CAPITULO DIECIOCHO
Que la humanidad de Cristo es el único
camino para la divinidad
24) Buscaba yo el medio de adquirir
fuerzas que me hiciesen capaz para gozar de Vos, y no lo hallé hasta que me
abracé con Jesucristo hombre, mediador de los hombres (1Tim, 2, 5), que es
sobre todas las cosas Dios bendito por todos los siglos (Rom. 9, 5). El cual
clama y dice: yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn. 14, 6). El mezcló con
la carne un manjar (de la divinidad) que yo no tenía fuerza para comer; porque
el Verbo se hizo carne, a fin de que vuestra sabiduría, por la cual creasteis todas
las cosas, se convirtieses en leche para nuestra infancia.
Mas como yo no era humilde, no podía
poseer a mi Dios, el humilde Jesús, ni sabía qué me quería enseñar con su
flaqueza. Porque vuestro Verbo, eterna Verdad, encumbrado sobre las más altas
criaturas vuestras, levanta hasta Sí mismo a las que le están sometidas; mas
entre las criaturas inferiores de la tierra edificó para Sí, una humilde casa
de nuestro barro, para derribar de sí mismos a los que se le han de rendir, y
atraerlos a Sí, curándoles la hinchazón y fomentándoles el amor; no sea que,
confiados de sí, avanzasen demasiado lejos; antes conociesen su debilidad,
viendo ante sus pies débil a la divinidad, por haber vestido vuestra túnica de
piel; y cansados, se postrasen delante de Ella; y Ella levantándose, los
levantase consigo.
CAPITULO DIECINUEVE
Errores de Agustín y de Alipio acerca de
Cristo
25) Mas yo pensaba de otra manera, y
sentía de mi Señor Jesucristo cuanto se puede sentir de un varón de excelente sabiduría, quien nadie se le podía igualar; principalmente
porque nacido maravillosamente de una Virgen, para ejemplo de despreciar las
cosas temporales en razón de alcanzar la inmortalidad, parecíame haber
merecido, por la divina Providencia en nuestro favor, aquella tan grande
autoridad de magisterio. Mas qué misterio encerrase el Verbo se hizo carne, ni
siquiera sospecharlo.
Solamente, por lo que nos dicen de Él
los Evangelios: que comió y bebió, durmió, caminó, se alegró, se entristeció y
conversó; conocía yo que aquella carne no se había unido con vuestro Verbo sino
juntamente con alma y espíritu humano. Entiende esto cualquiera que entiende la
inmutabilidad de vuestro Verbo, la cual ya entendía yo cuanto podía, y de ella
en ninguna manera dudaba. Porque mover unas veces por su voluntad los miembros del
cuerpo y no moverlos otras veces; sentía ahora un afecto, y no sentirlo después
pronunciar por su boca sabias sentencias, o guardar silencio, son cosas propias
de un alma y de una inteligencia sujeta a mudanzas. Pero si falsamente hubieran
sido escritas de Cristo esas cosas, también todo lo demás seria sospechoso de
falsedad, y no quedaría en la Escritura ninguna salvación por la fe para el género
humano. Habiendo, pues, sido escritas con verdad, reconocía yo en Cristo al
hombre completo: no solo cuerpo de hombre ni solo cuerpo con alma sensitiva,
sino el hombre cabal. No porque fuese la misma persona del Verbo, sino por
cierta extraordinaria excelencia de su naturaleza de hombre, y por una más
perfecta participación de la sabiduría creía yo que se aventajaba a los demás.
Alipio, en cambio, se figuraba que, según
la fe de los católicos, de tal modo se había Dios revestido de carne en Cristo,
que fuera del Verbo y de la carne no había alma y no pensaba que le atribuían mente
de hombre. Y como estaba bien persuadido que las acciones que de Él se escribieran
no se pueden ejecutar sin alma y vida racional, caminaba más perezosamente
hacia la fe cristiana. Pero después que supo que éste era el error de los
herejes apolinaristas, se alegró, y se conformó con la fe católica.
Mas yo confieso que sólo algo más tarde
conocí, sobre que el Verbo se hace carne, la diferencia que hay entre la verdad
católica y la falsedad de Fotino. Porque la contradicción de los herejes hace que
resplandezca más el sentir de vuestra Iglesia, y cuál sea la sana doctrina.
Pues fue necesario que hubiese también herejías,
para que los probados se manifiesten entre los débiles.
PORLA

