La transfiguración fue una experiencia de amor y el amor siempre cambia a la persona: le ayuda a vivir, a esforzarse, a valorarse… y el aspecto de la persona que ama se vuelve más radiante, solidaria y comunicativa.
Pero para amar de verdad también hay que ir muriendo un poco cada día. Esta es la exigencia del verdadero amor: vaciarse uno de sí mismo, salir del propio yo, estar dispuestos hasta a dar la vida, como lo hizo Jesús. Porque todo sufrimiento asumido con amor transforma, ablanda, moldea, transfigura… graba en el interior de la persona la imagen de Cristo. Gracias, Señor, por dejarnos subir contigo al monte. Gracias, Señor, por dejarnos inundar por tu luz y por tu amor desinteresado. Y gracias, Señor, por dejarnos caminar, junto a Ti, en esta Cuaresma hacia la Pascua.
PORLA
Ante el anuncio de la próxima beatificación de Pio XII, se han producido reacciones de dirigentes religiosos judíos mostrando su repulsa.
Uno de ellos reconoce todo lo que su Santidad hizo a favor de los judíos, pero piensa que no fue suficiente, que tenía que haber publicado una solemne condena del holocausto. Y esa opinión es bien recibida por amplios círculos de la sociedad actual.
Prescindiendo de otras muchas consideraciones, vamos a centrarnos en un solo aspecto de la cuestión. Los que critican al Papa reconocen qué hizo, y que hizo todo lo que pudo; más que nadie. Se quejan de que no habló.
Y esa es una característica de los enemigos de la Iglesia. Para ellos lo importante es hablar, proponer hermosos planes para lograr el imposible del paraíso en la tierra.
Hablar, prometer; no cuesta nada. Y es lo que hacen con profusión. Pasando por alto el que sus promesas de felicidad nunca se cumplen. Y que las consecuencias de la puesta en práctica de sus planes nos llevan a verdaderas catástrofes. Lo importante para ellos es hablar. Ya advertía hace casi cien años Mons. Torras i Bages que la única palabra que tiene poder creador es la de Dios. Pero ellos se creen dioses. Hablan, hablan y hablan para nada o para mal.
No son capaces por eso de comprender la actitud de un Papa humilde, consciente de sus limitaciones, que prefirió hacer todo el bien posible a pasar a la historia como un personaje de esos que alcanzan predicamento en la sociedad actual y terminan con nombres en las calles y estatuas en las plazas.
Y eso es lo que pretendo inculcar a los lectores: que mientras otros buscan la gloria personal con sus declaraciones, los católicos nos limitamos a hacer el bien que está en nuestras manos.
CARLOS IBAÑEZ QUINTANA