domingo, 30 de abril de 2017

LIBRO SÉPTIMO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: Acercándose a Dios (Años 31 - 32)

CAPITULO DIECIOCHO
Que la humanidad de Cristo es el único camino para la divinidad
24) Buscaba yo el medio de adquirir fuerzas que me hiciesen capaz para gozar de Vos, y no lo hallé hasta que me abracé con Jesucristo hombre, mediador de los hombres (1Tim, 2, 5), que es sobre todas las cosas Dios bendito por todos los siglos (Rom. 9, 5). El cual clama y dice: yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn. 14, 6). El mezcló con la carne un manjar (de la divinidad) que yo no tenía fuerza para comer; porque el Verbo se hizo carne, a fin de que vuestra sabiduría, por la cual creasteis todas las cosas, se convirtieses en leche para nuestra infancia.
Mas como yo no era humilde, no podía poseer a mi Dios, el humilde Jesús, ni sabía qué me quería enseñar con su flaqueza. Porque vuestro Verbo, eterna Verdad, encumbrado sobre las más altas criaturas vuestras, levanta hasta Sí mismo a las que le están sometidas; mas entre las criaturas inferiores de la tierra edificó para Sí, una humilde casa de nuestro barro, para derribar de sí mismos a los que se le han de rendir, y atraerlos a Sí, curándoles la hinchazón y fomentándoles el amor; no sea que, confiados de sí, avanzasen demasiado lejos; antes conociesen su debilidad, viendo ante sus pies débil a la divinidad, por haber vestido vuestra túnica de piel; y cansados, se postrasen delante de Ella; y Ella levantándose, los levantase consigo.

CAPITULO DIECINUEVE
Errores de Agustín y de Alipio acerca de Cristo
25) Mas yo pensaba de otra manera, y sentía de mi Señor Jesucristo cuanto se puede sentir de un varón de excelente sabiduría,  quien nadie se le podía igualar; principalmente porque nacido maravillosamente de una Virgen, para ejemplo de despreciar las cosas temporales en razón de alcanzar la inmortalidad, parecíame haber merecido, por la divina Providencia en nuestro favor, aquella tan grande autoridad de magisterio. Mas qué misterio encerrase el Verbo se hizo carne, ni siquiera sospecharlo.
Solamente, por lo que nos dicen de Él los Evangelios: que comió y bebió, durmió, caminó, se alegró, se entristeció y conversó; conocía yo que aquella carne no se había unido con vuestro Verbo sino juntamente con alma y espíritu humano. Entiende esto cualquiera que entiende la inmutabilidad de vuestro Verbo, la cual ya entendía yo cuanto podía, y de ella en ninguna manera dudaba. Porque mover unas veces por su voluntad los miembros del cuerpo y no moverlos otras veces; sentía ahora un afecto, y no sentirlo después pronunciar por su boca sabias sentencias, o guardar silencio, son cosas propias de un alma y de una inteligencia sujeta a mudanzas. Pero si falsamente hubieran sido escritas de Cristo esas cosas, también todo lo demás seria sospechoso de falsedad, y no quedaría en la Escritura ninguna salvación por la fe para el género humano. Habiendo, pues, sido escritas con verdad, reconocía yo en Cristo al hombre completo: no solo cuerpo de hombre ni solo cuerpo con alma sensitiva, sino el hombre cabal. No porque fuese la misma persona del Verbo, sino por cierta extraordinaria excelencia de su naturaleza de hombre, y por una más perfecta participación de la sabiduría creía yo que se aventajaba a los demás.
Alipio, en cambio, se figuraba que, según la fe de los católicos, de tal modo se había Dios revestido de carne en Cristo, que fuera del Verbo y de la carne no había alma y no pensaba que le atribuían mente de hombre. Y como estaba bien persuadido que las acciones que de Él se escribieran no se pueden ejecutar sin alma y vida racional, caminaba más perezosamente hacia la fe cristiana. Pero después que supo que éste era el error de los herejes apolinaristas, se alegró, y se conformó con la fe católica.
Mas yo confieso que sólo algo más tarde conocí, sobre que el Verbo se hace carne, la diferencia que hay entre la verdad católica y la falsedad de Fotino. Porque la contradicción de los herejes hace que resplandezca más el sentir de vuestra Iglesia, y cuál sea la sana doctrina.
Pues fue necesario que hubiese también herejías, para que los probados se manifiesten entre los débiles.

PORLA

domingo, 9 de abril de 2017

LIBRO SÉPTIMO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: Acercándose a Dios (Años 31 - 32)

CAPITULO QUINCEAVO
Que todas las criaturas dependen de Dios
21) Y volví los ojos a las otras cosas, y vi que, pues son, lo deben a Vos; y que en Vos están todas las cosas finitas, pero de otro modo; no como en lugar, sino porque Vos con vuestra verdad las tenéis a todas de vuestra mano. Y que todas ellas, en cuanto son, son verdaderas; y la falsedad no es otra cosa, sino cuando se juzga que es lo que no es.
También entendí que cada cosa se adapta no solo a su lugar, sino a su tiempo. Y que Vos, que sois el único eterno, no comenzasteis a obrar después de innumerables espacios de tiempo; porque todos los espacios de tiempo –los que pasaron y los que pasarán- no habrían pasado ni llegado, sino obrando Vos, y permaneciendo.

CAPITULO DIECISEISAVO
Que a los malos desagrada lo bueno. Noción del pecado
22) También conocí por experiencia que no es maravilla que al paladar enfermo sea penoso aquel mismo pan que al sano es sabroso; y a los ojos enfermos sea molesta la luz que es agradable a los puros.
Y por el mismo caso desagrada a los injustos vuestra Justicia; no ya la víbora y el gusano, que Vos creasteis buenos y convenientes a la parte inferior de vuestra creación; a la cual tanto se allegan los mismos inicuos, cuanto son más desemejantes a Vos; y en cambio tanto se hacen capaces de las cosas altas, cuanto son más semejantes a Vos.
Busqué asimismo qué cosa era la maldad, y no hallé que fuera sustancia, sino perversidad de la voluntad, desviada de la suma Sustancia, que sois Vos, hacia las criaturas ínfimas, que arroja sus entrañas, y se hincha por fuera.

CAPITULO DIECISIETEAVO
Cómo llegó a elevarse al conocimiento de Dios
23) Maravillábame de que ya os amaba a Vos, no a un fantasma en lugar vuestro. Mas no permanecía gozando de mi Dios; sino que me arrebataba hacia Vos vuestra hermosura, y luego por mi peso me arrancaba de Vos y caía sobre estas cosas con gemido; y este peso era la costumbre carnal. Pero quedábame la memoria de Vos; y de ningún modo dudaba que había un Ser con quien unirme, aunque todavía no estaba en disposición de unirme con Él; porque le cuerpo que se corrompe agobia el alma, y la morada terrena deprime a la mente, ocupándola con varios pensamientos (Sap. 9, 15). Y estaba certísimo que desde la creación del mundo, lo que de Vos es invisible se conoce por la inteligencia de las cosas creadas, como también vuestra sempiterna virtud y divinidad (Rom. 1, 20). Porque buscando yo los cuerpos, tanto celestes como terrestres y la regla que se presentaba a mi espíritu para juzgar exactamente de las cosas mudables, y decir: “Esto debe ser así, aquellos no”, buscando, pues, la razón de juzgar cuando así juzgaba, hallé sobre mi inteligencia mudable la inconmutable y verdadera eternidad de la verdad.
Y así, de un escalón en otro, subí de los cuerpos, al alma que siente por medio del cuerpo; y de aquí, al sentido íntimo, al cual los sentidos externos anuncian los objetos exteriores, y hasta el cual pueden llegar los brutos
De aquí nuevamente, a la potencia racional, a la cual pertenece juzgar lo que ha entrado por los sentidos del cuerpo. Esta hallándose así misma mudable, se elevó a su propia inteligencia, y se separó de su modo acostumbrado de pensar, substrayéndose al tropel de fantasmas contradictorios, para ver qué luz era aquella que la alumbraba cuando sin ninguna duda clamaba que lo inconmutable deber ser preferido a lo mudable; y de dónde conocía ella lo inconmutable; ya que, si de algún modo no lo conociese, de ningún modo lo antepondría con certeza a lo mudable. Y llegó a Aquello que Es, en un relámpago de la mirada temblorosa.
Entonces finalmente, conocí por la inteligencia de las cosas visibles las que en Vos son invisibles. Mas no pude contemplarlas de hito en hito; antes rebatida mi flaqueza, y devuelto a los objetos acostumbrados, no traía conmigo sino la amorosa memoria, y como el olor de un majar que deseaba comer, mas aun no podía.

PORLA