CAPITULO DECIMO
Comienza a conocer más claramente al Ser
divino
16) Amonestado por aquellos libros a
volver a mí mismo, entré en mi interior guiado por Vos; y pudelo hacer, porque
Vos me ayudasteis. Entré; y con la vista, tal cual es, de mi alma, vi, por
encima de la misma vista del alma, y por encima de mi entendimiento, una Luz
inconmutable: no esta luz ordinaria y visible a toda carne; ni otra luz de la
misma naturaleza, pero más grande, como si nuestra fuese resplandeciendo con
mayor y mayor claridad, y lo llenara todo con su grandeza. No era así aquella
Luz, sin cosa distinta y muy superior a todo esto. Y no estaba sobre mi entendimiento
como el aceite sobre el agua, o como el cielo sobre la tierra; mas estaba sobre
mí porque Ella me hizo; y yo debajo de Ella, porque soy hechura suya.
Quien conoce la Verdad, ese conoce esa
Luz, y quien la conoce, conoce la eternidad. Conócela la caridad. ¡Oh eterna
Verdad, y verdadera Caridad, y cara Eternidad! ¡Vos sois mi Dios! A Vos suspiro
de día y de noche. Luego que os conocí, Vos me tomasteis, para que viese que había
una cosa que ver, y que yo no era capaz de ver. Y deslumbrasteis mis débiles
ojos, reverberando en ellos de lleno: y me estremecí de amor y de horror y
halle que estaba yo lejos de Vos en la región de la desemejanza, como si oyera
vuestra voz desde lo alto: “manjar soy de grandes: crece y me comerás. Mas no
me mudarás tú en ti, como el manjar de tu carne, si no tú te mudarás en Mí”. Y conocí
que por el pecado castigaste al hombre, e hiciste secarse como tela de araña mi
vida (Ps. 38, 12); y dije: ¿Acaso es nada la Verdad, porque no está difundida
por espacios de lugares finitos ni infinitos? Y Vos me respondisteis desde
lejos: Antes yo soy el que soy (Ex. 3, 14).
Estoy oí como se oyen las cosas en el corazón
sin poder absolutamente dudar; antes dudaría de que vivo, que de no existir
aquella Verdad que se descubre por el conocimiento de las cosas creadas (Rom.
1, 20).
CAPITULO ONCEAVO
Como las criaturas son y no son
17) Examiné las demás cosas que están debajo
de Vos, y hallé que ni del todo son, ni del todo no son. Son, porque Vos les
disteis ser; y no son, porque no son lo que sois Vos. Porque sólo es
verdaderamente lo que permanece inconmutable. Mas para mí el unirme a Dios es
el bien (Ps. 72, 28); porque si no permaneciese en El, tampoco podré permanecer
en mí. Mas Él, permaneciendo en Sí mismo, renueva todas las cosas (Sap. 7, 27),
y Vos sois mi Señor, porque no tenéis necesidad de mis bienes (Ps. 15, 2).
PORLA
