CAPITULO 8
Haya consuelo
en la amistad
13) no corre el tiempo en balde, ni pasa
inútilmente sobre nuestros sentidos, antes obra en el alma efectos
maravillosos. He aquí que venía y pasaba un día tras otro día; y viniendo y
pasando me iban imprimiendo nuevas imágenes y nuevos recuerdos, y poco a poco
me restituían a mis pasados placeres, a los cuales iba cediendo aquel mi dolor;
empero sucedíanles no otros dolores más sí gérmenes de nuevos dolores. Porque
¿de dónde provino que aquel dolor me penetrase tan fácilmente y hasta lo íntimo
sino de que había derramado mi alma sobre arena, amando a un mortal como si no
hubiera de morir?
Sobre todo me reanimaban y confortaban los
consuelos de los otros amigos (maniqueos), con quienes amaba yo lo que amaba en
lugar de Vos: es a saber, una ingente fábula y una luenga mentira, con cuyo
roce adulterino se corrompía nuestra alma, que sentía comezón en los oídos (2
Tim. 4, 3). Mas para mí, aquella fábula no moría, aunque muriese alguno de mis
amigos.
Otras cosas había en ellos que más me cautivaban el
ánima: conversar y reírnos juntos, prestarnos mutuamente atenciones amistosas,
leer juntos libros amenos; bromear unos con otros y darnos pruebas de estima
mutua; discutir tal vez sin apasionamiento, como lo hace uno consigo mismo, y
con la misma rarísima disconformidad sazonar las muchísimas conformidades;
enseñar o aprender algo uno de otro; echar de menos con pena a los ausentes;
recibirlos a la vuelta con alegría. Con estas y otras semejantes señales, que
nacen del amor del corazón de los que mutuamente se aman, y que se manifiestan
por el rostro, por la palabra, por los ojos y por otros mil gratísimos gestos,
se fundían a su calor nuestras almas, y de muchos se hacía una sola.
CAPITULO 9
Que se ha de
amar al amigo por Dios
14) Esto es lo que se ama en los amigos; y de tal
manera se ama, que la humana conciencia se tiene por culpada si no ama al que
le paga con amor, y no paga con amor al que le ama, sin buscar de él ninguna
cosa exterior, sino señales de benevolencia. De aquí nace aquel llanto si el
uno muere, y aquellas tinieblas de dolores y las lágrimas del corazón al
trocarse la dulzura en amargura, y el morir los que viven , porque perdieron la
vida los que han muerto. ¡Dichoso el que ama a Vos y al amigo en Vos, y al
enemigo por Vos!
Porque aquel sólo no perderá ningún amigo, que a
todos los ama en aquel que no se puede perder. ¿Y quién es Este sino nuestro
Dios, el Dios que hizo el Cielo y la tierra (Gen. 1, 1), y los llena porque
llenándolos los creó?
Ninguno, Señor, os pierde, sino el que os deja; y
el que os deja, ¿adónde va?, ¿adónde huye sino de Vos manso a Vos airado?
Porque, ¿dónde no halla vuestra ley en su castigo? Y vuestra ley es la verdad
(Ps. 118, 142), y la verdad sois Vos.
CAPITULO 10
Que el alma
no puede descansar en la inestabilidad de las criaturas
15) ¡Dios de las virtudes, convertidnos; mostradnos
vuestra faz, y seremos salvos! (Ps. 79, 8). Porque adondequiera que se vuelva
el alma del hombre, hallará dolor, si en algo se fija sino en Vos; aunque se
fije den las hermosuras que están fuera de Vos y de ella; las cuales no tendrían ser, si no lo tuvieran
de Vos. Nacen ellas y mueren; y naciendo, como que comienzan a ser; y crecen
para tener perfección; y ya perfectas envejecen y mueren. No todas llegan a
envejecer, pero todas mueren. Luego cuando nacen y tienden a ser, cuanto más de
prisa crecen para ser, tanta más prisa se dan para no ser: tal es su manera de
ser. Esto no más les habéis dado, porque son partes de unas cosas que no
existen todas a la vez, más muriendo unas un sucediendo otras, forman todas
este universo, cuyas partes son. De este modo se forma también nuestra habla, por
medio de sonidos; porque no podríamos completar una frase, si cada palabra, después
de pronunciadas sus sílabas, no pasase para dar lugar a otra. Mi alma os alabe
por las criaturas,
Oh, Creador de todo (1)
mas no se pegue a ellas por medio de los sentidos
del cuerpo, con la liga del amor; porque se van a su paradero, al no ser, y desgarran
el alma con sus pestilenciales deseos. Porque ella quiere ser y quiere reposar
en las cosas que ama, mas no haya lugar en ellas, porque no son estables,
huyen, y ¿quién puede retenerlas, aun cuando están a mano? Torpe es el sentido
de la carne, porque es sentido de carne; esa es su condición. Basta para otra
cosa: para lo que fue hecho; mas no basta para detener el curso de las cosas
que huyen desde su debido principio hasta su debido fin. Porque en vuestro
Verbo, por el cual son creados allí oyen: “Desde aquí… y hasta aquí.”.
PORLA
