viernes, 31 de enero de 2014

CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

A partir de ahora quiero compartir con vosotros las Confesiones de San Agustín.
CAPITULO PRIMERO (Invocación)
1) ¡Grande sois, Señor, y muy digno de alabanzas (s. 144, 3); grande vuestro poder, e infinita vuestra sabiduría! (Ps. 146, 5) ¡Y os quiere alabar el hombre, alguna parte de vuestra creación: el hombre que lleva por todas partes la marca de su pecado y el testimonio de que Vos resistís a los soberbios! (1)
Con todo, quiere alabaros el hombre, alguna parte de vuestra creación. Vos le despertáis para que se deleite en alabaros; pues nos hicisteis para Vos, y nuestro corazón anda desasosegado hasta que descanse en Vos.
Dadme, Señor, a conocer y entender ¿qué es primero: invocaros, o alabaros?; ¿qué es primero: conoceros, o invocaros? Pero ¿quién os invocaría si no os conoce? Pues no conociéndoos, podrá invocar una cosa por otra.
¿O es, más bien, que sois invocado para ser conocido?
Mas ¿cómo invocarían a Aquel en quien no han creído? Y ¿cómo creerán sin predicador? (Rom. 10, 14) Y alabaran al Señor los que le buscan. Porque los que le buscan le hallarán (Mt, 7,8) y hallándole, le alabarán.
¡Búsqueos yo, Señor, invocándoos; invoqueos yo creyendo en Vos; pues ya me habéis sido predicado! A Vos, Señor, invoca mi fe, la fe que me disteis, la que me inspirasteis por la humanidad de vuestro Hijo, por el ministerio de vuestro predicador (3).

CAPITULO SEGUNDO
Que Dios está en el hombre y el hombre en Dios.
2) Mas ¿cómo invocaré yo a mi Dios, a mi Dios y mi Señor? Porque sin duda, cuando le invocare le llamaré para que venga a mi (1). Y ¿qué lugar hay en mí, a donde venga a mi Dios a mí? ¿a dónde Dios venga a mí, el Dios que hizo el cielo y la tierra? (Gen. 1, 1) ¿Es verdad que hay algo en mí, Señor Dios mío, donde Vos podáis caber? ¡Por ventura pueden conteneros los cielos y la tierra que hicisteis, y en que me hicisteis? ¿O será qué, pues nada de lo que tiene ser existirá sin Vos, resulta que todo lo que existe os tiene dentro de sí? Pues teniendo yo ser ¿por qué os suplico que vengáis a mí, pues no los tendría si no estuvieseis en mí.
Todavía no estoy yo en el infierno; y aun allí estáis Vos; porque si descendiese al infierno, allí estáis (Ps. 138, 8). No sería yo, pues Dios mío, absolutamente no sería yo, si Vos no estuvieseis en mí (2).
¿O será más bien que no existiría yo si no estuviese en Vos, de quien, por quien y quien tienen ser todas las cosas? (Rom. 11, 36).
Así es también, Señor, así es también. Pues ¿adónde os llamo, si yo no estoy en Vos?, o ¿de dónde habéis de venir a mí? Porque ¿a qué lugar iré fuera del cielo y de la tierra, para que desde él venga a mí mi Dios, que dijo: Yo lleno cielo y tierra? (Terem. 23, 24)
PORLA


viernes, 17 de enero de 2014

Oraciones

Pasada la Navidad, Año Nuevo y Epifanía, la Iglesia tiene un tiempo de transición hasta la Semana Santa que empieza con la Cuaresma.
Mientras tanto os propongo algunas oraciones.

Oración de la mañana
En este nuevo día, gracias te tributamos, ¡Oh! Dios omnipotente, Señor delo creado. Por ti nacen las flores, reverdecen los campos, los árboles dan frutos, el sol nos da sus rayos.
Alabantes las aves, en el río los peces y los pájaros ufanos cantan tu nombre Santo.
¡Oh! Dios omnipotente Señor, de lo creado en este nuevo día, gracias te tributamos.

Oración
¡Padre bueno, Padre Santo, Padre misericordioso!
Recibí la sangre de vuestro Hijo, sus llagas, su Corazón. Mira su Cabeza traspasada por las espinas; no permitáis que esta sangre sea una vez más inútil y no olvides que no ha llegado el tiempo de la justicia, sino el de la misericordia.
¡Misericordia Padre Bueno; Misericordia Padre Santo; Misericordia Padre Misericordioso!

Oración al Sagrado Corazón
¡Oh! Corazón Divino de Jesús, por medio del Corazón inmaculado de María Santísima, os ofrezco las oraciones, obras y trabajos, con los sufrimientos de este día.
Para reparar las ofensas que se os hacen; y por todas las intenciones por las cuales vos os inmoláis continuamente en el altar. Y por las 2 intenciones que el Papa haya confiado este mes al apostolado de la oración.
Padre nuestro, ave María y gloria.
PORLA
 

 

martes, 7 de enero de 2014

La fe de los Magos

A los 8 o 10 días de nacer Jesús en Belén unos magos llegaron de Oriente a Jerusalén. Habían visto una estrella y, por una gracia especial de Dios, supieron que anunciaba el nacimiento del Mesías que el pueblo hebreo esperaba. La ocupación de estos sabios –estudiar el firmamento- fue la circunstancia de la que se valió Dios para hacerles ver su voluntad: “Dios les llama por lo que a ellos les era más familiar y les muestra una estrella grande y maravillosa para que les llamara la atención por su misma grandeza y hermosura”. ¿Cómo llegaron a saber con exactitud de qué se trataba? Lo ignoramos, pero ellos lo supieron y se pusieron en marcha; sin duda, recibieron una inspiración muy extraordinaria de Dios, que deseaba su presencia en Belén, como había anunciado Isaías: Levanta los ojos y mira en torno tuyo…; de lejos llegan tus hijos. Serían los primeros de los que llegarían luego, en todos los tiempos, de todas partes, y ellos fueron fieles a esta gracia.
El viaje tuvo que ser largo y difícil. Pero se mantuvieron firmes en su camino.
También nosotros hemos visto la estrella en la intimidad de nuestro corazón, que nos invita al desprendimiento de las cosas que nos atan y a vencer cualquier respeto humano que nos impida llegar a Jesús.
Pero al llegar a Jerusalén se quedan sin la que les guía. La estrella desaparece y ellos se hallan desorientados. Entonces, ¿qué hacen? Preguntar a quién debe saberlo: ¿Dónde está el nacido rey de los judíos? Pues vimos su estrella en Oriente y venimos a adorarle.
Herodes, al tener noticias de que los Magos, buscaban al niño para adorarle, les pidió que le informaran cuando lo encontraran, para ir también él a adorarlo. Al salir los Magos de Jerusalén he aquí que la estrella que habían visto en Oriente iba delante de ellos. Se llenaron de inmensa alegría.
La siguieron hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño.
No se extrañan por haber sido conducidos a una aldea, ni porque la estrella se detenga ante una casita sencilla. Ellos se alegran se alegran con un gozo incontenible.
¡Qué grande es la alegría de estos sabios que vienen desde tan lejos para ver a un rey, y son conducidos a una casa pequeña de una aldea!
Muchos de los habitantes de Belén vieron en Jesús a un niño semejante a los demás. Los Magos supieron ver en Él al Niño, al que desde entonces todos los siglos adoran. Y su fe les valió un privilegio singular: ser los primeros entre los gentiles en adorarle cuando el mundo le desconocía.
Y entrando en la casa, vieron al Niño con María, su madre, y postrándose le adoraron. Los Magos abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Los dones más preciosos del Oriente.
Después, obedeciendo a la voz de un ángel, los Magos regresaron a su país por otro camino, nos dice el Evangelista.
Una vez marchados los Magos, la Virgen y San José comentarían gozosos los acontecimientos. Después, en medio de la noche, se despertó María a la llamada de José. Este le comunicó la orden del ángel: Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y estate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Era la señal de la Cruz al término de un día repleto de felicidad.
María y José salieron de Belén apresuradamente, abandonando muchas cosas necesarias que no podían llevar consigo en un largo y difícil viaje, con el sobresalto además de una huida ante la amenaza de muerte. Es un profundo misterio, asombrosamente real, que el Hijo de Dios hecho hombre buscó refugio, lloró y durmió en brazos de María y José.
En Egipto estuvieron hasta que el ángel les dijo que podían volver a su país, pues Herodes había muerto.
PORLA
 
 

jueves, 2 de enero de 2014

1 de enero

Hace muy pocos días meditábamos el nacimiento de Jesús lleno de sencillez en una cueva de Belén. Lo vimos pequeño, como un niño indefenso, en manos de su madre que nos lo presentaba para que, llenos de confianza y piedad, lo adoráramos como a nuestro Redentor y Señor. Dios había tenido en cuenta todas las circunstancias que rodearon su nacimiento: el edicto de César Augusto, el empadronamiento, la pobreza de Belén… Pero, sobre todo, había previsto la Madre que le traería al mundo. Esta Mujer, mencionada en diversas ocasiones en la Sagrada Escritura, había sido predestinada desde toda la eternidad. Ninguna otra obra dela creación cuidó Dios con más esmero, con más amor y sabiduría que aquella que, con su consentimiento libre, sería su Madre.
Nuestro Señor fue anunciada ya en los comienzos como triunfadora de la serpiente, que simboliza la entrada del mal en el mundo, como la Virgen que dará a luz al Emmanuel, al Dios con nosotros; y estuvo prefigurado en el arca dela alianza, en la casa de oro, por la torre de marfil… La escogió Dios entre todas las mujeres antes de los siglos, la amó más que a la totalidad de las criaturas, con un amor tal que puso en Ella, de un modo único, todas sus complacencias, la colmó de todas las gracias y dones, más que a los ángeles y a los santos, la preservó de toda mancha de pecado o imperfecciones, de tal manera que no se puede concebir una criatura más bella y más santa que quien había sido escogida para Madre del Salvador.
Al mirar hoy a Nuestra Señora, Madre de Dios, que nos ofrece a su Hijo en brazos, hemos de dar gracias al Señor, pues “una de las grandes mercedes que Dios nos hizo además de habernos criado y redimirnos fue querer tener Madre, porque tomándola Él por suya nos la daba por nuestra”.
En Cristo se distingue la generación eterna (su condición divina, la preexistencia del Verbo) de su nacimiento temporal. En cuanto Dios, es engendrado, no hecho, misteriosamente por el Padre ab aeterno, desde siempre; en cuanto hombre, nació, fue hecho, de Santa María Virgen. Cuando llegó la plenitud de los tiempos el Hijo Unigénito de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad Beatísima, asumió la naturaleza humana, es decir, el alma racional y el cuerpo formado en el seno purísimo de María. La naturaleza humana (alma y cuerpo) y la divina se unieron en la única Persona del Verbo.
Al comenzar un nuevo año aprovechamos para hacer el propósito firme de recorrerlo día a día de la mano de la Virgen. Nunca iremos más seguros. Hagamos como el Apóstol San Juan, cuando Jesús le dio a María, en nombre de todos, como Madre suya: Desde aquel momento —escribe el Evangelista— el discípulo la recibió en su casa.
¡Con qué amor, con qué delicadeza la trataría! Así hemos de hacerlo nosotros en cada jornada de ese nuevo año y siempre.
 
PORLA