lunes, 1 de diciembre de 2014

LIBRO TERCERO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO NOVENO
Cosas que parecen pecado y no lo son
17) Mas entre las torpezas y crímenes y tanta muchedumbre de maldades, hay algunos pecados de los proficientes que los hombres de buen juicio vituperan, según la regla de la perfección que les falta; per a la vez los alaban, por el fruto que de ellos se espera, como del trigo en la berza. Otras cosas hay que parecen pecado o delito, pero que no son pecado; porque ni os ofenden a Vos, Señor Dios nuestro ni a la convivencia social. Como cuando se procuran algunas cosas para el uso de la vida, apropiadas a las circunstancias, y no consta que sea con desordenada codicia; o cuando con legítima autoridad se castigan algunas faltas para que haya enmienda, y no consta que sea con deseo de dañar.
Así, pues muchas acciones que a los hombres parecen vituperables, Vos, Señor, las aprobáis con vuestro dicho; y muchas que los hombres alaban Vos con vuestro fallo condenáis. Porque frecuentemente una cosa es la apariencia del hecho, y otra la intención del que lo hace, y las circunstancias secretas del momento.
Mas cuando Vos, súbitamente, mandáis alguna cosa inusitada e imprevista, aun cuando en otro tiempo la hayáis prohibido, y no descubráis por entonces la causa de vuestro mandato, aunque sea contra el pacto de alguna sociedad humana, ¿quién duda que se debe hacer, pues solo es justa la humana sociedad que os obedece? (1). Pero dichosos los que saben que sois Vos quien lo mandáis. Porque todo lo que hacen vuestros siervos, hacendlo, o para atender a la necesidad presente, o para prefigurar lo venidero.
  
CAPITULO DECIMO
Ridiculeces de la doctrina maniquea
18) Ignorando yo estas cosas, me burlaba de aquellos vuestros siervos y santos profetas. Y, ¿qué hacía yo cuando de ellos me burlaba, sino que Vos os burlaseis de mí, dejándome llegar insensiblemente y poco a poco a aquellas ridiculeces, de creer que el higo, cuando le cogen del árbol, y la higuera su madre, lloran lágrimas de leche? Mas si algún santo, no propio, sino ajeno, se le adhería a las entrañas; y en la oración gimiendo y eructando, al respirar exhalaba ángeles, o mejor dicho, partículas del Dios; supremo y verdadero hubieran quedado ligadas en aquella fruta, si no fueran libertadas por los dientes y estómago del santo escogido (1).
Yo, miserable, creía también que más misericordia se debía usar con los frutos de la tierra que con los hombres, para quienes aquellos son criados; porque si alguno que no fuera maniqueo, estando con hambre, me los pidiese, parecíame que si se lo daba, era como condenar aquel bocado a pena de muerte.

CAPITULO ONCEAVO
Un sueño de su madre, Santa Mónica
19) Mas enviasteis de lo alto vuestra mano (Ps. 143, 7) y sacasteis mi alma de esta profunda oscuridad (Ps. 85, 13). Pues entretanto mi madre, fiel sierva vuestra, me lloraba delante de Vos más que las otras madres lloran la muerte del cuerpo. Porque con la fe y espíritu que le habíais dado, me veía muerto. Y Vos, Señor, la oísteis: oísteisla y no despreciasteis sus copiosas lágrimas, que corrían de sus ojos y regaban la tierra, dondequiera que oraba. Vos la oísteis; porque ¿de dónde le vino a ella aquel sueño con que la consolasteis, de suerte que accedió a que viviésemos juntos en casa y comiésemos a una mesa? Cosa que hacía algún tiempo no consentía por su aversión y repugnancia a las blasfemias de mi error. Soñó pues, que estaba muy triste y deshecha en lágrimas de pie sobre una regla de madera; y que venía hacia ella un joven resplandeciente, con rostro alegre y risueño, y le preguntaba la causa de su dolor y continuas lágrimas, no para saberla, sino, como se suele hacer, para consolarla. Y como ella respondiese que lloraba mi perdición, díjola que no se acongojase, sino que mirase bien y reparase que donde ella estaba, estaba yo. Miró ella con atención, y me vio que estaba yo de pie, junto a ella sobre la misma regla. ¿De dónde le vino este sueño, sino de Vos, que teníais los oídos atentos a su corazón (Ps. 10, 17), Señor bueno y todopoderoso, que así cuidáis de cada uno de nosotros, como si de él solo cuidaseis, y de todos como de cada uno?

20) ¿De dónde nació también, contándose mi madre este sueño, y procurando yo interpretarlo en sentido de que más bien ella no desesperase de llegar a ser lo que yo era, al punto sin vacilar: No, replicó, porque no me dijeron: Donde él está, estás tú, sino: Donde tú estás, está él? Os confieso, Señor, en cuanto puedo repasar mis recuerdos, una cosa que muchas veces he mencionado; que más me impresionó esta respuesta que Vos me disteis por boca de mi ingeniosa madre, que no se turbó por la falsa, pero verosímil interpretación, sugerida por mí, y vio tan pronto lo que debía verse –y lo que yo, antes que ella me replicase, no había visto-; más me impresionó, repito, que el mismo sueño, con el cual tanto tiempo antes anunciasteis a esta piadosa mujer, para consolarla en la presente aflicción, el gozo que tanto tiempo después había de tener. Porque todavía transcurrieron nueve años, durante los cuales seguí revolcándome en aquel cieno del profundo (Ps. 68,3) y tinieblas del error, procurando muchas veces levantarme, y volviendo a caer más gravemente. Entretanto, aquella viuda casta, piadosa y sabia, como las que Vos amáis, alentada ya con la esperanza, pero nada remisa en sus lágrimas y gemidos, no cesaba de llorarme delante de Vos en todas sus horas de oración; y sus plegarias entraban en vuestro acatamiento (Ps. 87, 3); y no obstante, me dejabais todavía que me envolviera y revolviera en aquellas tinieblas.

PORLA