sábado, 3 de enero de 2015

LIBRO TERCERO Y CUARTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO 12
No se perderá hijo de tantas lágrimas
21) También por este tiempo distéis a mi madre otra respuesta que recuerdo –pues dejó muchas cosas, por llegar más pronto a confesaros las que más gravan mi conciencia, y de muchas no me acuerdo- le distéis, pues, otra respuesta por medio de un sacerdote vuestro, cierto obispo que se había criado en la Iglesia y ejercitado en vuestras Escrituras. Porque rogándole mi madre que se dignase hablar conmigo, y refutar mis errores, y desengañarme y enseñarme la buen doctrina –lo cual ella rogabas a cuantos hallaba idóneos- negóse él, y a lo que después entendí, con mucha prudencia, respondiéndole que yo era todavía indócil, porque estaba muy infatuado con la novedad de aquella herejía, y porque había puesto en apuros con ciertas cuestioncillas a muchos ignorantes, cosa que ella misma le había indicado: Dejadle estas –dijo-, y únicamente rogad por él al Señor; que él mismo, leyendo, conocerá cuán grave es su error y cuánta su iniquidad. Y a continuación le contó cómo siendo él niño, su madre, engañada, le había entregado a los maniqueos, y que él había no solamente leído, sino aun copiado casi todos sus escritos; pero que él solo, sin que nadie le arguyese ni convenciese, llegó a ver con claridad cuán detestable era aquella secta, y así la había abandonado. Dichas estas cosas, como mi madre no se sosegase, sino que instase con muchos ruegos y abundantes lágrimas a que me viese y discutiese conmigo, él, algo cansado ya de su importunidad, le dijo: Vete en paz, mujer: así Dios te dé vida, como es imposible que perezca hijo de tantas lágrimas. Palabras que ella oyó, según me lo recordaba muchas veces después en sus conversaciones conmigo, como si hubieran sonado en el Cielo.

LIBRO CUARTO. PROFESOR DE RETÓRICA (Desde los 19 años hasta los 28)
CAPITULO PRIMERO
Cómo engañaba a sus amigos
1) Por aquel espacio de nueve años, desde los diecinueve a los veintiocho de mi edad, viví engañado y engañando, extraviado y extraviando (2Tim. 3, 19), dominado por varias pasiones: en público, por la enseñanza de las artes que llaman liberales; y en secreto (1), con falso pretexto de religión: allí soberbio, aquí supersticioso, y en todo vano. En los estudios ambicionaba el aura popular, hasta los aplausos del teatro, los certámenes poéticos, las contiendas por coronas heno (2), las frivolidades de los espectáculos y la intemperancia de la liviandad. En religión, deseando purificarme de aquellas inmundicias, llevaba comida a los maniqueos, a los Santos y escogidos, para que ellos, en la oficina de sus estómagos, me fabricasen ángeles y dioses, que me librasen (3). Profesaba yo estos destinos, y los practicaba con mis amigos, engañados por mí y conmigo. Búrlense de mi los arrogantes, y los que aún no han sido abatidos, y para s bien, derribados por Vos, Dios mío; pero yo confesaré delante de Vos mis torpezas. Dejadme, os ruego, y concededme que con la memoria vaya recorriendo los pasados rodeos de mi error, y os sacrifique sacrificio de jubileo (Ps. 26, 6). Porque sin Vos ¿qué soy yo para mí, sino un guía que se despeña? Y cuando me va bien, ¿qué soy, sino un niño que mama vuestra leche, o que os saborea a Vos, manjar incorruptible? ¿Y qué tal hombre será cualquier hombre, pues no es más que hombre? Ríanse de mí los fuertes y poderosos; y yo, débil y pobre, alabe vuestro santo nombre.

CAPITULO 2
Enseña retórica; toma una concubina; detesta los agüeros
2) Por aquellos años enseñaba yo la retórica, y vencido de la codicia, vendía el arte de vencer con la palabra; aunque prefería –Vos los sabéis, Señor- tener buenos discípulos, los que suelen llamarse buenos; y a éstos, sin engaños, les enseñaba el arte de engañar, para que lo usasen, no contra la vida del inocente, sino tal vez en favor del culpado. Y vos, Señor, visteis de lejos que la buena fe que yo usaba en mi magisterio para con los que amaban la vanidad y buscaban la mentira (Ps. 4, 3) –y era yo uno de ellos-, vacilaba sobre un suelo resbaladizo, y centelleaba entre mucha humareda.
En aquellos años tenía yo una mujer, no unida conmigo por legítimo matrimonio, sino buscada por mi ciega pasión, falta de prudencia. Pero una sola, a la cual yo guardaba lealtad como a esposa. En ella experimenté por mí mismo la diferencia que hay entre la manera de ser del pacto conyugal, que se contrae por fin de la generación, y la unión del amor lascivo, donde nacen los hijos contra la voluntad de sus padres, aunque después de nacidos obligan a quererlos.

3) También recuerdo que habiendo yo determinado concurrir a un certamen poético, un cierto agorero me mandó a preguntar qué le daría yo, y me haría salir vencedor. Mas yo, que abominaba y detestaba aquellos nefastos agüeros, le respondí que así fuera de oro incorruptible la corona del vencedor, no dejaría matar por mi triunfo ni una mosca. Porque había él de matar algunos animales para sus sacrificios; y parecíame que era honrar con ellos a los demonios, y convidarlos a que me fuesen favorables. Pero no rechacé yo esta maldad por puro amor vuestro (1) Dios de mi corazón, porque aún no sabía amaros, ya que no sabía representarme sino resplandores corporales; y el alma que suspira por tales devaneos, ¿acaso no es adúltera lejos de Vos (Ps. 72, 27), y confía en la falsedad, y apacienta los vientos?(Os. 12, 1). Y así yo, que no quería que se ofreciesen por mí sacrificios a los demonios, yo mismo con aquella superstición me sacrificaba a ellos. Pues ¿qué otra cosa es apacentar los vientos sino apacentar los demonios, sirviéndoles de placer y risa con nuestros errores?

PORLA