lunes, 21 de diciembre de 2015

LIBRO QUINTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO DECIMO
Errores maniqueos que le separaban de la fe católica
18) Me sanasteis, pues, de aquella enfermedad, y disteis salud al hijo de vuestra sierva (Ps. 85, 16), por entonces en el cuerpo, para tener a quien dar otra salud mejor y más duradera. Juntábame yo todavía en Roma con aquellos “santos” engañados y engañadores; y sólos con los “oyentes” de aquellos, de cuyo número era también el dueño de la casa donde yo había estado enfermo y convalecido, sino también con los que llaman “electos”. Todavía me seguí pareciendo que no somos nosotros los que pecamos, sino que es otra naturaleza, no sé cuál, la que peca en nosotros: y cuando había obrado mal, en no confesar que lo había hecho yo, para que sanaseis mi alma, pues había pecado contra Vos (Ps. 40,5), antes me gustaba excusarme, y acusar a no sé qué ser extraño, que estaba en mí, pero que no era yo. Mas el verdadero todo (que pecaba) era yo; y mi impiedad ponía división en mí. Y mi pecado era tanto más incurable, cuanto yo me tenía por pecador; y era detestable maldad preferir que Vos, Dios omnipotente, Vos, quedaseis vencido en mí para mi perdición, que no yo por Vos para mi salvación. Todavía, pues, no habíais puesto guarda a mi boca, ni puerta de discreción a mis labios, para que mi corazón no se deslizase en palabras malignas, buscando con los hombres que abran la iniquidad: y por eso comunicaba yo todavía con los “Electos” de los maniqueos (Ps. 140, 3-6), mas desesperanzado ya de hacer progresos en aquella falsa doctrina; y aun lo que de ella había determinado retener mientras no hallase cosa mejor, profesabale ya más remisa y negligentemente.

19) Se me ofrecía, además, la idea de que los filósofos que llaman académicos habían sido más prudentes que los otros, porque pensaban que se debe dudar de todas las cosas, y que ninguna verdad podía ser comprendida por el hombre; ésta me parecía haber sido claramente su opinión, como vulgarmente se cree, pues hasta entonces yo tampoco había penetrado su intento. Y no me recaté de poner en guardia a mi huésped contra la excesiva confianza que conocí tenía en las fábulas de que están llenos los libros de los maniqueos. Sin embargo, cultivaba su amistad, tratando más familiarmente con ellos que con otras personas que no hubieran pertenecido a la secta. No la defendía yo con el ardor que solía; pero la amistad que me ligaba con ellos –eran muchos los que se ocultaban en Roma- me hacía que más perezosamente buscase otra cosa; sobre todo estando desesperanzado de poder hallar en vuestra Iglesia, Señor del Cielo y de la tierra, Creador de todas las cosas visibles e invisibles, la verdad, de la cual me habían apartado.
Porque parecíame muy indecoroso creer que Vos tenéis figura de carne humana, y estáis encerrado en el contorno de miembros como los nuestros. Y como al querer pensar en mi Dios, no sabía imaginar sino males corpóreos, pues no parecía que fuese algo lo que no fuera tal, ésta era la causa principal y casi única de mi error inevitable.

20) De aquí también me nacía en una cierta sustancia de mal semejante, y que tenía su mole fea y disforme, ya crasa, llamada tierra, ya delgada y sutil, como es el cuerpo del aire, que ellos imaginan como un espíritu maligno que se arrastra por la tierra. Y como mi piedad, por poca que fuese, me obligaba a creer que un Dios bueno no había creado una naturaleza mala, me imaginaba yo dos magnitudes, una en contra de otra, ambas infinitas, aunque menor la mala y mayor la buena; y de este pestilencial principio se me originaban los demás sacrilegios.
Porque cuando mi espíritu se esforzaba por refugiarse en la fe católica, era rechazado, por cuanto no era fe católica lo que yo pensaba que lo era. Y teníame por más piadoso, oh Dios mío, a quien alaban vuestras misericordias para conmigo (Ps. 106. 8), si os creía por todas las demás partes infinito –aunque por una sola, aquella en que se os contraponía la mole del mal, me veía obligado a reconocer infinito-, que si os juzgaba por todas partes limitado en forma de cuerpo humano. Y me parecía mejor creer que no habíais creado mal alguno –que yo ignorante pensaba ser, no solo sustancia, sino sustancia corpórea, pues no podía concebir que el espíritu mismo fuese otra cosa que un cuerpo sutil que, no obstante, se difundía por el espacio-, que creer que procedía de Vos la que yo imaginaba naturaleza del mal.
Al mismo Salvador nuestro, vuestro Unigénito lo imaginaba yo como desprendido para nuestra salud de la masa de vuestro luminosísimo cuerpo; de tal modo, que no creía otra cosa de él, sino lo que podía vanamente fantasear. Semejante naturaleza del Verbo juzgaba yo que no había podido nacer de la Virgen María, sin mezclarse con la carne; mas cómo pudiese mezclarse sin mancharse aquel ser cual yo me lo figuraba, no lo veía; no osaba, pues, creerle nacido de la carne, por no verme obligado a creerle manchado por la carne.
Ahora, Señor, vuestros espirituales se reirán blanda y amorosamente de mí si leen estas mis Confesiones; pero realmente así era yo.

PORLA

lunes, 23 de noviembre de 2015

LIBRO QUINTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO NOVENO
Enferma de peligro, y recobra la salud
16) He aquí que Roma me recibió con el azote de una enfermedad corporal y me iba ya a los infiernos, cargado con todas las maldades que había cometido contra Vos, contra mí y contra los demás; que eran muchas y graves; demás, del pecado original con que todos morimos en Adán (1 Cor. 15, 20). Porque ninguna de ellas me habíais perdonado en Cristo; ni él en su cruz había deshecho las enemistades que con Vos había yo contraído por mis pecados. Porque ¿cómo las iba a deshacer en aquella cruz fantástica que yo de Él creía? Tanto, pues, como me parecía falsa la muerte de su carne, tanto era verdadera la muerte de mi alma; y cuanto era verdadera la muerte de su carne, tanto era falsa la vida de mi alma, que no creía en ella. Las calenturas crecían y yo me iba ya y parecía. Porque ¿adónde fuera si entonces muriera, sino al fuego y a los tormentos merecidos con mis obras, según la verdad de vuestra ordenación?
No sabía mi madre mi peligro; pero ausente oraba por mí; y Vos, en todo lugar presente, donde ella oraba la oíais, y donde yo estaba os apiadabais de mí para que recobrase la salud del cuerpo, aunque el corazón seguía delirando con error sacrílego; pues en aquel tan gran peligro no deseaba vuestro bautismo. Mejor había sido de niño, cuando se lo pedí a mi piadosa madre, como ya tengo referido y confesado. Había, pues crecido yo para mi deshonra, y como loco me buscaba de los remedios de vuestra medicina. Mas Vos no me dejasteis morir en tal estado, doble muerte. De tal herida, si el corazón de mi madre la hubiera recibido, nunca hubiera sanado. Porque no acierto yo a expresar bastantemente cuánto era el amor que me tenía, y con cuánta mayor ansia me daba a luz en el espíritu, que cuando me dio a luz en la carne.

17) No veo, pues, cómo hubiera podido sanar, si aquella mi muerte tan desastrosa hubiera traspasado sus amorosas entrañas. ¿Y qué hubiera sido de tantas y tan frecuentes oraciones que sin cesar enderezaba a solo Vos? ¿Acaso, Dios de las misericordias, habíais de despreciar el corazón contrito y humillado (Ps. 50, 19) de aquella viuda casta y sobria, que frecuentaba la limosna, que agasajaba y servía a vuestros santos, que ningún día dejaba sin ofrenda en vuestro altar, que dos veces cada día –mañana y tarde- acudía a vuestra iglesia, sin faltar jamás, no para vanas habladurías y chismes de viejas, sino para oíros a Vos en vuestros sermones y para que Vos la oyeseis en sus oraciones? Las lágrimas de esta mujer, con que os pedía, no oro, ni plata, ni bien alguno caduco y voluble, sino la salvación del alma de su hijo, ¿habíais de despreciarlas y privarla de vuestro socorro Vos, por cuya gracia había llegado a ser la que era? De ningún modo, Señor, antes estabais presente a ella, y la escuchabais y obrabais según en orden con que habíais predestinado se debía obrar. Lejos de Vos engañarla en aquellas visiones y respuestas vuestras que arriba referí, y otras que no refiero; las cuales ella guardaba fielmente en su pecho, y siempre en la oración os la presentaba como cédulas firmadas de vuestra mano. Porque como vuestra misericordia no tiene fin (Ps. 117, 1), os dignáis con vuestras promesas haceros deudor de aquellos a quienes perdonáis todas sus deudas. 

PORLA

lunes, 9 de noviembre de 2015

LIBRO QUINTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO OCTAVO
Parte para Roma engañando a su madre
14) Vos, pues, me hicisteis la merced de que me persuadiesen ir a Roma, y prefiriese enseñar allí lo que enseñaba en Cartago. Y no dejaré de confesaros el motivo con que me lo persuadieron, porque también en esto se descubren a nuestra consideración y alabanza vuestros altísimos designios y vuestra misericordia prontísima para con nosotros. No me resolví a ir a Roma por ganar más, ni por alcanzar mayor honra, como me prometían los amigos que me lo aconsejaban –aunque también estas ventajas pesaban entonces en mi ánimo-, sino la principal razón, y casi la única, fue el ori que en Roma los jóvenes estudiantes eran más morigerados y vivían sujetos a más ordenada disciplina; que no entraban en tropel y a cada paso en las aulas de los que no eran sus maestros, ni de ninguna manera se les admitía sin permiso suyo. A contrario, en Cartago es vergonzosa en intemperante la licencia de los escolares; irrumpen imprudentemente y con descaro de locos, perturban el orden establecido por cada maestro para aprovechamiento de sus discípulos. Cometen, además, con increíble brutalidad, muchos desmanes, que deberían ser castigados por las leyes, si no los amparara la costumbre; lo cual los muestra tanto más miserables, cuanto ose permite como lícito lo que por vuestra ley eterna jamás lo será. Y piensan que no hay para ellos castigo; cuando la misma ceguera con que obran es su propio castigo, y padecen daños incomparablemente peores que los que hacen.
De manera que las costumbres que no quise adoptar como estudiante, me era forzoso sufrirlas en otros cuando maestro. Y por eso me agradaba irme a Roma, donde todos los que lo sabían me decían que no pasaba semejantes cosas. Pero Vos, esperanza mía y mi todo en la tierra de los vivientes (Ps. 141, 6), a fin de que yo en la tierra mudase de lugar para salud de mi alma, me poníais aguijones en Cartago que me arrancasen de allí, y señuelos en Roma que me que me atrajesen allá; valiéndoos de hombres que aman la vida muerta, los unos cometiendo locuras, los otros prometiendo vanidades; y Vos para enderezar más pasos (Ps. 39, 3), os servíais ocultamente de la perversidad de ellos y de la mía. Porque los escolares que turbaban mi quietud estaban ciegos con frenesí degradante; los que invitaban al cambio tenían puesto el corazón en la tierra (Philip. 3, 19); yo, que en Cartago detestaba una verdadera miseria, buscaba en Roma una falsa felicidad.

15) Pero por qué sabía yo de la una y me iba a la otra, vos, Dios mío, lo sabíais; y no lo descubristeis, ni a mí, ni a mi madre, que lloró amargamente mi partida y me siguió hasta el mar. Y yo la engañé cuando me retenía violentamente, o para estorba que me fuese, o para irse conmigo; y fingí que no quería abandonar a un amigo hasta que, levantándose el viento, se hiciese a la vela. Así mentí a mi madre, ¡y a tal madre!, y me escabullí.
Vos me perdonasteis misericordiosamente también este pecado, guardándome, aunque lleno de abominables suciedades, de las aguas del mar, hasta que llegase al agua de vuestra gracia, y lavado con ella, se secasen los ríos de los ojos maternales, con que ella delante de Vos cada día regaba por mí la tierra debajo de su rostro. No obstante, como rehusase volverse sin mí, apenas pude persuadirla que pasase aquella noche en un lugar que estaba próximo a nuestra nave, un oratorio dedicado a San Cipriano. Mas aquella noche yo me partí a escondidas, y ella no; se quedó orando y llorando. Y ¿qué os pedía con tantas lágrimas, Dios mío, sino que no me dejaseis navegar? Mas Vos, accediendo con altísimo consejo al fondo de su deseo, no hicisteis caso de lo que entonces pedía, para hacerme tal como ella siempre pedía. Sopló el viento e hinchó nuestras velas, y perdimos de vista la playa, donde mi madre a la mañana se volvía loca de dolor, y llenaba vuestros oídos de quejas y lamentos Vos no hacíais caso; porque estabais arrebatándome a mis concupiscencias para darle fin, y castigabais en ella su afecto carnal con el azote justiciero del dolor. Porque deseaba tenerme consigo, como suelen las madres, pero mucho más que muchas de ellas; y no sabía cuán grandes goces le preparabais con mi ausencia;  no lo sabía, yo por eso lloraba y se lamentaba, y con aquel dolor mostrábase en ella la herencia de Eva, buscando con gemido lo que había dado a luz con gemido. Finalmente, después de quejarse de mis engaños y de mi crueldad, y de haberse puesto de nuevo a rogaros por mí se fue a su ocupación, y yo a Roma.

PORLA

miércoles, 21 de octubre de 2015

LIBRO QUINTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO SÉPTIMO
Pierde el entusiasmo por los maniqueos
12) Porque después que conocí claramente que aquel hombre era ignorante en las artes en que yo le creía muy docto, comencé a perder la esperanza de que me pudiese aclarar y resolver las dudas que me inquietaban.
Cierto que, aun ignorando aquellas artes, podía conocer la verdad religiosa, con tal que no fuese maniqueo, cuyos libros están llenos de larguísimas fábulas sobre el cielo, y las estrellas, y el sol y la luna; las cuales ya opinaba yo que Fausto no era capaz de explicármelas ingeniosamente, como yo deseaba, cotejándolas con los cálculos matemáticos que en otros libros había yo leído para ver si las cosas eran como se decía en los libros de Manes, o, al menos, sus razones eran igualmente satisfactorias.
Mas Fausto, cuando le propuse mis dudas para que las considerase y resolviese, con laudable modestia ni siquiera se atrevió a tomar sobre sí semejante carga; porque conocía que no sabía estas cosas y no se avergonzó de confesarlo; pues no era como tantos otros habladores que yo había tenido que sufrir, que empeñados en aclararme mis dudas, no me decían nada.
Este, en cambio, tenía el corazón, si no recto para con Vos, al menos no demasiado incauto para consigo. No ignoraba totalmente su propia ignorancia; y no quería con una temeraria disputa meterse en aprietos de donde no hallara ninguna salida ni le fuese fácil la retirada. Y aun con esto me agradó más; porque más hermosa es la modestia de un alma que se conoce, que la misma ciencia que yo deseaba conocer. Y tal le hallaba en todas las cuestiones un tanto difíciles y sutiles.

13) Apagado, pues el entusiasmo con que me había aplicado a los escritos de Manes, y desconfiando más aun de los otros doctores de la secta, cuando aquel tan renombrado se mostraba tan ignorante en muchas cuestiones que me inquietaban, comencé a pasar el tiempo con él, por el entusiasmo que le abrasaba hacia las letras, que yo, entonces retórico de Cartago, enseñaba a la juventud, y a leer con él, ya lo que le gustaba oír, ya lo que me parecía más acomodado a su ingenio.
Cuanto a lo demás, todo aquel empeño que había resuelto poner para progresar en la secta, se vino del todo a tierra al conocer a aquel hombre; no hasta el punto de separarme totalmente de ellos, sino como quien no hallaba cosa mejor que aquello con que, fuese como fuese, había tropezado determiné quedarme provisionalmente contento, hasta ver si tal vez se me descubría otra cosa preferible. De este modo aquel Fausto, que para muchos fue lazo de muerte, fue quien, sin saberlo ni quererlo comenzó a aflojar el que a mí me tenía preso. Porque vuestras manos, Dios mío, en lo secreto de vuestra Providencia no desamparaban mi alma; y mi madre, de día y de noche os ofrecía para mí en sacrificio, junto con sus lágrimas, la sangre de su corazón. Vos obrasteis conmigo por caminos maravillosos; Vos lo hicisteis, Dios mío. Porque Dios guía los pasos del hombre y protege  su camino (Ps. 36, 23). Pues ¿quién otro puede procurar nuestra salud, sino vuestra mano, que repara lo que formasteis?

PORLA

domingo, 4 de octubre de 2015

LIBRO QUINTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO SEXTO
Facundia de Fausto: su ignorancia
10) Durante aquellos nueve años escasos en que, con espíritu vagabundo, oí a los maniqueos, estuve esperando con harto prolongado deseo la llegada de aquel Fausto. Porque los demás de la secta, con quienes yo por acaso topaba, no sabiendo responder a las cuestiones que les proponía me prometían que a su venida, confiriendo yo con él, se me desvanecerían facilísimamente y con claridad meridiana aquellas dificultades, y cualesquiera otras más graves que le propusiera. Apenas llegó eché de ver que era hombre agradable y de amena conversación, y que lo mismo que todos ellos sueles decir, lo gorjeaba el mucho más dulcemente. Pero ¿qué alivio daba a mi sed este elegantísimo servidos de preciosas coplas? Ya estaban hartos mis oídos de tales cosas, y ni me parecían mejores por estar mejor dichas, ni más verdaderas por más elocuentes, ni su alma más sabia porque era apacible su semblante y culta su palabra. Y los que me remitían a él no eran buenos apreciadores de las cosas, pues porque les deleitaba con su facundia, dábanle renombre de sabio y prudente.
En cambio, conocí otro género de personas, que aun la verdad tenía por sospechosa, y no la quería recibir si se les presentaba con lenguaje copioso y elegante. Mas ya mis Dios me había enseñado por modos maravillosos y ocultos –y creo que fuisteis Vos el que me lo enseñasteis, porque es verdad, y ninguno, sino Vos, puede ser maestro de ella, sea cual fuere el lugar y el modo por donde resplandezca-, ya, pues, había aprendido de Vos, que no por decirse elegantemente una cosa, se debe reputar verdadera, ni falsa porque se diga con palabras desaliñadas; como tampoco se ha de tener por verdadero lo que se dice incultamente, ni por falso lo que se expresa con esplendido lenguaje, sino que la sabiduría y la necedad son a manera de manjares provechosos o nocivos; que unos y otros se pueden servir, como platos preciosos o rústicos, en palabras elegantes o desaliñadas.

11) Fue así, pues, que mi avidez, con que tanto tiempo había esperado a aquel hombre, se deleitaba con el movimiento y el calor de sus discursos, y con sus palabras apropiadas y que le afluían fáciles para revestir sus pensamientos. Deleitábame yo, y con otros muchos –yo más que los otros- le alababa y encomiaba pero molestábame que en la concurrencia de sus oyentes no me permitiese proponerle y comunicar con él las cuestiones que me preocupaban, confiriéndolas mano a mano con él, oyendo sus razones y exponiendo las mías.
Tan pronto como pude hacerlo, y medio audiencia en tiempo aparente para nuestras disputas, acompañado de mis familiares, y le presenté algunas cuestiones que me inquietaban, al punto eché de ver que mi hombre no conocía las artes liberales, si no es la gramática, y aun ésa de un modo vulgar. Mas como había leído algunas oraciones de Tulio y poquísimos libros de Séneca, varios pasajes de los poetas, y de su secta ciertos escritos, los que halló redactados en buen latín y con elegancia, y como cada día se ejercitaba en hablar, había con ello adquirido facilidad de expresión, que resultaba más grata por la destreza de su ingenio y cierta gracia natural. ¿No es así como la recuerdo, Señor Dios mío, Juez de mi conciencia? Mi corazón y mi memoria están delante de Vos, que ya entonces trabajabais conmigo por un secreto inefable de vuestra Providencia, e ibais poniendo delante de mis ojos mis deformes errores, para que yo los viese y los aborreciese.

PORLA

domingo, 20 de septiembre de 2015

LIBRO QUINTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO CUARTO
Que sólo el conocimiento de Dios nos hace felices
7) ¿Acaso, Señor Dios de verdad (Ps. 30, 6), todo el que sabe estas cosas, ya os agrada? Desventurado el hombre que sabe todas aquellas cosas, y no os conoce; dichoso, en cambio, el que os conoce aunque no lo sepa. Pero el que a Vos y a ellas conoce, no por ellas es más dichoso, sino solo por Vos es dichoso, si conociéndoos, os glorifica y da gracias como a Dios, y no devanea en sus pensamientos (Rom. 1, 21). Porque así como es mejor el que sabe poseer un árbol, y os da gracias por el uso que hace de él, aunque no sepa cuántos codos tiene de alto y cuántos de ancho, que el que lo mide y cuenta todas sus ramas, mas no posee el árbol, ni conoce ni ama al que lo crio; así sería necedad dudar que el hombre fiel, cuyas son todas las riquezas del mundo, y que por estar unido con Vos, a quien sirven todas las cosas no teniendo nada, lo posee todo (2. Cor. 6, 10), aunque ni siquiera sepa el curso de la Osa Mayor (Job. 38, 3). Es mucho mejor que el astrónomo que mide el cielo, y cuenta las estrellas, y pesa los elementos, y no se cuida de Vos, que ordenasteis todas las cosas en número, peso y medida (Sab. 11, 21)

CAPITULO QUINTO
Descrédito científico de Manes
8) Pero ¿quién le pedía a un tal Manes que escribiese también de astronomía sin cuyo conocimiento se podía aprender la piedad? Porque Vos dijisteis al hombre; Sabe que la piedad es la sabiduría (Job. 28, 28). Podía él ignorarla, aunque conociese perfectamente las ciencias; mas, pues no las sabía, y con todo, se atrevía desvergonzadamente a enseñarlas, es indudable que de ningún modo conocía la piedad; porque vanidad es, aun conociéndolas profesar estas ciencias mundanas, y piedad es confesaros a Vos. Y así, desviándose de esta, habló tanto de astronomía, para que, convencido de ignorante por los que de verdad la sabían, claramente se viese que poco alcanzaba en las otras que son más oscuras. Porque no pretendió él que le tuviesen en poco, pues trabajó en persuadir a los demás que tenía en sí personalmente y con la plenitud de su autoridad, al Espíritu Santo, consuelo y riqueza de vuestros fieles.
Por tanto, habiéndose averiguado que desbarró al hablar del cielo y de las estrellas, y del curso del sol y de la luna, aunque estas cosas no pertenezcan a la doctrina de la religión, bastantemente descubrió su sacrílego atrevimiento en decir cosas, no sólo que no sabía, sino falsas, y con tan loca y vana soberbia, que se empeñaba en hacer creer que Dios hablaba por su boca. 

9) Cuando oigo a tal o cual hermano cristiano que no sabe estas ciencias, y toma una cosa por otra, llevo con paciencia a aquel hombre que así opina, yo no veo que reciba daño, mientras de Vos, Señor, Creador de todo, no crea cosa indigna, aunque tal vez ignore la posición y manera de estar de las criaturas corpóreas. Dañariale, en cambio, si pensase que su errónea opinión pertenecía a la misma esencia de la fe religiosa, y afirmase con pertinacia lo que no sabe; mas aun esta flaqueza en la infancia de la fe sopórtala la caridad como madre, hasta tanto que el hombre nuevo llegue a ser varón perfecto, que no puede ser llevado por cualquier viento de doctrina (Efes. 4, 13). Pero tratándose de un hombre (Manes), que se atrevió a hacerse doctor, maestro guía y caudillo de aquellos a quienes enseñaba tales cosas, en tal forma que los que le seguían creyesen que seguían, no a un hombre cualquiera, sino a vuestro Espíritu Santo, una vez sorprendido en error, ¿quién no detestaría y arrojaría lejos de sí tamaña locura? Más aún no había yo claramente averiguado si la variación de los días y las noches, más largos o más cortos y la misma sucesión del día y la noche, y los eclipses de los astros, y lo demás que yo había leído en otros libros, se podía también explicar conforme a su doctrina; y a poderse hacer, hubiera quedado para mí dudoso si las cosas serían de esta manera o de la otra; mas en tal caso hubiera antepuesto a mí opinión la autoridad de Manes, por, por el crédito de santidad de que gozaba.


PORLA


domingo, 30 de agosto de 2015

LIBRO QUINTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO TERCERO
Oposición entre las afirmaciones de los maniqueos y las conclusiones de la ciencia
3) Hablaré en presencia de mi Dios, de aquel año veintinueve de mi vida. Había ya venido a Cartago cierto obispo de los maniqueos, llamado Fausto, gran lazo del demonio, en que muchos caían halagados por la suavidad de sus palabras, que yo también encomiaba aunque ya sabía distinguirlas de la verdad de las cosas que era lo que yo anhelaba aprender; y estaba atento no al plato del lenguaje, sino al manjar de la ciencia que me presentaba aquel Fausto, tan renombrado entre ellos. Habíamelo presentado la fama como doctísimo en todos los ramos del humano saber, y esmeradamente instruido en las ciencias liberales. Y como yo había leído muchas obras de filósofos, y las retenía en la memoria, iba comparando algunas de ellas con aquellas largas fábulas de los maniqueos: y me parecían más razonables las cosas que dijeron los filósofos, que con la fuerza de su ingenio llegaron a conocer este mundo, aunque no hallaron a su Autor (Sap. 13, 9); porque Vos, Señor, sois grande y ponéis los ojos en los humildes, y conocéis de lejos a los altivos (Ps. 139, 6), y no os acercáis sino a los contritos de corazón, ni os dejáis hallar de los soberbios, aunque ellos, con habilidad curiosa, cuenten las estrellas del Cielo y las arenas del mar y midan los espacios siderales e investiguen el curso de los astros.
 
4) Indagan con su entendimiento estas cosas y con el ingenio que Vos les disteis; y han llegado a descubrir muchas verdades, y a predecir tantos años antes los eclipses de sol y de luna, qué día, qué hora y cuánta parte del astro se había de ocultar; y no se engañaron en el cálculo, pues siempre acaeció como lo tenían anunciado. Dejaron también por escrito las reglas que habían hallado, las cuales hoy día se leen, y por ellas se predice qué año, qué mes del año, qué día del mes, qué hora del día y en cuánta parte de su disco se ha de eclipsar la luna o el sol; y así acaecerá como se pronostica.
Los hombres que no saben de esto se maravillan y espantan, y los que lo saben se ufanan y desvanecen, y apartándose con impía soberbia y privándose de vuestra luz, pronostican con tanta antelación el eclipse del sol, y no ven el eclipse propio que tienen presente. Porque no investigan con religiosa piedad de dónde les viene el ingenio con que investigan estos problemas; y hallando que Vos los hicisteis, y no ellos a sí mismos (Ps. 93, 3) no se entregan a Vos para que conservéis lo que hicisteis, ni os sacrifican lo que ellos han hecho en sí mismos, degollando, cual aves, sus altanerías, y cual peces del mar, sus curiosidades, con las cuales recorren las sendas recónditas del abismo (Ps. 8, 9), y sus lujurias, cual animales del campo, para que Vos, Dios mío, que sois fuego devorador (Deut. 4, 24), consumáis sus mortales congojas, recreándolos inmortalmente.

5) Mas no conocen ellos el camino, vuestro Verbo, por el cual hicisteis todas las cosas que ellos reducen a número, y a ellos mismos que los numeran, y el sentido con que lo reducen a número; mas vuestra sabiduría no tiene número (Ps. 146, 5). Este vuestro Unigénito Hijo se hizo para nosotros sabiduría, justicia y santificación (1 Cor. 1, 30), y fue contado en nuestro número, y como tal, pagó tributo al César.
No conocen ellos este camino, para bajar de sí mismos hasta Él, y para subir por Él hasta Él: no conocen este camino: y piensan que son muy altos y resplandecientes, como astros, y helos ahí caídos por tierra y entenebrecido su necio corazón (Rom. 1, 25). Dicen de la creación muchas cosas verdaderas, mas no buscan piadosamente la Verdad, artífice de la creación, y por eso le hallan; y si le hallan conociéndole por Dios,, no le honran, ni le dan gracias como a Dios; antes se desvanecen en sus pensamientos, y dicen de sí que son sabios (Rom. 1, 21-23), atribuyéndose a sí lo que es vuestro: y por lo mismo, quieren, con ceguedad perversísima, atribuiros a Vos lo que es suyo, poniendo mentiras en Vos, que sois la Verdad, y trocando la gloria de Dios incorruptible en la semejanza de la imagen del hombre corruptible, y de las aves y animales y serpientes; así truecan vuestra verdad en su mentira, y adoran y sirven a la criatura, más bien que a Creador (Rom. 1, 23-25).

6) Sin embargo, yo recordaba muchas cosas verdaderas que éstos habían dicho de la naturaleza; y se me ofrecía la razón por el cálculo, y por el orden de las estaciones, y por la observación de las estrellas, y lo iba comparando con las afirmaciones del Maniqueo, que sobre estas cuestiones  escribió mucho, disparatando desaforadamente; y no hallaba yo en él la razón de los solsticios y de los equinoccios, ni de los eclipses de sol y de luna, ni de otras cosas semejantes que yo había aprendido en los libros de los filósofos paganos. Con todo me mandaban creer lo no venía bien con las razones que yo por el cálculo y a vista de ojos tenía averiguadas, y era cosa muy diferente. 

PORLA


domingo, 9 de agosto de 2015

LIBRO QUINTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO PRIMERO
Ofrece a Dios sus Confesiones
1) Recibid, Señor el sacrificio de mis Confesiones, que os ofrece mi lengua, que Vos formasteis y movisteis para que confesase vuestro Nombre (Ps. 53, 8); sanad todos mis huesos (Ps. 6,3) y ellos os digan: Señor, ¿quién hay semejante a Vos? (Ps, 34, 10). Cierto que el que a Vos se confiesa, no os da a conocer lo que pasa por él; porque ni hay corazón cerrado que se encubra a vuestra mirada ni dureza de hambre que resista a vuestra mano, antes la ablandáis cuando queréis, o con misericordia o con castigo, y no hay quien se esconda de vuestro calor (Ps. 18, 7). Pero mi alma os alabe para amaros; y os confiese vuestras misericordias (Ps. 106, 8), para alabaros. Todas vuestras criaturas no descansan ni cesan de publicar vuestras alabanzas; ni calla todo espíritu, alabándoos por su propia boca, convertida a Vos (1); y los animales y seres insensibles, por boca del hombre que los considera para que se levante hacia Vos de su flojedad nuestra alma, apoyándose en las cosas que habéis creado, y pasándose a Vos, que maravillosamente las creasteis y así encuentra hartura y verdadera fortaleza.

No pueden huir los malos de la presencia de Dios
2) Váyanse, huyan de Vos inquietos los pecadores que Vos los veis, y distinguís sus sombras (1); y ved que el conjunto de todo el universo con ellos es hermoso y ellos son feos. ¿Qué daño os hicieron? ¿O en qué mancillaron vuestro imperio, que desde el Cielo hasta el abismo, es justo e inviolable? Porque ¿adónde huyeron cuando huyeron de vuestra presencia? (Ps. 138, 7). ¿O en qué lugar no daréis con ellos? Pero huyeron para no veros a Vos, que los estabais viendo, y para tropezar, ciegos, con Vos, que no desamparáis cosa alguna de las que habéis creado; para tropezar con Vos, injustos, y ser justamente atormentados, substrayéndose a vuestra blandura, tropezando con vuestra rectitud, y cayendo bajo vuestro rigor. Y es que no saben que Vos estáis en todo lugar, sin que ningún lugar os circunscriba; y Vos solo estáis presenta aun a los que huyen lejos de Vos. Conviértanse, pues, y os busquen; porque no así como ellos dejaron a su Creador, así Vos dejáis a vuestra criatura. Conviértanse ellos, y he aquí que allí estáis en su mismo corazón en el corazón de los que os confiesan, y se arrojan en vuestros brazos, y lloran en vuestro seno al volver de sus caminos difíciles (Sab.5, 7) y Vos sois fácil de enjugar sus lágrimas; y así las lloran más abundantes, y en llorarlas hallan consuelo. Porque Vos, Señor, y no hombre alguno, que es carne y sangre, sino Vos, Señor que los formasteis, los reparáis y consoláis.
Pues ¿dónde estaba yo cuando os buscaba? Estabais Vos delante de mí; mas yo me había alejado también de mí, y no acertaba a hallarme, ¡cuánto menos a Vos!

PORLA

domingo, 26 de julio de 2015

LIBRO CUARTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO 16
Estudia a Aristóteles y las artes liberales
28) Y ¿qué me aprovechaba, que siendo de edad como de veinte años, y viniendo a mis manos un libro de Aristóteles, titulado Las diez Categorías _a cuyo nombre, al citarlo con voz ahuecada por la arrogancia de mi maestro el retórico de Cartago y otros que eran tenidos por doctor, yo quedaba suspenso y boquiabierto como ante no sé qué cosa grande y divina_ los leyera yo solo, y los entendiera? Y confiriéndolos después con otros, que, según decían, con dificultad los habían entendido oyendo a maestros sapientísimos que se las habían explicado no sólo de palabra, sino con muchas figuras dibujadas en la arena, no me supieron decir más acerca de ellos de lo que yo por mi mismo, leyéndolos a solas, habían alcanzado.
Y aun me pareció que aquel libro hablaba con mucha claridad de las sustancias, cual es el hombre, y de sus predicados; como es cual sea la figura del hombre; de su estatura, cuántos pies mida; de su linaje, de quién sea hermano; en qué lugar se halla, cuándo nació, si está de pie o sentado, si calzado o armada, si hace o padece algo, y todas las demás cosas que se contienen en estos nueve géneros, de los cuales he puesto algunos por vía del ejemplo; que en solo el predicamento de sustancia son innumerables.

29) ¿De qué me servía todo esto? Más bien me dañaba; porque pensando yo que en aquellos diez predicamentos se hallaba comprendido absolutamente todo cuanto existe, me esforzaba por entenderos a Vos, Dios mío, que sois maravillosamente simple e inmutable, como si Vos también fueseis el sujeto de vuestra grandeza y hermosura, de suerte que estos atributos estuviesen en Vos como en sujeto, a la manera como están en los cuerpos (1), siendo Vos mismo vuestra misma grandeza y vuestra hermosura mientras que un cuerpo no es grande ni hermoso por ser cuerpo, pues dado que fuese menos grande o menos hermoso, no dejaría de ser cuerpo. Falsedad era lo que yo pensaba de Vos no verdad; ficción era de mi miseria, no realidad firme de vuestro Ser bienaventurado. Porque habéis ordenado, y así se cumplía en mí, que la tierra me produjese espinas y abrojos, y que con trabajo ganase mi pan (Gen. 3, 18).

30) ¿Y qué me aprovechaba, siendo entonces esclavo perversísimo de mis malas pasiones, que leyese y entendiese por mí mismo todos los libros que pude haber sobre las “artes “que llaman “liberales”? Gozaba con ellos; mas no sabía de dónde venía cuanto de verdadero y cierto hallaba en ellos; porque estaba de espaldas a la luz, vuelto el rostro a las cosas iluminadas; por lo cual mi rosto mismo, con que miraba los objetos iluminados, estaba a oscuras. Todo lo tocante a la retórica y a la dialéctica, y a la geometría, a la música y a la aritmética, lo entendí sin gran dificultad y sin que nadie me lo enseñara; Vos lo sabéis, Señor Dios mío; porque la prontitud en entender y la agudeza en distinguir, don vuestro es: aunque yo no os ofrecía por ello sacrificio de alabanza; y así no me servía de provecho, sino más bien para mi daño, pues anduve solícito en adueñarme de tan buena parte de mi hacienda (Lc. 15, 13) y no guardaba para Vos mi fortaleza (PS. 58, 10) sino me aparté de Vos a una región remota para desperdiciarla con las rameras de mis concupiscencias. Pues ¿de qué me servía cosa tan buena, si no usaba bien de ella? Ni aún me daba cuenta de que aquellas artes con mucha dificultad son entendidas aun por personas estudiosas y de buen ingenio, hasta que tuve que esforzarme por explicárselas a otros; y entre ellos, era el más sobresaliente el que no tardaba en seguir mi explicación.

31) Mas ¿qué me aprovechaba esto, pues pensaba que Vos, Señor Dios, Verdad, erais un cuerpo resplandeciente e inmenso, y yo una partícula de aquel cuerpo? ¡Oh extraña perversidad! Mas tal era yo; y no me avergüenzo, Dios mío, de confesaros vuestras misericordias para conmigo, e invocaros, pues no me avergoncé entonces de publicar a los hombres mis blasfemias, y de ladrar contra Vos. ¿Qué me aprovechaba pues, entonces el ingenio fácil para aquellas ciencias, y al haber puesto en claro, sin auxilio de ningún maestro humano tantos libros oscurísimos, si en la doctrina de la religión erraba monstruosamente y con sacrílega torpeza? O ¿qué daños recibían vuestros pequeñuelos, detener un ingenio mucha más tarde pues no se apartaban de Vos, para que seguros en el nido de vuestra Iglesia, les naciesen plumas y les creciesen las alas de la caridad con el sano alimento de la fe?
¡Oh Señor Dios nuestro! Esperamos al abrigo de vuestras alas (Ps. 62, 8) protegednos y llevadnos: Vos llevaréis, si, vos llevaréis a los pequeñuelos, y hasta la vejez los llevaréis (Is. 46, 4). Porque cuando sois Vos nuestra firmeza, entonces es firmeza; mas cuando es nuestra, es debilidad. Nuestro bien vive siempre junto a Vos; y porque de él nos apartamos, por eso nos extraviamos. Volvamos ya, Señor, para que no nos perdamos; pues vive en vos sin ningún defecto nuestro bien, que sois Vos mismo.
Y no tememos que nos falte lugar a donde volver porque nosotros hemos caído de él; pero ausentes nosotros, no por eso se ha caído nuestra casa, que es vuestra eternidad.


PORLA

jueves, 18 de junio de 2015

LIBRO CUARTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO 14
Por qué dedicó unos libros a Hierio
21) Mas ¿qué fue lo que me movió, Señor, Dios mío, a dedicar aquellos libros a Hierio, orador de la ciudad de Roma, a quien no conocía de vista, mas le apreciaba por la fama de su doctrina, que era grande, y por haber oído algunos dichos suyos que me agradaron? Pero sobre todo me agradaba porque agradaba a los demás, y todos se harían lenguas de él, maravillándose de que un siro de nación, educado en la elocuencia griega, hubiese llegado a ser un orador admirable en la latina, y tan sobresaliente en todas las ciencias que se  requieren para el estudio de la sabiduría. Alaban a un hombre y se aprecia aunque ausente: ¿es que de la boca del que alaba entra aquel aprecio al corazón del que lo oye? No por cierto; sino que del uno que aprecia se enciende el otro pues por esto se aprecia al que es alabado, cuando se entiende que lo celebran con no fingido corazón; esto es, cuando le estima el que le alaba.

22) Así apreciaba yo entonces a algunos hombres; por el juicio de los hombres, y no por el vuestro, Dios mío, en el cual nadie se engaña. Mas ¿por qué no le admiraba como a un amigo famoso, o a un cazador celebrado con el aplauso popular, sino de un modo muy distinto, y más serio y tal como yo quisiera ser alabado? Pues ciertamente no querría yo ser alabado y admirado como los histriones, aunque yo también los alabe y los admire; antes prefiriera ser desconocido que celebrado de aquella manera; y escogiera ser aborrecido que amada de aquel modo. ¿Dónde se distribuyen estos pesos de varios y distintos amores en una sola alma?
¿Cómo es que me gusta en otro lo que al mismo tiempo aborrezco, pues para mí lo abomino y detesto, siendo el otro hombre como yo? Porque no se puede decir que, como me gusta un buen caballo, y aunque pudiera, no querría ser caballo, así me acaece con un histrión, pues éste es compañero mío en la naturaleza. ¿Es posible que me guste en un hombre lo que no quiero ser, aunque soy hombre? Grande abismo es el hombre, cuyos cabellos, Vos, Señor, tenéis contados (Mt. 10, 30), sin que uno se os pierda; y, sin embargo, más fáciles son de contar sus cabellos que sus afectos y los movimientos de su corazón.

23) Mas el retórico Hierio era de aquellos hombres que yo estimaba de tal modo, que debería ser como él; e iba yo extraviado por el orgullo, y me dejaba llevar por todo viento (Efes. 4, 14), si bien Vos ibais secretísimamente gobernándome. Y ¿de dónde sé yo, y os lo confieso con certeza, que le estimaba más por la estima de los que le loaban, que por las mismas prendas de que era loado? Porque si en vez de alabarle le vituperasen aquellos mismos, contando las mismas cosas en son de desprecio y vituperio, no me excitaría ni movería a estimarle; y cierto es que sus prendas no serían diferentes, y él no dejaría de ser el mismo, sino sólo habría variado el afecto de los que hablaban de él. He aquí donde yace el alma débil, y no asida todavía a la firmeza de la verdad; según soplasen los vientos de las lenguas, saliendo del pecho de los opinantes, así es llevada y traída, vuelta y revuelta, y se le nubla la vista, y no ve la verdad, y eso que la tenemos delante de los ojos. Por gran cosa tenía yo que aquel hombre conociese mi estilo y mis estudios; y si él los aprobase, crecería mi entusiasmo; mas si los desaprobase, heriría mi corazón vanidoso y vacío de vuestra firmeza. Y, sin embargo, toda aquella Hermosura y Conveniencia, asunto de los libros que le había escrito, revolvíala yo con gusto en el alma ante los ojos de mi contemplación y sin que nadie conmigo le alabase, le admiraba.

CAPITULO 15
Como explicaba lo Hermoso y los Apto
24) Pero aún no había yo reparado que la clave de tan gran cosa es vuestro arte, oh Dios todopoderoso, único autor de maravillas (Ps. 71,18; 135, 4); e iba mi pensamiento recorriendo las formas corpóreas, y definía lo Hermoso “lo que parece bien por sí mismo”, y lo Apto “ lo que conviene a otro”, y así las distinguía; y lo confirmaba con ejemplos de objetos corpóreos.
Pasé a considerar la naturaleza del alma; mas la falsa opinión que tenía de las cosas espirituales no me dejaba ver la verdad, unas apartaba yo la mente palpitante del ser inmaterial a las figuras, colores y moles abultadas; y porque no podía hallar estar cosas en el alma, juzgaba que no me era posible ver mi alma. Y como en la virtud me agradaba el sosiego, y en el vicio me disgustaba la discordia, advertía yo en aquélla una cierta unidad, y en éste una cierta división. Y parecíame que en aquella unidad consistía el alma racional y la naturaleza de la Verdad y del sumo Bien; y en aquella división opinaba yo, desdichado, que había no sé qué sustancia de vida irracional, y la naturaleza del sino Mal; la cual no sólo era sustancia, sin verdadera vida, que, sin embargo, no provenía de Vos, Dios mío, de quien proceden todas las cosas. Y a la sustancia del Bien llamaba Mónada (unidad), una como mente sin sexo; y a la sustancia del Mal llamaba Diada (dualidad), la cual es ira en el crimen, concupiscencia en la liviandad. No sabía lo que me decía: no sabía, ni había aprendido aun que ni el mal es sustancia alguna, ni nuestra propia mente es el bien sumo e inconmutable.

25) Porque así como hay crímenes si el movimiento irascible del alma, donde reside la impetuosidad, se vicia y se arroja atropellada y desenfrenadamente; hay delitos vergonzosos si se desvían de lo concupiscible con que el alma siente los deleites carnales, así también los errores y opiniones falsas amancillan la vida cuando la misma inteligencia racional está viciada, como lo estaba entonces en mí, sin saber que debía ser ilustrada con otra luz, para ser participante de la verdad, pues no es ella la verdad sustancial. Porque Vos Señor, sois el que habéis de dar luz a mi lámpara; Vos, Dios mío, alumbrareis mis tinieblas (Ps. 17, 29), y de vuestra plenitud hemos recibido todos (Jn. 1, 16); pues Vos sois la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn. 1, 9); y en Vos no cabe mudanza, ni oscuridad, ni movimiento (Jac. 1, 17).

26) Esforzábame yo por llegar a Vos; mas era rechazado por Vos para que gustase la muerte; porque Vos resistís a los soberbios (1 Petr. 5, 5); ¿qué mayor soberbia que afirmar con extraña locura que yo era por naturaleza lo que sois Vos? Porque siendo yo mudable, reconociéndome tal por el hecho de que precisamente para mudarme de peor en mejor buscaba ser sabio, prefería, sin embargo, creeros a Vos también mudable, antes que creer que no era yo lo que sois Vos. Por esto me rechazabais, y resistíais a mi hinchada cerviz. No acertaba sino a fantasear formas corpóreas; y siendo carne, acusaba a la carne, y siendo espíritu que pasa, no volvía a Vos (Ps. 77, 39); y al pasar, iba en pos de fantasmas que no tienen realidad ni en Vos ni en mí, ni en cuerpo alguno; formas que no creaba vuestra Verdad en mí, sino que fingía mi vanidad a vista de los cuerpos. Como hablador ignorante, decía a vuestros fieles pequeñuelos, mis conciudadanos, de quienes yo, sin saberlo, andaba desterrado: “¿Por qué yerra el alma, siendo creada por Dios?” y (pensando que mi alma era Dios) no querría preguntarme a mí mismo: “¿Y por qué yerra Dios?” y porfiaba en sostener que vuestra naturaleza inconmutable se veía forzada a errar (en mí), antes que confesar que mi naturaleza mudable se había descarriado por su culpa, y en castigo, vivía en el error.

27) Tendría como veintiséis o veintisiete años cuando escribí aquellos libros, revolviendo dentro de mí fantasmas corpóreos, que aturdían los oídos de mi corazón, los cuales yo aplicaba, oh dulce Verdad, a nuestra interior melodía, meditando en lo Hermosos y lo Apto, deseando estar ante Vos, y oíros, y gozarme intensamente por la voz del Esposo (Jn. 3, 29); mas no podía, porque las voces de mí error me arrebataban fuera de mí, y con el peso de mi soberbia caía en profundo.
Porque Vos no dabais a mi oído gozo ni alegría, ni se regocijaban los huesos que no estaban humillados (Ps. 50, 10).


PORLA

domingo, 10 de mayo de 2015

LIBRO CUARTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO 11
Solo Dios es estable
16) No seas vana, alma mía, ni te hagas sorda en el oído de tu corazón con el tumulto de tu vanidad. Oye también tú: el mismo Verbo clama que vuelvas a Él; que allí es el lugar del descanso imperturbable, donde el amor no es abandonado, si el mismo no abandona. Mira que aquellas cosas se van, para dar lugar a otras, para que este mundo inferior se forme en todas sus partes. “Mas ¿acaso me retiro yo de un lugar a otro?”, dice el Verbo de Dios.
Fija allí tu morada alma mía; allí deja en guarda cuanto de allí has recibido: siquiera fatigada de engaños; encomienda a la Verdad cuanto de la Verdad has recibido, y no perderás nada; antes reflorecerán tus podredumbres, y sanarán todas tus dolencias; y lo que hay en ti caduco (tu cuerpo) será reformado, renovado y estrechamente unido contigo; y no te llevará tras sí hacia la nada a donde él desciende, sino estará firme, y permanecerá contigo hacia Dios, que siempre está en un ser y permanece.

17) ¿Por qué pervertida, sigues a tu carne? Sígate ella a ti,  convertida. Cuanto en la carne sientes, no es más que parte; y no conoces el todo de que esas cosas son partes; y, sin embargo, te deleitan. Pero si el sentido de tu carne fuese capaz de abarcar el todo, y en castigo de tu culpa no estuviese limitado a conocer solo una parte del universo, desearían sin duda que pasasen todas las cosas que al presente existen, para que te deleitase más el conjunto de ellas. Porque por un sentido de la carne percibes lo que yo hablo; y no te gusta que las sílabas se paren sino que pasen al vuelo, para que vengan las otras y percibas e todo; pues así acaece con todas las partes de que se compone un conjunto, sin que existen a un mismo tiempo todas las que lo forman: deleitan más todas juntas que una por una, si es posible abarcarlas a todas. Pero incomparablemente mejor que ellas es el que hizo todas las cosas; y éste es nuestro Dios: el cual no pasa, porque nada viene después de Él.

CAPITULO 12
Solo en Dios está la verdadera felicidad
18) Si te agradan los cuerpos. Alaba a Dios en ellos, y traslada tu amor al Artífice de ellos, para que no le desagrades en las cosas que te agradan.
Si te agradan las almas, ámalas en Dios; porque también ellas son mudables; y fijas en Dios se hacen estables; de otro modo pasarían y perecerían. Amalas, pues en Él, y arrebata contigo hacia Él cuantas puedas, y diles:
¡Amémosle! Él hizo estas cosas (Ps. 99, 3) y no está lejos de ellas (Act. 17, 27). Que no las hizo y se fue; mas salieron del Él y están en Él. Miradle dónde está, donde se saborea el gusto de la verdad: en lo íntimo del corazón está. Mas el corazón anduvo descarriado de Él. ¡Volveos, prevaricadores, al corazón! (Is. 45, 8), y abrazaos con Aquel que os hizo. Estad con Él, y seréis estables; descansad en Él, y tendréis descanso.
¿Adónde vais por despeñaderos?, ¿adónde vais? El bien que amáis, de Él proviene; pero, ¿qué tan grande es, comparado con Él? Bueno es y suave; mas justamente os será amargo; porque, dejando a Dios, injustamente se ama cualquier cosa que de Él tiene ser. ¿Por qué seguir todavía andando por caminos difíciles (Sap. 5, 17), y trabajosos? No está el descanso donde le buscáis. Buscad lo que buscáis en la región de la muerte; no está allí; ¿cómo va a estar la vida dichosa donde ni siquiera hay vida?

19) Bajó acá nuestra misma Vida, y tomó nuestra muerte, y la mató con la abundancia de su vida; y con voz de trueno clamó que nos volvamos a Él, a aquella secreta morada de donde Él vino a nosotros, descendiendo primero a las virginales entrañas, en las cuales se desposó con Él la humana naturaleza, la carne mortal, para no ser siempre mortal. De allí, como esposo que sale de su tálamo, saltó, cual gigante, a correr su carrera (Ps. 18, 6). Porque no se detuvo, antes la corrió, dando voces con su muerte, con su bajada al limbo y con su ascensión al Cielo, clamando que nos volvamos a Él.
Desaparición de nuestra vista para que nos volvamos a nuestro corazón (Is. 46, 8) y le hallamos en él; porque aunque se partió, aquí está con nosotros. No quiso estar mucho tiempo con nosotros, más no nos abandonó partióse allá de donde nunca estuvo ausente; y salió de donde nunca se apartó, porque el mundo fue hecho por Él, y en este mundo estaba Él (Jn. 1, 10); y Él vino a este mundo para salvar a los pecadores (1Tim. 1, 15); y a Él se confiesa mi alma, y Él la sana, pues había pecado contra Él (Ps. 40, 5).
Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo seréis pesados de corazón? (Ps. 43, 2). ¿Es posible que después que bajó la Vida a vosotros, no queráis subir y vivir? Mas ¿adónde subisteis cuando os levantasteis en alto, y pusisteis en el Cielo vuestra boca? (Ps. 72, 9). Bajad para que subáis a Dios; pues subiendo contra Dios, caísteis. Dile estas cosas para que lloren en el valle de lágrimas (Ps. 83, 7), y así arrebátalas contigo a Dios; porque si se las dices ardiendo en fuego de caridad, con su mismo Espíritu se las dices.

CAPITULO 13
Naturaleza de la hermosura
20) No sabía yo estas cosas entonces, y amaba las hermosuras inferiores, y caminaba hacia el abismo. Decía a mis amigos: ¿amamos acaso algo, fuera de lo hermoso? Pero ¿qué es lo hermoso? ¿Qué es la hermosura? ¿Qué es lo que nos atrae y nos aficiona a las cosas que amamos? Porque si no hubiese en ellas alguna gracia y hermosura, de ningún modo nos atraerían hacia sí. Y notaba yo y veía que en los mismos cuerpos una cosa era el todo, que por serlo es hermoso, y otra lo que en tanto es conveniente, en cuanto se adapta convenientemente a otro; como la parte del cuerpo a todo él, o el calzado al pie, y otras cosas semejantes. Esta consideración brotó en mi alma de lo íntimo de mi corazón, y escribí los libros De lo Hermoso y de lo Apto. Creo que dos o tres; Vos, Dios mío, lo sabéis, que yo no me acuerdo, y no los tengo, porque se me perdieron no sé cómo.
 PORLA


sábado, 11 de abril de 2015

LIBRO CUARTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO 8
Haya consuelo en la amistad
13) no corre el tiempo en balde, ni pasa inútilmente sobre nuestros sentidos, antes obra en el alma efectos maravillosos. He aquí que venía y pasaba un día tras otro día; y viniendo y pasando me iban imprimiendo nuevas imágenes y nuevos recuerdos, y poco a poco me restituían a mis pasados placeres, a los cuales iba cediendo aquel mi dolor; empero sucedíanles no otros dolores más sí gérmenes de nuevos dolores. Porque ¿de dónde provino que aquel dolor me penetrase tan fácilmente y hasta lo íntimo sino de que había derramado mi alma sobre arena, amando a un mortal como si no hubiera de morir?
Sobre todo me reanimaban y confortaban los consuelos de los otros amigos (maniqueos), con quienes amaba yo lo que amaba en lugar de Vos: es a saber, una ingente fábula y una luenga mentira, con cuyo roce adulterino se corrompía nuestra alma, que sentía comezón en los oídos (2 Tim. 4, 3). Mas para mí, aquella fábula no moría, aunque muriese alguno de mis amigos.
Otras cosas había en ellos que más me cautivaban el ánima: conversar y reírnos juntos, prestarnos mutuamente atenciones amistosas, leer juntos libros amenos; bromear unos con otros y darnos pruebas de estima mutua; discutir tal vez sin apasionamiento, como lo hace uno consigo mismo, y con la misma rarísima disconformidad sazonar las muchísimas conformidades; enseñar o aprender algo uno de otro; echar de menos con pena a los ausentes; recibirlos a la vuelta con alegría. Con estas y otras semejantes señales, que nacen del amor del corazón de los que mutuamente se aman, y que se manifiestan por el rostro, por la palabra, por los ojos y por otros mil gratísimos gestos, se fundían a su calor nuestras almas, y de muchos se hacía una sola.

CAPITULO 9
Que se ha de amar al amigo por Dios
14) Esto es lo que se ama en los amigos; y de tal manera se ama, que la humana conciencia se tiene por culpada si no ama al que le paga con amor, y no paga con amor al que le ama, sin buscar de él ninguna cosa exterior, sino señales de benevolencia. De aquí nace aquel llanto si el uno muere, y aquellas tinieblas de dolores y las lágrimas del corazón al trocarse la dulzura en amargura, y el morir los que viven , porque perdieron la vida los que han muerto. ¡Dichoso el que ama a Vos y al amigo en Vos, y al enemigo por Vos!
Porque aquel sólo no perderá ningún amigo, que a todos los ama en aquel que no se puede perder. ¿Y quién es Este sino nuestro Dios, el Dios que hizo el Cielo y la tierra (Gen. 1, 1), y los llena porque llenándolos los creó?
Ninguno, Señor, os pierde, sino el que os deja; y el que os deja, ¿adónde va?, ¿adónde huye sino de Vos manso a Vos airado? Porque, ¿dónde no halla vuestra ley en su castigo? Y vuestra ley es la verdad (Ps. 118, 142), y la verdad sois Vos.

CAPITULO 10
Que el alma no puede descansar en la inestabilidad de las criaturas
15) ¡Dios de las virtudes, convertidnos; mostradnos vuestra faz, y seremos salvos! (Ps. 79, 8). Porque adondequiera que se vuelva el alma del hombre, hallará dolor, si en algo se fija sino en Vos; aunque se fije den las hermosuras que están fuera de Vos y de ella;  las cuales no tendrían ser, si no lo tuvieran de Vos. Nacen ellas y mueren; y naciendo, como que comienzan a ser; y crecen para tener perfección; y ya perfectas envejecen y mueren. No todas llegan a envejecer, pero todas mueren. Luego cuando nacen y tienden a ser, cuanto más de prisa crecen para ser, tanta más prisa se dan para no ser: tal es su manera de ser. Esto no más les habéis dado, porque son partes de unas cosas que no existen todas a la vez, más muriendo unas un sucediendo otras, forman todas este universo, cuyas partes son. De este modo se forma también nuestra habla, por medio de sonidos; porque no podríamos completar una frase, si cada palabra, después de pronunciadas sus sílabas, no pasase para dar lugar a otra. Mi alma os alabe por las criaturas,
Oh, Creador de todo (1)
mas no se pegue a ellas por medio de los sentidos del cuerpo, con la liga del amor; porque se van a su paradero, al no ser, y desgarran el alma con sus pestilenciales deseos. Porque ella quiere ser y quiere reposar en las cosas que ama, mas no haya lugar en ellas, porque no son estables, huyen, y ¿quién puede retenerlas, aun cuando están a mano? Torpe es el sentido de la carne, porque es sentido de carne; esa es su condición. Basta para otra cosa: para lo que fue hecho; mas no basta para detener el curso de las cosas que huyen desde su debido principio hasta su debido fin. Porque en vuestro Verbo, por el cual son creados allí oyen: “Desde aquí… y hasta aquí.”.


PORLA

domingo, 8 de marzo de 2015

LIBRO CUARTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO 5
¿Por qué el llanto es dulce a los desgraciados?
10) Mas ahora, Señor, ya pasaron aquellas cosas, y con el tiempo se ha suavizado mi herida. ¿Podría yo oír de Vos, que sois la Verdad, y acercar a vuestra boca los oídos de mi corazón, para que me digáis por qué el llanto es dulce a los desgraciados? ¡Acaso Vos, aunque presente en todas partes, habéis arrojado lejos de Vos nuestra miseria, y moráis a solas en Vos mismo, mientras nosotros nos revolcamos en nuestras pruebas?
Y, sin embargo, si no llorásemos a vuestros oídos, ninguna esperanza quedaría para nosotros. ¿Cómo es, pues, que de la amargura de la vida se coge como dulce fruto el gemir, el llorar, el suspirar, el quejarse? ¿Consiste, acaso, su dulzura en que esperamos ser oídos de Vos? Así es, ciertamente, en nuestras plegarias, que hacemos con el deseo de que sean acogidos. Pero ¿y en el dolor por el bien perdido y en la desolación que entonces me abrumaba? Que ni yo esperaba que mi amigo volviese a la vida, ni os lo pedía con mis lágrimas; solamente sentía pena, y lloraba porque era desgraciado, y había perdido mi alegría. ¿Diremos que el llanto es amargo de suyo; mas en comparación de la pena de no gozar de lo que antes poseíamos y de horror que nos causa su pérdida, nos deleita?

CAPITULO 6
Triste situación en que se hallaba su alma
11) Mas ¿para qué digo estas cosas, pues no es ahora tiempo de filosofar, sino de confesarme delante de Vos. Desdichado era yo, y desdichada es toda alma aprisionada en la amistad de persona mortal, que se desgarra cuando la pierde, y entonces siente la desdicha con que aun antes de perderla ya era desdichada.
Así era yo en aquel tiempo: y lloraba amarguísimamente, y reposaba en mi amargura (Job, 3, 20).
Era, pues, desdichado; pero más que a aquel amigo, amaba yo aquella misma desdichada vida. Porque aunque hubiera deseado cambiarla empero no hubiera querido perderla ni aun por él; como se dice de Orestes y Pilades (si todo ello no es una fábula), que querían morir el uno por el otro o ambos a la vez, porque el no vivir juntos les era peor que la muerte. Mas en mí había nacido no sé qué afecto enteramente contrario a éste: grandísimo era en mí el tedio a la vida, y el miedo a la muerte. Creo yo que cuanto más le amaba, tanto más aborrecía a la muerte, que me lo había arrebatado, como a un enemigo cruelísimo, y la temía; y pensaba que de un momento a otro iba a acabar con todos los hombres, pues pudo acabar con aquel. Así enteramente era yo; bien me acuerdo. Aquí tenéis mi corazón, Dios mío, aquí lo tenéis por dentro; vedlo, que bien me acuerdo, oh esperanza mía, que me limpiáis de la inmundicia de tales afectos, enderezando a Vos mis ojos, y arrancando del lazo mis pies (Ps. 24, 15). Maravillábame que viviesen los demás mortales, habiendo muerto aquel a quien yo había amada como si no hubiese de morir; y más me maravillaba que habiendo muerto él, viviera yo, que era otro él. Bien dijo uno de sus amigos que era “la mitad de su alma” (1); porque yo sentía que mi alma y la suya habían sido una sola alma en dos cuerpos. Y por eso me horrorizaba la vida, porque no quería vivir con la mitad de mi ser; y tal vez por eso temía morir, porque del todo no muriese aquel a quien había amado sobremanera (2).

CAPITULO 7
Buscando alivio a su dolor, huye a Cartago
12) ¡Oh locura, no saber amar humanamente a los hombres! ¡Oh necio del hombre que no sobrelleva con moderación las cosas humanas! Tal era yo, entonces; y así me acongojaba, suspiraba, lloraba, me desconcertaba, y no hallaba descanso ni consejo; porque llevaba mi alma despedazada y sangrando, impaciente por ir dentro de mí, ni ya hallaba donde posarla; porque ni en los bosques deleitosos, ni en los juegos y cánticos, ni el los parajes olorosos, ni en los banquetes esplendidos, ni en los deleites de la alcoba y del lecho, ni siquiera en los libros de versos hallaba descanso. Todo me daba horror, hasta la misma luz; y todo lo que no era aquel hombre, era insoportable y odioso, si no es gemir y llorar, pues sólo en esto hallaba algún ligero descanso; y cuando dejaba de llorar, luego me abrumaba la pesada carga de mi desgracia.
A Vos, Señor, debiera yo elevar mi alma para que me curaseis; lo sabía; pero ni quería ni podía. Tanto más que cuando pensaba en Vos, no erais para mí una cosa sólida y firme; porque no erais Vos, sino sólo un vano fantasma, y mi error era mi Dios. Y si me esforzaba en apoyar mi alma para que descansase sobre aquel fantasma, luego resbalaba en el vacío, y volvía a caer sobre mí. Y así quedé convertido en una ingrata morada de mí mismo, donde no podía estar ni salir de ella. Porque, ¿adónde podía mi corazón huir de mi propio corazón?, ¿adónde huir de mí mismo?, ¿adónde no me llevaría conmigo? Con todo, hui de mi patria, porque menos le buscarían mis ojos donde no solía verle. De la ciudad de Tagaste me fui a Cartago.
 PORLA

sábado, 7 de febrero de 2015

LIBRO CUARTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO 3
Vindiciano procura apartarle de la astrología
4) Y así, no dejaba yo de consultar a aquellos impostores que llamaban matemáticos (astrólogos), porque estos, en sus adivinaciones, casi no hacían sacrificios alguno, ni dirigían conjuros a ningún espíritu. Sin embargo, justamente rechaza y condena sus prácticas la cristina y verdadera piedad. Porque bueno es, Señor, alabaros (Ps. 91, 2) y decir: Tened misericordia de mí: curad mi alma, porque he pecado contra Vos (Ps, 40, 5), y no abusar de vuestra clemencia para pecar libremente, sino acordarse de aquella palabra del Señor: Mira que ya estás sano; no quieras más pecar, no te suceda algo peor (Jn. 5, 14). Esta saludable doctrina quieren destruir los astrólogos diciendo: “Del Cielo te viene la ineludible necesidad de pecar”, y “Venus lo hizo, o Saturno, o Marte”. Y todo para que el hombre, que es carne y sangre y podredumbre soberbia, no tenga la culpa, y la tenga el que creó y ordenó el Cielo y las estrellas. ¿Y Este quién es sino Vos, Dios nuestro, suavidad y fuente de toda justicia, que daréis a cada uno según sus obras (Mt. 16, 27), y no despreciáis el corazón contrito y humillado? (Ps. 50,19).

5) Había por aquel tiempo un varón prudente muy conocedor del arte de la medicina, y en ella famosísimo (1), el cual con su propia mano había puesto la corona agonística sobre mi loca cabeza, como procónsul, no como médico; porque de aquella enfermedad mía sólo podíais sanarme Vos, que resistís a los soberbios y dais a los humildes la gracia (Jac. 4, 6). No obstante, ¿acaso no me acudisteis por medio de aquel anciano?, ¿o dejasteis de curar de mi alma? Pues como yo había tomado gran familiaridad con él, y me gustaba estar siempre colgada de sus palabras, que sin elegancia de frases, eran agradables y graves por la fuerza de las razones, cuando él entendió por mi conversación que yo estaba entregado a los libros de los astrólogos, me amonestó benigna y paternalmente que los dejase, y que no gastase sin provecho en aquella vanidad la atención y el trabajo que él también en los primeros años de su edad se había dado a aquel arte, hasta el punto de querer tomarlo como profesión para ganarse la vida; y pues había entendido a Hipócrates, también habría podido entender aquel arte; pero, con todo, lo había dejado y se había consagrado a la medicina, no por otra causa, sino por haber hallado que era falsísimo, y no quería como hombre formal, ganarse la vida engañando a los demás.
“Pero tú –me decía- tienes la retórica para mantenerte entre los hombres, y sigues esta impostura no por necesidad del dinero, sino por libre curiosidad; razón de más para que des crédito a mis palabras, pues trabajé por entender aquel arte tan perfectamente como quién quería vivir sólo de él”.
Y preguntándole yo cómo era que aquel arte se alcanzaba a pronosticar muchas cosas que salían verdaderas, me respondió como pudo que la fuerza de la suerte derramada por todas partes en la naturaleza, era la causa de ello. “Porque –decía él- si en las página de un poeta cualquiera, que trata y celebra un asunto enteramente distinto consultándolas al azar, sale muchas veces un verso que maravillosamente responde con aquello que se consulta, no hay porqué maravillarse – decía- que el alma humana, movida por instinto superior sin saber ella lo que pasa en sí, no por arte, sino al acaso, responda alguna cosa que concuerde con las acciones y negocios del que pregunta”.

6) Y esta enseñanza me procurasteis por medio de aquel varón, e imprimisteis en mi memoria lo que después yo por mí debía investigar. Mas por entonces, ni el médico ni mi carísimo Nibridio (2), joven muy bueno y muy casto, que se burlaba de todo aquel arte de adivinar, pudieron persuadirme que lo abandonase; porque me movía más la autoridad de los mismos autores, y aun no había hallado, como lo buscaba, un argumento que, sin ambigüedad, me demostrase que las respuestas verdaderas que dan los astrólogos cuando son consultados salen por suerte o por acaso, y no por arte de los que observan los astros.


CAPITULO CUARTO
Bautismo y muerte de un íntimo amigo suyo
7) Por aquellos años en que comencé a enseñar en la ciudad donde nací adquirí un amigo, a quien amé excesivamente, porque era condiscípulo mío, y de mi misma edad, y estaba, como yo, en la flor de la adolescencia.
Desde niños habíamos crecido juntos, juntos habíamos ido a la escuela, y juntos habíamos jugado; pero entonces aun no éramos tan amigos; aunque tampoco después lo fuimos, como exige la verdadera amistad; que no es verdadera sino entre aquellos que Vos unís con la caridad, derramándola en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom. 5, 5). Mas con todo, aquella amistad era muy dulce, sazonada por el calor de las mismas aficiones. Hasta había logrado yo apartarle de la fe verdadera, que en sus pocos años no conocía rectamente ni tenía bien arraigada, inclinándole a aquellos fabulillas supersticiosas y perniciosas, por las cuales me lloraba mi madre. El espíritu de aquel hombre estaba conmigo en el erro, y mi alma no podía vivir sin él.
Mas he aquí que Vos, que sois a la vida Dios de las venganzas (Ps. 93, 1) y fuente de misericordia, que por caminos maravillosos nos convertís a Vos, yendo a los alcances a estos fugitivos, le arrebatasteis de este mundo apenas cumplido un años de nuestra amistad, más deliciosa para mí que todas las delicias de mi vida de entonces.

8) ¿Quién hay que pueda contar vuestras alabanzas (Ps. 105, 2), ni siquiera por lo que él sólo ha experimentado en sí mismo? ¡Qué hicisteis entonces, Dios mío! ¡Y cuán impenetrable es el abismo de nuestros juicios! (Rom. 11, 33). Porque acometido por unas calenturas, vino a quedar por largo tiempo sin sentido, con mortal sudor; y estando ya desahuciado, le bautizaron sin saberlo él; y sin que yo le diera importancia, presumiendo que mejor retendría en su alma lo que de mí había aprendido que no lo que sin saberlo él, había recibido en su cuerpo. Pero sucedió muy de otra manera. Porque mejoró y salió de peligro; y en seguida, tan pronto como pude hablar con él –que fue tan pronto como él pudo, pues yo no me apartaba de su lado, y estábamos enteramente colgados el uno en el otro- , intenté chancearme con él, creyendo que é también se chancearía conmigo del bautismo que había recibido completamente sin conocimiento y sin sentido, pero que ya sabía que lo había recibido. Mas él se horrorizó de mí como de enemigo; y con maravillosa y repentina libertad, me amonestó que, si quería ser su amigo, no volverá a decirle semejantes cosas. Asombrado yo y desconcertado, disimulé todas mis impresiones, aguardando a que primero convaleciese y cobrase fuerzas, para después discutir con él a mi gusto. Pero fue arrebatado a mi locura y guardado cerca de Vos para mi consuelo: pocos días después, estando yo ausente, le repite la calentura y muere. Se entenebreció mi corazón (Trey, 5, 17) de dolor, y veía en todas las cosas la muerte. La patria era para mí un suplicio, y la casa paterna se me hacía insoportable, y todo cuanto con él me había sido común, se me convertía sin él en cruelísimo tormento. Buscabanle por todas partes mis ojos, y no le hallaban. Todas las cosas me eran aborrecibles, porque no le hallaba entre ellas, ni me podía decir: Mírale, ahí viene, como antes, cuando venía después de una ausencia. Llegué a hacerme insoportable a mí mismo. Preguntaba a mi alma por qué estaba triste, y por qué tan cruelmente me conturbaba (Ps. 41, 12); mas ella no sabía qué responderme. Y si le decía ¡Espera en Dios!, con razón no me hacía caso; porque más real y mejor era aquel hombre queridísimo que yo había perdido, que aquel fantasma (del dios de los maniqueos) en que yo le decía que esperase. Sólo el llanto me era dulce; y en lugar del amigo, formaba las delicias de mi alma.


PORLA