lunes, 18 de julio de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO DECIMO
Entereza de Alipio. Llegada de Nebridio.
16) Habiale yo, pues hallado en Roma, y se me había unido con fortísimo vínculo de amistad: y conmigo se fue a Milán, tanto por no separarse de mí, como por ejercitarse algo en el Derecho que había aprendido, siguiendo más la voluntad de sus padres que la suya propia.
Tres veces había ya ejercido de asesor, admirando a todos por su entereza, y admirándose él más de los que preferían el aro a la conciencia.
También fue puesta a prueba su índole, no solo con el cebo de la codicia, sino, además, con el acicate del temor. Era en Roma asesor del Conde del Erario para los negocios de Italia. Al mismo tiempo había un senador poderosísimo, que a muchos tenía obligados con beneficios o sometidos con amenazas. Quiso éste según costumbre autorizada por su poderío, que se le permitiese no sé qué cosa que estaba prohibida por la ley, y Alipio se opuso; le prometió una recompensa, y la desdeñó sonriendo; le amenazó, conculcó las amenazas; admirando todos un alma tan extraordinaria, que a un hombre tan poderos, y celebrado con una inmensa fama por los mil modos que tenia de hacer bien o mal, no le desease como amigo, ni le temiese como enemigo. El mismo juez, cuyo asesor era Alipio, aunque tampoco quería permitirlo, no se oponía abiertamente, sino se excusaba con Alipio, diciendo que éste no se lo toleraba, porque –y era verdad- si él lo hiciese, Alipio abandonaría. Solo en una cosa estuvo a punto de enredarse por su afición a los libros, tratando de hacerse copiar ciertos códices a precio pretoriano. Pero consultada la justicia, se inclinó al partido mejor; juzgando más útil la equidad que se lo prohibía, que la potestad que se le consentía. Cosa pequeña es ésta; mas el que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho (Lc. 16, 10); y de ningún modo saldrá fallido lo que salió de la boca de vuestra Verdad: si en la riqueza de iniquidad no fuisteis justos, ¿quién os confiará los verdaderos bienes? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿lo vuestro quién os lo dará? (Luc. 16, 16). Tal era entonces este íntimo amigo, que juntamente conmigo estaba perplejo sobre la manera de vida que habíamos de seguir. 

17) También Nebridio, que dejando su patria, cercana a Cartago, y la misma Cartago, donde muy frecuentemente vivía, dejando su casa y a su madre, que no lo había de seguir, no por otra causa se había venido a Milán, sino por vivir conmigo en el estudio ardentísismo de la verdad y la sabiduría; con nosotros suspiraba, y con nosotros fluctuaba, ardoroso investigador de la vida feliz, y escrutador incansable de las cuestiones más dificultosas. Eran tres bocas hambrientas, que mutuamente exhalaban el hambre, y esperaban de Vos que le dieseis el alimento en el tiempo oportuno (Ps. 144, 15), y en todas las amarguras que, por vuestra misericordia, acompañaban a nuestras acciones mundanas, inquiriendo nosotros el fin por que las padecíamos, nos salían al paso las tinieblas; y contrariadas, gemíamos diciendo: ¿Hasta cuándo han de durar estas cosas?
Y esto lo decíamos a menudo; lo decíamos mas no las dejábamos; porque no veíamos cosa cierta a que pudiéramos asirnos al dejarlas.

CAPITULO ONCEAVO
Vacilaciones sobre la mudanza de vida.
18) Sobre todo me maravillaba recordando solícito cuán largo tiempo había transcurrido desde que, a los diecinueve años de edad, empecé a enardecerme con deseo de la sabiduría, proponiéndome abandonar, en hallándola, todas las falaces esperanzas y mentirosas locuras de los vanos deseos (Ps. 39, 5). Y me veía ya con treinta años, atollado en el mismo lodazal por el ansia de gozar los bienes presentes que huían y me desgarraban, en tanto que decía:
“Mañana la hallaré; sí, se me descubrirá la verdad, y la seguiré. Llegará Fausto y lo explicará todo.
¡Oh, qué grandes hombres son los académicos!
Nada podemos comprender con certeza para el gobierno de la vida”.
Pero no: busquemos con mayor diligencia y no desesperemos. Ya veo que no son absurdas las cosas que antes me parecían absurdas en los Libros de la Iglesia, y que se pueden entender razonablemente en otro sentido. Afirmaré los pies en el grado en que, siendo niño, me pusieron mis padres, hasta que se descubre claramente la verdad.
Pero ¿dónde y cuándo buscarla? Ambrosio está ocupado. Yo no tengo tiempo para leer. Los mismos códices, ¿dónde buscarlos? ¿De dónde o cuándo comprarlos? ¿Quién me los prestará?
Destinémosles tiempo; distribuyamos las horas para la salud del alma. Una grande esperanza empieza a brillar; no enseña la fe católica lo que pensábamos, y sin fundamento la acusábamos; sus doctores condenan como error creer que Dios tenga figura de cuerpo humano. ¿Dudaré en llamar, para que se me descubra todo lo demás? los discípulos me ocupan las horas de la mañana: ¿Qué hago en las otras? ¿Por qué no las empleo en esto?
Pero, ¿cuándo voy a saludar a los amigos poderosos, de cuyo favor tengo necesidad? ¿Cuándo voy a preparar las lecciones que me pagan los estudiantes? Y ¿cuándo voy a reparar mis fuerzas, reposando el espíritu de tan intensa fatiga?

19) “¡Piérdase todo, dejemos estas cosas vanas y buenas; apliquémonos solamente a buscar la verdad! La vida es miserable; la muerte incierta; si de súbito nos sorprende, ¿cómo saldremos de este mundo? Y ¿dónde aprenderemos lo que aquí descuidemos de aprender? Y ¿no tendremos que pagar la pena de esta negligencia?
¡Quién sabe si la misma muerte, al cortar el hilo de la vida, pone fin a todos nuestros cuidados!
Pues también esto es menester averiguarlo. Pero lejos de mi pensar que así sea. No sin razón ni sin fundamento la fe cristiana se ha elevado por todo el orbe a tan alta cumbre de autoridad. No obraría Dios tantas y tales cosas por nosotros, si con la muerte del cuerpo feneciese también la vida del alma. Pues ¿por qué nos detenemos en dar de mano a las esperanzas del siglo, y consagrarnos totalmente a buscar a Dios y la vida feliz?
Pero vamos despacio: también estas cosas mundanas son agradables, y tienen su dulzura no pequeña; no hay que romper con ellas de ligero, pues sería vergonzoso volver a ellas de nuevo. Ves qué poco te falta para obtener un cargo honorifico. Y ¿qué más se puede desear en la vida? Cuentas con muchas y poderosos amigos; sin llevar las cosas muy de prisa, te pueden dar una presidencia. Luego te casaría con mujer que tenga algún dinero, para que no resulte gravoso el sostenerla; y aquí podrían hallar término los deseos. Muchos grandes hombres, y dignísimos de ser imitados, se consagraron, teniendo mujer, al estudio de la sabiduría“.

20) Mientras estas cosas decía y estos vientos contrarios llevaban alternativamente mi corazón de una parte a otra, pasaba el tiempo, y yo tardaba en convertirme al Señor, y dilataba de día en día (Eucli. 58) el vivir en Vos, y no dilataba el morir en mí cada día. Amando la vida feliz, temíala donde se hallaba, y buscábala, huyendo de ella. Porque pensaba que sería muy desgraciado si me faltasen los abrazos de una mujer, y no pensaba, para curar esta enfermedad, en la medicina de vuestra misericordia, porque no la había experimentado; y creía que la continencia dependía de mis propias fuerzas, las cuales no sentía en mí; siendo tan necio que no entendía lo que está escrito (Sab. 8, 21): que nadie puede ser continente, si Vos no se lo dais.
Y cierto que Vos me lo dierais, si con interior gemido llamase a vuestros oídos, y con fe sólida arrojase en Vos mi cuidado (Ps. 54, 23).

PORLA