miércoles, 13 de diciembre de 2017

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)

CAPITULO NOVENO
Que la voluntad quiere y no quiere
21) ¿De dónde nace esta monstruosidad? ¿Y por qué esto? Alúmbreme vuestra misericordia y preguntaré –si es que pueden responderme los arcanos de las penas humanas, y las tenebrosísimas tribulaciones de los hijos de Adán-: ¿de dónde esta monstruosidad? ¿Y por qué esto? Manda el alma al cuerpo, y al punto es obedecida; manda el alma a sí misma, y halla resistencia.
Anda el alma que se mueva la mano, y hacese con tanta facilidad, que apenas se distingue la ejecución del mandato; y eso que el alma es alma, y la mano cuerpo. Manda el alma que quiera el alma, y no siendo sin ella misma, con todo, no se obedece. ¿De dónde esta monstruosidad? ¿Y por qué esto?
Manda, digo, que quiera. Y no le mandaría si ya no quisiese: ¡y no se hace lo que manda!
Mas no quiere del todo, y por eso no manda del todo. Porque en tanto manda en cuanto quiere; y en tanto no se hace lo que manda en cuanto no quiere.
Porque la voluntad manda que haya voluntad; y no otra, sino ella misma. No lo manda, pues, toda ella completa; y por eso no se hace lo que manda. Porque si ella fue completa no mandaría querer, pues ya quería.
No es, por tanto, monstruosidad querer en parte y en parte no querer, sino enfermedad del alma, que elevada por la verdad, no se levanta toda ella, sobrecargada por el peso de la costumbre. Y por eso hay dos voluntades, porque una de ellas no es completa; y lo que falta a la una tiene la otra.

CAPITULO DECIMO
Refutase la explicación maniquea delas dos naturalezas, una buena y otra mala
22) Perezcan a vuestra presencia, oh Dios (Ps. 67, 3) como perecen, los vanos habladores y engañadores de almas (Tit. 1, 10), que advirtiendo en si al deliberar dos voluntades, afirman que hay dos almas de dos naturalezas distintas: una buena y otra mala. Ellos son verdaderamente malos, pues abrigan tan malos sentimientos; y ellos mismos serán buenos, si sintieren la verdad y consintieren con ella; de suerte que pueda decirles nuestro Apóstol (Efer. 5, 8): Fuisteis algún tiempo tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor. Porque ellos, queriendo ser luz, no en el Señor, sino en sí mismos, y pensando que la naturaleza del alma es lo mismo que Dios, se convirtieron así en más espesas tinieblas, por haberse con espantosa arrogancia apartado más lejos de Vos, luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn. 1, 9). ¡Mirad lo que decís y cubríos de vergüenza! Y acercaos a Él, y seréis iluminados y no se ruborizaran vuestros rostros (Ps. 33, 6).
Cuando yo deliberaba sobre servir al Señor Dios mío, como mucho tiempo antes lo había trazado, yo era el que quería, yo era el que no quería: era. Ni del todo quería, ni del todo no quería y por eso luchaba conmigo y me desgarraba a mí mismo. Y este desgarramiento acontecía contra mi voluntad; mas no indicaba otra alma de naturaleza contraria, sino castigo de la mía. Y por eso ya no era yo el que la obraba, sino el pecado que habitaba en mí (Rom. 7, 17) en castigo de otro pecado más libre por ser yo hijo de Adan.

23) Porque si hay en nosotros tantas naturalezas contrarias cuantas son las voluntades que se contradicen, habría que admitir, no dos, sino muchas más. Si alguno delibera entre ir al conventículo delos maniqueos o al teatro, ellos claman: “Veis ahí las dos naturalezas: una buena conduce a nuestras reuniones; otra mala lleva al teatro. Porque ¿de qué otra parte puede venir la vacilación de voluntades contrarias?”
Mas yo digo que ambas son malas: la que conduce a ellos, y la que lleva al teatro. Pero ellos no creen que sea sino buena la que conduce a ellos. Pues ¿qué? Si alguno de nosotros delibera y fluctúa entre dos voluntades que luchan entre sí, sobre si ha de ir al teatro o a nuestra Iglesia, ¿no fluctuarán también los maniqueos sobre lo que han de responder? Porque, o han de confesar lo que no quieren, que es buena la voluntad de ir a nuestra Iglesia, como van a ella los que han recibido sus sacramentos y permanecen fieles, o han de opinar que en un solo hombre luchan dos naturalezas malas y dos almas malas –y no será verdad lo que suelen decir, que hay una buena y otra mala-, o se convertirían a la verdad, y no negarán, que cuando uno delibera, una sola alma es agitada por voluntades diversas.

24) No digan ya, pues, cuando advierten en un solo hombre dos voluntades entre sí contrarias, que son dos almas contrarias, de dos sustancias contrarias y de dos principios contrarios que se combaten, una buena y otra mala. Porque Vos, Dios veraz, los reprobáis, los reargüís y los convencéis con los hechos; como en los casos de ambas voluntades malas; verbigracia, cuando uno delibera si matar a otro con veneno o con hierro; si invadir esta finca ajena o la otra, por no poder invadir entrambas; si malgastar el dinero en torpe deleite o guardarlo avariciosamente; si ir al circo o al teatro, cuándo ambos festejos se celebran a un tiempo; y añado a este caso un tercer término, o ir a robar a una casa ajea, brindándose ocasión; y añado todavía un cuarto término, o ir a cometer adulterio, ofreciéndose a la ve oportunidad para ello: suponiendo que estos cuatro cosas concurran a un mismo tiempo, y que todas sean igualmente deseadas, y no puedan ser a la vez ejecutadas. Porque estas cuatro voluntades –y otras muchas, pues son tantas las cosas que se apetecen- luchando entre sí, despedazan el alma; y, sin embargo, no suelen ellos afirmar tanta multitud de naturalezas diversas. Lo mismo acaece en las voluntades buenas. Porque les pregunto, si es bueno deleitarse leyendo al Apóstol; y si es bueno explicar el Evangelio. A cada pregunta responderán: Es bueno. ¿Pues qué? Si todas ellas agradan igualmente y juntas al mismo tiempo, ¿no es cierto que las diversas voluntades distienden el corazón del hombre, mientras delibera a cuál ha de dar la preferencia? Y todas estas voluntades son buenas, y luchan entre sí, hasta que se elige una cosa, que lleve tras sí la voluntad entera, que estaba repartida entre muchas.
De esta misma manera, cuando la eternidad deleita a la parte superior, y el placer del bien temporal retiene a la inferior, una misma es el alma que, no con toda su voluntad, quiere lo uno y lo otro; y por eso se desgarra con grave dolor, mientras prefiere lo celestial por su verdad y no deja terreno por la costumbre.

PORLA

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