domingo, 11 de febrero de 2018

LIBRO OCTAVO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: La conversación (32 Años)


CAPITULO DOCEAVO´
Conviertese totalmente a Dios
28) Mas después que la profunda consideración sacó del fondo secreto y amontonó en presencia de mi corazón toda mi miseria, se desató en mí una deshecha borrasca, preñada de copiosa lluvia de lágrimas. Y para descargarla toda con sus voces, me levanté de donde estaba Alipio –la soledad parecíame para llorar más a propósito-, y me retiré tan lejos, que ni su presencia me pudiera servir de estorbo. Así estaba yo entonces, y él se dio cuenta; porque pienso que dije no sé qué; en lo cual el acento de la voz parecía cargado de llanto, y así me había levantado. Quedose él, pues, como atónito donde estábamos sentados, y yo fui a arrojarme debajo de una higuera, no sé cómo, y solté las riendas a las lágrimas, y rompieron dos ríos de mis ojos, sacrificio aceptable a Vos. Y muchas cosas os dije, no con estas palabras, pero sí en este sentido: y Vos, Señor ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo, Señor, habéis de estar siempre enojado? (Ps. 6, 4) ¡No os acordéis de nuestras maldades antiguas! (Ps. 78, 5). Porque sentía yo que ellas me retenían. Daba voces lastimeras: “¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo diré: Mañana, y mañana? ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no es en esta hora el fin de mis torpezas?”

29) Esto decía, y lloraba con amarguísima contrición de mi corazón. Y he aquí que oigo de la casa vecina una voz, no sé si de un niño o de una niña, que decía cantando, y repetía muchas veces: “¡Toma, lee; toma, lee!” Y al punto, inmutado el semblante, me puse con toda atención a pensar, si acaso habría alguna manera de juego, en que los niños usasen canturrear algo parecido; y no recordaba haberlo jamás oído en parte alguna. Y reprimido el ímpetu de las lágrimas, me levanté, interpretando que no otra cosa se me mandaba de parte de Dios, sino que abriese el libro y leyese el primer capítulo que encontrase. Porque había oído decir de Antonio, que por la lección evangélica, a la cual llegó casualmente, había sido amonestado, como si se dijese para él lo que se leía: Ve, y vende todas las cosas que tienes, dalo a los pobres, y tendrás u tesoro en los Cielos; y ven y sígueme (Mt. 19,31); y con este oráculo, luego se convirtió a Vos. Así que volví a toda prisa al lugar donde estaba sentado Alipio, pues allí había puesto el códice del Apóstol al levantarme de allí; lo arrebaté, lo abrí y leí en silencio el primer capítulo que se me vino a los ojos: No en comilonas ni embriagueces; no en fornicaciones y deshonestidades; no en rivalidad y envidia; sino vestíos de nuestro Señor Jesucristo, y no hagáis caso de la carne para satisfacer sus concupiscencias (Rom. 13, 13, 14). No quise leer más ni fue menester; pues apenas leída esta sentencia, como si una luz de seguridad se hubiera difundido en mi corazón, todas las tinieblas de la duda se desvanecieron.

30) Entonces, poniendo el dedo, o no sé qué otra señal, en el códice, lo cerré, y ya con el rostro sereno, se lo conté a Alipio; y él me indicó lo que pasaba por él, y yo no sabía. Me pidió ver lo que yo había leído; se lo mostré, y se fijó también más allá de lo que yo había leído, e ignoraba lo que seguía. Seguía, pues: Recibid al débil en la fe; lo cual él tomó para sí, y me lo indicó. Y con esta amonestación se confirmó, y sin turbación ni tardanza, se asoció a mi buena resolución y propósito, tan perfectamente conforme con sus costumbres, en que desde mucha antes tanta ventaja me hacía.
De aquí pasamos a ver a mi madre, y se lo indicamos; se regocija. Le contamos cómo había sucedido, y salta de júbilo y triunfa, y os daba gracias a Vos, que sois poderoso para darnos más de lo que pedimos o entendemos (Efes. 3, 20); pues veía que le habíais concedido en mí tanto más de lo que ella os solía suplicar con lastimeros y llorosos gemidos. Porque de tal modo me convertisteis a Vos, que ya no buscaba esposa, ni esperanza alguna de este siglo, puesto en pie sobre aquella regla de fe, en la que tantos años antes me habíais mostrado a mi madre. Y trocasteis su llanto en gozo (Ps. 29, 12), mucho más copioso de lo que ella había apetecido, y muchas más caro y casto que el que esperaba de los nietos de mi carne.
PORLA