sábado, 7 de febrero de 2015

LIBRO CUARTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO 3
Vindiciano procura apartarle de la astrología
4) Y así, no dejaba yo de consultar a aquellos impostores que llamaban matemáticos (astrólogos), porque estos, en sus adivinaciones, casi no hacían sacrificios alguno, ni dirigían conjuros a ningún espíritu. Sin embargo, justamente rechaza y condena sus prácticas la cristina y verdadera piedad. Porque bueno es, Señor, alabaros (Ps. 91, 2) y decir: Tened misericordia de mí: curad mi alma, porque he pecado contra Vos (Ps, 40, 5), y no abusar de vuestra clemencia para pecar libremente, sino acordarse de aquella palabra del Señor: Mira que ya estás sano; no quieras más pecar, no te suceda algo peor (Jn. 5, 14). Esta saludable doctrina quieren destruir los astrólogos diciendo: “Del Cielo te viene la ineludible necesidad de pecar”, y “Venus lo hizo, o Saturno, o Marte”. Y todo para que el hombre, que es carne y sangre y podredumbre soberbia, no tenga la culpa, y la tenga el que creó y ordenó el Cielo y las estrellas. ¿Y Este quién es sino Vos, Dios nuestro, suavidad y fuente de toda justicia, que daréis a cada uno según sus obras (Mt. 16, 27), y no despreciáis el corazón contrito y humillado? (Ps. 50,19).

5) Había por aquel tiempo un varón prudente muy conocedor del arte de la medicina, y en ella famosísimo (1), el cual con su propia mano había puesto la corona agonística sobre mi loca cabeza, como procónsul, no como médico; porque de aquella enfermedad mía sólo podíais sanarme Vos, que resistís a los soberbios y dais a los humildes la gracia (Jac. 4, 6). No obstante, ¿acaso no me acudisteis por medio de aquel anciano?, ¿o dejasteis de curar de mi alma? Pues como yo había tomado gran familiaridad con él, y me gustaba estar siempre colgada de sus palabras, que sin elegancia de frases, eran agradables y graves por la fuerza de las razones, cuando él entendió por mi conversación que yo estaba entregado a los libros de los astrólogos, me amonestó benigna y paternalmente que los dejase, y que no gastase sin provecho en aquella vanidad la atención y el trabajo que él también en los primeros años de su edad se había dado a aquel arte, hasta el punto de querer tomarlo como profesión para ganarse la vida; y pues había entendido a Hipócrates, también habría podido entender aquel arte; pero, con todo, lo había dejado y se había consagrado a la medicina, no por otra causa, sino por haber hallado que era falsísimo, y no quería como hombre formal, ganarse la vida engañando a los demás.
“Pero tú –me decía- tienes la retórica para mantenerte entre los hombres, y sigues esta impostura no por necesidad del dinero, sino por libre curiosidad; razón de más para que des crédito a mis palabras, pues trabajé por entender aquel arte tan perfectamente como quién quería vivir sólo de él”.
Y preguntándole yo cómo era que aquel arte se alcanzaba a pronosticar muchas cosas que salían verdaderas, me respondió como pudo que la fuerza de la suerte derramada por todas partes en la naturaleza, era la causa de ello. “Porque –decía él- si en las página de un poeta cualquiera, que trata y celebra un asunto enteramente distinto consultándolas al azar, sale muchas veces un verso que maravillosamente responde con aquello que se consulta, no hay porqué maravillarse – decía- que el alma humana, movida por instinto superior sin saber ella lo que pasa en sí, no por arte, sino al acaso, responda alguna cosa que concuerde con las acciones y negocios del que pregunta”.

6) Y esta enseñanza me procurasteis por medio de aquel varón, e imprimisteis en mi memoria lo que después yo por mí debía investigar. Mas por entonces, ni el médico ni mi carísimo Nibridio (2), joven muy bueno y muy casto, que se burlaba de todo aquel arte de adivinar, pudieron persuadirme que lo abandonase; porque me movía más la autoridad de los mismos autores, y aun no había hallado, como lo buscaba, un argumento que, sin ambigüedad, me demostrase que las respuestas verdaderas que dan los astrólogos cuando son consultados salen por suerte o por acaso, y no por arte de los que observan los astros.


CAPITULO CUARTO
Bautismo y muerte de un íntimo amigo suyo
7) Por aquellos años en que comencé a enseñar en la ciudad donde nací adquirí un amigo, a quien amé excesivamente, porque era condiscípulo mío, y de mi misma edad, y estaba, como yo, en la flor de la adolescencia.
Desde niños habíamos crecido juntos, juntos habíamos ido a la escuela, y juntos habíamos jugado; pero entonces aun no éramos tan amigos; aunque tampoco después lo fuimos, como exige la verdadera amistad; que no es verdadera sino entre aquellos que Vos unís con la caridad, derramándola en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom. 5, 5). Mas con todo, aquella amistad era muy dulce, sazonada por el calor de las mismas aficiones. Hasta había logrado yo apartarle de la fe verdadera, que en sus pocos años no conocía rectamente ni tenía bien arraigada, inclinándole a aquellos fabulillas supersticiosas y perniciosas, por las cuales me lloraba mi madre. El espíritu de aquel hombre estaba conmigo en el erro, y mi alma no podía vivir sin él.
Mas he aquí que Vos, que sois a la vida Dios de las venganzas (Ps. 93, 1) y fuente de misericordia, que por caminos maravillosos nos convertís a Vos, yendo a los alcances a estos fugitivos, le arrebatasteis de este mundo apenas cumplido un años de nuestra amistad, más deliciosa para mí que todas las delicias de mi vida de entonces.

8) ¿Quién hay que pueda contar vuestras alabanzas (Ps. 105, 2), ni siquiera por lo que él sólo ha experimentado en sí mismo? ¡Qué hicisteis entonces, Dios mío! ¡Y cuán impenetrable es el abismo de nuestros juicios! (Rom. 11, 33). Porque acometido por unas calenturas, vino a quedar por largo tiempo sin sentido, con mortal sudor; y estando ya desahuciado, le bautizaron sin saberlo él; y sin que yo le diera importancia, presumiendo que mejor retendría en su alma lo que de mí había aprendido que no lo que sin saberlo él, había recibido en su cuerpo. Pero sucedió muy de otra manera. Porque mejoró y salió de peligro; y en seguida, tan pronto como pude hablar con él –que fue tan pronto como él pudo, pues yo no me apartaba de su lado, y estábamos enteramente colgados el uno en el otro- , intenté chancearme con él, creyendo que é también se chancearía conmigo del bautismo que había recibido completamente sin conocimiento y sin sentido, pero que ya sabía que lo había recibido. Mas él se horrorizó de mí como de enemigo; y con maravillosa y repentina libertad, me amonestó que, si quería ser su amigo, no volverá a decirle semejantes cosas. Asombrado yo y desconcertado, disimulé todas mis impresiones, aguardando a que primero convaleciese y cobrase fuerzas, para después discutir con él a mi gusto. Pero fue arrebatado a mi locura y guardado cerca de Vos para mi consuelo: pocos días después, estando yo ausente, le repite la calentura y muere. Se entenebreció mi corazón (Trey, 5, 17) de dolor, y veía en todas las cosas la muerte. La patria era para mí un suplicio, y la casa paterna se me hacía insoportable, y todo cuanto con él me había sido común, se me convertía sin él en cruelísimo tormento. Buscabanle por todas partes mis ojos, y no le hallaban. Todas las cosas me eran aborrecibles, porque no le hallaba entre ellas, ni me podía decir: Mírale, ahí viene, como antes, cuando venía después de una ausencia. Llegué a hacerme insoportable a mí mismo. Preguntaba a mi alma por qué estaba triste, y por qué tan cruelmente me conturbaba (Ps. 41, 12); mas ella no sabía qué responderme. Y si le decía ¡Espera en Dios!, con razón no me hacía caso; porque más real y mejor era aquel hombre queridísimo que yo había perdido, que aquel fantasma (del dios de los maniqueos) en que yo le decía que esperase. Sólo el llanto me era dulce; y en lugar del amigo, formaba las delicias de mi alma.


PORLA