martes, 19 de agosto de 2014

LIBRO SEGUNDO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO CUARTO
Hurta unas peras, por solo el gusto de hurtar
9) Ciertamente, vuestra Ley castiga el hurto, Señor; Ley escrita en los corazones de los hombres, que no la borra ni aun la misma iniquidad. Porque ¿qué ladrón hay que sufra con paciencia a quien le roba, aunque el uno sea rico, y el otro compelido por la indigencia? Pues yo quise hacer un hurto, y lo hice compelido no por pobreza, sino por penuria y hastío de la justicia y exceso de maldad. Pues lo que robé teníalo yo en abundancia, y mucho mejor; ni quería yo disfrutar de lo que deseaba robar, sino del mismo hurto y pecado. Había en la vecindad de nuestra viña un peral cargado de peras, que ni por el aspecto, ni por el gusto, eran tentadoras. A sacudirlo y despojarlo fuimos unos perversísimos mozalbetes muy  entrada la noche, pues hasta entonces, según nuestra pestilencial costumbre habíamos prolongado el juego en las plazas; y nos llevamos de allí grandes cargas, no para comérnoslas, sino para echarlas a los cerdos; si bien algunas comimos; con tal de hacer lo que únicamente nos gustaba porque no era lícito.
Este era mi corazón, Señor, éste era mi corazón, que estaba en lo profundo del abismo, y Vos os compadecisteis de él. Dígaos ahora este corazón mío qué es lo que allí buscaba, sino ser malo de balde, sin que hubiese otra causa de mi malicia, sino mi pura malicia.
Fea era, pero no la amé; amé mi perdición, amé mi culpa; amé, no el objeto porque pecaba, sino mi mismo pecado: alma fea la mía, que saltaba fuera de vuestro amparo a la perdición, no por apetecer feamente alguna cosa, sino la misma fealdad.

CAPITULO QUINTO
Que ninguno peca sino buscando algún bien particular
10) Los cuerpos hermosos, como el oro, la plata y todos los demás, tienen cierta apariencia. En el contacto de la carne influye poderosamente la conformidad; y para cada uno de los otros sentidos hay en los cuerpos su modalidad adecuada. Así mismo, la honra temporal y el poder de señorear y superar tienen su encanto; del cual también nace el ansia de la venganza; y sin embargo, por alcanzar todos estos bienes no se ha de apartar el hombre de Vos, Señor, ni desviarse de vuestra Ley.
También la vida que aquí vivimos tiene su atractivo, por una cierta manera de hermosura suya, y por su conveniencia con todas estas bellezas inferiores. Dulce es también la amistad de los hombres con nudo de amor, porque hace de muchas almas una. Por todas estas cosas, y por otras semejantes, se comete el pecado, cuando por inmoderada inclinación a estos bienes, que son los más bajos, se abandonan los mejores y supremos que sois Vos, Señor Dios nuestro, y vuestra verdad, y vuestra Ley. Porque también estos bienes ínfimos tienen sus deleites; pero no como mi Dios, que hizo todas las cosas; porque en Él se deleita el gusto, y Él forma las delicias de los rectos de corazón (Ps. 63, 11).

11) De manera que cuando se inquiere por qué causa se ha cometido algún crimen, no se suele dar crédito hasta que se averigua que pudo ser el apetito de alcanzar algunos de estos bienes, que hemos llamado ínfimos, o el temor a perderlo. Son ellos, sin duda, hermosos y de buen parecer; aunque, comparados con aquellos superiores y celestiales, son abyectos y despreciables. Fulano mató a un hombre. ¿Por qué lo hizo? Estaba aficionado a la mujer del otro o a su finca: o le quiso robar para tener con qué vivir: o temió que el otro le quitase algo semejante: o agraviado, se encendió en deseo de venganza. ¿Iba a matar al otro sin ninguna causa, por el gusto del mismo homicidio? ¿Quién lo va a creer?
Porque aun de aquel hombre malvado y excesivamente cruel, Catilina, de quien se dijo que “de balde era malo y cruel”, empero ya antes se había dicho la causa, a saber: “para que con la ociosidad no se le entumeciera la mano o el brío” (1). Y todavía preguntarás: y esto, ¿Por qué así? Para, una vez tomada Roma con aquel ejercicio de crímenes, alcanzar honra, mando y  riquezas, librarse del tiempo de las leyes, y de las dificultades de la vida, causadas por la escasez de recursos, y por la conciencia de sus crímenes. Ni el mismo Catilina, pues, amó sus delitos, sino seguramente otra cosa, por cuya causa los cometía.

CAPITULO SEXTO
¿Qué pretendió en hurtar? –Los bienes que buscamos en las criaturas se hallan en Dios con infinitas ventajas.
12) ¿Qué, pues, ame yo, miserable, en ti, oh delito mío nocturno, del año dieciséis de mi edad? Hermoso no eras, pues eras hurto.
Pero ¿acaso eres algo, para que hable contigo? Hermosas eran aquellas peras que hurtamos, porque eran criaturas vuestras, oh Hermosísimo sobre todas las cosas, Creador de todas, Dios bueno, Dios sumamente bueno, y bien mío verdadero; hermosas eran aquellas peras: más no eran ellas lo que deseaba mi alma miserable; porque mejores las tenía yo en abundancia; y aquellas, únicamente por hurtar las arranqué del árbol; pues apenas cogidas, las arrojé; y solo comí la maldad, en que me gozaba con fruición. Y si algo de aquella fruta entró en mi boca, el delito era lo que le daba sabor.
Y ahora, Señor Dios mío, pregunto qué era lo que en el hurto me deleitaba, y he aquí que no descubro rastro de hermosura: no digo como la que se halla en la equidad y en la prudencia, pero ni siquiera como en la inteligencia del hombre, y en la memoria, sentidos y vida vegetativa: ni como son bellos y hermosos los astros de sus órbitas; y la tierra y mar, llenos de nuevos vivientes que nacen para suceder a los que mueren; ni siquiera como aquella hermosura incompleta y umbrátil con que nos engañan los vicios.

13) Porque la soberbia imita la celsitud, siendo Vos solo sobre todas las cosas Dios excelso. La ambición, ¿qué busca, sino honores y gloria, siendo Vos solo sobre todas las cosas digno de ser honrado, y glorioso para siempre? La crueldad de los tiranos quiere ser temida; pero ¿quién debe ser temido, sino solo Dios, de cuyo poder qué cosa se pudo librar o sustraer?
¿Cuándo, ni dónde, ni cómo, ni por quién puede jamás? Las blanduras de los lascivos solicitan amor: pero ni hay cosa más blanda que vuestra caridad, ni que más saludablemente se ame que vuestra verdad, sobre todas las cosas hermosa y resplandeciente. La curiosidad parece afectar amor a la ciencia, cuando Vos lo sabéis todo perfectísimamente. Aun la misma ignorancia y necedad se cubren con nombre de sencillez e inocencia; porque nada se halla más sencillo que Vos; y ¿qué cosa más inocente que Vos, pues los malos solo reciben daño de sus propias acciones? (1). La indolencia afecta buscar descanso; más ¿Qué descanso seguro hay fuera del Señor? La superfluidad quiere ser llamada hartura y abundancia; mas Vos sois plenitud e inagotable abundancia; de incorruptible suavidad. La prodigalidad tiene cierta apariencia de liberalidad; pero Vos sois el dador copiosísimo de todos los bienes. La avaricia quiere poseer muchas cosas, y Vos las poseéis todas. La envidia litiga por la excelencia; ¿qué más excelente que Vos?
La ira busca venganza; ¿quién ejerce la vindicta más justamente que Vos? El temor se horroriza de las cosas insólitas y repentinas, que son contrarias a lo que se ama, cautelando su seguridad; mas para Vos, ¿qué suceso hay insólito?, ¿o dónde, sino cerca de Vos,  hay seguridad firme? La tristeza se consume cuando pierde las cosas en que se deleitaba el deseo; pues no quisiera le fuesen arrebatadas, como a Vos nada se os puede quitar.

14) Así anda fornicando el alma, cuando se aparta de Vos, y busca fuera de Vos lo que no halla puro y limpio, sino cuando cuando vuelve a Vos. Perversamente os imitan todos los que se alejan de Vos (2), y se levantan contra Vos; pero, aun imitándoos así, muestran en ello que Vos sois el Creador de toda la naturaleza, y, por tanto, que no hay donde nadie pueda totalmente apartarme de Vos (3).
¿Qué es, pues, lo que yo amé en aquel hurto? Y ¿en qué limité yo, aunque viciosa y perversamente, a mi Señor? ¿Me gocé talvez de atropellar la ley, al menos por astucia, ya que por fuera me podía, para simular, siendo cautivo, una manca libertad, haciendo impunemente lo que no era lícito, con tenebrosa parodia de vuestra omnipotencia?
Veis aquí al siervo, que huyendo de su Señor, consiguió la sombra (4). ¡Oh podredumbre!, ¡oh vida monstruosa y muerte profunda! ¿Es posible que me agradase lo que no era lícito, no por otro motivo sino porque no era lícito?


PORLA