domingo, 12 de marzo de 2017

LIBRO SÉPTIMO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: Acercándose a Dios (Años 31 - 32)

CAPITULO DOCEAVO
Que todo lo que tiene ser es bueno
18) También entendí que las cosas que se corrompen son buenas. Solo no podrían corromperse si fuesen sumamente buenas, o si no fuesen buenas. Porque si fuesen sumamente buenas, serian incorruptibles; y si no fuesen buenas no habría en ellas cosa que se pudiese corromper. Porque la corrupción daña; y no dañaría si no menoscabase algún bien. Luego, o la corrupción no daña (lo cual no puede ser), o lo que es certísimo, todas las cosas que se corrompen pierden algún bien. Y si fuesen privadas de todo bien, dejarían totalmente de ser. Mas si tuviesen ser, y no pudiesen corromperse, serian mejores, porque permanecerían incorruptibles. Y ¿qué cosa más monstruosa que afirmar que con la pérdida de todo bien se han hecho mejores?
Luego sin llegaren a perder todo bien, dejarían totalmente de ser; luego en tanto que son, son buenas; luego todas las cosas que son, son buenas.
Y el mal aquel, cuyo origen buscaba yo, no es sustancia. Porque si fuese sustancia, sería bueno; porque o sería sustancia incorruptible -¡gran bien, ciertamente!- o sustancia corruptible, la cual, si no fuese buena, no sería sustancia corruptible.
Vi, pues, y claramente se me da a conocer, que Vos hicisteis todas las cosas buenas, y que no hay absolutamente ninguna sustancia que Vos no hayáis hecho. Y porque no hicisteis todas las cosas iguales, por eso permanecen todas; porque cada una de por sí es buena, y todas juntas son muy buenas; porque nuestro Dios hizo todas las cosas en gran manera buena (Gen. 1, 31).

CAPITULO TRECEAVO
Que todas las criaturas alaban a Dios
19) Para Vos, no hay absolutamente mal alguno. Y no solo para Vos, pero ni para el universo creado; pues fuera, nada hay que irrumpa y perturbe el orden que Vos le señalasteis.
Mas en sus partes hay algunas cosas que porque no son convenientes para otras, se tienen por malas; pero esas mismas convienen a otras, y para ellas son buenas; y en sí mismas también lo son.
Y todas estas cosas que no tienen conveniencia unas con otras, la tienen con la parte inferior de la creación, que llamamos Tierra, la cual tiene su Cielo con nubes y vientos, cual le conviene. No quiera Dios que yo diga: “Mejor fuera que no existiesen tales cosas”. Porque mirándolas a solas, podría ciertamente desear otras mejores; pero aun solo por ellas os debería alabar, puesto que todas las de la tierra os muestran digno de alabanza; los dragones y todos los abismos; el fuego, el granizo, la nieve y el hielo, el viento de tempestad, que obedecen a vuestro mandato; los montes  todos los collados; los árboles frutales y todos los cedros; las bestias y todos los ganados, los reptiles y todos los alados volátiles; los poderosos y todos los que gobiernan la tierra; los jóvenes y las vírgenes, los ancianos y los de mediana edad (Sal. 148, 7-12). Y pues también del Cielo os alaban, en las alturas todos vuestros ángeles, os alaban, Dios nuestro, todos vuestros ejércitos; el sol y la luna, todas las estrellas y la luz; los Cielos de los Cielos, y las aguas que están sobre los Cielos alaben vuestro nombre, ya no las deseaba mejores, porque todas las miraba en conjunto; mejores ciertamente juzgaba las superiores que las inferiores; pero con más sano juicio miradas, todas juntas son mejores que solas las superiores.

CAPITULO CATORCEAVO
Cómo cayó en el error de las dos sustancias
20) No tienen sano juicio los que desaprueban alguna de vuestras criaturas; como no lo tenía yo cuando me desagradaban muchas de las cosas que Vos hicisteis. Mas como mi alma no se atrevía a descontentarse de Vos, no quería que fuese vuestro lo que le descontentaba; por eso fue a dar en la opinión de las dos sustancias, y no reposaba y decía disparates. Y cuando volvió de allí, se había fabricado un dios difundido por infinitos espacios de todos los lugares; y había llegado a pensar que aquel dios erais Vos; y lo había colocado en su corazón, que de nuevo quedó convertido en templo de su ídolo, abominable a Dios.
Mas después que Vos curasteis la cabeza de este ignorante, y cerrasteis mis ojos para que no viesen la vanidad (Ps. 118, 37) descansé un poco de mí mismo y se adormeció mi locura; y desperté en Vos, y os vi de otra manera infinito: y esta vista no procedía de la carne.

PORLA