sábado, 23 de septiembre de 2017

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)

CAPITULO CUARTO
Ventajas de la conversión de personas insignes
9) ¡Ea, Señor, hacedlo Vos; despertadnos, reducidnos, encendednos y arrebatadnos; derramad fragancia, y endulzaos; amemos, corramos! ¿No es cierto que muchos vuelven a Vos de un abismo de ceguedad más profundo que Victorino, y se os allegan, y son iluminados (Ps. 33, 6), recibiendo vuestra luz, que cuantos la reciben, juntamente reciben de Vos la potestad de hacerse hijos vuestros? (Jn. 1, 12) Pero si son menos conocidos del mundo, menos alegría reciben aun los mismos que los conocen; porque cuando el gozo es de muchos, es mayor el de cada uno, pues unos a otros se enfervorizan y encienden. A más de esto, los que son conocidos de muchos son a muchos ejemplo de salvación, y abren camino a muchos que los han de seguir. Por eso también alégrense mucho los que les precedieron, pues no se alegran por ellos solos. Mas no permitáis que las personas de los ricos sean en vuestra casa preferidas a los pobres, ni los nobles a los plebeyos; cuando Vos más bien escogisteis lo flaco del mundo para confundir su fortaleza; y lo vil y despreciado y lo que no tiene ser como si no tuviera, para destruir a lo que lo tiene (1 Cor. 1, 27-28). Y con todo esto, aquel mismo, el menor de vuestros Apóstoles (1 Cor. 15, 9), por cuya boca promulgasteis estas palabras, cuando el procónsul Paulo, domeñada por la estrategia de Saulo su sobrino, recibió el suave yuyo de vuestro Cristo, quedando tributario del gran Rey, quiso el mismo Apóstol, como trofeo de tan señalada victoria, trocar su antiguo nombre de Saulo en el de Paulo. Porque más vencido queda el demonio en aquel a quien tiene más rendido, y por cuyo medio sujeta a otros muchos. Y más rendido tiene a los soberbios por razón de su autoridad. Por eso, cuanto era más grato pensar que el pecho de Victorino había sido un baluarte inexpugnable donde se había encastillado el demonio, y la lengua de Victorino un dardo grande y penetrante con que a muchos había dado muerte; tanto más abundante debía ser el gozo de vuestros hijos porque nuestro Rey había encadenado al fuerte, y veían que sus armas, de que le había despojado (Mt. 12, 20), eran purificadas y adaptadas a honra vuestra, haciendo que sirviesen al Señor para buena obra (2 Tim. 2, 21).

CAPITULO QUINTO
Tiranía de la mala costumbre
10) Luego que vuestro siervo Simpliciano me contó lo que de Victoriano he referido me encendí en deseo de imitarle; y aun para eso me lo había él contado. Y cuando después añadió que en tiempo del emperador Juliano se había dado una ley que prohibía a los cristianos enseñar literatura y oratoria, y que él, acatado la ley, prefirió dejar la escuela de palabras antes que a vuestra Palabra con que hacéis elocuentes las lenguas de los infantes (Sap. 10, 21) no me pareció más fuerte que afortunado, pues halló la ocasión de consagrarse a Vos, cosa que yo suspiraba, atado, no con hierro ajero, sino con mi férrea voluntad; por la voluntad me tenía cogido el enemigo, y de ella me había hecho una cadena, y me había aprisionado. Porque de la voluntad perversa nació la lujuria; y rindiéndome a la lujuria, se formó la costumbre; y no resistiendo a la costumbre, se creó la necesidad. Y con estas como eslabones trabados entre sí –que por eso los llamo cadenas- me tenía aherrojado la dura esclavitud. Y aquella nueva voluntad que yo empezaba a tener, de serviros por amor, y de querer gozaros, ¡oh Dios, único gozo seguro!, aun no tenía fuerzas para vencer a la primera, robustecida con la antigüedad. De este modo mis dos voluntades, una vieja y otra nueva, aquélla carnal y ésta espiritual, luchaban entre sí, y con su desavenencia desgarraban mi alma.

11) Así vine a entender por personal experiencia lo que había leído: cómo la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu codicia contra la carne (Gal. 5, 12). Cierto que en la una y en la otra estaba “yo”; pero más “yo” en aquello que en mi aprobaba; pues en esto más bien ya no era “yo”, porque en gran parte, más era padecerlo a pesar mío que hacerlo de grado. Con todo, de mí mismo se había hecho aquella costumbre más batalladora contra mí; porque a fuerza de querer, había llegado a donde no querría. Y ¿quién podría con razón protestar de que la pena justa cayese sobre el culpado?
Y no me quedaba aquella excusa con que solía parecerme que la causa de no despreciar al mundo y serviros a Vos era porque aún no veía con certeza la verdad.
Porque ya, sí, la veía con certeza. Mas migado todavía a la tierra, rehusaba yo seguir vuestra bandera, y temía tanto desenredarme de todos los estorbos cuanto debiera temer estar enredado en ellos.

12) Así me sentía dulcemente oprimido por la carga del siglo como por el sueño; y los pensamientos con que meditaba ir a Vos eran semejantes a los esfuerzos de los que quieren despertar; pero vencidos del profundo sopor, tornan a sumergirse en él. Y así como no hay nadie que quiera estar siempre durmiendo, y al sano juicio de todos es preferible estar despierto, y, no obstante, difiere frecuentemente el hombre sacudir el sueño, cuando un pesado sopor encadena sus miembros, y aunque no quisiera y sea hora de levantarse, se vuelve a dormir con más gusto: así yo tenía por cierto que era mejor entregarme a vuestro amor que condescender con el apetito; pero aquello me parecía bien y me convencía, mas esto me deleitaba y encadenaba. Por lo cual no tenía qué responderos cuando me decíais: ¡Levántate tú que duermes, y álzate de entre los muertos, y te iluminará Cristo! (Efer. 5, 14). Me hacíais ver por todos lados que era verdad lo que me decíais, y convencido de la verdad, no tenía absolutamente nada que responde, sino palabras perezosas y soñolientas: “Ahora, ahora” no llegaba nunca; y aquel “déjame un poco” iba para largo. En vano me deleitaba en vuestra Ley según el hombre interior; porque otra Ley luchaba en mis miembros contrala Ley de mi espíritu y me llevaba cautivo bajo la Ley del pecado que estaba en mis miembros (Rom. 7, 22). Porque Ley del pecado es la violencia de la costumbre, que arrastra y retiene el ánimo contra su voluntad. ¡Desventurado de mí!, ¿quién me iba a librar de este cuerpo de muerte, sino vuestra gracia, por Jesucristo, Señor nuestro? (Rom. 7, 24). 

PORLA

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