sábado, 24 de septiembre de 2016

LIBRO SÉPTIMO - CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN: Acercándose a Dios (Años 31 - 32)

CAPITULO PRIMERO
Cómo se imaginaba el Ser de Dios.
1) Ya era muerta mi adolescencia, mala y nefanda, y entraba yo en la juventud, cuanto mayor en edad, tanto más repugnante por la vanidad; que no podía concebir, oh Dios, en figura de cuerpo humano; desde que empecé a oír algo de la sabiduría, siempre hui de esto, y me alegraba de hallarlo así en la fe de nuestra madre espiritual, y vuestra Iglesia católica. Pero no se me ocurría de qué otra manera concebiros. Y aunque hombre, ¡y tal hombre! esforzábame por representarme a Vos, sumo, solo y verdadero Dios; y con lo más íntimo de mi ser os creía incorruptible, inviolable e inconmutable; porque sin saber de dónde, ni cómo, veía, sin embargo, claramente y estaba cierto de que lo que puede recibir daño posponíalo sin vacilación a lo que no puede recibirlo; y lo que no está sujeto a mudanza creíalo mejor que lo que puede mudarse.
Violentamente clamaba mi corazón contra todos mis fantasmas, y con este solo golpe me esforzaba por ahuyentar de la vista de mi mente aquel tropel de aves inmundas que revoloteaban en torno; y apenas apartado, en un parpadear, he aquí que, amontonada de nuevo, se presentaba y caía sobre mi vista, y la anublaba de suerte, que si bien no en forma de cuerpo humano, me veía forzado a concebir, como algo corpóreo, que se extendía por espacios de lugares, o infundido en el mundo, o también fuera del mundo difundido por el infinito, aquel mismo Ser incorruptible, inviolable e inconmutable, que yo prefería a lo corruptible, violable y mudable. Porque todo lo que yo despojaba de tales dimensiones en el espacio, me parecía que era nada, pero absolutamente nada, ni siquiera el vacío; como si se quitase de un lugar un cuerpo, y quedase el lugar enteramente vacío de todo cuerpo sólido, líquido, aéreo o celeste; pero al fin quedase el lugar vacío, como una nada espaciada.

2) Así, pues, englosado el corazón (Mt. 13, 15), y sin entenderme a mí mismo, pensaba que todo lo que no se extendiese o difundiese por determinados espacios, lo que no se conglobase o hinchase, y lo que no recibiese o pudiese recibir algo de esto, no era absolutamente nada. Porque cuales eran las formas por donde suelen andar mis ojos, tales eran las imágenes por donde andaba mi espíritu. Y no echaba de ver que esta misma actividad con que formaba tales imágenes no era corpórea; y que, sin embargo, no formara tales imágenes, si no fuera algo excelente.
Así también pensaba que Vos, Vida de mi vida, grande por espacios infinitos, penetrabais por todas partes toda la mole del mundo, y fuera de ella en todas direcciones la inmensidad sin límites dentro de Vos, mas Vos no los teníais en parte alguna. Pues así como el cuerpo del aire, de este aire atmosférico que rodea la tierra, no es obstáculo a la luz del sol, para que pase por él, penetrándolo, no rompiéndolo ni rasgándolo, sino llenándolo todo de su claridad; así pensaba yo que para Vos, no solo el cuerpo del cielo y el del aire y del mar, sino también el de la tierra, era permeable, y en todas sus partes, grandes y pequeñas penetrable, para recibir vuestra presencia, que con secreto aliento gobierna de dentro y de fuera todas las cosas que creasteis.
Esto imaginaba, porque no podía pensar otra cosa; pero era falso. Porque de ser así, la parte mayor de la tierra tendría mayor parte de Vos, y menor la menor, y de tal modo estarían todas las cosas llenas de Vos que el elefante tendría tanto más de Vos que el pájaro, cuanto es más grande que éste y ocupa mayor lugar.
Y así estaríais presente a pedazos, grandes en las partes grandes del mundo, y pequeños, en las pequeñas. ¡Y no es así! Mas, entonces, aun no habíais iluminado mis tinieblas (Ps. 17, 29).

CAPITULO SEGUNDO
Argumento de Nebridio contra los maniqueos.
3) Bastábame, Señor, contra aquellos engañados engañadores, y habladores mudos (pues no sonaba vuestra palabra en su boca), bastábame, pues el argumento, que desde muy atrás, desde Cartago, solía poner Nebridio, y que todos los que le oímos quedamos impresionados: “¿Qué hubiera podido hacer contra Vos aquel no sé qué engendro de las tinieblas que los maniqueos suelen oponeros de parte de la mole contraria, si Vos no hubierais querido pelear contra él?” Porque si respondían que os podría hacer algún daño, Vos seríais violable y corruptible. Y si decían que en nada os podía dañar, no había razón alguna para pelear, y pelear de tal suerte, que una porción vuestra, un miembro vuestro o mole de vuestra propia sustancia, se mezclase con las potestades adversas y con naturaleza no creadas por Vos, y quedase de tal modo corrompido y deteriorado por ellas, que su bienaventuranza se trocara en desdicha, y tuviese necesidad de auxilio para ser libertada y purificada.
Tal decían que era el alma humana, a la cual vino a socorrer vuestro Verbo, el libre a la esclava, el puro a la contaminada, el íntegro a la corrompida; pero él también corruptible, puesto que procedía de una misma sustancia.
Así, pues: Si dicen que Vos –seáis el que fuereis-, esto es, que vuestra sustancia, por la cual sois, es incorruptible, todas aquellas cosas (que dicen sobre la lucha del bien y del mal) son falsas y execrables; si corruptible, eso mismo es falso, y desde la primera palabra, abominable.
Bastábame, pues, este argumento contra ellos, para vomitarlos totalmente de mi pecho oprimido; pues sintiendo y diciendo de Vos tales cosas, no tenían por dónde salir sin horrible sacrilegio de corazón y de lengua.

PORLA

domingo, 4 de septiembre de 2016

LIBRO SEXTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO CATORCEAVO
Proyecto de vida en común.
24) Muchos amigos que aborrecíamos las perturbadoras molestias de la vida humana, habíamos pensado, y en nuestras conversaciones casi determinado, vivir tranquilamente apartados de la turba. Esta vida quieta la proyectábamos de suerte que todo lo que pudiéramos tener lo pondríamos en común, y con todo ello formaríamos un solo patrimonio, de suerte que por virtud de nuestra sincera amistad, no fuese una cosa de uno y otra de otro, sino el acervo que se formase con las aportaciones de cada cual había de ser todo de cada uno y todo de todos.
Parecíanos que podríamos ser unas diez personas en esta sociedad. Y entre nosotros había algunos muy ricos, sobre todo Romaniano, mi conciudadano e íntimo amigo desde la infancia, a quien ciertas dificultades graves de sus negocios habían traído a Roma al tribunal del Conde del Eresis. El más que nadie urgía este proyecto, y tenía gran autoridad para persuadirlo, por cuanto su rico patrimonio excedía en mucho al de los demás. habíamos convenido en que cada año dos, como magistrados tendrían cuidado de todo lo necesario, quedando descargado los demás.
Pero cuando empezamos a tratar si pasarían por ello las mujercitas, que algunos de nosotros ya tenían y que yo quería tomas todo aquel proyecto que tan bien íbamos formando, se cayó de entre las manos, se hizo pedazos y quedó desechado. Y vuelta a los suspiros y gemidos, y a caminar siguiendo las sendas anchas y halladas del siglo. Porque eran muchos los pensamientos que se levantaban en nuestro corazón (Prov. 19, 21). ¡Mas vuestro consejo permanece para siempre! (Ps. 32, 11)
Y con este consejo os reíais de los nuestros, e ibais preparando los vuestros, para darnos a su tiempo alimento, y abriendo vuestra mano, llenar nuestras almas de la bendición (Ps . 144, 15, 16)

CAPITULO QUINCEAVO
Despide la primera concubina y toma otra.
25) Entretanto, mis pecados se multiplicaban; y arrancada de mi lado, como estorbo para el matrimonio, la mujer con quien yo solía partir mi lecho, el corazón me quedó desgarrado por donde estaba adherido, y llagado y sangrante. Ella se volvió a África, haciéndoos votos de no conocer a otro varón, dejando conmigo un hijo natural que tuve con ella. Mas yo, desventurado, incapaz de imitar ni a una mujer, no pudiendo sufrir la dilación, pues solo al cabo de dos años había de recibir la esposa que pretendía, como no era amante del matrimonio, sino esclavo de la lascivia, me procuré otra, no ciertamente esposa, para cebar y llevar adelante completa o aumentada la enfermedad de mi alma, al amparo de la no interrumpida costumbre, hasta llegar al reino de la esposa. Mas no se curaba aquella herida que se me había hecho al arrancarme de la primera; sino pasado el ardor y el dolor agudísimo, empezaba a pudrirse; y era el dolor más frío pero más desesperado.

CAPITULO DIECISEISAVO
Temor de la muerte y del juicio.
26) ¡Alabado seáis Vos, glorificado seáis Vos, fuente de misericordias! Yo me iba haciendo más miserable, y Vos más cercano. Presente estaba ya vuestra diestra para arrebatarme del cieno y para lavarme, y yo no lo sabía. Nada me retraía de hundirme más en el golfo de los deleites, sino el temor de la muerte y de vuestro juicio futuro, que aun entre la fluctuación de mis opiniones nunca se apartó de mi corazón. Disputando con mis amigos Alipio y Nebridio sobre el supremo bien y el supremo mal, Epicuro se hubiera llevado la palma en mi espíritu, si yo no hubiese creído que después de la muerte restaba la vida del alma y la sanción de los méritos, lo cual no quiso creer Epicuro. Preguntábales yo: Si fuésemos inmortales y viviésemos en perpetuo deleite del cuerpo, sin temor alguno de perderlo, ¿por qué no seríamos felices?, ¿o qué más había que desear? Y no sabía yo que este mismo pensamiento era una gran miseria; que, de tan hundido y ciego, no podía concebir la luz de la virtud, y de la belleza por sí misma amable, la cual no ven los ojos de la carne, y se ve desde lo íntimo del alma. Ni consideraba yo, mezquino, de qué veneno manaba el placer de discutir estas mismas cosas, en sí feas, en compañía de mis amigos; y que, según el modo de sentir que entonces tenía, no podía yo ser feliz sin los amigos, por grande que fuese la abundancia de deleites carnales; y cierto es que a mis amigos amábalos yo desinteresádamente y a la vez me sentía amado desinteresadamente por ellos.
¡Oh tortuosos senderos! ¡Ay del alma osada, que esperó, si se apartase de Vos, encontrar otra cosa mejor! Vuélvese y revuélvese de espaldas, de uno y otro costado, y boca abajo, y todo está duro; Vos solo sois el descanso. Y acudís luego, y nos libráis de miserables errores, y nos ponéis en vuestro camino, y nos consoláis  decís: “Corred, yo os llevaré (Is. 46, 4), y yo os guiaré; allí, yo os llevaré”.

PORLA