que a aquellos escritos consagraba preferentemente, mi atención, se trabó la conversación, contándonos él de Antonio, monje de Egipto, cuyo nombre era tan esclarecido entre vuestros siervos, pero nosotros hasta aquella hora lo desconocíamos. Viendo de que nada sabíamos detúvose más en la narración dándonos a conocer a aquel varón tan insigne, y admirándose de nuestra ignorancia. Estábamos estupefactos, al oír tales maravillas, perfectísimamente atestiguadas, tan recientemente obradas por Vos casi en nuestros días en la verdadera fe y en la Iglesia Católica. Todos estábamos admirados: nosotros de tan grandes sucesos; y él, de que no hubieran llegado a nuestros oídos.

15) De aquí pasó a hablarnos de las muchedumbres que pueblan los monasterios, y del divino perfume de sus virtudes, y de la fertilidad de los desiertos del yermo; de todo lo cual nada sabíamos: más aún: en el mismo Milán había un monasterio, extramuros de la ciudad, poblado de buenos hermanos, bajo el gobierno de Ambrosio: y nosotros no lo sabíamos. Alargabase en hablarnos, y le oíamos atentamente en silencio. De una cosa en otra, vino a decir que en Treveris, no sé cuándo, mientras el emperador se entretenía una tarde en los juegos circenses, salió él con otros tres compañeros a pasear por los jardines contiguos a la muralla; y allí, como se iban espaciando en pareja formadas al azar, él con otro aparte por un lado, y los otros dos aparte por otro, vinieron a separarse. Los otros dos, paseando sin rumbo fijo, fueron a dar en una cabaña, donde moraban algunos siervos vuestros, pobres de espíritu, de los cuales es el reino de los Cielos (Ut. 5, 3), y allí encontraron un códice en que estaba escrita la Vida de Antonio. Uno de ellos comenzó a leerla, y a admirarse y enardecerse, y a pensar mientras leía en abrazar aquel género de vida, y dejada la milicia seglar, entrar a serviros; eran ambos de los que llaman “Agentes de negocios públicos”. Estando en esto, súbitamente, lleno de amor santo y virtuosa vergüenza, enojado consigo mismo, volvió los ojos a su compañero y le dijo: “Ruégote que me digas ¿adónde ambicionamos llegar con todos estos nuestros trabajos? ¿Puede nuestra esperanza llegar a más, en palacio, que a ser amigos del emperador? Pues en esta privanza, ¿qué hay que no sea frágil y lleno de peligros? Y ¡por cuántos peligros se llega a este peligro mayor! Y esto ¿cuándo llegará? Pero amigo de Dios, si quiero, ahora mismo puedo serlo. Dijo esto, y turbado con el parto de la nueva vida, volvió los ojos al libro; y leía, y se iba mudando interiormente en lo que Vos veíais y su alma se iba desnudando del mundo, como luego se vio. Porque mientras leía y revolvía las olas de su corazón, dio por fin un gemido y conoció y resolvió lo mejor; y, ya vuestro, dijo a su amigo: “Yo he roto ya con toda aquella nuestra esperanza; y estoy resuelto a servir a Dios; y esto lo comienzo desde ahora y en este lugar. Tú si no quieres imitarme, no quieras estorbarme”. Respondió el otro que quería juntarse con él como compañero en tan alta milicia y en tan gran recompensa. Y ambos ya vuestros, comenzaron a edificar la torre evangélica, con las suficientes expensas de dejarlo todo y seguros a Vos (Lc. 14, 28-30).
A esta razón, Ponticiano y su compañero, que habían paseado por otra parte de los jardines, yendo a buscarlos, dieron con la misma cabaña, y hallándolos, les avisaron que se volviesen, pues ya era caída la tarde. Mas ellos, haciéndoles saber su determinación y propósito, y de qué modo había nacido en ellos y confirmándose aquel deseo, les rogaron que si no les querían acompañar, no les molestasen. No mudaron de vida Ponticiano y su compañero, aunque lamentaron su propia suerte, y les dieron piadosamente el parabién, y se encomendaron en sus oraciones; y bajando el corazón a la tierra, se volvieron a palacio, mas aquellos, fijando el corazón en el cielo, se quedaron en la cabaña. Tenían ambos sus novias; las cuales, cuando esto oyeron, os consagraron ellas también su virginidad.

PORLA

sábado, 23 de septiembre de 2017

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)

CAPITULO CUARTO
Ventajas de la conversión de personas insignes
9) ¡Ea, Señor, hacedlo Vos; despertadnos, reducidnos, encendednos y arrebatadnos; derramad fragancia, y endulzaos; amemos, corramos! ¿No es cierto que muchos vuelven a Vos de un abismo de ceguedad más profundo que Victorino, y se os allegan, y son iluminados (Ps. 33, 6), recibiendo vuestra luz, que cuantos la reciben, juntamente reciben de Vos la potestad de hacerse hijos vuestros? (Jn. 1, 12) Pero si son menos conocidos del mundo, menos alegría reciben aun los mismos que los conocen; porque cuando el gozo es de muchos, es mayor el de cada uno, pues unos a otros se enfervorizan y encienden. A más de esto, los que son conocidos de muchos son a muchos ejemplo de salvación, y abren camino a muchos que los han de seguir. Por eso también alégrense mucho los que les precedieron, pues no se alegran por ellos solos. Mas no permitáis que las personas de los ricos sean en vuestra casa preferidas a los pobres, ni los nobles a los plebeyos; cuando Vos más bien escogisteis lo flaco del mundo para confundir su fortaleza; y lo vil y despreciado y lo que no tiene ser como si no tuviera, para destruir a lo que lo tiene (1 Cor. 1, 27-28). Y con todo esto, aquel mismo, el menor de vuestros Apóstoles (1 Cor. 15, 9), por cuya boca promulgasteis estas palabras, cuando el procónsul Paulo, domeñada por la estrategia de Saulo su sobrino, recibió el suave yuyo de vuestro Cristo, quedando tributario del gran Rey, quiso el mismo Apóstol, como trofeo de tan señalada victoria, trocar su antiguo nombre de Saulo en el de Paulo. Porque más vencido queda el demonio en aquel a quien tiene más rendido, y por cuyo medio sujeta a otros muchos. Y más rendido tiene a los soberbios por razón de su autoridad. Por eso, cuanto era más grato pensar que el pecho de Victorino había sido un baluarte inexpugnable donde se había encastillado el demonio, y la lengua de Victorino un dardo grande y penetrante con que a muchos había dado muerte; tanto más abundante debía ser el gozo de vuestros hijos porque nuestro Rey había encadenado al fuerte, y veían que sus armas, de que le había despojado (Mt. 12, 20), eran purificadas y adaptadas a honra vuestra, haciendo que sirviesen al Señor para buena obra (2 Tim. 2, 21).

CAPITULO QUINTO
Tiranía de la mala costumbre
10) Luego que vuestro siervo Simpliciano me contó lo que de Victoriano he referido me encendí en deseo de imitarle; y aun para eso me lo había él contado. Y cuando después añadió que en tiempo del emperador Juliano se había dado una ley que prohibía a los cristianos enseñar literatura y oratoria, y que él, acatado la ley, prefirió dejar la escuela de palabras antes que a vuestra Palabra con que hacéis elocuentes las lenguas de los infantes (Sap. 10, 21) no me pareció más fuerte que afortunado, pues halló la ocasión de consagrarse a Vos, cosa que yo suspiraba, atado, no con hierro ajero, sino con mi férrea voluntad; por la voluntad me tenía cogido el enemigo, y de ella me había hecho una cadena, y me había aprisionado. Porque de la voluntad perversa nació la lujuria; y rindiéndome a la lujuria, se formó la costumbre; y no resistiendo a la costumbre, se creó la necesidad. Y con estas como eslabones trabados entre sí –que por eso los llamo cadenas- me tenía aherrojado la dura esclavitud. Y aquella nueva voluntad que yo empezaba a tener, de serviros por amor, y de querer gozaros, ¡oh Dios, único gozo seguro!, aun no tenía fuerzas para vencer a la primera, robustecida con la antigüedad. De este modo mis dos voluntades, una vieja y otra nueva, aquélla carnal y ésta espiritual, luchaban entre sí, y con su desavenencia desgarraban mi alma.

11) Así vine a entender por personal experiencia lo que había leído: cómo la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu codicia contra la carne (Gal. 5, 12). Cierto que en la una y en la otra estaba “yo”; pero más “yo” en aquello que en mi aprobaba; pues en esto más bien ya no era “yo”, porque en gran parte, más era padecerlo a pesar mío que hacerlo de grado. Con todo, de mí mismo se había hecho aquella costumbre más batalladora contra mí; porque a fuerza de querer, había llegado a donde no querría. Y ¿quién podría con razón protestar de que la pena justa cayese sobre el culpado?
Y no me quedaba aquella excusa con que solía parecerme que la causa de no despreciar al mundo y serviros a Vos era porque aún no veía con certeza la verdad.
Porque ya, sí, la veía con certeza. Mas migado todavía a la tierra, rehusaba yo seguir vuestra bandera, y temía tanto desenredarme de todos los estorbos cuanto debiera temer estar enredado en ellos.

12) Así me sentía dulcemente oprimido por la carga del siglo como por el sueño; y los pensamientos con que meditaba ir a Vos eran semejantes a los esfuerzos de los que quieren despertar; pero vencidos del profundo sopor, tornan a sumergirse en él. Y así como no hay nadie que quiera estar siempre durmiendo, y al sano juicio de todos es preferible estar despierto, y, no obstante, difiere frecuentemente el hombre sacudir el sueño, cuando un pesado sopor encadena sus miembros, y aunque no quisiera y sea hora de levantarse, se vuelve a dormir con más gusto: así yo tenía por cierto que era mejor entregarme a vuestro amor que condescender con el apetito; pero aquello me parecía bien y me convencía, mas esto me deleitaba y encadenaba. Por lo cual no tenía qué responderos cuando me decíais: ¡Levántate tú que duermes, y álzate de entre los muertos, y te iluminará Cristo! (Efer. 5, 14). Me hacíais ver por todos lados que era verdad lo que me decíais, y convencido de la verdad, no tenía absolutamente nada que responde, sino palabras perezosas y soñolientas: “Ahora, ahora” no llegaba nunca; y aquel “déjame un poco” iba para largo. En vano me deleitaba en vuestra Ley según el hombre interior; porque otra Ley luchaba en mis miembros contrala Ley de mi espíritu y me llevaba cautivo bajo la Ley del pecado que estaba en mis miembros (Rom. 7, 22). Porque Ley del pecado es la violencia de la costumbre, que arrastra y retiene el ánimo contra su voluntad. ¡Desventurado de mí!, ¿quién me iba a librar de este cuerpo de muerte, sino vuestra gracia, por Jesucristo, Señor nuestro? (Rom. 7, 24). 

PORLA

sábado, 19 de agosto de 2017

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)

CAPITULO TERCERO
Que el gozo es mayor después de mayor trabajo
6) ¡Buen Dios!, ¿qué pasa en el hombre, que se alegra de la salud de un alma desahuciada y libertada de mayor peligro, que si siempre hubiera tenido esperanza, o el peligro hubiera sido menor? Porque también Vos, Padre misericordioso, os alegráis más de un solo penitente, que de noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia (Lc. 15, /). Y nosotros lo oímos con gran alegría cuando oímos con cuánto regocijo lleva el Pastor sobre sus hombros la oveja que se había descarriado; y cómo la dracma es repuesta en vuestro tesoro, entre los parabienes de las vecinas a la mujer que la halló (Lc. 15 5-9), y nos arranca lágrimas el júbilo de la fiesta en vuestra casa cuando en ella se lee del hijo menor que había muerto y ha resucitado; había perecido y ha sido hallado (Lc. 15, 24). Es así que Vos os gozáis en nosotros y en vuestros ángeles santos con la santa caridad. Pues Vos sois siempre el mismo; y de la misma manera conocéis siempre todas las cosas que ni son siempre, ni de la misma manera.

7) Pues ¿qué es lo que pasa en el alma, cuando se goza más al hallar o recobrar las cosas que ama, que si siempre las hubiese poseído? Porque lo mismo testifican los demás acaecimientos; y todos ellos están llenos de ejemplos que claman: “Así es”. Celebra el triunfo un general victorioso; mas no venciera si no peleara; y cuanto fue mayor el peligro en la lucha, tanto es mayor el gozo en el triunfo. La tempestad pone en aprieto a los navegantes, que ven al ojo el naufragio, y palidecen todos ante la muerte que les aguarda: serénanse el Cielo y el mar, y se alegran sobre manera porque temieran sobremanera. Enferma un ser querido, y el pulso indica peligro: todos los que desean su salud enferman en el alma con él; comienza a mejorar, y aunque todavía no anda con las fuerzas antiguas, hay ya en casa tal alegría, cual no la hubo antes cuando andaba sano y fuerte. los mismos deleites de la vida humana también los alcanzan los hombres a costa de ciertas molestias, no ya que sobrevienen impensadamente y contra su voluntad, sino intencionadas y voluntarias. No se toma gusta en comer y bebe, si no precede la molestica del hambre y de la sed. Los bebedores comen cosas saladas, que le causen cierto ardor molesto, para sentir el placer de apagarlo con la bebida. Es costumbre que las prometidas por esposas no sean luego entregadas, porque el marido no la tenga en poco al serle entregada, si de novio no suspiró por ella al serle diferida. Estos acaece en la alegría torpe y execrable; esto en la que es lícita y permitida; esto en la misma sincerísima y honesta amistad; había perecido y ha sido hallado (Lc. 15, 32). En todo, el mayor placer va precedido de molestia mayor.
¿Qué es esto, Señor mío, que, siendo Vos para Vos mismo gozo eterno, y gozando siempre de Vos algunos seres cerca de Vos, que es la causa de que esta parte de las criaturas tenga semejantes alternativas de menguas y aumentos, de encuentros y reconciliaciones? ¿Es acaso ésta su manera de ser, y esto lo único que le disteis, cuando desde lo más alto del Cielo hasta lo más bajo de la tierra, desde el principio del tiempo hasta el fin de los siglos, desde el ángel hasta el gusanillo, desde el primer movimiento hasta el postrero, colocasteis todo linaje de bienes y todas vuestras obras cabales cada una en su propio lugar para ejecutarla a su tiempo?
¡Ay de mí! ¡Cuán excelso sois en las alturas, y cuán profundo en los abismos! Nunca os apartáis de nosotros, y con dificultad volvemos a Vos.

PORLA

lunes, 17 de julio de 2017

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)

CAPITULO SEGUNDO
Simpliciano le cuenta la conversión del retórico Victorino
3) Fui, pues, a verme con Simpliciano, padre del entonces obispo Ambrosio en recibir la gracia, y a quien Ambrosio amaba como a verdadero padre. Le canté los derroteros de mi error. Mas cuando le dije cómo había leído algunos libros de los platónicos, traducidos en latín por Victorino, retórico en otro tiempo de la ciudad de Roma del cual había yo oído decir que había muerto cristiano, me dio el parabién por no haber tropezado con los libros de otros filósofos llenos de falacias y de engaños, conforme a los elementos del mundo (Calos. 2, 8), mientras que en los platónicos se insinúan por todos los modos Dios y su Verbo.
Después, para exhortarme a la humildad de Cristo, escondida a los sabios, y revelada a los pequeñuelos (Mc. 11, 25), me recordó al mismo Victorino, a quien él había tratado muy familiarmente en Roma; y lo que de él me refirió no lo he de pasar en silencio.
Porque encierra grande alabanza de vuestra gracia, que se debe publicar a gloria vuestra, como aquel doctísimo anciano, sapientísimo en todas las ciencias, que había leído y juzgado y traducido tantas obras de filósofos, maestros de tantos senadores insignes, y que en testimonio de su preclaro magisterio, el más excelente a juicio de los hijos de este mundo, había merecido y obtenido una estatua en el foro romano; venerador, hasta aquella edad, de los ídolos, y partífice en sus misterios sacrílegos, por los cuales casi toda la orgullosa nobleza romana –y con ella el pueblo- se apasionaba ante las cuales en otro tiempo y ahora Roma, después de haberlos vencido, les ofrecía plegarias; a los cuales tantas veces este mismo anciano Victorino, había defendido con voz atronadora no se avergonzó de hacerse siervo de vuestro Bautismo, sometiendo el cuello al yugo de la humildad y rindiendo la frente al oprobio de la cruz.

4) ¡Oh Señor, Señor, que inclinasteis los Cielos, y descendisteis; tocasteis los montes, y humearon! (Ps. 142, 5) ¡De qué modos os insinuasteis en aquel corazón! Leía él, según me contó Sipliciano, la sagrada Escritura, y con sumo interés estudiaba y escudriñaba todos los escritos de la religión cristiana; y decía a Simpliciano, no en público, sino en secreto y familiarmente:
“Te hago saber que ya soy cristiano.” Respondíale Simpliciano: “No lo creeré ni te tendré por cristiano hasta que te vea en la Iglesia de Cristo.” Pero él, burlándose, decía: “Pues qué, ¿son las paredes las que hacen a los cristianos?” Y muchas veces decía que ya era cristiano: y Simplicio siempre le respondía lo mismo, y él repetía siempre el donaire de las paredes. Porque temía disgustar a sus amigos, soberbios adoradores de los demonios, pensando que desde la cumbre de su babilónica dignidad, como desde los cedros del Líbano, que aún no habían sido descuajados por el Señor (Ps. 28, 5), habían de caer sobre él pesadamente sus enemistades.
Pero después que, leyendo y orando fervientemente, se hizo fuerte, y temió que Cristo le negase delante de los ángeles, si él temía confesarle delante de los hombres (Lc. 12, 9), y se creyó reo de grave crimen, avergonzándose de los Misterios de la humildad de vuestro Verbo, y no avergonzándose de los sacrificios sacrílegos de los soberbios demonios que él, imitando su soberbia, había recibido, perdió la vergüenza a la vanidad, y se sonrojó ante la verdad, y de pronto e inopinadamente dijo a Simpliciano, según él mismo lo contaba: “Vamos a la Iglesia; quiero hacerme cristiano”. Simpliciano, o cabiendo en sí de alegría, le acompañó; y cuando fue instruido en los Misterios de la fe, no mucho después dio su nombre para ser regenerado por el Bautismo, con admiración de Roma y alegría de la Iglesia. Veíanlo los soberbios y se enfurecieron; rechinaban sus dientes y se repudrían (Ps. 111, 10); mas para vuestro siervo, el Señor Dios era su esperanza, y no se volvía a mirar las vanidades y locuras engañosas (Ps. 39, 5).
Cuando finalmente llegó la hora de hacer profesión de la fe, que en Roma los que se van a acercar a la gracia del bautismo suelen hacer delante del pueblo fiel, sobre un lugar elevado, con cierta y determinada fórmula, sabida de memoria, decía Simpliciano que los sacerdotes ofrecieron a Victoriano que la hiciese en secreto, como solía ofrecerse a ciertas personas que parecía habían de azorarse por la vergüenza; pero que él prefirió hacer en presencia del concurso de los fieles la profesión de su salud. Porque ninguna salud había en la retórica que enseñaba, y, sin embargo, la había profesado públicamente; cuánto menos, pues, había de tener a vuestra mansa grey al pronunciar vuestra palabra, quien al pronunciar las suyas propias no temía las muchedumbres de insensatos.
Así, pues, luego que subió para hacer su profesión, todos los que le conocían -¿y quién había allí que no le conociese?- levantaron un murmullo pronunciando su nombre y congratulándose; y a media voz se escapó de las bocas de todos un rumor de júbilo: ¡Victorino, Victorino!
Pronto alzaron el rumor con el placer de verle, y pronto callaron viéndole, con el gozo de oírle. Pronunció él la verdadera fe con maravillosa entereza y querían todos meterle en sus corazones; y de hecho lo hicieron; el amor y el gozo eran las manos con que lo arrebataban.

PORLA

domingo, 18 de junio de 2017

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)

CAPITULO PRIMERO
Determina consultar con Simpliciano
1) Recuerde yo, Dios mío, en acción de gracias a Vos, y confiese vuestras misericordias sobre mí. Todos mis huesos se penetren de vuestro amor y digan: Señor, ¿quién hay semejante a Vos? (Ps. 34, 10). Rompisteis mis cadenas; sacrifiqueos yo sacrificio de alabanza (Ps. 115, 16). Contaré cómo los rompisteis; y cuando esto oyeren, dirán todos lo que os adoran; Bendito sea el Señor en el Cielo y en la tierra; grande y admirable en su nombre (Don. 3).
Se habían clavado en mis entrañas vuestras palabras y por todos lados estaba sitiado por Vos. Cierto estaba que vuestra vida es eterna, aunque la veía entre las sombras y como en espejo (1 Cor. 13, 12); mas no me quedaba la menor duda de que de la sustancia incorruptible dimana toda sustancia. Y deseaba estar, no más cierto de Vos, sino más estable en Vos. Cuanto a mi vida temporal, fluctuaba todo. Tenía que limpiar el corazón de la levadura vieja (1 Cor. 5, 7), y me agradaba el camino –el mismo Salvador-; mas todavía me arredraba entrar por sus estrecheces. Sugeristeis a mi espíritu, y parecióme que sería bueno dirigirme a SImpliciano, a quien resplandecía vuestra gracia. Había yo oído decir que desde su juventud os sirvió con fidelísima devoción, y era ya anciano; y parecíame que con tan larga vida, gastada en el santo empeño de conseguir la virtud, había adquirido mucha experiencia y aprendido muchas cosas; y verdaderamente así era. Por eso quería yo conferir con él mis congojas, para que según la disposición de mi espíritu me indicara el modo conveniente de andar por vuestro camino.

2) Porque veía yo llena la Iglesia, y quién iba de una manera, quién de otra (1 Cor. 7, 7). A mí descontentábame lo que hacía en el siglo, y me era una carga muy pesada; porque ya no me enardecía como solía la codicia, con la esperanza de la honra o del dinero para soportar aquella esclavitud tan pesada; porque aquellas cosas ya no me deleitaban en comparación de vuestra dulzura y la hermosura de vuestra casa que yo amaba (Ps. 25, 8). Mas todavía estaba tenazmente encadenado por la mujer. No me prohibía el Apóstol casarme, aunque me exhortaba a lo mejor, deseando ardientemente que todos los hombres fuesen como él (1 Cor. 7, 7). Pero yo, más flaco, escogía la vida más muelle; y solo por esto fluctuaba lánguidamente en todo lo demás, consumiéndome con agotadores cuidados, porque aun en lo tocante a las otras molestias que no quería soportar, veíame forzado a acomodarme a la vida conyugal, a la cual estaba inclinado y rendido. Había oído de boca la Verdad (Mt. 19, 12) que hay eunucos que por el reino de los cielos se mutilaron a sí mismos; pero añade: Hágalo quien puede hacerlo.
Vanos son, por cierto, todos los hombres que no tienen conocimiento de Dios; y que por las cosas visibles que parecen buenas, no pudieron hallar al que es (Sap. 13, 1). Mas ya no estaba yo en aquella vanidad. La había dejado atrás, y por el testimonio universal de la creación os había hallado a Vos, Creador nuestro, y junto con Vos, a vuestro Verbo Dios, y un solo Dios con Vos, por el cual creasteis todas las cosas.
Hay otro género de impíos, que conociendo a Dios no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias (Rom. 1, 21). También había yo caído en él; mas vuestra diestra me levantó (Ps. 17, 35), y sacándome de allí, pusisteisme donde pudiera convalecer. Porque dijisteis al hombre (Job. 28, 28): Mira que la piedad es la sabiduría. Y (Prov. 3, 7): No quieras parecer sabio; porque (Rom. 1, 22) diciendo que son sabios, se tornaron necios. Ya Había hallado yo la margarita preciosa, que debía comprar vendiendo todo lo que tenía (Mt. 13, 45) y dudaba.

PORLA

viernes, 26 de mayo de 2017

LIBRO SÉPTIMO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: Acercándose a Dios (Años 31 - 32)

CAPITULO VEINTE
Provecho y daño que sacó de los libros platónicos
26) Pero entonces, leídos aquellos libros de los platónicos y amonestado por ellos a buscar la verdad incorpórea, conocí, por la inteligencia de las cosas creadas vuestras perfecciones invisibles (Rom. 1, 20); y rechazado sentí qué era lo que, por las tinieblas de mi alma, no se me permitía contemplar; cierto como estaba de que existís, y de que sois infinito, aunque no difundido por espacios finitos ni infinitos; y que solo Vos verdaderamente sois, porque siempre sois idénticamente el mismo, sin ninguna alteración ni movimiento que ponga mudanza en Vos; que las demás cosas proceden de Vos, por este solo argumento firmísimo: que tiene ser. Estaba cierto de estas verdades, sí, pero demasiado débil para gozar de Vos.
Gorjeaba yo, ni más ni menos que si fuera instruido; mas si no buscara el camino de la verdad en Cristo nuestro Salvador, no fuera instruido, sino destruido. Porque ya comenzaba a querer parecer sabio –lleno de mi propio castigo- y no lloraba, antes me hinchaba con la ciencia; pero ¿dónde estaba la caridad que edifica (1 Cor. 8, 1) sobre el fundamento de la humildad que es Cristo Jesús? (1 C. 3, 11). ¿0 cuándo me la iban a enseñar aquellos libros? los cuales quisisteis que viniesen a mis manos antes que considerase vuestras Escrituras, con el intento, según creo, de que se grabasen en mi memoria los afectos que habían causado en mí; y cuando después fuese amansado en vuestros Libros, y mis heridas fuesen curadas con vuestros delicados dedos, supiese discernir y distinguir la diferencia que hay entre la presunción y la confesión; entre los que van hacia donde se debe caminar, pero no ven por dónde, y el mismo camino que conduce, no sólo a divisar la patria bienaventurada, sino también a habitarla. Porque si primero hubiera sido instruido en vuestras sagradas Letras, y familiarizado con ellas, os hallara dulce para conmigo, y después hubiesen venido a mis manos los libros platónicos, tal vez me hubieran apartado del fundamento de la piedad; o ya que perseverase en el afecto saludable que en ellas había bebido, habría pensado que también si alguno leyese no más que aquellos libros, pudiera sacar de ellas el mismo afecto.

CAPITULO VEINTIUNO
Lo que no halló sino en la sagrada Escritura
27) Así, pues, avidísimamente arrebaté los venerables Escritos de vuestro Espíritu, y preferentemente al Apóstol Pablo; y se desvanecieron aquellas cuestiones en que antes me parecía que se contradecía a sí mismo, y que sus palabras textuales no concordaban con la Ley y los Profetas; y se descubrió a mis ojos el único semblante de vuestras palabras castas (Ps. 2, 12). Comencé, y encontré que todo lo verdadero que había allá leído se decía acá, con recomendación de vuestra gracia; para que el que ve, no se gloríe, como si no hubiese recibido, no solo aquello que ve, sino también el poder verlo –porque ¿qué tiene que no lo haya recibido? (1 Cor. 4, 7)-. Y para que no solo sea amonestado a miraros a Vos, que sois siempre el mismo, sino también sea sanado, a fin de poseeros. Y el que desde lejos no puede veros, ande, no obstante, por este camino, para que se acerque y os vea y os posea. Porque aunque el hombre se deleite con la Ley de Dios según el hombre interior, ¿qué hará de la otra Ley que está en sus miembros, que resiste y contradice la Ley de su mente, y se lleva cautivo bajo la Ley del pecado, que está en sus miembros? (Rom. 1, 22, 23).
Porque Vos, Señor, sois justo; mas nosotros hemos pecado, hemos obrado el mal, y hemos procedido inicuamente (Dan. 3, 29), y vuestra mano pesadamente ha descargado sobre nosotros (Ps. 31, 4) y justamente hemos sido entregados a aquel pecador antiguo y príncipe de la muerte; porque indujo a nuestra voluntad a imitar la rebeldía de la suya, que no perversión en vuestra verdad (Jn. 8, 44).
¿Qué hará el hombre miserable? ¿Quién le librará de este cuerpo de muerte, sino vuestra gracia por Jesucristo nuestro Seños (Rom. 7, 23-25) al cual engendrasteis coeterno, y creasteis en el principio de vuestros caminos? Prov. 8, 22). o halló en Él casa digna de muerte (Luc. 23, 15) el príncipe de este mundo; y con todo, le mató; y quedó cancelada la sentencia que se había  dado contra nosotros (Colos. 2, 14).
Nada de esto traen los escritos platónicos. No se halla en aquellas páginas rastro de esta piedad, ni las lágrimas de la confesión, ni el sacrificio que es para Vos el espíritu atribulado, y el corazón contrito y humillado (Ps. 50, 19); ni se menciona la salud del pueblo, ni la ciudad desposada con Vos (Apoc. 21, 2) ni las arras del Espíritu Santo (2 Cor. 1, 22), ni el cáliz de nuestro rescate.
Nadie allí canta: ¿Cómo no ha de estar mi alma rendida a Dios, pues de Él viene mi salvación? Solamente Él es mi Dios y mi Salvador; Él mi amparador: no resbalaré más (Ps. 61, 2, 3). Nadie oye allí al que clama: Venid a Mi todos los que trabajáis. Desdéñense de aprender de Él, porque es manso y humilde de corazón; porque Vos escondisteis estos misterios a los sabios y prudentes, y los habéis revelado a los pequeñuelos (Mt. 11, 25-29).
Porque una cosa es divisar desde una cumbre agreste y hacer conatos en balde por parajes intransitables, rodeados y acechados por los desertores fugitivos, con su príncipe, el león y el dragón (Ps. 90, 13), y otra es seguir el camino que conduce a ella, protegido por el amparo del celestial Emperador, donde no saltean los que desertaron de la celestial milicia, antes huyen de él como del suplicio.
Estas cosas por modos maravillosos penetraban en las entrañas cuando leía al menos de vuestros Apóstoles (1Cor. 15, 1). Había considerado vuestras obras, y quedaba asombrado (Hab. 3, 1).

PORLA

domingo, 30 de abril de 2017

LIBRO SÉPTIMO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: Acercándose a Dios (Años 31 - 32)

CAPITULO DIECIOCHO
Que la humanidad de Cristo es el único camino para la divinidad
24) Buscaba yo el medio de adquirir fuerzas que me hiciesen capaz para gozar de Vos, y no lo hallé hasta que me abracé con Jesucristo hombre, mediador de los hombres (1Tim, 2, 5), que es sobre todas las cosas Dios bendito por todos los siglos (Rom. 9, 5). El cual clama y dice: yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn. 14, 6). El mezcló con la carne un manjar (de la divinidad) que yo no tenía fuerza para comer; porque el Verbo se hizo carne, a fin de que vuestra sabiduría, por la cual creasteis todas las cosas, se convirtieses en leche para nuestra infancia.
Mas como yo no era humilde, no podía poseer a mi Dios, el humilde Jesús, ni sabía qué me quería enseñar con su flaqueza. Porque vuestro Verbo, eterna Verdad, encumbrado sobre las más altas criaturas vuestras, levanta hasta Sí mismo a las que le están sometidas; mas entre las criaturas inferiores de la tierra edificó para Sí, una humilde casa de nuestro barro, para derribar de sí mismos a los que se le han de rendir, y atraerlos a Sí, curándoles la hinchazón y fomentándoles el amor; no sea que, confiados de sí, avanzasen demasiado lejos; antes conociesen su debilidad, viendo ante sus pies débil a la divinidad, por haber vestido vuestra túnica de piel; y cansados, se postrasen delante de Ella; y Ella levantándose, los levantase consigo.

CAPITULO DIECINUEVE
Errores de Agustín y de Alipio acerca de Cristo
25) Mas yo pensaba de otra manera, y sentía de mi Señor Jesucristo cuanto se puede sentir de un varón de excelente sabiduría,  quien nadie se le podía igualar; principalmente porque nacido maravillosamente de una Virgen, para ejemplo de despreciar las cosas temporales en razón de alcanzar la inmortalidad, parecíame haber merecido, por la divina Providencia en nuestro favor, aquella tan grande autoridad de magisterio. Mas qué misterio encerrase el Verbo se hizo carne, ni siquiera sospecharlo.
Solamente, por lo que nos dicen de Él los Evangelios: que comió y bebió, durmió, caminó, se alegró, se entristeció y conversó; conocía yo que aquella carne no se había unido con vuestro Verbo sino juntamente con alma y espíritu humano. Entiende esto cualquiera que entiende la inmutabilidad de vuestro Verbo, la cual ya entendía yo cuanto podía, y de ella en ninguna manera dudaba. Porque mover unas veces por su voluntad los miembros del cuerpo y no moverlos otras veces; sentía ahora un afecto, y no sentirlo después pronunciar por su boca sabias sentencias, o guardar silencio, son cosas propias de un alma y de una inteligencia sujeta a mudanzas. Pero si falsamente hubieran sido escritas de Cristo esas cosas, también todo lo demás seria sospechoso de falsedad, y no quedaría en la Escritura ninguna salvación por la fe para el género humano. Habiendo, pues, sido escritas con verdad, reconocía yo en Cristo al hombre completo: no solo cuerpo de hombre ni solo cuerpo con alma sensitiva, sino el hombre cabal. No porque fuese la misma persona del Verbo, sino por cierta extraordinaria excelencia de su naturaleza de hombre, y por una más perfecta participación de la sabiduría creía yo que se aventajaba a los demás.
Alipio, en cambio, se figuraba que, según la fe de los católicos, de tal modo se había Dios revestido de carne en Cristo, que fuera del Verbo y de la carne no había alma y no pensaba que le atribuían mente de hombre. Y como estaba bien persuadido que las acciones que de Él se escribieran no se pueden ejecutar sin alma y vida racional, caminaba más perezosamente hacia la fe cristiana. Pero después que supo que éste era el error de los herejes apolinaristas, se alegró, y se conformó con la fe católica.
Mas yo confieso que sólo algo más tarde conocí, sobre que el Verbo se hace carne, la diferencia que hay entre la verdad católica y la falsedad de Fotino. Porque la contradicción de los herejes hace que resplandezca más el sentir de vuestra Iglesia, y cuál sea la sana doctrina.
Pues fue necesario que hubiese también herejías, para que los probados se manifiesten entre los débiles.

PORLA