Después de esto, José de Arimatea, que era
discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le
dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó.
Él fue entonces y se llevó el cuerpo.
Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de
noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron al
cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a
enterrar entre los judíos.
Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron,
y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y
como para los judíos era el día de la preparación, y el sepulcro estaba cerca
pusieron allí a Jesús.
Siendo aún muy de mañana María Magdalena y las
demás mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado.
Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y, entrando, no encontraron el
cuerpo del Señor Jesús.
Mientras estaban desconcertadas por esto, se les
presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Ellas, despavoridas, miraban
al suelo, y ellos les dijeron:
-¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No
está aquí. Ha resucitado. Acordaos de lo que os dijo estando todavía en
Galilea: “El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser
crucificado y al tercer día resucitar”.
Recordaron sus palabras, volvieron del sepulcro y
anunciaron todo esto a los once y a los demás.
Pedro se levantó y fue corriendo al sepulcro, y con
él Juan, que como era más joven llegó primero. Asomándose, vio solo las vendas
por el suelo. Y se volvieron admirándose de lo sucedido.
¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
PORLA
Durante toda Pascua el Señor se apareció varias
veces. Lo recordaremos en los próximos días.


