domingo, 12 de noviembre de 2017

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)

CAPITULO SEPTIMO
Crece la lucha interior
16) Esto contaba Ponciano, y mientras él hablaba, Vos, Señor, me trastocabais; y porque yo me había echado a mí mismo tras mis espaldas, Vos, me poníais delante de mí mismo, para que viese qué feo era,  que contrahecho, que sucio y lleno de manchas y llamas. Me veía y me horrorizaba, y no tenía a dónde huir de mí. Y si procuraba desviar los ojos de mí, Vos, con lo que Ponciano iba contando, volvíais a ponerme delante de mí, y a empujarme sobre mis ojos, para que descubriese mi maldad y la aborreciese. Ya antes la había yo conocido; mas disimulaba, me dominaba y olvidaba.

17) Pero entonces cuanto más ardientemente amaba yo a aquellos de quienes oía contar tan saludables afectos, porque se habían entregado del todo a Vos para que lo sanaseis, tanto más al compararme con ellos me aborrecía y execraba. Porque muchos años míos se habían pasado sobre mí –cerca de doce– desde que, el año diecinueve de mi edad leyendo el “Hortensio” de Cicerón, desperté al amor de la sabiduría; e iba dilatando el consagrarme a su investigación, despreciada la felicidad terrena; siendo así que no ya el hallarla, sino sólo el buscarla se debía preferir a los tesoros hallados, y a los reinos del mundo, y a todos los deleites del cuerpo, aunque uno los disfrutase a medida de su deseo. Mas yo, adolescente desgraciado, sumamente desgraciado, había llegado en los mismos albores de la adolescencia, a pediros la castidad diciendo: “Dadme castidad y continencia, pero no ahora”. Porque me temía que me escuchaseis en seguida, y me sanaseis luego de la enfermedad dela concupiscencia, la cual más quería satisfacer que extinguir. Y comencé a caminar por las sendas tortuosas dela sacrílega superstición (maniquea); no porque yo la tuviese por cierta, sino porque la anteponía a las demás religiones, que yo no buscaba piadosamente, sino que hostilmente combatía.

18) Pensaba que la causa de diferir de día en día el entregarme a solo Vos, despreciando las esperanzas del siglo, era porque no se me descubría ninguna cosa cierta a donde encaminar mis pasos. Pero llegó el día en que me vi al desnudo, y mi conciencia me increpó: “¿Dónde está mi palabra? Es así, que decías que por una verdad incierta no querías arrojar de ti la carga de la vanidad. He aquí que ya es cierta verdad, y aun te oprime la vanidad, mientras en hombros más libres reciben alas los que no se consumieron tanto en investigar, ni por diez y más años meditaron este asunto”. Con esto me carcomía interiormente, y fuertemente me confundía con horrible vergüenza, cuando Ponticiano nos contaba aquellas cosas; el cual, acababa la conversación y el negocio a que había venido, se fue; y yo quedé a solas conmigo. ¡Qué cosas no dije contra mí!
¡Con qué azotes de razones no flagelé mi alma, para que me siguiese en mis esfuerzos por ir a Vos! Pero ella se resistía; rehusaba, aunque no se excusaba; todos los argumentos estaban ya agotados y rebatidos; quedaba muda y temblaba; temía a par de muerte que le cortasen la corriente de la costumbre, con que se iba mortalmente consumiendo.

CAPITULO OCTAVO
Entra en el huerto con Alipio
19) Entonces en aquella gran lucha de mi casa interior, que yo mismo había fuertemente excitado con mi alma en lo secreto de mi corazón, turbado no menos el semblante que el espíritu acometí a Alipio, y a voces le dije: “¿Qué es esto que nos pasa? ¿Qué es esto que has oído? ¡Levantanse los indoctos y arrebatan el Cielo, y nosotros con nuestra ciencia, faltos de corazón he aquí que nos revolcamos en la carne y la sangre! ¿Acaso, porque aquéllos se nos han adelantado, tenemos vergüenza de seguirlos, y no tendremos vergüenza de ni siquiera seguirlos?”. No sé qué palabras como de Alipio, que atónito callaba y me miraba; porque no hablaba yo como solía; y mucho más declaraban mi ánimo la frente las mejillas, los ojos, el color, el acento de la voz, que las palabras que profería.
Tenía la casa en que nos hospedábamos un huertecillo, del cual usábamos como de toda la casa, porque el huésped, dueño de ella, no la habitaba. A este huerto me llevó el alboroto de mi corazón, donde nadie me estorbase el acalorado combate que había yo emprendido conmigo mismo, hasta que terminase por donde Vos sabíais, y yo no; enloquecía no más, para recobrar el juicio; moría para vivir; sabedor del mal que yo era, pero ignorante del bien que de allí a poco iba a ser. Retiréme, pues, al huerto, y Alipio, pasa ante paso, se vino tras mí; porque donde él se hallase, no dejaba yo de estar en secreto y hallándome tan impresionado, ¿cómo me iba a dejar solo? Sentámonos lo más lejos de la casa que pudimos Yo daba bramidos con el espíritu, enojándome con violentísima indignación, porque no iba a hacer las paces con Vos, y a daros gusto, Dios mío, como todos mis huesos clamaban que debía hace, ensalzando esta acción hasta las nubes. Especialmente que no había de ir allá en barco, ni en coche de cuatro caballos, ni a pie, ni siquiera tantos pasos habíamos andado desde la casa hasta el lugar donde estábamos sentados. Porque no ya el ir, pero aun el llegar a Dios, ninguna otra cosa era sino querer ir; pero querer, fuerte e íntegramente, no traer y llevar de acá para allá, la voluntad enfermiza que lucha cuando una parte del alma se eleva y otra se derrumba.

20) Finalmente, durante la misma agitación de la indecisión, ¡tantas cosas hacía con el cuerpo, que algunas veces quieren hacer los hombres y no pueden, o por carecer de algunos miembros, o por tenerlos atados, o debilitados por la enfermedad, o de cualquier otro modo impedidos!
Si mesaba el cabello, si golpeaba la frente, si con las manos cruzadas me cogía la rodilla, hacíalo porque quería. Puede quererlo y no hacerlo, si no hubiese obedecido la movilidad de los miembros. ¡Tantas cosas, pues, hice, en las cuales no era lo mismo querer que poder; y no hacía, sin embargo, lo que con un afecto incomparable me agradaba más, y lo que, apenas hubiera querido, hubiera podido! Porque al punto de quererlo, ciertamente lo hubiera querido; y en esta materia poder es querer; y ese mismo querer es hacer. Y sin embargo no acababa de hacerlo; y más fácilmente obedecía el cuerpo a una debilísima intimación del alma, y movía a su mandar los miembros que no el alma a sí misma para cumplir lo que mucho quería, con solo quererlo se cumplía.

PORLA

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