viernes, 12 de septiembre de 2014

LIBRO SEGUNDO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO SEPTIMO
Da gracias a Dios por los pecados que le perdonó y por los que no cometió
15) ¿Qué daré en retronó al Señor (Ps. 105, 12) porque recuerda estas cosas mi memoria, sin que por ello tiemble mi alma? Os amaré, Señor, os daré gracias, y alabaré vuestro nombre, porque me habéis perdonado tantas malas y nefandas acciones mías. A vuestra gracia y a vuestra misericordia debo el que deshicieseis como el hielo mis pecados.
También debo a vuestra gracia todos los males que no hice. ¿Qué mal no pude hacer, yo que llegué a amar de balde la maldad? Confieso que todo me lo habéis perdonado: el mal que por mi voluntad hice, y el que, guiado por Vos, no hice. ¿Qué hombre hay que, considerando su flaqueza, ose atribuir a sus fuerzas su castidad y su inocencia, para menos amaros, como si le fuese menos necesaria vuestra misericordia con que perdonáis los pecados a los que se convierten a Vos? Porque el que, llamado de Vos, siguió vuestra voz, y evitó los pecados que lee de mí cuando los confieso y recuerdo, no se burle de mí, porque estando enfermo, me sanó aquel Médico, de quien él recibió la merced de no enfermarse o, por mejor decir, de enfermarse menos; y por eso os ame tanto y más aún que yo; pues por aquel mismo por quien me ve restablecido de tamañas dolencias de mis pecados, se ve el preservado de tamañas dolencias de pecados.

CAPITULO OCTAVO
Que al hurto le movió la compañía de sus cómplices
16) ¿Qué fruto vine a sacar yo, miserable, de aquellas faltas, que ahora me avergüenzo de recordar? (Rom. 6, 21) sobre todo, de aquel hurte, en que amé el mismo hurto: nada más; como quiera que el hurto es nada (1), y yo por eso tanto más miserable.
Con todo, yo solo no lo hubiera hecho: tal era, lo recuerdo, la disposición de mi ánimo: de ninguna manera lo hubiera hecho yo solo. Luego también amé en el hurto la compañía de los cómplices con quienes lo cometí; luego no es verdad que no amé otra cosa sino el hurto. Aunque así es; ninguna otra amé; porque eso también es nada. ¿Qué es, pues, en realidad? - ¿quién habrá que me enseñe sino el que alumbra mi corazón y discierne sus sombras?, ¿qué es lo que al pensamiento se me ofrece averiguar y discutir y considerar? Porque si entonces yo deseara aquella fruta que hurtaba, y apeteciera comer de ella, pudiera a solas –si eso bastaba- cometer aquella maldad, con que habría llegado a darme gusto, sin encender con el roce de mis compañeros el prurito de mi deseo. Pero como en aquella fruta yo no hallaba deleite, hallábalo en el pecado mismo: hacíalo la compañía de los que juntamente pecábamos.

CAPITULO NOVENO
Incentivo de las malas compañías
17) ¿Qué era aquel afecto del alma? Cierto que abiertamente era harto vergonzoso; ¡desgraciado de mí, que lo tenía! Pero ¿qué afecto era?, ¿quién entenderá los pecados? (Ps. 18,13). Era un a risa, como de un cosquilleo del corazón, de ver que burlábamos a quienes no sospechaban que hiciésemos tal cosa, y lo iban a llevar muy a mal.
Y ¿por qué me deleitaba yo precisamente de no ser solo en la culpa? ¿Sería porque nadie se ríe fácilmente a solas? Así es, fácilmente ninguno; aunque algunas veces vence la risa a los que están solos, sin que nadie se halle presente, cuando a los sentidos o al ánimo se ofrece algún objeto excesivamente ridículo. Mas yo solo no lo hubiera hecho: jamás lo hubiera hecho yo solo.
Vivo está delante de Vos, Dios mío, el recuerdo de lo que entonces sentía; yo solo no hubiera cometido aquel hurto, en el cual no me halagaba lo robado, sino el robar; y aun esto no me hubiera halagado hacerlo a solas no lo hubiera hecho. ¡Oh amistad terriblemente enemiga, seducción inescrutable del alma; gana de perjudicar por juego y pasatiempo; apetito del daño ajeno sin ninguna codicia de provecho propio o de venganza!
Basta que alguien diga: “Vamos, hagámoslo”, y se avergüenza uno de no ser desvergonzado.

CAPITULO DECIMO
Que en Dios está todo bien
18) ¿Quién deshará este nudo tan enmarañado y ciego? Feo es; no quiero mirarle, no quiero verle. A Vos quiero, justicia e inocencia, hermosa y encantadora a los ojos limpios, con insaciable hartura. En Vos se halla perfecto descanso y vida imperturbable. El que entra en Vos entra en el gozo de su Señor (Mt. 25, 21); y no temerá, y se hallará sumamente bien en el sumo bien. Suavemente me dejé ir lejos de Vos, Dios mío, muy apartado de vuestra estabilidad en la adolescencia, y llegué a ser para mí la región del hambre (1).


PORLA