CAPITULO NOVENO
Enferma de
peligro, y recobra la salud
16) He aquí que Roma me recibió con el azote de una
enfermedad corporal y me iba ya a los infiernos, cargado con todas las maldades
que había cometido contra Vos, contra mí y contra los demás; que eran muchas y
graves; demás, del pecado original con que todos morimos en Adán (1 Cor. 15,
20). Porque ninguna de ellas me habíais perdonado en Cristo; ni él en su cruz
había deshecho las enemistades que con Vos había yo contraído por mis pecados.
Porque ¿cómo las iba a deshacer en aquella cruz fantástica que yo de Él creía?
Tanto, pues, como me parecía falsa la muerte de su carne, tanto era verdadera
la muerte de mi alma; y cuanto era verdadera la muerte de su carne, tanto era
falsa la vida de mi alma, que no creía en ella. Las calenturas crecían y yo me
iba ya y parecía. Porque ¿adónde fuera si entonces muriera, sino al fuego y a
los tormentos merecidos con mis obras, según la verdad de vuestra ordenación?
No sabía mi madre mi peligro; pero ausente oraba
por mí; y Vos, en todo lugar presente, donde ella oraba la oíais, y donde yo
estaba os apiadabais de mí para que recobrase la salud del cuerpo, aunque el
corazón seguía delirando con error sacrílego; pues en aquel tan gran peligro no
deseaba vuestro bautismo. Mejor había sido de niño, cuando se lo pedí a mi
piadosa madre, como ya tengo referido y confesado. Había, pues crecido yo para
mi deshonra, y como loco me buscaba de los remedios de vuestra medicina. Mas
Vos no me dejasteis morir en tal estado, doble muerte. De tal herida, si el
corazón de mi madre la hubiera recibido, nunca hubiera sanado. Porque no
acierto yo a expresar bastantemente cuánto era el amor que me tenía, y con
cuánta mayor ansia me daba a luz en el espíritu, que cuando me dio a luz en la
carne.
17) No veo, pues, cómo hubiera podido sanar, si
aquella mi muerte tan desastrosa hubiera traspasado sus amorosas entrañas. ¿Y
qué hubiera sido de tantas y tan frecuentes oraciones que sin cesar enderezaba
a solo Vos? ¿Acaso, Dios de las misericordias, habíais de despreciar el corazón
contrito y humillado (Ps. 50, 19) de aquella viuda casta y sobria, que
frecuentaba la limosna, que agasajaba y servía a vuestros santos, que ningún
día dejaba sin ofrenda en vuestro altar, que dos veces cada día –mañana y
tarde- acudía a vuestra iglesia, sin faltar jamás, no para vanas habladurías y
chismes de viejas, sino para oíros a Vos en vuestros sermones y para que Vos la
oyeseis en sus oraciones? Las lágrimas de esta mujer, con que os pedía, no oro,
ni plata, ni bien alguno caduco y voluble, sino la salvación del alma de su hijo,
¿habíais de despreciarlas y privarla de vuestro socorro Vos, por cuya gracia
había llegado a ser la que era? De ningún modo, Señor, antes estabais presente
a ella, y la escuchabais y obrabais según en orden con que habíais predestinado
se debía obrar. Lejos de Vos engañarla en aquellas visiones y respuestas
vuestras que arriba referí, y otras que no refiero; las cuales ella guardaba
fielmente en su pecho, y siempre en la oración os la presentaba como cédulas
firmadas de vuestra mano. Porque como vuestra misericordia no tiene fin (Ps.
117, 1), os dignáis con vuestras promesas haceros deudor de aquellos a quienes
perdonáis todas sus deudas.
PORLA

