lunes, 23 de noviembre de 2015

LIBRO QUINTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO NOVENO
Enferma de peligro, y recobra la salud
16) He aquí que Roma me recibió con el azote de una enfermedad corporal y me iba ya a los infiernos, cargado con todas las maldades que había cometido contra Vos, contra mí y contra los demás; que eran muchas y graves; demás, del pecado original con que todos morimos en Adán (1 Cor. 15, 20). Porque ninguna de ellas me habíais perdonado en Cristo; ni él en su cruz había deshecho las enemistades que con Vos había yo contraído por mis pecados. Porque ¿cómo las iba a deshacer en aquella cruz fantástica que yo de Él creía? Tanto, pues, como me parecía falsa la muerte de su carne, tanto era verdadera la muerte de mi alma; y cuanto era verdadera la muerte de su carne, tanto era falsa la vida de mi alma, que no creía en ella. Las calenturas crecían y yo me iba ya y parecía. Porque ¿adónde fuera si entonces muriera, sino al fuego y a los tormentos merecidos con mis obras, según la verdad de vuestra ordenación?
No sabía mi madre mi peligro; pero ausente oraba por mí; y Vos, en todo lugar presente, donde ella oraba la oíais, y donde yo estaba os apiadabais de mí para que recobrase la salud del cuerpo, aunque el corazón seguía delirando con error sacrílego; pues en aquel tan gran peligro no deseaba vuestro bautismo. Mejor había sido de niño, cuando se lo pedí a mi piadosa madre, como ya tengo referido y confesado. Había, pues crecido yo para mi deshonra, y como loco me buscaba de los remedios de vuestra medicina. Mas Vos no me dejasteis morir en tal estado, doble muerte. De tal herida, si el corazón de mi madre la hubiera recibido, nunca hubiera sanado. Porque no acierto yo a expresar bastantemente cuánto era el amor que me tenía, y con cuánta mayor ansia me daba a luz en el espíritu, que cuando me dio a luz en la carne.

17) No veo, pues, cómo hubiera podido sanar, si aquella mi muerte tan desastrosa hubiera traspasado sus amorosas entrañas. ¿Y qué hubiera sido de tantas y tan frecuentes oraciones que sin cesar enderezaba a solo Vos? ¿Acaso, Dios de las misericordias, habíais de despreciar el corazón contrito y humillado (Ps. 50, 19) de aquella viuda casta y sobria, que frecuentaba la limosna, que agasajaba y servía a vuestros santos, que ningún día dejaba sin ofrenda en vuestro altar, que dos veces cada día –mañana y tarde- acudía a vuestra iglesia, sin faltar jamás, no para vanas habladurías y chismes de viejas, sino para oíros a Vos en vuestros sermones y para que Vos la oyeseis en sus oraciones? Las lágrimas de esta mujer, con que os pedía, no oro, ni plata, ni bien alguno caduco y voluble, sino la salvación del alma de su hijo, ¿habíais de despreciarlas y privarla de vuestro socorro Vos, por cuya gracia había llegado a ser la que era? De ningún modo, Señor, antes estabais presente a ella, y la escuchabais y obrabais según en orden con que habíais predestinado se debía obrar. Lejos de Vos engañarla en aquellas visiones y respuestas vuestras que arriba referí, y otras que no refiero; las cuales ella guardaba fielmente en su pecho, y siempre en la oración os la presentaba como cédulas firmadas de vuestra mano. Porque como vuestra misericordia no tiene fin (Ps. 117, 1), os dignáis con vuestras promesas haceros deudor de aquellos a quienes perdonáis todas sus deudas. 

PORLA

lunes, 9 de noviembre de 2015

LIBRO QUINTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO OCTAVO
Parte para Roma engañando a su madre
14) Vos, pues, me hicisteis la merced de que me persuadiesen ir a Roma, y prefiriese enseñar allí lo que enseñaba en Cartago. Y no dejaré de confesaros el motivo con que me lo persuadieron, porque también en esto se descubren a nuestra consideración y alabanza vuestros altísimos designios y vuestra misericordia prontísima para con nosotros. No me resolví a ir a Roma por ganar más, ni por alcanzar mayor honra, como me prometían los amigos que me lo aconsejaban –aunque también estas ventajas pesaban entonces en mi ánimo-, sino la principal razón, y casi la única, fue el ori que en Roma los jóvenes estudiantes eran más morigerados y vivían sujetos a más ordenada disciplina; que no entraban en tropel y a cada paso en las aulas de los que no eran sus maestros, ni de ninguna manera se les admitía sin permiso suyo. A contrario, en Cartago es vergonzosa en intemperante la licencia de los escolares; irrumpen imprudentemente y con descaro de locos, perturban el orden establecido por cada maestro para aprovechamiento de sus discípulos. Cometen, además, con increíble brutalidad, muchos desmanes, que deberían ser castigados por las leyes, si no los amparara la costumbre; lo cual los muestra tanto más miserables, cuanto ose permite como lícito lo que por vuestra ley eterna jamás lo será. Y piensan que no hay para ellos castigo; cuando la misma ceguera con que obran es su propio castigo, y padecen daños incomparablemente peores que los que hacen.
De manera que las costumbres que no quise adoptar como estudiante, me era forzoso sufrirlas en otros cuando maestro. Y por eso me agradaba irme a Roma, donde todos los que lo sabían me decían que no pasaba semejantes cosas. Pero Vos, esperanza mía y mi todo en la tierra de los vivientes (Ps. 141, 6), a fin de que yo en la tierra mudase de lugar para salud de mi alma, me poníais aguijones en Cartago que me arrancasen de allí, y señuelos en Roma que me que me atrajesen allá; valiéndoos de hombres que aman la vida muerta, los unos cometiendo locuras, los otros prometiendo vanidades; y Vos para enderezar más pasos (Ps. 39, 3), os servíais ocultamente de la perversidad de ellos y de la mía. Porque los escolares que turbaban mi quietud estaban ciegos con frenesí degradante; los que invitaban al cambio tenían puesto el corazón en la tierra (Philip. 3, 19); yo, que en Cartago detestaba una verdadera miseria, buscaba en Roma una falsa felicidad.

15) Pero por qué sabía yo de la una y me iba a la otra, vos, Dios mío, lo sabíais; y no lo descubristeis, ni a mí, ni a mi madre, que lloró amargamente mi partida y me siguió hasta el mar. Y yo la engañé cuando me retenía violentamente, o para estorba que me fuese, o para irse conmigo; y fingí que no quería abandonar a un amigo hasta que, levantándose el viento, se hiciese a la vela. Así mentí a mi madre, ¡y a tal madre!, y me escabullí.
Vos me perdonasteis misericordiosamente también este pecado, guardándome, aunque lleno de abominables suciedades, de las aguas del mar, hasta que llegase al agua de vuestra gracia, y lavado con ella, se secasen los ríos de los ojos maternales, con que ella delante de Vos cada día regaba por mí la tierra debajo de su rostro. No obstante, como rehusase volverse sin mí, apenas pude persuadirla que pasase aquella noche en un lugar que estaba próximo a nuestra nave, un oratorio dedicado a San Cipriano. Mas aquella noche yo me partí a escondidas, y ella no; se quedó orando y llorando. Y ¿qué os pedía con tantas lágrimas, Dios mío, sino que no me dejaseis navegar? Mas Vos, accediendo con altísimo consejo al fondo de su deseo, no hicisteis caso de lo que entonces pedía, para hacerme tal como ella siempre pedía. Sopló el viento e hinchó nuestras velas, y perdimos de vista la playa, donde mi madre a la mañana se volvía loca de dolor, y llenaba vuestros oídos de quejas y lamentos Vos no hacíais caso; porque estabais arrebatándome a mis concupiscencias para darle fin, y castigabais en ella su afecto carnal con el azote justiciero del dolor. Porque deseaba tenerme consigo, como suelen las madres, pero mucho más que muchas de ellas; y no sabía cuán grandes goces le preparabais con mi ausencia;  no lo sabía, yo por eso lloraba y se lamentaba, y con aquel dolor mostrábase en ella la herencia de Eva, buscando con gemido lo que había dado a luz con gemido. Finalmente, después de quejarse de mis engaños y de mi crueldad, y de haberse puesto de nuevo a rogaros por mí se fue a su ocupación, y yo a Roma.

PORLA