lunes, 1 de diciembre de 2014

LIBRO TERCERO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO NOVENO
Cosas que parecen pecado y no lo son
17) Mas entre las torpezas y crímenes y tanta muchedumbre de maldades, hay algunos pecados de los proficientes que los hombres de buen juicio vituperan, según la regla de la perfección que les falta; per a la vez los alaban, por el fruto que de ellos se espera, como del trigo en la berza. Otras cosas hay que parecen pecado o delito, pero que no son pecado; porque ni os ofenden a Vos, Señor Dios nuestro ni a la convivencia social. Como cuando se procuran algunas cosas para el uso de la vida, apropiadas a las circunstancias, y no consta que sea con desordenada codicia; o cuando con legítima autoridad se castigan algunas faltas para que haya enmienda, y no consta que sea con deseo de dañar.
Así, pues muchas acciones que a los hombres parecen vituperables, Vos, Señor, las aprobáis con vuestro dicho; y muchas que los hombres alaban Vos con vuestro fallo condenáis. Porque frecuentemente una cosa es la apariencia del hecho, y otra la intención del que lo hace, y las circunstancias secretas del momento.
Mas cuando Vos, súbitamente, mandáis alguna cosa inusitada e imprevista, aun cuando en otro tiempo la hayáis prohibido, y no descubráis por entonces la causa de vuestro mandato, aunque sea contra el pacto de alguna sociedad humana, ¿quién duda que se debe hacer, pues solo es justa la humana sociedad que os obedece? (1). Pero dichosos los que saben que sois Vos quien lo mandáis. Porque todo lo que hacen vuestros siervos, hacendlo, o para atender a la necesidad presente, o para prefigurar lo venidero.
  
CAPITULO DECIMO
Ridiculeces de la doctrina maniquea
18) Ignorando yo estas cosas, me burlaba de aquellos vuestros siervos y santos profetas. Y, ¿qué hacía yo cuando de ellos me burlaba, sino que Vos os burlaseis de mí, dejándome llegar insensiblemente y poco a poco a aquellas ridiculeces, de creer que el higo, cuando le cogen del árbol, y la higuera su madre, lloran lágrimas de leche? Mas si algún santo, no propio, sino ajeno, se le adhería a las entrañas; y en la oración gimiendo y eructando, al respirar exhalaba ángeles, o mejor dicho, partículas del Dios; supremo y verdadero hubieran quedado ligadas en aquella fruta, si no fueran libertadas por los dientes y estómago del santo escogido (1).
Yo, miserable, creía también que más misericordia se debía usar con los frutos de la tierra que con los hombres, para quienes aquellos son criados; porque si alguno que no fuera maniqueo, estando con hambre, me los pidiese, parecíame que si se lo daba, era como condenar aquel bocado a pena de muerte.

CAPITULO ONCEAVO
Un sueño de su madre, Santa Mónica
19) Mas enviasteis de lo alto vuestra mano (Ps. 143, 7) y sacasteis mi alma de esta profunda oscuridad (Ps. 85, 13). Pues entretanto mi madre, fiel sierva vuestra, me lloraba delante de Vos más que las otras madres lloran la muerte del cuerpo. Porque con la fe y espíritu que le habíais dado, me veía muerto. Y Vos, Señor, la oísteis: oísteisla y no despreciasteis sus copiosas lágrimas, que corrían de sus ojos y regaban la tierra, dondequiera que oraba. Vos la oísteis; porque ¿de dónde le vino a ella aquel sueño con que la consolasteis, de suerte que accedió a que viviésemos juntos en casa y comiésemos a una mesa? Cosa que hacía algún tiempo no consentía por su aversión y repugnancia a las blasfemias de mi error. Soñó pues, que estaba muy triste y deshecha en lágrimas de pie sobre una regla de madera; y que venía hacia ella un joven resplandeciente, con rostro alegre y risueño, y le preguntaba la causa de su dolor y continuas lágrimas, no para saberla, sino, como se suele hacer, para consolarla. Y como ella respondiese que lloraba mi perdición, díjola que no se acongojase, sino que mirase bien y reparase que donde ella estaba, estaba yo. Miró ella con atención, y me vio que estaba yo de pie, junto a ella sobre la misma regla. ¿De dónde le vino este sueño, sino de Vos, que teníais los oídos atentos a su corazón (Ps. 10, 17), Señor bueno y todopoderoso, que así cuidáis de cada uno de nosotros, como si de él solo cuidaseis, y de todos como de cada uno?

20) ¿De dónde nació también, contándose mi madre este sueño, y procurando yo interpretarlo en sentido de que más bien ella no desesperase de llegar a ser lo que yo era, al punto sin vacilar: No, replicó, porque no me dijeron: Donde él está, estás tú, sino: Donde tú estás, está él? Os confieso, Señor, en cuanto puedo repasar mis recuerdos, una cosa que muchas veces he mencionado; que más me impresionó esta respuesta que Vos me disteis por boca de mi ingeniosa madre, que no se turbó por la falsa, pero verosímil interpretación, sugerida por mí, y vio tan pronto lo que debía verse –y lo que yo, antes que ella me replicase, no había visto-; más me impresionó, repito, que el mismo sueño, con el cual tanto tiempo antes anunciasteis a esta piadosa mujer, para consolarla en la presente aflicción, el gozo que tanto tiempo después había de tener. Porque todavía transcurrieron nueve años, durante los cuales seguí revolcándome en aquel cieno del profundo (Ps. 68,3) y tinieblas del error, procurando muchas veces levantarme, y volviendo a caer más gravemente. Entretanto, aquella viuda casta, piadosa y sabia, como las que Vos amáis, alentada ya con la esperanza, pero nada remisa en sus lágrimas y gemidos, no cesaba de llorarme delante de Vos en todas sus horas de oración; y sus plegarias entraban en vuestro acatamiento (Ps. 87, 3); y no obstante, me dejabais todavía que me envolviera y revolviera en aquellas tinieblas.

PORLA

martes, 11 de noviembre de 2014

LIBRO TERCERO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO SEPTIMO
Ignorancias que le hicieron caer en el error maniqueo
12) Porque no conocía yo otro ser, el que verdaderamente es (1); y como que sutilmente me agujaban para que me declararse a favor de aquellos necios engañadores, cuando me preguntaban de dónde procedía el mal, y si Dios estaba circunscrito a figura corporal, y si tenía cabellos y uñas; y si habían de ser tenidos por justos los patriarcas, que tenían a la vez muchas mujeres, y mataban hombres y sacrificaban animales. Con estas preguntas yo, ignorante de todo, me desconcertaba, y apartándome de la verdad, me parecía que iba hacia ella. Porque no entendía que el mal no es sino privación del bien hasta lo que enteramente no es. Y ¿de dónde lo había de entender, pues con los ojos no veía más allá de los cuerpos, y con el alma no más allá de los fantasmas? No sabía que Dios es espíritu (Jn. 4, 24), que no tienen miembros con extensión a lo largo o a lo ancho, ni tiene cantidad; porque en la cantidad la parte es menos que el todo; y aun dado que fuera infinita, la parte contenida en cierto espacio limitado es menos que el todo infinito; y no está toda en todas partes, como el espíritu, como Dios. Totalmente ignoraba también qué es en nosotros aquello según lo cual somos, y con verdad se nos llama en la Escritura (Gen. 1, 27) hechos a semejanza de Dios.

13) Ni conocía la verdadera justicia interior, que no juzga por la costumbre, sino por la Ley rectísima de Dios todopoderoso; a la cual se han de ajustar las costumbres de las regiones y de los tiempos, según las exigencias de las regiones y de los tiempos, permaneciendo ella en todas partes y siempre idéntica, no distinta en distintos lugares, ni diversa en diversos tiempos. Conforme a esta justicia, fueron justos Abrahán, Isaac, Jacob, Moisés y David y todos ellos alabados por boca de Dios, aunque los tengan por inicuos los ignorantes, que juegan con juicio humano (1, Cor. 4, 3), y miden por las propias costumbres las de todo el linaje de los hombres. Como si uno que no entiende de armaduras, y qué pieza es para cada miembro, tratase de encasquetarse las grebas y calzarse el casco, y se quejase de que las armas no se le acomodan. O como si un vendedor se diera por agraviado de que un día declarado festivo por la tarde, no se le permitía abrir la tienda, habiéndosele permitido por la mañana; o como si en una casa, viendo que un esclavo toma en sus manos un objeto que no dejan tocar al que sirve la copa, o que hacen detrás de los pesebres lo que no se le permite delante de la mesa; uno se indignase de que en una misma casa y en una misma familia, no se permita lo mismo en todo lugar y a todos.
Así son estos (maniqueos) que murmuran cuando oyen decir que en aquellos tiempos (de los Patriarcas) fue lícita a los justos alguna cosa que en los nuestros no es lícita a los justos; y que una cosa mandó Dios a aquéllos y otra a éstos, por razones circunstanciales, aunque ajustándose unos y otros a la misma rectitud. Y están viendo cómo en un mismo hombre y en un mismo día, y en una misma casa, una cosa conviene a un miembro y otra a otro; y que lo que poco antes fue lícito, pasada una hora no lo es; y que en tal lugar se permite o se manda lo que en tal otro cercano se prohíbe y castiga.
¿Acaso la justicia es variable y tornadiza? No; mas los tiempos a que ella preside no corren siempre los mismos; porque son tiempos. Pero los hombres cuya vida sobre la tierra es breve, como no alcancen con el sentido a comparar las razones de los siglos pasados y de los pueblos extranjeros que no conocen por experiencia, con lo que ellos han experimentado, y, en cambio, en un solo cuerpo, en un solo día y en una sola casa fácilmente pueden ver lo que conviene a cada miembro a cada momento, a cada lugar y a cada persona, condenan lo pasado y se avienen a los presente.

14) No entendía yo entonces estas cosas ni caía en ellas; y aunque por todas partes saltaban a la vista, no las veía. Declamaba poemas y no me era lícito poner dondequiera cualquier pie; (métrico), sino diferentes pies en cada clase de metro; y aun en un solo verso, no en todo lugar el mismo pie; y, sin embargo, el arte de versificar no varía según los sitio, sino abarca a la vez diversas reglas. Y no echaba de ver que la justicia, a quien obedecen los buenos y santos varones, contiene a la vez por un modo mucho más excelente y sublime todos sus preceptos sin diversidad alguna, aunque no los manda todos en todos los tiempos, mas diversifica sus preceptos según la diversidad de los tiempos. Y yo, ciego, condenaba a aquellos piadosos  Patriarcas, que no solo usaron, como Dios se lo mandaba e inspiraba, de las cosas presentes sino también anunciaron, como Dios se lo revelaba, las venideras (2).

CAPITULO OCTAVO
Que ciertas acciones son siempre vituperables
15) ¿Por ventura en algún tiempo o lugar es cosa injusta amar a Dios de todo corazón, con toda el alma, y con toda la mente, y amar al prójimo como a sí mismos? (M. 22, 37 – 39). Pues así, los pecados que son contra naturaleza, como fueron los de los sodomitas, siempre y en todo lugar deben ser detestados y castigados; y aun cuando todas las gentes los cometieran, serian igualmente culpables ante la divina, que no hizo a los hombres para que de tal modo usasen unos de otros. Porque se destruye la misma sociedad que con Dios debemos tener, cuando la misma naturaleza de que Él es autor, se amancilla con la depravación de la lujuria.
Pero los pecados que son contra las instituciones humanas débense evitar según la diversidad de las costumbres; de suerte que el mutuo concierto entre pueblos y naciones, establecido por costumbre o por ley, no se quebrante por el capricho de ningún ciudadano o extranjero; porque es deforme toda parte que no se conforma con su todo. Mas cuando Dios manda alguna cosa contra la costumbre o pacto d quienquiera que sea aunque nunca se haya hecho, se debe hacer; si dejó de observarse, debe restablecerse de nuevo; si no se ha puesto en uso, debe ponerse. Porque si es lícito al rey en la ciudad donde reina mandar una cosa que ninguno antes de él, ni él mismo hasta entonces había mandado, y no es contra el bien común de aquella ciudad obedecerle, antes lo sería el no obedecerle –pues es ley general de las sociedades hermanas obedecer a sus reyes- , ¿cuántos más Dios, que reina sobre todas sus criaturas, debe, sin duda, ser obedecido en lo que mandare? Pues como entre la jerarquía de la sociedad humana la autoridad superior es obedecida con preferencia a la inferior, así Dios sobre todos.

16) Dígame otro tanto de los delitos inspirados por el placer de causar daño, sea con afrenta sea con injuria; y lo uno o lo otro, ya por vengarse, como un enemigo de su enemigo; ya por alcanzar algún provecho material, como el ladrón que roba al caminante; ya por evitar algún mal de parte de la persona a quien se teme; ya por envidia, como acontece al desdichado con el dichoso, o al que ha prosperado en algo con el que teme se le iguale o se duele de que ya se le iguala; ya por solo placer del mal ajeno, como los espectadores de la lucha de gladiadores y los que de cualesquiera otros se ríen y mofan. Estas son las cabezas y fuentes de la maldad, que nacen del mal deseo de dominar, ver o sentir, de uno solo, de dos de ellos, o de todos juntos.
Así se vive mal contra los tres y siete (1), el salterio de diez cuerdas (Ps. 143, 3), vuestro decálogo, oh Dios altísimo y dulcísimo.
Mas ¿qué torpeza nuestra puede llegar a Vos, que sois incorruptible?, ¿o qué atropello se puede cometer contra Vos, que no podéis recibir daño? Pero Vos castigáis lo que los hombres cometen contra sí mismos; porque aun cuando pecan contra Vos, obran impíamente contra sus propias almas, y la iniquidad miente para su mal (Ps. 26, 12), sea estragando y pervirtiendo su naturaleza, que Vos hicisteis y ordenasteis, sea usando desmedidamente de las cosas lícitas, o apeteciendo ardientemente las ilícitas para usarlas contra naturaleza (Rom. 1, 26); o se hacen reos enfureciéndose contra Vos de pensamiento y de palabra y tirando coces contra el agujón (Act. 9, 5), o bien cuando rotas las barreras de la humana sociedad, se gozan audaces en conciliar o romper amistades privadas, según que alguna cosa les agrada o desagrada. Y estos delitos se cometían cuando Vos, fuente de vida, que sois el único y verdadero Creador y gobernado del universo, sois abandonado, y con privada soberbia se ama en lo particular una falsa unidad. Así, pues, por la humilde piedad volvemos a Vos, y Vos nos purificáis de la mala costumbre, y perdonáis los pecados de los que os confiesan y escucháis los gemidos de los encarcelados (Ps. 101, 21), y nos soltáis las cadenas que nosotros nos habíamos forjado, con tal que ya no levantamos contra Vos la cerviz de la falsa libertad, por la codicia de tener más, y, con el riesgo de perderlo todo, amando más nuestro propio interés que a Vos, bien universal de las criaturas.

PORLA





martes, 21 de octubre de 2014

LIBRO TERCERO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO CUARTO
La lectura del “Hortensio” despierta en él la afición a la sabiduría
7) Entre estos eversores estudiaba yo, en tierna edad todavía, los libros de elocuencia, en la cual deseaba descollar, con fin vituperable y vano para gozar de la vanidad humana.
Según el orden acostumbrado de los estudios, llegué a un libro de un tal Cicerón (1), cuya lengua casi todos admiran; el pecho, no todos. Aquel libro suyo, titulado Hortensius, contiene una exhortación a la filosofía. Y aquel libro, mudó mis aficiones, y enderezó a Vos, Señor mío, mis plegarias, e hizo que fueran otras mis aspiraciones y deseos. De repente me pareció vil toda vana esperanza, y con increíble ardor de corazón deseaba la inmortalidad de la sabiduría, y comenzaba a levantarme para volverme a Vos. Porque no buscaba yo pulir el estilo –que es lo que, al parecer, yo compraba con los dineros de mi madre a mis diecinueve años, muerto ya dos años antes mi padre-; no buscaba, digo, con la lectura de aquel libro pulir el estilo, ni al leerlo me había convencido su lenguaje, sino lo que decía.

8) ¡Cómo ardía, Dios mío, cómo ardía yo, deseando remontarme desde las criaturas hasta Vos, y no me daba cuenta de lo que obrabais en mí! Porque en Vos está la sabiduría (Job. 12, 13), y el amor a la sabiduría se llama en griego Filosofía, en cuyo amor me encendían aquellas páginas.
Hay algunos que engañan por medio de la filosofía coloreando y dando apariencia a sus errores con la grandeza y suavidad de tan hermoso nombre; y casi todos los que en aquellos y en los anteriores habían sido tales, hallándose notados y descubiertos en aquel libro. Allí, pues, se pone de manifiesto el saludable consejo que vuestro Espíritu nos da por medio del bueno y piadoso siervo vuestro San Pablo (Colos. 2, 8, 9): Mirad que nadie os sorprenda por la filosofía y vana falacia, conforme a la tradición de los hombres, según los elementos del mundo, y no según Cristo; porque en Él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente. Yo por entonces –Vos los sabéis, luz de mi corazón- no conocía estas palabras de vuestro Apóstol; mas lo único que me deleitaba en aquella exhortación del Hortensio, era que me excitaba con sus palabras, y me encendía e inflamaba, no a seguir esta o aquella secta, sino a desear, buscar, alcanzar, retener o abrazar fuertemente la misma sabiduría, dondequiera que estuviese.
Sólo una cosa me entibiaba entre tan grandes ardores: que no hallaba en aquel libro el nombre de Cristo. Porque este nombre de mi Salvador, vuestro Hijo, habíalo piadosamente bebido mi tierno corazón con la leche de mi madre, y lo retenía profundamente grabado; y cualquier escrito donde no se leyera este nombre, aunque fuese elegante, pulido y erudito, no me arrebataba del todo.

CAPITULO QUINTO
La lectura de la Biblia le desagradó por la llaneza del estilo
9) Determiné, pues, darme al estudio de las santas Escrituras, para ver cómo eran. Mas ahora veo que es un libro inaccesible a los soberbios, y no descubierto a los pequeños; humilde a la entrada, y de dentro sublime, y envuelto en misterios; y yo no era tal que pudiera entrar a ella, ni bajar la cerviz para atravesar. No juzgué de ella como ahora digo, cuando me apliqué a su lectura; antes me pareció indigna de compararse con la majestad de Tulio. Mi hinchazón rechazaba su llaneza, y mi corta visita no penetraba su interior; cuando a la verdad, ella es tal, que crece con los pequeñuelos; mas yo me desdeñaba de ser pequeño, e hinchado de presunción, me tenía por grande.

CAPITULO SEXTO
Cómo se dejó engañar por los maniqueos
10) Vine, pues, a caer con unos hombres soberbiamente delirantes, y en gran manera carnales y parleros, en cuyas bocas armó sus lazos el diablo, y puso una viscosa liga, compuesta de las silabas de vuestro nombre y el de nuestro Señor Jesucristo, y el del Espíritu Santo, nuestro Paráclito y Consolador. Estos nombres no se apartaban de su boca, mas solo cuando al sonido y ruido de la lengua; por lo demás, su corazón estaba vacío de verdad. Decía: ¡Verdad y verdad!, y mucho me la nombraban; pero nunca se hallaba en ellos; antes decían cosas falsas, no solamente acerca de Vos, que verdaderamente sois la Verdad, sino también acerca de los elementos de este mundo, creación vuestra; sobre los cuales, aun a los filósofos que dicen muchas verdades, debí dejar atrás por amor vuestro, Padre mío, Bien Sumo, hermosura de todas las hermosuras.
¡Oh Verdad, Verdad! Cuán entrañablemente suspiraban todavía por vos las médulas de mi alma cuando aquellas frecuentemente y de muchas maneras me hacían oír vuestro nombre ya solo de palabra, ya en muchos y muy abultados volúmenes! Aquellos eran los platos en que, teniendo yo hambre de Vos, me presentaban, en vez de Vos, al sol y la luna, hermosas obras vuestras; pero al cabo obras vuestras, no Vos, ni siquiera las más excelentes de vuestras obras. Porque más excelentes son vuestras criaturas espirituales que estas corporales, aunque luminosas y celestiales.
Pero ni aun de aquellas criaturas superiores tenía yo hambre y sed, sino de Vos mismo, que sois la Verdad, en la cual no hay mudanza, ni momentánea oscuridad (Jac. 1, 16). Presentábanme en aquellas fuentes esplendidos fantasmas, cuando hubiera sido mejor amar a este sol, que al menos descubre a la vista del cuerpo ser verdadero que no aquellas falsedades, que por los ojos engañaban al alma.
Mas como yo las tomaba por Vos, comíalas no ciertamente con gana, porque ni en mi boca tenían sabor a lo que sois Vos –como que no eran Vos aquellas vanas ficciones-, ni me sustentaba con ellas, antes me iba más extenuado. La comida en sueños es parecidísima a la que se toma despierto; pero con ello no se alimentan los que duermen, porque están dormidos. Pero aquellos manjares en ninguna manera eran semejantes a Vos, oh Verdad, como ahora me lo habéis enseñado. Porque aquéllos eran fantasmas corpóreos, cuerpos fingidos; y más realidad que ellos tienen estos cuerpos verdaderos, que vemos con los ojos de la carne, tanto los celestes como los terrenos; como los ven los brutos y las aves. Veamoslos y con más certidumbre que cuando los imaginamos que si por ellos sospechásemos otros más grandes e infinitos que no tienen realidad alguna. Con tales vaciedades me apacentaba yo entonces, mas no me sustentaba.
Pero Vos, amor mío, en quien para ser fuerte desfallezco, ni sois estos cuerpos que vemos, aunque sean en el Cielo; ni los otros que no vemos allí; porque Vos lo creasteis, y ni los contáis entre las más excelentes creaciones vuestras. Pues ¿cuánto más lejos no estáis de aquellos fantasmas míos, fantasmas de cuerpos que no tienen realidad alguna? Porque más reales que aquéllos son las imágenes de los cuerpos existentes; y más reales que estas son los mismos cuerpos; los cuales, sin embargo no sois Vos. Pero ni tampoco sois el alma, que es vida de los cuerpos, y, por tanto como vida de los cuerpos, más excelente y más real que los cuerpos. Mas Vos sois Vida de las almas,  vida de las vidas, que vivís por Vos mismo sin mudanza, Vida de mi alma.

11) Pero ¿dónde estabais entonces Vos para mí? ¡Y qué lejos! Muy lejos peregrinaba yo sin Vos, privado hasta de las bellotas de los cerdos que yo apacentaba con bellotas (Lc. 15, 16). Pues ¿cuánto mejores no eran las fábulas de los gramáticos y de los poetas, que no aquellos trampantojos? Porque los versos, las poesías y el vuelo de Medea son ciertamente más provechosos que “los cinco elementos (1) diversamente disfrazados, por razón de los cinco antros tenebrosos”; los cuales absolutamente nada son, pero dan muerte a los que creen en ellos. Porque de los versos y poemas sirvome para condimentar mi verdadero manjar; y el vuelo de Medea recitábalo yo, mas no lo afirmaba; oíalo recitar, mas no lo creía. Pero esas otras quimeras las creí. ¡Ay, ay de mí! Por qué escalones descendí a lo profundo del abismo, fatigado y congojado por la falta de la verdad, cuando os buscaba, Dios mío –a quien alabo porque os apiadasteis de  mí, que aún no os alababa-; cuando os buscaba, no con el entendimiento del alma, con que quisisteis que me aventajase a los brutos, sino con el sentido de la carme. Pero Vos estabais más dentro de mí que lo más íntimo de mí. Y más alto que los supremo de mi ser. Vine a tropezar con aquella mujer procaz y sin juicio (2) –el enigma de Salomón (Prov. 9, 17)-, que sentada a la puerta en una silla, dice a los transeúntes: Comed alegremente del pan escondido, y bebed a hurtadillas del agua dulce.
Esta mujer me sedujo, porque me halló que moraba yo fuera en los ojos de mi carne (3), y rumiaba dentro de mí las mismas cosas que por ellas había devorado.


PORLA

miércoles, 1 de octubre de 2014

LIBRO TERCERO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO PRIMERO
Deseando el amor, cae en las redes del amor
1) Llegué a Cartago, y por todas partes crepitaba en derredor mío aquella sartén (1) de amores impuros. Aun no amaba yo; pero ansiaba amar; y con una secreta indigencia me aborrecía a mí porque era menos indigente.
Ansiando amar, buscaba a quien amar; y aborrecía la seguridad y las sendas sin lazos.
Porque tenía dentro hambre por falta del alimento interior, que sois Vos mismo, Dios mío; mas no era esto lo que yo hambreada, antes estaba sin deseo de los manjares incorruptibles; no porque estuviera lleno de ellos, sino tanto más hastiado cuanto más vacío. Y por esto no estaba sana mi alma; que, llagada, se arrojaba fuera de sí, ávida de estragase miserablemente con el contacto  de las cosas sensibles, las cuales, si no tuvieran alma, ciertamente no serían amadas. Amar y ser amado me era más dulce si gozaba también del cuerpo del amante. Manchaba yo, pues, el manantial de la amistad con la inmundicia de la concupiscencia, y oscurecía su blancura con los vapores infernales de la lujuria. Y con ser yo deforme y deshonesto me desvivía por ser elegante y cortés, rebosando vanidad.
Caí también en el amor, del cual deseaba ser cautivo. ¡Dios mío, misericordia mía, con cuánta hiel rociasteis aquella suavidad, y con cuánta bondad lo hicisteis! Porque logré ser amado, y llegué secretamente (2) al vínculo de la fruición; y alegre, me iba atando con nudos congojosos, para ser azotado, como con varas de hierro candente, con celos, y sospechas y temores, iras y contiendas.

CAPITULO SEGUNDO
Su afición a la tragedia – El placer trágico
2) Arrebátabanme los espectáculos teatrales, llenos de imágenes de mis miserias y de incentivos de mi fuego.
¿Qué será, que el hombre en el teatro quiere sentir pena cuando ve representar sucesos luctuosos y trágicos, que, sin embargo, él mismo no querría padecer? Y, no obstante, como espectador quiere sentir pena de ellos; y aun esa misma pena es su deleite. ¿Qué es esto sino miserable locura? Porque tanto más se conmueve uno con estas escenas, cuanto menos santo está de semejantes afectos; si bien cuando uno mismo lo padece, se suele llamar miseria; y cuando se compadece de otros, misericordia. Pero ¿qué misericordia puede caber hacia desgracias fingidas y escénicas? Porque al espectador no se le impulsa a socorrer, sino solamente se le convida a dolerse y él tanto más aplaude al autor de semejantes ficciones, cuanto más se duele. Y si aquellas calamidades de los hombres, ya sean antiguas, ya fingidas, se representan de suerte que el espectador no siente pena, quédase atento y satisfecho.

3) Según esto, ¿nos gustan las lágrimas y dolores? Cierto es que todo hombre quiere gozar. Mas, supuesto que a nadie agrada ser miserable, pero agrada ser misericordioso, como esto no puede ser sin dolor, ¿será que por esta sola causa nos guste el dolor? También este sentimiento nace del manantial de la amistad (1). Pero “en la tragedia”, ¿adónde va?, ¿adónde desemboca? ¿Por qué va a caer en el torrente de pez hirviendo (Is. 34, 9), espantosa vorágine de horribles liviandades en las cuales se trueca y trasforma la amistad, cuando por su propia querer se tuerce y cae de su celestial serenidad?
¿Condenaremos, pues, la compasión? De ninguna manera. Ámese en buen hora alguna vez el dolor; mas guárdate de la inmundicia, ahora mía, bajo el amparo de mi Dios, el Dios de nuestros padres, digno de ser alabado y sobreensalzado por todos los siglos (Dan. 3, 52); guárdate de la inmundicia. Ni yo he dejado ahora de compadecerme. Pero entonces en el teatro me deleitaba con los amantes, cuando se gozaban torpemente, aunque aquellas sólo eran acciones fingidas en la representación escénica.  Y cuando el uno perdía al otro, con cierta conmiseración me entristecía. Y lo uno y lo otro me deleitaba. Pero ahora tengo más compasión del que disfrutaba en el pecado que del que se considera en terrible trance por la pérdida de un placer pernicioso, o por la privación de una felicidad miserable. Esta es, sin duda, más genuina misericordia; pero en ella el dolor no causa deleite. Porque si bien merece alabanza, por cumplir con un deber de caridad, el que se compadece de un desgraciado, sin embargo, el que es genuinamente compasivo preferiría sin duda que no hubiera de que dolerme. Porque si la buena voluntad pudiera querer el mal (lo cual no es posible), también el que verdadera y sinceramente es compasivo podría desear que hubiera desgraciados para compadecerse de ellos. Hay, pues, algún dolor de compasión que debe ser aprobado, pero ninguno debe ser deseado. Porque Vos, Dios mío, que amáis las almas, os compadecéis de ellas tanto más cumplidas y puramente, cuanto lo hacéis sin que ningún dolor os atormente. Pero ¿quién es capaz de llegar a esto? (2 Cor. 2, 16).

4) Mas yo, desventurado, deseaba entonces el dolor y buscaba tener de qué dolerme, cuando en la desgracia ajena, falsa y teatral, aquella representación del autor me deleitaba más, y me tenía más fuertemente suspenso, en que se me saltaban las lágrimas. Pero ¿qué maravilla es que yo, infeliz oveja descarriada de vuestro rebaño, por no sufrir vuestra guarda, estuviese lleno de roña repugnante? Y de aquí nacía los deseos del dolor, no tal que penetrase hasta el fondo, pues no deseaba padecer las desgracias que veía representadas , sino tal, que oídas en la escena y fingidas, me rozasen en la superficie; pero, como a las que se rascaron las uñas, se me levantaba un temor ardoroso, lleno de corrupción y horrible podredumbre. Tal era mi vida; ¿era esto vida, Dios mío?

CAPITULO TERCERO
Frutos de muerte – Su aversión a los estudiantes “eversores”
5) Y en derredor mío volaba de lejos vuestra fiel misericordia. ¡En cuántas maldades me consumí, llevado de cierta curiosidad sacrílega (1), que apartándome de vos, me arrastraba al abyecto, pérfido y engañoso culto de los demonios, a quienes sacrificaba (Deu. 32, 17) mis malas obras! Y Vos en todas ellas me azotabais.
Me atrevía  también, aun durante la celebración de una solemnidad vuestra, dentro de los muros de vuestra Iglesia, a desear y tratar la manera de procurarme frutos de muerte (Rom. 7, 5) (2). Por ello me azotasteis Vos con graves penas, que nada eran para la gravedad de mis culpas, oh Vos, grandísima misericordia mía, Dios mío, refugio mío contra los terribles malhechores míos, entre los cuales, para más apartarme de Vos, anduve con el cuello erguido, siguiendo mis caminos y no los vuestros, y anhelando una libertad fugitiva.

6) Los estudios, que se llaman honestos en que me ocupaba, se enderezaban a los pleitos del foro, en los cuales pretendía yo sobresalir, tanto más alabado, cuanto más fraudulento. ¡Tanta es la ceguera de los hombres, que se glorían aun de ceguera! Era yo el primero en la clase de retórica, y de ello me gozaba orgullosamente y estaba hinchado de vanidad; aunque –Vos lo sabéis, Señor- era mucho más reposado y totalmente ajeno a las salvajadas de los eversores (3) –nombre siniestro y diabólico, que ha llegado a ser distintivo de cortesanía-, entre los cuales vivía yo desvergonzadamente avergonzado de no ser como ellos. Andaba con ellos, y a veces disfrutaba con su amistad; pero siempre abominaba de sus travesuras, esto es de las novatadas con que descaradamente maltrataban la timidez de los bisoños, vejándolos y ridiculizándolos inmotivamente, apacentando así sus malévolas alegrías. Nada como aquella acción tan parecida a las acciones de los demonios. ¿Qué nombre, pues podría dárseles más verdadero que el de “perturbadores”, estando ellos completamente “perturbados” y pervertidos por los espíritus del error, que se burlan de ellos y los engañan en lo mismo que ellos y quieren burlarse y engañar a los otros?


PORLA


viernes, 12 de septiembre de 2014

LIBRO SEGUNDO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO SEPTIMO
Da gracias a Dios por los pecados que le perdonó y por los que no cometió
15) ¿Qué daré en retronó al Señor (Ps. 105, 12) porque recuerda estas cosas mi memoria, sin que por ello tiemble mi alma? Os amaré, Señor, os daré gracias, y alabaré vuestro nombre, porque me habéis perdonado tantas malas y nefandas acciones mías. A vuestra gracia y a vuestra misericordia debo el que deshicieseis como el hielo mis pecados.
También debo a vuestra gracia todos los males que no hice. ¿Qué mal no pude hacer, yo que llegué a amar de balde la maldad? Confieso que todo me lo habéis perdonado: el mal que por mi voluntad hice, y el que, guiado por Vos, no hice. ¿Qué hombre hay que, considerando su flaqueza, ose atribuir a sus fuerzas su castidad y su inocencia, para menos amaros, como si le fuese menos necesaria vuestra misericordia con que perdonáis los pecados a los que se convierten a Vos? Porque el que, llamado de Vos, siguió vuestra voz, y evitó los pecados que lee de mí cuando los confieso y recuerdo, no se burle de mí, porque estando enfermo, me sanó aquel Médico, de quien él recibió la merced de no enfermarse o, por mejor decir, de enfermarse menos; y por eso os ame tanto y más aún que yo; pues por aquel mismo por quien me ve restablecido de tamañas dolencias de mis pecados, se ve el preservado de tamañas dolencias de pecados.

CAPITULO OCTAVO
Que al hurto le movió la compañía de sus cómplices
16) ¿Qué fruto vine a sacar yo, miserable, de aquellas faltas, que ahora me avergüenzo de recordar? (Rom. 6, 21) sobre todo, de aquel hurte, en que amé el mismo hurto: nada más; como quiera que el hurto es nada (1), y yo por eso tanto más miserable.
Con todo, yo solo no lo hubiera hecho: tal era, lo recuerdo, la disposición de mi ánimo: de ninguna manera lo hubiera hecho yo solo. Luego también amé en el hurto la compañía de los cómplices con quienes lo cometí; luego no es verdad que no amé otra cosa sino el hurto. Aunque así es; ninguna otra amé; porque eso también es nada. ¿Qué es, pues, en realidad? - ¿quién habrá que me enseñe sino el que alumbra mi corazón y discierne sus sombras?, ¿qué es lo que al pensamiento se me ofrece averiguar y discutir y considerar? Porque si entonces yo deseara aquella fruta que hurtaba, y apeteciera comer de ella, pudiera a solas –si eso bastaba- cometer aquella maldad, con que habría llegado a darme gusto, sin encender con el roce de mis compañeros el prurito de mi deseo. Pero como en aquella fruta yo no hallaba deleite, hallábalo en el pecado mismo: hacíalo la compañía de los que juntamente pecábamos.

CAPITULO NOVENO
Incentivo de las malas compañías
17) ¿Qué era aquel afecto del alma? Cierto que abiertamente era harto vergonzoso; ¡desgraciado de mí, que lo tenía! Pero ¿qué afecto era?, ¿quién entenderá los pecados? (Ps. 18,13). Era un a risa, como de un cosquilleo del corazón, de ver que burlábamos a quienes no sospechaban que hiciésemos tal cosa, y lo iban a llevar muy a mal.
Y ¿por qué me deleitaba yo precisamente de no ser solo en la culpa? ¿Sería porque nadie se ríe fácilmente a solas? Así es, fácilmente ninguno; aunque algunas veces vence la risa a los que están solos, sin que nadie se halle presente, cuando a los sentidos o al ánimo se ofrece algún objeto excesivamente ridículo. Mas yo solo no lo hubiera hecho: jamás lo hubiera hecho yo solo.
Vivo está delante de Vos, Dios mío, el recuerdo de lo que entonces sentía; yo solo no hubiera cometido aquel hurto, en el cual no me halagaba lo robado, sino el robar; y aun esto no me hubiera halagado hacerlo a solas no lo hubiera hecho. ¡Oh amistad terriblemente enemiga, seducción inescrutable del alma; gana de perjudicar por juego y pasatiempo; apetito del daño ajeno sin ninguna codicia de provecho propio o de venganza!
Basta que alguien diga: “Vamos, hagámoslo”, y se avergüenza uno de no ser desvergonzado.

CAPITULO DECIMO
Que en Dios está todo bien
18) ¿Quién deshará este nudo tan enmarañado y ciego? Feo es; no quiero mirarle, no quiero verle. A Vos quiero, justicia e inocencia, hermosa y encantadora a los ojos limpios, con insaciable hartura. En Vos se halla perfecto descanso y vida imperturbable. El que entra en Vos entra en el gozo de su Señor (Mt. 25, 21); y no temerá, y se hallará sumamente bien en el sumo bien. Suavemente me dejé ir lejos de Vos, Dios mío, muy apartado de vuestra estabilidad en la adolescencia, y llegué a ser para mí la región del hambre (1).


PORLA

martes, 19 de agosto de 2014

LIBRO SEGUNDO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO CUARTO
Hurta unas peras, por solo el gusto de hurtar
9) Ciertamente, vuestra Ley castiga el hurto, Señor; Ley escrita en los corazones de los hombres, que no la borra ni aun la misma iniquidad. Porque ¿qué ladrón hay que sufra con paciencia a quien le roba, aunque el uno sea rico, y el otro compelido por la indigencia? Pues yo quise hacer un hurto, y lo hice compelido no por pobreza, sino por penuria y hastío de la justicia y exceso de maldad. Pues lo que robé teníalo yo en abundancia, y mucho mejor; ni quería yo disfrutar de lo que deseaba robar, sino del mismo hurto y pecado. Había en la vecindad de nuestra viña un peral cargado de peras, que ni por el aspecto, ni por el gusto, eran tentadoras. A sacudirlo y despojarlo fuimos unos perversísimos mozalbetes muy  entrada la noche, pues hasta entonces, según nuestra pestilencial costumbre habíamos prolongado el juego en las plazas; y nos llevamos de allí grandes cargas, no para comérnoslas, sino para echarlas a los cerdos; si bien algunas comimos; con tal de hacer lo que únicamente nos gustaba porque no era lícito.
Este era mi corazón, Señor, éste era mi corazón, que estaba en lo profundo del abismo, y Vos os compadecisteis de él. Dígaos ahora este corazón mío qué es lo que allí buscaba, sino ser malo de balde, sin que hubiese otra causa de mi malicia, sino mi pura malicia.
Fea era, pero no la amé; amé mi perdición, amé mi culpa; amé, no el objeto porque pecaba, sino mi mismo pecado: alma fea la mía, que saltaba fuera de vuestro amparo a la perdición, no por apetecer feamente alguna cosa, sino la misma fealdad.

CAPITULO QUINTO
Que ninguno peca sino buscando algún bien particular
10) Los cuerpos hermosos, como el oro, la plata y todos los demás, tienen cierta apariencia. En el contacto de la carne influye poderosamente la conformidad; y para cada uno de los otros sentidos hay en los cuerpos su modalidad adecuada. Así mismo, la honra temporal y el poder de señorear y superar tienen su encanto; del cual también nace el ansia de la venganza; y sin embargo, por alcanzar todos estos bienes no se ha de apartar el hombre de Vos, Señor, ni desviarse de vuestra Ley.
También la vida que aquí vivimos tiene su atractivo, por una cierta manera de hermosura suya, y por su conveniencia con todas estas bellezas inferiores. Dulce es también la amistad de los hombres con nudo de amor, porque hace de muchas almas una. Por todas estas cosas, y por otras semejantes, se comete el pecado, cuando por inmoderada inclinación a estos bienes, que son los más bajos, se abandonan los mejores y supremos que sois Vos, Señor Dios nuestro, y vuestra verdad, y vuestra Ley. Porque también estos bienes ínfimos tienen sus deleites; pero no como mi Dios, que hizo todas las cosas; porque en Él se deleita el gusto, y Él forma las delicias de los rectos de corazón (Ps. 63, 11).

11) De manera que cuando se inquiere por qué causa se ha cometido algún crimen, no se suele dar crédito hasta que se averigua que pudo ser el apetito de alcanzar algunos de estos bienes, que hemos llamado ínfimos, o el temor a perderlo. Son ellos, sin duda, hermosos y de buen parecer; aunque, comparados con aquellos superiores y celestiales, son abyectos y despreciables. Fulano mató a un hombre. ¿Por qué lo hizo? Estaba aficionado a la mujer del otro o a su finca: o le quiso robar para tener con qué vivir: o temió que el otro le quitase algo semejante: o agraviado, se encendió en deseo de venganza. ¿Iba a matar al otro sin ninguna causa, por el gusto del mismo homicidio? ¿Quién lo va a creer?
Porque aun de aquel hombre malvado y excesivamente cruel, Catilina, de quien se dijo que “de balde era malo y cruel”, empero ya antes se había dicho la causa, a saber: “para que con la ociosidad no se le entumeciera la mano o el brío” (1). Y todavía preguntarás: y esto, ¿Por qué así? Para, una vez tomada Roma con aquel ejercicio de crímenes, alcanzar honra, mando y  riquezas, librarse del tiempo de las leyes, y de las dificultades de la vida, causadas por la escasez de recursos, y por la conciencia de sus crímenes. Ni el mismo Catilina, pues, amó sus delitos, sino seguramente otra cosa, por cuya causa los cometía.

CAPITULO SEXTO
¿Qué pretendió en hurtar? –Los bienes que buscamos en las criaturas se hallan en Dios con infinitas ventajas.
12) ¿Qué, pues, ame yo, miserable, en ti, oh delito mío nocturno, del año dieciséis de mi edad? Hermoso no eras, pues eras hurto.
Pero ¿acaso eres algo, para que hable contigo? Hermosas eran aquellas peras que hurtamos, porque eran criaturas vuestras, oh Hermosísimo sobre todas las cosas, Creador de todas, Dios bueno, Dios sumamente bueno, y bien mío verdadero; hermosas eran aquellas peras: más no eran ellas lo que deseaba mi alma miserable; porque mejores las tenía yo en abundancia; y aquellas, únicamente por hurtar las arranqué del árbol; pues apenas cogidas, las arrojé; y solo comí la maldad, en que me gozaba con fruición. Y si algo de aquella fruta entró en mi boca, el delito era lo que le daba sabor.
Y ahora, Señor Dios mío, pregunto qué era lo que en el hurto me deleitaba, y he aquí que no descubro rastro de hermosura: no digo como la que se halla en la equidad y en la prudencia, pero ni siquiera como en la inteligencia del hombre, y en la memoria, sentidos y vida vegetativa: ni como son bellos y hermosos los astros de sus órbitas; y la tierra y mar, llenos de nuevos vivientes que nacen para suceder a los que mueren; ni siquiera como aquella hermosura incompleta y umbrátil con que nos engañan los vicios.

13) Porque la soberbia imita la celsitud, siendo Vos solo sobre todas las cosas Dios excelso. La ambición, ¿qué busca, sino honores y gloria, siendo Vos solo sobre todas las cosas digno de ser honrado, y glorioso para siempre? La crueldad de los tiranos quiere ser temida; pero ¿quién debe ser temido, sino solo Dios, de cuyo poder qué cosa se pudo librar o sustraer?
¿Cuándo, ni dónde, ni cómo, ni por quién puede jamás? Las blanduras de los lascivos solicitan amor: pero ni hay cosa más blanda que vuestra caridad, ni que más saludablemente se ame que vuestra verdad, sobre todas las cosas hermosa y resplandeciente. La curiosidad parece afectar amor a la ciencia, cuando Vos lo sabéis todo perfectísimamente. Aun la misma ignorancia y necedad se cubren con nombre de sencillez e inocencia; porque nada se halla más sencillo que Vos; y ¿qué cosa más inocente que Vos, pues los malos solo reciben daño de sus propias acciones? (1). La indolencia afecta buscar descanso; más ¿Qué descanso seguro hay fuera del Señor? La superfluidad quiere ser llamada hartura y abundancia; mas Vos sois plenitud e inagotable abundancia; de incorruptible suavidad. La prodigalidad tiene cierta apariencia de liberalidad; pero Vos sois el dador copiosísimo de todos los bienes. La avaricia quiere poseer muchas cosas, y Vos las poseéis todas. La envidia litiga por la excelencia; ¿qué más excelente que Vos?
La ira busca venganza; ¿quién ejerce la vindicta más justamente que Vos? El temor se horroriza de las cosas insólitas y repentinas, que son contrarias a lo que se ama, cautelando su seguridad; mas para Vos, ¿qué suceso hay insólito?, ¿o dónde, sino cerca de Vos,  hay seguridad firme? La tristeza se consume cuando pierde las cosas en que se deleitaba el deseo; pues no quisiera le fuesen arrebatadas, como a Vos nada se os puede quitar.

14) Así anda fornicando el alma, cuando se aparta de Vos, y busca fuera de Vos lo que no halla puro y limpio, sino cuando cuando vuelve a Vos. Perversamente os imitan todos los que se alejan de Vos (2), y se levantan contra Vos; pero, aun imitándoos así, muestran en ello que Vos sois el Creador de toda la naturaleza, y, por tanto, que no hay donde nadie pueda totalmente apartarme de Vos (3).
¿Qué es, pues, lo que yo amé en aquel hurto? Y ¿en qué limité yo, aunque viciosa y perversamente, a mi Señor? ¿Me gocé talvez de atropellar la ley, al menos por astucia, ya que por fuera me podía, para simular, siendo cautivo, una manca libertad, haciendo impunemente lo que no era lícito, con tenebrosa parodia de vuestra omnipotencia?
Veis aquí al siervo, que huyendo de su Señor, consiguió la sombra (4). ¡Oh podredumbre!, ¡oh vida monstruosa y muerte profunda! ¿Es posible que me agradase lo que no era lícito, no por otro motivo sino porque no era lícito?


PORLA

domingo, 27 de julio de 2014

LIBRO SEGUNDO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO PRIMERO
Por qué va a contar los pecados de aquella edad
1) Recordar quiero mis fealdades pasadas, y las torpezas carnales de mi alma; no porque las ame, sino para amaros a Vos, Dios mío. Por amor de vuestro amor hago esto, recorriendo con amargo recuerdo mis perversísimos caminos, para que Vos me seáis dulce, dulzura no engañosa, dulzura dichosa e imperecedera; y recogiéndome yo mismo de aquella disgregación con que me repartí en pedazos, cuando apartado de Vos, que sois Uno, me desvanecí en muchas cosas. Porque hubo un tiempo en mi adolescencia en que me abrasaba por hartarme de estas cosas bajas, y osé convertirme en un matorral de varios y sombríos amores; y se consumó mi hermosura, y me convertí en podredumbre a vuestros ojos, agradándome a mí mismo, y deseando agrados a los ojos de los hombres.

CAPITULO SEGUNDO
El despertar de las pasiones
2) Y ¿qué era lo que me deleitaba, sino amor y ser amado? Pero no guardaba yo l amesura, de alma a alma, que marcan los linderos luminosos de la amistad.
Porque del fango de la concupiscencia carnal y del manantial de mi pubertad subía un vaho, que nublaba y ofuscaba mi corazón, tanto que no distinguía la serenidad del amor casto de la oscuridad de la lujuria. Ambos amores confundían sus llamadas y arrebataban mi flaca edad por los despeñaderos de las pasiones, y la sumergían en un piélago de torpezas. Se había desatado contra mí vuestra ira, y yo no me daba cuenta. Con el estridor de la cadena que arrastraba mi mortalidad me había vuelto sordo: castigo de la soberbia de mi alma. Y me iba alejando de Vos, y Vos me dejabais; y me agitaba, y me desbordaba, y me derretía, y hervía con mis fornicaciones; y Vos callabais, ¡oh tardo gozo mío!, callabais Vos por entonces; y yo me iba cada vez más lejos de Vos, y con altiva abyección e inquieto cansancio, arrojaba a manos llenas estériles semillas de dolores.

3) ¡Quién hubiera sometido a ley mi trabajo, enseñándome a usar rectamente de las fugaces hermosuras de las cosas bajas, fijando límites a sus halagos, de modo que el oleaje de mi juventud fuese a romper en la playa del matrimonio, si en él no podía haber la calma que se limita al fin de la procreación de los hijos, como prescribe vuestra ley, Señor, que formáis el germen transmisor de vuestra mortalidad, y sois poderoso a templar con mano blanda las espinas (de la concupiscencia), excluidas de vuestro paraíso! Porque no está lejos de nosotros vuestra omnipotencia, aun cuando nosotros estamos lejos de Vos. Ciertamente, debí atender con más diligencia a la voz de vuestras nubes (1), (los apóstoles), que delos casados dicen: Los tales padecerán tribulación de la carne; pero yo os la ahorro (1 Cor. 7, 28); y: Bueno es al hombre no tocar mujer; y luego: El que está sin mujer anda solícito en las cosas de Dios, y como le agradará; más el casado piensa en las cosas del mundo,  y cómo agradará a su mujer. Estas voces debí escuchar con mayor atención y haciéndome eunuco por el reino de los cielos (Mt, 19, 12), hubiera esperado, más feliz, vuestros abrazos.

4) Más yo, miserable, me desbordé, siguiendo el ímpetu de mi corriente, abandonándoos a Vos, y traspasé todas vuestras leyes; y no escapé de vuestros azotes -¿cuál de los mortales pudo lograrlo?-. Porque Vos siempre os presentabais piadosamente cruel, rociando de amarguísimos sinsabores todos mis placeres ilícitos para que buscase el placer que carece de sinsabor; y éste no lo pudiese hallar fuera de Vos, Señor; fuera de Vos, que ponéis trabajo en el precepto (Ps. 93, 20), y herís para sanar (Deut. 32, 39), y nos dais muerte para que no muramos sin Vos. Pero ¡dónde estaba yo, y cuán lejos andaba, desterrado de las delicias de vuestra casa, en aquel año decimosexto de la edad de mi carne, cuando ella tomó su cetro sobre mí, y yo, atadas las manos, me rendía a ella, la vesania de la lujuria, desenfrenada por la infamia de los hombres, pero prohibida por vuestras leyes!
No cuidaron los míos de recogerme, al caer, en el matrimonio; solamente cuidaron de que aprendiese a pronunciar los más hermosos discursos, y a persuadir con la palabra.


CAPITULO TERCERO
A los dieciséis años. Males de la ociosidad
5) precisamente aquel año se habían interrumpido mis estudios, mientras a mi regreso de Madaura, ciudad vecina (1), adonde primeramente había ido a estudiar literatura y oratoria se preparaba el coste de un viaje más largo a Cartago, más por los arrestos que por la caridad de mi padre, muy modesto vecino de Tagaste. Mas ¿a quién cuento yo esto? No a Vos, ciertamente, Dios mío; sino en vuestra presencia lo cuento a mi linaje, al linaje humano, en aquella partecita, por pequeña que sea, que acertase a leerle. Y ¿para qué lo cuento? Para que yo, y todo el que lo leyese, pensemos desde qué abismo tan profundo debemos clamar a Vos (Ps. 120, 9).
Pero ¿qué cosa más cercana que vuestros oídos, si el corazón os confiesa, y la vida nace de la fe? ¿Quién había entonces que no pusiese por las nubes a aquel hombre, mi padre, porque, yendo ya más allá de lo que le permitían sus recursos, gastaba en el hijo cuanto era necesario para ir a continuar los estudios en una ciudad lejana? Porque muchos ciudadanos harto más opulentos, no se tomaban por sus hijos semejante cuidado. Y entretanto mí mismo padre no se preocupaba de cómo iría yo creciendo para Vos, o hasta qué punto sería casto; con tal que fuera diserto (elocuente), o, por mejor decir, desierto de vuestro cultivo, oh Dios, que sois el Único verdadero y buen Señor de vuestro campo, mi corazón.

6) Mas cuando aquel año decimosexto, interrumpido por las estrecheces domésticas el estudio, comencé a vivir con mis padres, descansando de toda clase, las espinas de mi lascivia crecieron por encima de mi cabeza (Ps. 37, 5), y no hubo una mano que las arrancara. Muy al contrario, aquel padre, al verme en el baño pubescente y con los signos de la inquieta adolescencia, como saltando de gozo por tener nietos, se lo dijo a mi madre alborozado, alborozado con la embriaguez con que este mundo se olvida de Vos, su Creador, y ama, en lugar de Vos, a la criatura, tomado del vino de su perversa voluntad, abatida a las cosas bajas. Mas para entonces ya Vos habíais comenzado a edificar vuestro templo en el pecho de mi madre, y el principio de vuestra santa morada -         que mi padre aún era catecúmeno y desde poco antes-. Y así ella se sobresaltó con piadoso temor y temblor; pues aunque yo no era todavía cristiano, temió ella que siguiese las torcidas sendas por donde andan los que os vuelven las espaldas, y no el rostro (Jer. 2, 27).

7) ¡Ay de mí!, ¿y me atrevo a decir que Vos, Dios mío, callabais, cuando yo más me iba alejando de Vos? ¿Es verdad que entonces callabais conmigo? Pues ¿de quién sino vuestras, eran aquellas voces, que por boca de mi madre, vuestra fiel sierva, cantasteis a mis oídos? Pero ninguna me llegó al corazón para ponerla por obra. Quería ella –y recuerdo que, a solas, me amonestó con gran encarecimiento- que yo no fornicase, y, sobre todo, que no adulterase con la mujer ajena. Consejos mujeriles me parecieron los suyos, y me habría avergonzado de seguirlos. Mas en realidad eran vuestros, y yo no lo sabía: pensaba yo que callabais Vos y hablaba ella; y erais Vos el que me hablabais por ella: y en ella os despreciaba yo su hijo, el hijo de vuestra sierva, y siervo vuestro (Ps. 115, 16). Mas yo lo ignoraba e iba precipitándome con tan gran ceguera, que entre los de mi edad me avergonzaba de mi menor desvergüenza, pues las oía jactarse de sus maldades y gloriarse tanto más cuanto más torpes eran; y me daba gana de hacerlo, no solo por el gusto de hacerlo, sino también por ser alabado. ¿Qué cosa hay digna de vituperio sino el vicio? Pues yo, para no ser vituperado, me hacía más vicioso; y cuando no había cometido alguna culpa que me igualase con los más perdidos, fingía haber hecho, por no parecer tanto más abyecto cuanto más inocente, ni ser temido por tanto más vil cuanto más casto.

8) He aquí con que compañeros recorría yo las plazas de Babel (2) y me revolcaba en su cieno, como en cinamomo y perfumes preciosos. Y en medio del lodazal, para dejarme más tenazmente apegado, pisoteabame el enemigo invisible, y me seducía, porque yo era fácil de seducir. Ni aun aquella que había ya huido de en medio de Babilonia, pero andaba harto despacio por sus arrabales, la madre de mi carne, así como me aconsejó la castidad, no se cuidó de encauzar dentro de los términos del afecto conyugal, puesto que no era posible cortar por lo vivo, lo que de mí le había dicho su marido, y que ella veía serme ya perjudicial, y para más adelante peligroso. No se cuidó de ello, porque temía que el grillete del amor conyugal frustrase la esperanza que de mí se tenía; no aquella esperanza de la vida futura, que mi madre tenía en Vos, sino la esperanza de las letras, que ambos a dos exageradamente querían que yo aprendiese: mi padre, porque apenas pensaba en Vos, y formaba castillos de viento sobre mí; mi madre, porque juzgaba que no sólo no me estorbarían, antes me ayudarían por llegarme a Vos, los acostumbrados estudios literarios. Así lo conjeturo, en cuanto, puedo recordar la manera de ser de mis padres.
También me aflojaban las riendas para jugar, más de lo que permite la discreta severidad, dejándome ir tras mis desordenados y varios deseos. En todo esto había una espesa nube, que me ocultaba la luz serena de vuestra verdad, Dios mío, y reventaba de gruesa mi maldad (Ps. 72, 7).


PORLA

domingo, 6 de julio de 2014

CONFESIONES DE SAN AGUSTIN (Continuación)

CAPITULO 18
Guardan los hombres las leyes de la gramática, y quebrantan las de Dios
28) Pero ¿qué maravilla es que así me fuese yo tras las vanidades, y me alejase de Vos, Dios mío, cuando me ponían por modelo a unos hombres que si al contar algunas de sus propias acciones no malas, eran notados de cometer algún solecismo o barbarismo se avergonzaban, pero si al relatar con palabras castizas y bien compuestas facunda y elegantemente sus propias lascivias, eran alabadas, se vanagloriaban?
Vos, Señor, veis estos desordenes, y calláis, longánime y de mucha misericordia y veraz (Ps. 102, 8). Pero ¿acaso callaréis siempre? Y ahora sacad de este espantoso abismo al alma que os busca, y tiene sed de vuestros deleites, y de corazón os dice: Vuestro rostro busqué, Señor, vuestro rostro buscaré (Ps. 26, 8). Porque lejos se está de vuestro rostro, por una pasión tenebrosa. Pues no con los pies ni con distancias de lugar huimos de Vos, ni nos acercamos a Vos. ¿Buscó, acaso, aquel vuestro hijo menor, caballos, o carros, o naves, o voló con alas visibles, hizo el camino moviendo las piernas, caminó con los pies para vivir en región apartada, donde desperdició pródigo lo que Vos le habíais dado a la partida, Padre dulce, en dárselo, y más dulce cuando volvió mendigo? Vivió, pues, en la pasión libidinosa, que eso quiere decir tenebrosa, y eso es estar lejos de vuestro rostro.
 
29) Mirad, Señor Dios, y mirad con paciencia, como lo miráis, cuán diligentemente observan los hijos de los hombres las leyes sobre las letras y sílabas, recibidas de los que hablaron primero; y descuidado las leyes eternas de salud perdurable, recibidas de Vos.
Tanto que el que sabe o enseña tales reglas, si pronunciase  (en latín) contra la disciplina gramatical, la palabra hominem (hombre) sin aspiración (h) de la primera letra, desagradaría a los hombres más que si contra vuestros preceptos, siendo él hombre, aborreciese a otro hombre. Como si algún hombre enemigo le fuese más pernicioso, que el mismo odio con que se irrita contra él. O como si alguien pudiera causar a otro mayor estrago o persiguiéndole, que el que causa a su propio corazón aborreciendo. Pues ciertamente no nos es más íntima la ciencia de las letras, que la Ley escrita en la conciencia, de no hacer a otro lo que no quieres que hagan contigo. Cuán secreto sois Vos, que moráis en silencio en las alturas, Dios solo grande, cuando con ley inexorable esparcís cegueras vengadoras sobre la concupiscencias ilícitas; cuando el hombre, buscando fama de elocuente, y persiguiendo con odio ferocísimo a su enemigo, ante el juez, también hombre, rodeado de una concurrencia de hombres, se guarda atentísimamente de decir por un desliz de la lengua, interhominibus (entre los hombres), y de quitar, por furor de la mente, a un hombre ex homínibus (de entre los hombres) no se guarde. 


CAPITULO 19
Sus pecados en la niñez
30) En el umbral de estas costumbres yacía yo, miserable, cuando niño; y de semejante arena era aquella palestra, donde más miedo tenía de cometer un barbarismo, que cuidado de no envidiar, si lo cometía, a los que no lo habían cometido. Os declaro y confieso, Dios mío, estas faltas, en las cuales era alabado por aquellos a quienes agradar era para mí entonces honestamente vivir; porque no veía la vorágine de torpezas en que me había arrojado lejos de vuestros ojos (Ps. 30, 23). Pues entre mis compañeros ¿quién más deforme que yo, que aun siendo ellos tales, les daba en rostro, engañando con innumerables mentiras al pedagogo, a los maestros, a mis padres, por amor al juego, por el gusto de ver vanos espectáculos, y por la juguetona inquietud en remedarlos?
Hacia también hurtos de la despensa de casa y de la mesa, ya dominado por la golosina, ya para tener qué dar a los muchachos que me vendían el jugar conmigo, aunque ellos también se divertían. En el juego también, muchas veces, vencido del deseo de sobresalir, amañaba fraudulentas victorias. En cambio, ¿qué cosa se me hacía insoportable, y la echaba en cara tan violentamente si la descubría, como la misma trampa que yo hacía a los otros? Mas si me cogían y me lo echaban en cara antes que ceder, prefería enfurecerme.
¿Es ésta la inocencia del niño? No es tal, Señor, no lo es; perdonadme, os ruego, Dios mío. Porque estas mismas son las faltas que, de los ayos, padres y maestros, de las nueces, pelotas, pajarillos, pasan al llegar la edad mayor, exactamente de las mismas, a los prefectos y reyes, al oro, fincas y esclavos, como a las palmetas suceden mayores suplicios.
Por tanto, la humildad, simbolizada en la estatura del niño, es lo que Vos, Rey nuestro, alabasteis cuando dijisteis: De los tales es el reino de los cielos (Mt. 19, 14).

CAPITULO 20
Da gracias a Dios por los beneficios recibidos en la niñez
31) No obstante, Señor, os doy gracias, excelentísimo y óptimo Creador y Gobernador del universo, y Dios nuestro, aun cuando sólo me hubierais concedido llegar a ser niño. Porque ya entonces yo existía, vivía, sentía y cuidaba del bienestar de mi persona, huella de vuestra secretísima Unidad, de donde tuve el ser. Cuidaba también con mi sentido interno de la integridad de mis sentidos, y en los mismos pequeños pensamientos míos y de cosas pequeñas me deleitaba la verdad. No quería ser engañado, tenía buena memoria, iba adquiriendo forma de decir, gozaba con la amistad, huía del dolor, de la afrenta y de la ignorancia. ¿Qué cosa había en un viviente como éste, que no fuese maravillosa y loable? Pues todos estos bienes son dones de mi Dios; no me los di yo a mí: y todo ello es bueno; y ese todo soy yo. Bueno es, por tanto, el que me hizo; y Él mismo es mi bien, y en Él me gozo por todos los bienes que me integraban mi ser de niño.
En esto pecaba yo: que buscaba deleites, encumbramientos y verdades, no en Dios, sino en sus criaturas; en mí y en las otras; y por eso caía en dolores, ignominias y errores.
Gracias a Vos, dulzura mía, gloria mía y esperanza mía, Dios mío: gracias a Vos por vuestros dones; pero guardádmelos Vos; porque así me guardaréis; y se acrecentarán y se perfeccionarán los bienes que me disteis; y yo mismo estaré con Vos, pues para que esté Vos me los disteis.

 PORLA

jueves, 19 de junio de 2014

CONFESIONES DE SAN AGUSTIN (Continuación)

CAPITULO 15
Ofrece a Dios lo que aprendió en la niñez
24) Oíd, Señor, mi oración, para que no desfallezca mi alma bajo vuestro azote, ni desfallezca yo en confesaros vuestras misericordias con que me sacasteis de todos mis perezosos caminos (Jer. 25, 15); para que me seáis más dulce que todos los halagos que yo seguía, y os ame fortísimamente, y con todas mis entrañas quede asido de vuestra mano, y me libréis de toda tentación hasta el fin (Ps. 17, 30).
Porque he aquí que Vos, Señor, sois mi Rey y mi Dios (Ps. 5,3); sea para vuestro servicio todo lo útil que yo aprendí cuando niño; sea para vuestro servicio todo lo que hablo y leo y escribo y cuento. Porque cuando yo aprendía cosas, Vos me castigabais; y me habéis perdonado los pecados que, deleitándome en ellos, cometí. Verdad es que en aquellas vanidades aprendí muchas palabras útiles; pero también se pueden aprender en cosas que no sean vanas; y éste es el camino seguro por donde habían de caminar (1).

CAPITULO 16
Contra las fabulas deshonestas
25) Mas ¡ay de ti, rio de la humana costumbre!, ¿quién te resistirá?, ¿hasta cuándo no te secará?, ¿hasta cuándo arrebatarás a los hijos de Eva al mar inmenso y espantoso, que apenas pasan los que suben al Leño? (1). ¿Acaso no fue en ti donde leí de Júpiter, a la vez tonante y adúltero? Cierto es que no pudo hacer a la vez ambas cosas; mas fingiéronlo así para autorizar, con el señuelo del trueno fingido, la imitación del adulterio verdadero. Y ¿qué maestro de los que llevan capote (2) oirá con calma a un hombre de su profesión, que clama y dice: “Fingió estas cosas Homero, traspasando a los dioses los vicios humanos; mejor hubiera sido traspasar a los hombres virtudes divinas?” (3). Pero con más verdad diremos que fingió estas fábulas atribuyendo divinidad a hombres corrompidos, para que los vicios no fuesen tenidos por vicios; y todo el que los comete pareciese imitar no a hombres perdidos, sino a los dioses celestiales.

26) Y, sin embargo, ¡oh río infernal!, a tu corriente son arrojados los hijos de los hombres, y aun se paga dinero para que aprendan semejantes torpezas; y se tiene a mucha honra abrir escuela pública en el foro, a vista de las leyes, que además de la paga conceden pensiones a los maestros. Y tú vas arrastrando tus piedras con la corriente, y alborotas diciendo: “Aquí se aprenden las palabras; aquí se adquiere la elocuencia, sumamente necesaria para persuadir lo que desea y para explicar lo que piensa”. ¡Como si no pudiéramos aprender esas palabras: lluvia de oro, regazo, disfraz, bóveda del cielo y otras que están escritas en el mismo lugar, si Terencio no introdujese un joven perdido, que se propone a Júpiter por modelo de estupro, mirando una pintura mural donde se representaba cómo Júpiter –dicen- envió en cierta ocasión regazo de Dánae una lluvia de oro, disfraz que engañó a la mujer!
Y mirad de qué modo se excita a la lascivia como a vista de un celestial maestro:
               ¡Y qué Dios! –dice-. ¡El que con trueno horrísono
               estremece la bóveda del cielo!
                Y yo, hombrecillo vil, ¿no haría otro tanto?
               ¡Hícelo, sí, con el mayor contento! (4)
No: absolutamente no es verdad que con semejante torpeza se aprenden mejor aquellas palabras, sino con aquellas palabras se comete más confiadamente semejante torpeza. No condeno yo las palabras, que son como vasos escogidos y preciosos; sino el vino del error, que maestros ebrios nos propinaban en ellos; y aun si no bebíamos, nos azotaban, sin que nos fuera dado apelar a un juez sobrio. Y con ser esto así, Dios mío, en cuya presencia, ya sin peligro lo recuerdo, yo lo aprendía con gusto, y, ¡miserable de mí! Me deleitaba en ello; y por esto decían que era un niño de grandes esperanzas.

CAPITULO 17
Ejercicios literarios
27) Permitidme, Dios mío, que diga algo también del ingenio que Vos me disteis, y en qué desatinos lo malgastaba. Proponíanme una tarea muy inquietante para mi corazón, así por el premio de la alabanza o la afrenta, como por el temor a los azotes. Había yo de decir las palabras de Juno, airada y dolorida por no poder apartar de Italia al rey de los Teucros (En. 1, 38).
Nunca había yo oído a Juno proferir tales palabras; pero obligábamos a seguir libremente las huellas de las ficciones poéticas, y decir en prosa algo semejante a lo que el poeta había dicho en verso; y aquel hablaba con mayor loa, que guardando el decoro a la persona representada, pintaba más al vivo los afectos de ira y dolor, vistiendo el pensamiento con palabras significativas (1). Mas ¿de qué me servía, Dios mío, vida verdadera mía, que al recitar mi escrito me aplaudiesen más que a muchos de mi edad y mis condiscípulos? ¿No era todo aquello evidentemente humo y viento? ¿Es que no había otro asunto en que ejercitar mi ingenio y mi lengua? Vuestras alabanzas, Señor, vuestras alabanzas por vuestras Escrituras, hubieran suspendido en alto el sarmiento de mi corazón, y no hubiera sido arrebatado por la vaciedad de aquellas fruslerías, presa miserable de las aves (2). Porque hay muchas maneras de ofrecer sacrificios a los ángeles transgresores.
PORLA