CAPITULO NOVENO
Cosas que
parecen pecado y no lo son
17) Mas entre las torpezas y crímenes y tanta
muchedumbre de maldades, hay algunos pecados de los proficientes que los
hombres de buen juicio vituperan, según la regla de la perfección que les
falta; per a la vez los alaban, por el fruto que de ellos se espera, como del
trigo en la berza. Otras cosas hay que parecen pecado o delito, pero que no son
pecado; porque ni os ofenden a Vos, Señor Dios nuestro ni a la convivencia
social. Como cuando se procuran algunas cosas para el uso de la vida,
apropiadas a las circunstancias, y no consta que sea con desordenada codicia; o
cuando con legítima autoridad se castigan algunas faltas para que haya
enmienda, y no consta que sea con deseo de dañar.
Así, pues muchas acciones que a los hombres parecen
vituperables, Vos, Señor, las aprobáis con vuestro dicho; y muchas que los
hombres alaban Vos con vuestro fallo condenáis. Porque frecuentemente una cosa
es la apariencia del hecho, y otra la intención del que lo hace, y las
circunstancias secretas del momento.
Mas cuando Vos, súbitamente, mandáis alguna cosa
inusitada e imprevista, aun cuando en otro tiempo la hayáis prohibido, y no
descubráis por entonces la causa de vuestro mandato, aunque sea contra el pacto
de alguna sociedad humana, ¿quién duda que se debe hacer, pues solo es justa la
humana sociedad que os obedece? (1). Pero dichosos los que saben que sois Vos
quien lo mandáis. Porque todo lo que hacen vuestros siervos, hacendlo, o para
atender a la necesidad presente, o para prefigurar lo venidero.
CAPITULO DECIMO
Ridiculeces
de la doctrina maniquea
18) Ignorando yo estas cosas, me burlaba de
aquellos vuestros siervos y santos profetas. Y, ¿qué hacía yo cuando de ellos
me burlaba, sino que Vos os burlaseis de mí, dejándome llegar insensiblemente y
poco a poco a aquellas ridiculeces, de creer que el higo, cuando le cogen del
árbol, y la higuera su madre, lloran lágrimas de leche? Mas si algún santo, no
propio, sino ajeno, se le adhería a las entrañas; y en la oración gimiendo y
eructando, al respirar exhalaba ángeles, o mejor dicho, partículas del Dios;
supremo y verdadero hubieran quedado ligadas en aquella fruta, si no fueran
libertadas por los dientes y estómago del santo escogido (1).
Yo, miserable, creía también que más misericordia
se debía usar con los frutos de la tierra que con los hombres, para quienes
aquellos son criados; porque si alguno que no fuera maniqueo, estando con
hambre, me los pidiese, parecíame que si se lo daba, era como condenar aquel
bocado a pena de muerte.
CAPITULO ONCEAVO
Un sueño de
su madre, Santa Mónica
19) Mas enviasteis de lo alto vuestra mano (Ps.
143, 7) y sacasteis mi alma de esta profunda oscuridad (Ps. 85, 13). Pues
entretanto mi madre, fiel sierva vuestra, me lloraba delante de Vos más que las
otras madres lloran la muerte del cuerpo. Porque con la fe y espíritu que le
habíais dado, me veía muerto. Y Vos, Señor, la oísteis: oísteisla y no
despreciasteis sus copiosas lágrimas, que corrían de sus ojos y regaban la
tierra, dondequiera que oraba. Vos la oísteis; porque ¿de dónde le vino a ella
aquel sueño con que la consolasteis, de suerte que accedió a que viviésemos
juntos en casa y comiésemos a una mesa? Cosa que hacía algún tiempo no
consentía por su aversión y repugnancia a las blasfemias de mi error. Soñó
pues, que estaba muy triste y deshecha en lágrimas de pie sobre una regla de
madera; y que venía hacia ella un joven resplandeciente, con rostro alegre y
risueño, y le preguntaba la causa de su dolor y continuas lágrimas, no para
saberla, sino, como se suele hacer, para consolarla. Y como ella respondiese
que lloraba mi perdición, díjola que no se acongojase, sino que mirase bien y
reparase que donde ella estaba, estaba yo. Miró ella con atención, y me vio que
estaba yo de pie, junto a ella sobre la misma regla. ¿De dónde le vino este sueño,
sino de Vos, que teníais los oídos atentos a su corazón (Ps. 10, 17), Señor
bueno y todopoderoso, que así cuidáis de cada uno de nosotros, como si de él
solo cuidaseis, y de todos como de cada uno?
20) ¿De dónde nació también, contándose mi madre este
sueño, y procurando yo interpretarlo en sentido de que más bien ella no
desesperase de llegar a ser lo que yo era, al punto sin vacilar: No, replicó,
porque no me dijeron: Donde él está, estás tú, sino: Donde tú estás, está él?
Os confieso, Señor, en cuanto puedo repasar mis recuerdos, una cosa que muchas
veces he mencionado; que más me impresionó esta respuesta que Vos me disteis
por boca de mi ingeniosa madre, que no se turbó por la falsa, pero verosímil
interpretación, sugerida por mí, y vio tan pronto lo que debía verse –y lo que
yo, antes que ella me replicase, no había visto-; más me impresionó, repito,
que el mismo sueño, con el cual tanto tiempo antes anunciasteis a esta piadosa
mujer, para consolarla en la presente aflicción, el gozo que tanto tiempo
después había de tener. Porque todavía transcurrieron nueve años, durante los
cuales seguí revolcándome en aquel cieno del profundo (Ps. 68,3) y tinieblas
del error, procurando muchas veces levantarme, y volviendo a caer más
gravemente. Entretanto, aquella viuda casta, piadosa y sabia, como las que Vos
amáis, alentada ya con la esperanza, pero nada remisa en sus lágrimas y
gemidos, no cesaba de llorarme delante de Vos en todas sus horas de oración; y
sus plegarias entraban en vuestro acatamiento (Ps. 87, 3); y no obstante, me
dejabais todavía que me envolviera y revolviera en aquellas tinieblas.
PORLA








