CAPITULO 12
No se perderá
hijo de tantas lágrimas
21) También por este tiempo distéis a mi madre otra
respuesta que recuerdo –pues dejó muchas cosas, por llegar más pronto a
confesaros las que más gravan mi conciencia, y de muchas no me acuerdo- le
distéis, pues, otra respuesta por medio de un sacerdote vuestro, cierto obispo
que se había criado en la Iglesia y ejercitado en vuestras Escrituras. Porque
rogándole mi madre que se dignase hablar conmigo, y refutar mis errores, y
desengañarme y enseñarme la buen doctrina –lo cual ella rogabas a cuantos
hallaba idóneos- negóse él, y a lo que después entendí, con mucha prudencia,
respondiéndole que yo era todavía indócil, porque estaba muy infatuado con la
novedad de aquella herejía, y porque había puesto en apuros con ciertas cuestioncillas
a muchos ignorantes, cosa que ella misma le había indicado: Dejadle estas
–dijo-, y únicamente rogad por él al Señor; que él mismo, leyendo, conocerá
cuán grave es su error y cuánta su iniquidad. Y a continuación le contó cómo
siendo él niño, su madre, engañada, le había entregado a los maniqueos, y que
él había no solamente leído, sino aun copiado casi todos sus escritos; pero que
él solo, sin que nadie le arguyese ni convenciese, llegó a ver con claridad
cuán detestable era aquella secta, y así la había abandonado. Dichas estas cosas,
como mi madre no se sosegase, sino que instase con muchos ruegos y abundantes
lágrimas a que me viese y discutiese conmigo, él, algo cansado ya de su
importunidad, le dijo: Vete en paz, mujer: así Dios te dé vida, como es
imposible que perezca hijo de tantas lágrimas. Palabras que ella oyó, según me
lo recordaba muchas veces después en sus conversaciones conmigo, como si
hubieran sonado en el Cielo.
LIBRO CUARTO. PROFESOR DE
RETÓRICA (Desde los 19 años hasta los 28)
CAPITULO PRIMERO
Cómo engañaba
a sus amigos
1) Por aquel espacio de nueve años, desde los
diecinueve a los veintiocho de mi edad, viví engañado y engañando, extraviado y
extraviando (2Tim. 3, 19), dominado por varias pasiones: en público, por la
enseñanza de las artes que llaman liberales; y en secreto (1), con falso
pretexto de religión: allí soberbio, aquí supersticioso, y en todo vano. En los
estudios ambicionaba el aura popular, hasta los aplausos del teatro, los
certámenes poéticos, las contiendas por coronas heno (2), las frivolidades de
los espectáculos y la intemperancia de la liviandad. En religión, deseando
purificarme de aquellas inmundicias, llevaba comida a los maniqueos, a los
Santos y escogidos, para que ellos, en la oficina de sus estómagos, me
fabricasen ángeles y dioses, que me librasen (3). Profesaba yo estos destinos,
y los practicaba con mis amigos, engañados por mí y conmigo. Búrlense de mi los
arrogantes, y los que aún no han sido abatidos, y para s bien, derribados por
Vos, Dios mío; pero yo confesaré delante de Vos mis torpezas. Dejadme, os
ruego, y concededme que con la memoria vaya recorriendo los pasados rodeos de
mi error, y os sacrifique sacrificio de jubileo (Ps. 26, 6). Porque sin Vos
¿qué soy yo para mí, sino un guía que se despeña? Y cuando me va bien, ¿qué soy,
sino un niño que mama vuestra leche, o que os saborea a Vos, manjar
incorruptible? ¿Y qué tal hombre será cualquier hombre, pues no es más que
hombre? Ríanse de mí los fuertes y poderosos; y yo, débil y pobre, alabe
vuestro santo nombre.
CAPITULO 2
Enseña
retórica; toma una concubina; detesta los agüeros
2) Por aquellos años enseñaba yo la retórica, y
vencido de la codicia, vendía el arte de vencer con la palabra; aunque prefería
–Vos los sabéis, Señor- tener buenos discípulos, los que suelen llamarse
buenos; y a éstos, sin engaños, les enseñaba el arte de engañar, para que lo
usasen, no contra la vida del inocente, sino tal vez en favor del culpado. Y
vos, Señor, visteis de lejos que la buena fe que yo usaba en mi magisterio para
con los que amaban la vanidad y buscaban la mentira (Ps. 4, 3) –y era yo uno de
ellos-, vacilaba sobre un suelo resbaladizo, y centelleaba entre mucha
humareda.
En aquellos años tenía yo una mujer, no unida
conmigo por legítimo matrimonio, sino buscada por mi ciega pasión, falta de
prudencia. Pero una sola, a la cual yo guardaba lealtad como a esposa. En ella
experimenté por mí mismo la diferencia que hay entre la manera de ser del pacto
conyugal, que se contrae por fin de la generación, y la unión del amor lascivo,
donde nacen los hijos contra la voluntad de sus padres, aunque después de
nacidos obligan a quererlos.
3) También recuerdo que habiendo yo determinado
concurrir a un certamen poético, un cierto agorero me mandó a preguntar qué le
daría yo, y me haría salir vencedor. Mas yo, que abominaba y detestaba aquellos
nefastos agüeros, le respondí que así fuera de oro incorruptible la corona del
vencedor, no dejaría matar por mi triunfo ni una mosca. Porque había él de
matar algunos animales para sus sacrificios; y parecíame que era honrar con
ellos a los demonios, y convidarlos a que me fuesen favorables. Pero no rechacé
yo esta maldad por puro amor vuestro (1) Dios de mi corazón, porque aún no
sabía amaros, ya que no sabía representarme sino resplandores corporales; y el alma
que suspira por tales devaneos, ¿acaso no es adúltera lejos de Vos (Ps. 72,
27), y confía en la falsedad, y apacienta los vientos?(Os. 12, 1). Y así yo,
que no quería que se ofreciesen por mí sacrificios a los demonios, yo mismo con
aquella superstición me sacrificaba a ellos. Pues ¿qué otra cosa es apacentar
los vientos sino apacentar los demonios, sirviéndoles de placer y risa con
nuestros errores?
PORLA
