CAPITULO SEPTIMO
Crece la lucha interior
16) Esto contaba Ponciano, y mientras él
hablaba, Vos, Señor, me trastocabais; y porque yo me había echado a mí mismo
tras mis espaldas, Vos, me poníais delante de mí mismo, para que viese qué feo
era, que contrahecho, que sucio y lleno
de manchas y llamas. Me veía y me horrorizaba, y no tenía a dónde huir de mí. Y
si procuraba desviar los ojos de mí, Vos, con lo que Ponciano iba contando,
volvíais a ponerme delante de mí, y a empujarme sobre mis ojos, para que
descubriese mi maldad y la aborreciese. Ya antes la había yo conocido; mas
disimulaba, me dominaba y olvidaba.
17) Pero entonces cuanto más
ardientemente amaba yo a aquellos de quienes oía contar tan saludables afectos,
porque se habían entregado del todo a Vos para que lo sanaseis, tanto más al compararme
con ellos me aborrecía y execraba. Porque muchos años míos se habían pasado
sobre mí –cerca de doce– desde que, el año diecinueve de mi edad leyendo el
“Hortensio” de Cicerón, desperté al amor de la sabiduría; e iba dilatando el
consagrarme a su investigación, despreciada la felicidad terrena; siendo así
que no ya el hallarla, sino sólo el buscarla se debía preferir a los tesoros
hallados, y a los reinos del mundo, y a todos los deleites del cuerpo, aunque
uno los disfrutase a medida de su deseo. Mas yo, adolescente desgraciado,
sumamente desgraciado, había llegado en los mismos albores de la adolescencia,
a pediros la castidad diciendo: “Dadme castidad y continencia, pero no ahora”.
Porque me temía que me escuchaseis en seguida, y me sanaseis luego de la
enfermedad dela concupiscencia, la cual más quería satisfacer que extinguir. Y
comencé a caminar por las sendas tortuosas dela sacrílega superstición
(maniquea); no porque yo la tuviese por cierta, sino porque la anteponía a las
demás religiones, que yo no buscaba piadosamente, sino que hostilmente
combatía.
18) Pensaba que la causa de diferir de
día en día el entregarme a solo Vos, despreciando las esperanzas del siglo, era
porque no se me descubría ninguna cosa cierta a donde encaminar mis pasos. Pero
llegó el día en que me vi al desnudo, y mi conciencia me increpó: “¿Dónde está
mi palabra? Es así, que decías que por una verdad incierta no querías arrojar
de ti la carga de la vanidad. He aquí que ya es cierta verdad, y aun te oprime
la vanidad, mientras en hombros más libres reciben alas los que no se
consumieron tanto en investigar, ni por diez y más años meditaron este asunto”.
Con esto me carcomía interiormente, y fuertemente me confundía con horrible
vergüenza, cuando Ponticiano nos contaba aquellas cosas; el cual, acababa la
conversación y el negocio a que había venido, se fue; y yo quedé a solas
conmigo. ¡Qué cosas no dije contra mí!
¡Con qué azotes de razones no flagelé mi
alma, para que me siguiese en mis esfuerzos por ir a Vos! Pero ella se
resistía; rehusaba, aunque no se excusaba; todos los argumentos estaban ya
agotados y rebatidos; quedaba muda y temblaba; temía a par de muerte que le
cortasen la corriente de la costumbre, con que se iba mortalmente consumiendo.
CAPITULO OCTAVO
Entra en el huerto con Alipio
19) Entonces en aquella gran lucha de mi
casa interior, que yo mismo había fuertemente excitado con mi alma en lo
secreto de mi corazón, turbado no menos el semblante que el espíritu acometí a
Alipio, y a voces le dije: “¿Qué es esto que nos pasa? ¿Qué es esto que has
oído? ¡Levantanse los indoctos y arrebatan el Cielo, y nosotros con nuestra
ciencia, faltos de corazón he aquí que nos revolcamos en la carne y la sangre!
¿Acaso, porque aquéllos se nos han adelantado, tenemos vergüenza de seguirlos,
y no tendremos vergüenza de ni siquiera seguirlos?”. No sé qué palabras como de
Alipio, que atónito callaba y me miraba; porque no hablaba yo como solía; y
mucho más declaraban mi ánimo la frente las mejillas, los ojos, el color, el
acento de la voz, que las palabras que profería.
Tenía la casa en que nos hospedábamos un
huertecillo, del cual usábamos como de toda la casa, porque el huésped, dueño
de ella, no la habitaba. A este huerto me llevó el alboroto de mi corazón,
donde nadie me estorbase el acalorado combate que había yo emprendido conmigo
mismo, hasta que terminase por donde Vos sabíais, y yo no; enloquecía no más,
para recobrar el juicio; moría para vivir; sabedor del mal que yo era, pero
ignorante del bien que de allí a poco iba a ser. Retiréme, pues, al huerto, y
Alipio, pasa ante paso, se vino tras mí; porque donde él se hallase, no dejaba
yo de estar en secreto y hallándome tan impresionado, ¿cómo me iba a dejar
solo? Sentámonos lo más lejos de la casa que pudimos Yo daba bramidos con el
espíritu, enojándome con violentísima indignación, porque no iba a hacer las
paces con Vos, y a daros gusto, Dios mío, como todos mis huesos clamaban que
debía hace, ensalzando esta acción hasta las nubes. Especialmente que no había
de ir allá en barco, ni en coche de cuatro caballos, ni a pie, ni siquiera
tantos pasos habíamos andado desde la casa hasta el lugar donde estábamos
sentados. Porque no ya el ir, pero aun el llegar a Dios, ninguna otra cosa era
sino querer ir; pero querer, fuerte e íntegramente, no traer y llevar de acá
para allá, la voluntad enfermiza que lucha cuando una parte del alma se eleva y
otra se derrumba.
20) Finalmente, durante la misma
agitación de la indecisión, ¡tantas cosas hacía con el cuerpo, que algunas
veces quieren hacer los hombres y no pueden, o por carecer de algunos miembros,
o por tenerlos atados, o debilitados por la enfermedad, o de cualquier otro
modo impedidos!
Si mesaba el cabello, si golpeaba la
frente, si con las manos cruzadas me cogía la rodilla, hacíalo porque quería.
Puede quererlo y no hacerlo, si no hubiese obedecido la movilidad de los
miembros. ¡Tantas cosas, pues, hice, en las cuales no era lo mismo querer que
poder; y no hacía, sin embargo, lo que con un afecto incomparable me agradaba
más, y lo que, apenas hubiera querido, hubiera podido! Porque al punto de
quererlo, ciertamente lo hubiera querido; y en esta materia poder es querer; y
ese mismo querer es hacer. Y sin embargo no acababa de hacerlo; y más
fácilmente obedecía el cuerpo a una debilísima intimación del alma, y movía a
su mandar los miembros que no el alma a sí misma para cumplir lo que mucho
quería, con solo quererlo se cumplía.
PORLA

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