CAPITULO PRIMERO
Determina consultar con Simpliciano
1) Recuerde yo, Dios mío, en acción de
gracias a Vos, y confiese vuestras misericordias sobre mí. Todos mis huesos se penetren
de vuestro amor y digan: Señor, ¿quién hay semejante a Vos? (Ps. 34, 10).
Rompisteis mis cadenas; sacrifiqueos yo sacrificio de alabanza (Ps. 115, 16). Contaré
cómo los rompisteis; y cuando esto oyeren, dirán todos lo que os adoran;
Bendito sea el Señor en el Cielo y en la tierra; grande y admirable en su
nombre (Don. 3).
Se habían clavado en mis entrañas
vuestras palabras y por todos lados estaba sitiado por Vos. Cierto estaba que
vuestra vida es eterna, aunque la veía entre las sombras y como en espejo (1
Cor. 13, 12); mas no me quedaba la menor duda de que de la sustancia
incorruptible dimana toda sustancia. Y deseaba estar, no más cierto de Vos,
sino más estable en Vos. Cuanto a mi vida temporal, fluctuaba todo. Tenía que
limpiar el corazón de la levadura vieja (1 Cor. 5, 7), y me agradaba el camino –el
mismo Salvador-; mas todavía me arredraba entrar por sus estrecheces.
Sugeristeis a mi espíritu, y parecióme que sería bueno dirigirme a SImpliciano,
a quien resplandecía vuestra gracia. Había yo oído decir que desde su juventud
os sirvió con fidelísima devoción, y era ya anciano; y parecíame que con tan
larga vida, gastada en el santo empeño de conseguir la virtud, había adquirido
mucha experiencia y aprendido muchas cosas; y verdaderamente así era. Por eso
quería yo conferir con él mis congojas, para que según la disposición de mi espíritu
me indicara el modo conveniente de andar por vuestro camino.
2) Porque veía yo llena la Iglesia, y
quién iba de una manera, quién de otra (1 Cor. 7, 7). A mí descontentábame lo
que hacía en el siglo, y me era una carga muy pesada; porque ya no me enardecía
como solía la codicia, con la esperanza de la honra o del dinero para soportar
aquella esclavitud tan pesada; porque aquellas cosas ya no me deleitaban en comparación
de vuestra dulzura y la hermosura de vuestra casa que yo amaba (Ps. 25, 8). Mas
todavía estaba tenazmente encadenado por la mujer. No me prohibía el Apóstol
casarme, aunque me exhortaba a lo mejor, deseando ardientemente que todos los
hombres fuesen como él (1 Cor. 7, 7). Pero yo, más flaco, escogía la vida más
muelle; y solo por esto fluctuaba lánguidamente en todo lo demás, consumiéndome
con agotadores cuidados, porque aun en lo tocante a las otras molestias que no
quería soportar, veíame forzado a acomodarme a la vida conyugal, a la cual
estaba inclinado y rendido. Había oído de boca la Verdad (Mt. 19, 12) que hay
eunucos que por el reino de los cielos se mutilaron a sí mismos; pero añade:
Hágalo quien puede hacerlo.
Vanos son, por cierto, todos los hombres
que no tienen conocimiento de Dios; y que por las cosas visibles que parecen
buenas, no pudieron hallar al que es (Sap. 13, 1). Mas ya no estaba yo en
aquella vanidad. La había dejado atrás, y por el testimonio universal de la
creación os había hallado a Vos, Creador nuestro, y junto con Vos, a vuestro
Verbo Dios, y un solo Dios con Vos, por el cual creasteis todas las cosas.
Hay otro género de impíos, que
conociendo a Dios no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias (Rom. 1,
21). También había yo caído en él; mas vuestra diestra me levantó (Ps. 17, 35),
y sacándome de allí, pusisteisme donde pudiera convalecer. Porque dijisteis al
hombre (Job. 28, 28): Mira que la piedad es la sabiduría. Y (Prov. 3, 7): No
quieras parecer sabio; porque (Rom. 1, 22) diciendo que son sabios, se tornaron
necios. Ya Había hallado yo la margarita preciosa, que debía comprar vendiendo
todo lo que tenía (Mt. 13, 45) y dudaba.
PORLA
