miércoles, 21 de octubre de 2015

LIBRO QUINTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO SÉPTIMO
Pierde el entusiasmo por los maniqueos
12) Porque después que conocí claramente que aquel hombre era ignorante en las artes en que yo le creía muy docto, comencé a perder la esperanza de que me pudiese aclarar y resolver las dudas que me inquietaban.
Cierto que, aun ignorando aquellas artes, podía conocer la verdad religiosa, con tal que no fuese maniqueo, cuyos libros están llenos de larguísimas fábulas sobre el cielo, y las estrellas, y el sol y la luna; las cuales ya opinaba yo que Fausto no era capaz de explicármelas ingeniosamente, como yo deseaba, cotejándolas con los cálculos matemáticos que en otros libros había yo leído para ver si las cosas eran como se decía en los libros de Manes, o, al menos, sus razones eran igualmente satisfactorias.
Mas Fausto, cuando le propuse mis dudas para que las considerase y resolviese, con laudable modestia ni siquiera se atrevió a tomar sobre sí semejante carga; porque conocía que no sabía estas cosas y no se avergonzó de confesarlo; pues no era como tantos otros habladores que yo había tenido que sufrir, que empeñados en aclararme mis dudas, no me decían nada.
Este, en cambio, tenía el corazón, si no recto para con Vos, al menos no demasiado incauto para consigo. No ignoraba totalmente su propia ignorancia; y no quería con una temeraria disputa meterse en aprietos de donde no hallara ninguna salida ni le fuese fácil la retirada. Y aun con esto me agradó más; porque más hermosa es la modestia de un alma que se conoce, que la misma ciencia que yo deseaba conocer. Y tal le hallaba en todas las cuestiones un tanto difíciles y sutiles.

13) Apagado, pues el entusiasmo con que me había aplicado a los escritos de Manes, y desconfiando más aun de los otros doctores de la secta, cuando aquel tan renombrado se mostraba tan ignorante en muchas cuestiones que me inquietaban, comencé a pasar el tiempo con él, por el entusiasmo que le abrasaba hacia las letras, que yo, entonces retórico de Cartago, enseñaba a la juventud, y a leer con él, ya lo que le gustaba oír, ya lo que me parecía más acomodado a su ingenio.
Cuanto a lo demás, todo aquel empeño que había resuelto poner para progresar en la secta, se vino del todo a tierra al conocer a aquel hombre; no hasta el punto de separarme totalmente de ellos, sino como quien no hallaba cosa mejor que aquello con que, fuese como fuese, había tropezado determiné quedarme provisionalmente contento, hasta ver si tal vez se me descubría otra cosa preferible. De este modo aquel Fausto, que para muchos fue lazo de muerte, fue quien, sin saberlo ni quererlo comenzó a aflojar el que a mí me tenía preso. Porque vuestras manos, Dios mío, en lo secreto de vuestra Providencia no desamparaban mi alma; y mi madre, de día y de noche os ofrecía para mí en sacrificio, junto con sus lágrimas, la sangre de su corazón. Vos obrasteis conmigo por caminos maravillosos; Vos lo hicisteis, Dios mío. Porque Dios guía los pasos del hombre y protege  su camino (Ps. 36, 23). Pues ¿quién otro puede procurar nuestra salud, sino vuestra mano, que repara lo que formasteis?

PORLA

domingo, 4 de octubre de 2015

LIBRO QUINTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO SEXTO
Facundia de Fausto: su ignorancia
10) Durante aquellos nueve años escasos en que, con espíritu vagabundo, oí a los maniqueos, estuve esperando con harto prolongado deseo la llegada de aquel Fausto. Porque los demás de la secta, con quienes yo por acaso topaba, no sabiendo responder a las cuestiones que les proponía me prometían que a su venida, confiriendo yo con él, se me desvanecerían facilísimamente y con claridad meridiana aquellas dificultades, y cualesquiera otras más graves que le propusiera. Apenas llegó eché de ver que era hombre agradable y de amena conversación, y que lo mismo que todos ellos sueles decir, lo gorjeaba el mucho más dulcemente. Pero ¿qué alivio daba a mi sed este elegantísimo servidos de preciosas coplas? Ya estaban hartos mis oídos de tales cosas, y ni me parecían mejores por estar mejor dichas, ni más verdaderas por más elocuentes, ni su alma más sabia porque era apacible su semblante y culta su palabra. Y los que me remitían a él no eran buenos apreciadores de las cosas, pues porque les deleitaba con su facundia, dábanle renombre de sabio y prudente.
En cambio, conocí otro género de personas, que aun la verdad tenía por sospechosa, y no la quería recibir si se les presentaba con lenguaje copioso y elegante. Mas ya mis Dios me había enseñado por modos maravillosos y ocultos –y creo que fuisteis Vos el que me lo enseñasteis, porque es verdad, y ninguno, sino Vos, puede ser maestro de ella, sea cual fuere el lugar y el modo por donde resplandezca-, ya, pues, había aprendido de Vos, que no por decirse elegantemente una cosa, se debe reputar verdadera, ni falsa porque se diga con palabras desaliñadas; como tampoco se ha de tener por verdadero lo que se dice incultamente, ni por falso lo que se expresa con esplendido lenguaje, sino que la sabiduría y la necedad son a manera de manjares provechosos o nocivos; que unos y otros se pueden servir, como platos preciosos o rústicos, en palabras elegantes o desaliñadas.

11) Fue así, pues, que mi avidez, con que tanto tiempo había esperado a aquel hombre, se deleitaba con el movimiento y el calor de sus discursos, y con sus palabras apropiadas y que le afluían fáciles para revestir sus pensamientos. Deleitábame yo, y con otros muchos –yo más que los otros- le alababa y encomiaba pero molestábame que en la concurrencia de sus oyentes no me permitiese proponerle y comunicar con él las cuestiones que me preocupaban, confiriéndolas mano a mano con él, oyendo sus razones y exponiendo las mías.
Tan pronto como pude hacerlo, y medio audiencia en tiempo aparente para nuestras disputas, acompañado de mis familiares, y le presenté algunas cuestiones que me inquietaban, al punto eché de ver que mi hombre no conocía las artes liberales, si no es la gramática, y aun ésa de un modo vulgar. Mas como había leído algunas oraciones de Tulio y poquísimos libros de Séneca, varios pasajes de los poetas, y de su secta ciertos escritos, los que halló redactados en buen latín y con elegancia, y como cada día se ejercitaba en hablar, había con ello adquirido facilidad de expresión, que resultaba más grata por la destreza de su ingenio y cierta gracia natural. ¿No es así como la recuerdo, Señor Dios mío, Juez de mi conciencia? Mi corazón y mi memoria están delante de Vos, que ya entonces trabajabais conmigo por un secreto inefable de vuestra Providencia, e ibais poniendo delante de mis ojos mis deformes errores, para que yo los viese y los aborreciese.

PORLA