sábado, 4 de agosto de 2012

Para no estar triste

Un hermano joven, que vivía en el desierto, fue al abad Pomen y le  dijo:
“¿Qué debo hacer, Padre? Siento un gran tristeza en mi interior. No sé qué me pasa. Estoy triste. No hay alegría en mi vida”.

El anciano abad Poemen le dijo:

“No desprecies nunca a nadie.
No condenes nunca a nadie.
No hables mal nunca de nadie.
Procura no regañar nunca a nadie.
Ayuda a quien puedas y se generoso.
No te dejes llevar por la pasión.
No uses nunca la palabrería.
Evita la murmuración.
No difames nunca a nadie.
No calumnies nunca a nadie.
Te volverías triste, amargado…
Habla bien siempre de los otros.
Si no puedes hacerlo, cállate.
No hay nada mejor que el silencio…
Mantén lejos de tu mente los pensamientos perturbadores.
Procura tener siempre la conciencia limpia…
el Señor te otorgará la paz, el contento y la alegría”.
Ya Horacio (65-8 a.c.), escritor latino, decía:
“Vuestra regla inolvidable debe ser: no hacer nunca nada –de palabra o de obra- que pueda herir vuestra conciencia y de que luego tengáis que ruborizaros”.
Y es que: quien tenga una buena conciencia de no haber dicho o hecho mal a nadie y haya obrado el bien, necesariamente tiene que tener alegría en su interior.             
                                                                                                                                             PORLA