CAPITULO 3
Vindiciano
procura apartarle de la astrología
4) Y así, no dejaba yo de consultar a aquellos
impostores que llamaban matemáticos (astrólogos), porque estos, en sus
adivinaciones, casi no hacían sacrificios alguno, ni dirigían conjuros a ningún
espíritu. Sin embargo, justamente rechaza y condena sus prácticas la cristina y
verdadera piedad. Porque bueno es, Señor, alabaros (Ps. 91, 2) y decir: Tened
misericordia de mí: curad mi alma, porque he pecado contra Vos (Ps, 40, 5), y
no abusar de vuestra clemencia para pecar libremente, sino acordarse de aquella
palabra del Señor: Mira que ya estás sano; no quieras más pecar, no te suceda
algo peor (Jn. 5, 14). Esta saludable doctrina quieren destruir los astrólogos
diciendo: “Del Cielo te viene la ineludible necesidad de pecar”, y “Venus lo
hizo, o Saturno, o Marte”. Y todo para que el hombre, que es carne y sangre y
podredumbre soberbia, no tenga la culpa, y la tenga el que creó y ordenó el
Cielo y las estrellas. ¿Y Este quién es sino Vos, Dios nuestro, suavidad y
fuente de toda justicia, que daréis a cada uno según sus obras (Mt. 16, 27), y
no despreciáis el corazón contrito y humillado? (Ps. 50,19).
5) Había por aquel tiempo un varón prudente muy
conocedor del arte de la medicina, y en ella famosísimo (1), el cual con su
propia mano había puesto la corona agonística sobre mi loca cabeza, como
procónsul, no como médico; porque de aquella enfermedad mía sólo podíais
sanarme Vos, que resistís a los soberbios y dais a los humildes la gracia (Jac.
4, 6). No obstante, ¿acaso no me acudisteis por medio de aquel anciano?, ¿o
dejasteis de curar de mi alma? Pues como yo había tomado gran familiaridad con
él, y me gustaba estar siempre colgada de sus palabras, que sin elegancia de
frases, eran agradables y graves por la fuerza de las razones, cuando él
entendió por mi conversación que yo estaba entregado a los libros de los
astrólogos, me amonestó benigna y paternalmente que los dejase, y que no
gastase sin provecho en aquella vanidad la atención y el trabajo que él también
en los primeros años de su edad se había dado a aquel arte, hasta el punto de
querer tomarlo como profesión para ganarse la vida; y pues había entendido a
Hipócrates, también habría podido entender aquel arte; pero, con todo, lo había
dejado y se había consagrado a la medicina, no por otra causa, sino por haber
hallado que era falsísimo, y no quería como hombre formal, ganarse la vida
engañando a los demás.
“Pero tú –me decía- tienes la retórica para
mantenerte entre los hombres, y sigues esta impostura no por necesidad del
dinero, sino por libre curiosidad; razón de más para que des crédito a mis
palabras, pues trabajé por entender aquel arte tan perfectamente como quién
quería vivir sólo de él”.
Y preguntándole yo cómo era que aquel arte se alcanzaba
a pronosticar muchas cosas que salían verdaderas, me respondió como pudo que la
fuerza de la suerte derramada por todas partes en la naturaleza, era la causa
de ello. “Porque –decía él- si en las página de un poeta cualquiera, que trata
y celebra un asunto enteramente distinto consultándolas al azar, sale muchas
veces un verso que maravillosamente responde con aquello que se consulta, no
hay porqué maravillarse – decía- que el alma humana, movida por instinto
superior sin saber ella lo que pasa en sí, no por arte, sino al acaso, responda
alguna cosa que concuerde con las acciones y negocios del que pregunta”.
6) Y esta enseñanza me procurasteis por medio de
aquel varón, e imprimisteis en mi memoria lo que después yo por mí debía investigar.
Mas por entonces, ni el médico ni mi carísimo Nibridio (2), joven muy bueno y
muy casto, que se burlaba de todo aquel arte de adivinar, pudieron persuadirme
que lo abandonase; porque me movía más la autoridad de los mismos autores, y
aun no había hallado, como lo buscaba, un argumento que, sin ambigüedad, me
demostrase que las respuestas verdaderas que dan los astrólogos cuando son
consultados salen por suerte o por acaso, y no por arte de los que observan los
astros.
CAPITULO CUARTO
Bautismo y
muerte de un íntimo amigo suyo
7) Por aquellos años en que comencé a enseñar en la
ciudad donde nací adquirí un amigo, a quien amé excesivamente, porque era condiscípulo
mío, y de mi misma edad, y estaba, como yo, en la flor de la adolescencia.
Desde niños habíamos crecido juntos, juntos habíamos
ido a la escuela, y juntos habíamos jugado; pero entonces aun no éramos tan
amigos; aunque tampoco después lo fuimos, como exige la verdadera amistad; que
no es verdadera sino entre aquellos que Vos unís con la caridad, derramándola en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom. 5, 5). Mas
con todo, aquella amistad era muy dulce, sazonada por el calor de las mismas
aficiones. Hasta había logrado yo apartarle de la fe verdadera, que en sus
pocos años no conocía rectamente ni tenía bien arraigada, inclinándole a
aquellos fabulillas supersticiosas y perniciosas, por las cuales me lloraba mi
madre. El espíritu de aquel hombre estaba conmigo en el erro, y mi alma no
podía vivir sin él.
Mas he aquí que Vos, que sois a la vida Dios de las
venganzas (Ps. 93, 1) y fuente de misericordia, que por caminos maravillosos
nos convertís a Vos, yendo a los alcances a estos fugitivos, le arrebatasteis
de este mundo apenas cumplido un años de nuestra amistad, más deliciosa para mí
que todas las delicias de mi vida de entonces.
8) ¿Quién hay que pueda contar vuestras alabanzas
(Ps. 105, 2), ni siquiera por lo que él sólo ha experimentado en sí mismo? ¡Qué
hicisteis entonces, Dios mío! ¡Y cuán impenetrable es el abismo de nuestros
juicios! (Rom. 11, 33). Porque acometido por unas calenturas, vino a quedar por
largo tiempo sin sentido, con mortal sudor; y estando ya desahuciado, le
bautizaron sin saberlo él; y sin que yo le diera importancia, presumiendo que
mejor retendría en su alma lo que de mí había aprendido que no lo que sin
saberlo él, había recibido en su cuerpo. Pero sucedió muy de otra manera.
Porque mejoró y salió de peligro; y en seguida, tan pronto como pude hablar con
él –que fue tan pronto como él pudo, pues yo no me apartaba de su lado, y estábamos
enteramente colgados el uno en el otro- , intenté chancearme con él, creyendo
que é también se chancearía conmigo del bautismo que había recibido completamente
sin conocimiento y sin sentido, pero que ya sabía que lo había recibido. Mas él
se horrorizó de mí como de enemigo; y con maravillosa y repentina libertad, me
amonestó que, si quería ser su amigo, no volverá a decirle semejantes cosas.
Asombrado yo y desconcertado, disimulé todas mis impresiones, aguardando a que
primero convaleciese y cobrase fuerzas, para después discutir con él a mi
gusto. Pero fue arrebatado a mi locura y guardado cerca de Vos para mi consuelo:
pocos días después, estando yo ausente, le repite la calentura y muere. Se entenebreció
mi corazón (Trey, 5, 17) de dolor, y veía en todas las cosas la muerte. La patria
era para mí un suplicio, y la casa paterna se me hacía insoportable, y todo cuanto
con él me había sido común, se me convertía sin él en cruelísimo tormento. Buscabanle
por todas partes mis ojos, y no le hallaban. Todas las cosas me eran aborrecibles,
porque no le hallaba entre ellas, ni me podía decir: Mírale, ahí viene, como
antes, cuando venía después de una ausencia. Llegué a hacerme insoportable a mí
mismo. Preguntaba a mi alma por qué estaba triste, y por qué tan cruelmente me
conturbaba (Ps. 41, 12); mas ella no sabía qué responderme. Y si le decía
¡Espera en Dios!, con razón no me hacía caso; porque más real y mejor era aquel
hombre queridísimo que yo había perdido, que aquel fantasma (del dios de los
maniqueos) en que yo le decía que esperase. Sólo el llanto me era dulce; y en
lugar del amigo, formaba las delicias de mi alma.
PORLA
