CAPITULO 11
Enferma
gravemente y pide el bautismo
17) Había yo oído hablar, siendo todavía niño de la
vida eterna, que nos está prometida, por la humildad de nuestro Señor Dios, que
descendió hasta nuestra soberbia; y fui señalado con la señal de su cruz, y
gusté la sal bendita (1), apenas salí del vientre de mi madre, que tenía gran
esperanza en Vos.
Vos visteis, Señor, que cierto día, siendo aún
niño, y sintiéndome repentinamente fatigado por una opresión en el pecho, que
me puso en trance de muerte, Vos visteis, Dios mío, pues erais ya mi guarda
(Gen., 28, 15), con qué fervor del alma, y con qué fe, pedí a mi piadosa madre,
y a la madre de todos nosotros, vuestra Iglesia, el bautismo de Cristo, vuestro
Hijo, mi Dios y Señor. Asustada mi madre carnal, como que más laboriosamente en
su casto corazón me estaba dando a luz para la vida eterna en vuestra fe, ya
procurada presurosa que fuese yo iniciado y purificado con vuestros saludables
sacramentos, confesándoos a Vos, Señor Jesús, para remisión de los pecados;
sino que en seguida comencé a mejorar. Difirióse, pues, mi purificación, dando
por seguro que si vivía, había de volver a mancharme; pues es claro que,
después de aquella purificación habría mayor culpa en las manchas de los
pecados.
De modo que ya entonces creía yo en Vos, creía mi
madre y toda la casa, excepto mi padre; el cual, sin embargo, no contrarrestó
en mí la piadosa influencia de mi madre, para que yo dejase de creer en Cristo,
como él aún no había creído; porque andaba ella solícita para que Vos, Dios
mío, fueseis mi padre, mejor que no él; y en esto Vos la ayudabais a vencer al
marido, a quien ella, aunque mejor que él, servía, porque en ello os servía
también a Vos, que, ciertamente, así lo ordenasteis.
18) Os ruego, Dios mío: quisiera saber -si Vos
también lo quisierais- con qué designio se me difirió que por entonces no me
bautizasen: si para mi bien, me aflojaron, en cierto modo, las riendas al
pecar, o si no me las aflojaron. Y de dónde viene que ahora, hablando del uno y
del otro, por todas partes se oye: “Déjale hacer, que aún no está bautizado”.
Y, sin embargo, tratándose de la salud del cuerpo, no decimos: “Déjale que le
den más heridas, pues todavía no está sano”.
¡Cuánto mejor no fuera, pues, sanarme en seguida, y
hacer que con mi solicitud y la de los míos, la salud recibida en mi alma
quedase tutelada bajo vuestra tutela, pues Vos me la habíais dado! Mejor fuera,
por cierto; pero mi madre preveía ya cuántas y cuán grandes olas de tentaciones
me amenazaban, pasada la niñez; y prefirió presentarles más bien el barro (2)
de que después me había de formar, que no la misma imagen.
CAPITULO 12
Oblíganle a
estudiar
19) Pero en esta misma edad de la niñez, de la cual
se temía menos por mí que de la adolescencia, no gustaba yo de las letras, y
llevaba a mal que me apremiasen a estudiarlas. Pero me apremiaban, y con ello
me hicieron bien. Y era el que no hacia bien pues no estudiaba sino forzado; y
el que obra contra su voluntad, no hace bien, aunque sea bueno lo que hace.
Ni tampoco hacían bien los que me apremiaban. Todo
aquel bien lo recibía de Vos. Porque ellos no miraban a qué fin ordenaría yo lo
que ellos me obligaban a aprender, si no era a saciar insaciables codicias de
una abundante indigencia y de una gloria afrentosa. Mas Vos, Señor, que tenéis
contados los cabellos de nuestra cabeza (Mt, 10, 30), del error de todos
cuantos me constreñíais al estudio, os servíais para mi provecho; y de mi error
en no querer estudiar os servíais para mi castigo, que tenía bien merecido yo,
niño tamañito, y tan grande pecador. Así, de los que no hacían bien, Vos me
hicisteis bien; y de mí mismo que pecaba, me dabais el merecido castigo. Porque
ley vuestra es, y así se cumple, que todo ánimo desordenado sea verdugo de sí
mismo.
PORLA
