viernes, 2 de mayo de 2014

CONFESIONES DE SAN AGUSTIN (Continuación)

CAPITULO 11
Enferma gravemente y pide el bautismo
17) Había yo oído hablar, siendo todavía niño de la vida eterna, que nos está prometida, por la humildad de nuestro Señor Dios, que descendió hasta nuestra soberbia; y fui señalado con la señal de su cruz, y gusté la sal bendita (1), apenas salí del vientre de mi madre, que tenía gran esperanza en Vos.
Vos visteis, Señor, que cierto día, siendo aún niño, y sintiéndome repentinamente fatigado por una opresión en el pecho, que me puso en trance de muerte, Vos visteis, Dios mío, pues erais ya mi guarda (Gen., 28, 15), con qué fervor del alma, y con qué fe, pedí a mi piadosa madre, y a la madre de todos nosotros, vuestra Iglesia, el bautismo de Cristo, vuestro Hijo, mi Dios y Señor. Asustada mi madre carnal, como que más laboriosamente en su casto corazón me estaba dando a luz para la vida eterna en vuestra fe, ya procurada presurosa que fuese yo iniciado y purificado con vuestros saludables sacramentos, confesándoos a Vos, Señor Jesús, para remisión de los pecados; sino que en seguida comencé a mejorar. Difirióse, pues, mi purificación, dando por seguro que si vivía, había de volver a mancharme; pues es claro que, después de aquella purificación habría mayor culpa en las manchas de los pecados.
De modo que ya entonces creía yo en Vos, creía mi madre y toda la casa, excepto mi padre; el cual, sin embargo, no contrarrestó en mí la piadosa influencia de mi madre, para que yo dejase de creer en Cristo, como él aún no había creído; porque andaba ella solícita para que Vos, Dios mío, fueseis mi padre, mejor que no él; y en esto Vos la ayudabais a vencer al marido, a quien ella, aunque mejor que él, servía, porque en ello os servía también a Vos, que, ciertamente, así lo ordenasteis.
 
18) Os ruego, Dios mío: quisiera saber -si Vos también lo quisierais- con qué designio se me difirió que por entonces no me bautizasen: si para mi bien, me aflojaron, en cierto modo, las riendas al pecar, o si no me las aflojaron. Y de dónde viene que ahora, hablando del uno y del otro, por todas partes se oye: “Déjale hacer, que aún no está bautizado”. Y, sin embargo, tratándose de la salud del cuerpo, no decimos: “Déjale que le den más heridas, pues todavía no está sano”.
¡Cuánto mejor no fuera, pues, sanarme en seguida, y hacer que con mi solicitud y la de los míos, la salud recibida en mi alma quedase tutelada bajo vuestra tutela, pues Vos me la habíais dado! Mejor fuera, por cierto; pero mi madre preveía ya cuántas y cuán grandes olas de tentaciones me amenazaban, pasada la niñez; y prefirió presentarles más bien el barro (2) de que después me había de formar, que no la misma imagen.
 
CAPITULO 12
Oblíganle a estudiar
19) Pero en esta misma edad de la niñez, de la cual se temía menos por mí que de la adolescencia, no gustaba yo de las letras, y llevaba a mal que me apremiasen a estudiarlas. Pero me apremiaban, y con ello me hicieron bien. Y era el que no hacia bien pues no estudiaba sino forzado; y el que obra contra su voluntad, no hace bien, aunque sea bueno lo que hace.
Ni tampoco hacían bien los que me apremiaban. Todo aquel bien lo recibía de Vos. Porque ellos no miraban a qué fin ordenaría yo lo que ellos me obligaban a aprender, si no era a saciar insaciables codicias de una abundante indigencia y de una gloria afrentosa. Mas Vos, Señor, que tenéis contados los cabellos de nuestra cabeza (Mt, 10, 30), del error de todos cuantos me constreñíais al estudio, os servíais para mi provecho; y de mi error en no querer estudiar os servíais para mi castigo, que tenía bien merecido yo, niño tamañito, y tan grande pecador. Así, de los que no hacían bien, Vos me hicisteis bien; y de mí mismo que pecaba, me dabais el merecido castigo. Porque ley vuestra es, y así se cumple, que todo ánimo desordenado sea verdugo de sí mismo.
PORLA