jueves, 26 de diciembre de 2013

Navidad

Ya estamos en Navidad. Para los cristianos, esta fiesta es la conmemoración del nacimiento del Hijo de Dios en carne humana en Belén. Llegada la plenitud de los tiempos, el que es la Palabra puso su tabernáculo entre nosotros, asumiendo la naturaleza humana en todo menos en el pecado.
Por ello, la Navidad es el comienzo de la revelación de Dios en Jesucristo, que nace pobre y humilde en un pesebre del establo de Belén. Navidad es el acercamiento generoso de Dios a la humanidad.
De este Niño depende toda nuestra existencia: en la tierra y en el Cielo. Y quiere que le tratemos con una amistad y una confianza únicas. Se hace pequeño para que no temamos acercarnos a Él.
El Padre predestinó a los hombres a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea primogénito entre muchos hermanos. Nuestra vida debe ser una continua imitación de Su vida aquí en la tierra. Él es nuestro Modelo en todas las virtudes y tenemos con Él relaciones que no poseemos respecto de los demás personas de la Santísima Trinidad. La gracia conferida al hombre por los sacramentos no es meramente “gracia de Dios”, como aquello que adornó el alma de Adán, sino, en sentido verdadero y propio, “gracia de Cristo”. Fue Cristo un hombre, un hombre individual, con una familia y con una patria, con sus costumbres propias, con sus fatigas y preferencias particulares; un hombre concreto, este Jesús. Pero, al mismo tiempo, dada la transcendencia de su divina Persona, pudo y puede acoger en sí todo lo humano recto, todo cuanto de los hombres es asumible.
No hay en nosotros un solo pensamiento o sentimiento bueno que Él no pueda hacer suyo, no existe ningún pensamiento o sentimiento suyo que no debamos nosotros esforzarnos en asimilar. Jesús amó profundamente todo lo verdaderamente humano: el trabajo, la amistad, la familia; especialmente a los hombres, con sus defectos y miserias. Su Humanidad Santísima es nuestro camino hacia la Trinidad.
Jesús nos enseña con su ejemplo cómo hemos de servir y ayudar a quienes nos rodean: os he dado ejemplo, nos dice, para que ayudéis a vuestros hermanos cercanos con caridad.

PORLA
 

sábado, 14 de diciembre de 2013

Adviento

1. Origen, tiempo y lugar del nacimiento del Mesías
En muchos pasajes del Antiguo Testamento se lee que el Mesías nacería de la tribu de Judá y de la estirpe de David. Jacob, al morir, señaló el tiempo del nacimiento del Mesías con estas palabras: “El cetro, esto es, la potestad soberana y el poder legislativo, no saldrá de Judá, ni el principado de su potestad hasta la venida de AQUEL que debe ser enviado, y ÉSTE será el esperado de las gentes” (Gen. C. 49). Daniel anunció que no pasarían 490 años antes de su venida y de su muerte (Dan. C. 9). Miqueas predijo que nacería en Belén (Miq. C. 5).
Cumplimiento: Si echamos una ojeada a la genealogía del Salvador, tal como se halla en el Evangelio, veremos que Jesucristo era de la tribu de Judá y de la estirpe de David, que nació en Belén cerca de treinta y cinco años antes de cumplirse el tiempo anunciado por Daniel, cuando un príncipe extranjero, Herodes, natural de Idumea, reinaba en la tribu de Judá.

2. Nacimiento, estado y carácter del Mesías
Isaías (cap. 7) anunció que el Mesías debía nacer de una Virgen: Zacarías, que sería pobre, pero que se distinguiría entre los demás hombres, sobre todo por su dulzura (cap. 9).
Cumplimiento: Los que han leído el Evangelio saben que Jesucristo nació por obra del Espíritu Santo, de una Virgen llamada María; que nació en un pesebre; vivió del trabajo de sus manos, y que todas las virtudes, pero especialmente la bondad y la dulzura, constituyeron su carácter.

3. Milagros del Mesías
Isaías dice claramente que el Mesías obraría prodigios jamás vistos, y que, esto no obstante, sus compatriotas, que más que ninguna otra gente debían creerle, le harían grandísima oposición (Isaías, cap. 6, 8, 35).
Cumplimiento: En el curso de esa historia veremos cómo Jesucristo pasó los tres últimos años de su vida ocupado en la obra de la predicación y obrando muchísimos milagros; y que los fariseos, los sacerdotes y los ancianos del pueblo judío le contradijeron siempre y le persiguieron cruelmente.

4. Los judíos perseguirían al Mesías y le darían muerte
Dice Isaías que el Mesías se entregaría espontáneamente en manos de sus perseguidores y que, en medio de los oprobios  y tormentos, callaría cual inocente cordero; que sus llagas y su muerte salvarían al mundo y que sus padecimientos y su muerte le harían padre de una muchedumbre de justos (Isaías, cap. 53).
El profeta David predijo que se levantaría contra el Mesías una furiosa persecución; que le taladrarían las manos y los pies; que sus huesos crujirían por la violencia de los tormentos, que le harían padecer; que sería encarnecido y burlado en medio de sus padecimientos; que se dividirían sus vestiduras y se echarían suertes sobre ellas (Salmo 21).
Cumplimiento: El mismo Jesucristo, antes de su muerte, declaró muchas veces que moriría por su voluntad. Dijo también que daría su vida por la salvación de los hombres. A las calumnias, injurias y ultrajes de sus enemigos contestó con el silencio, con su mansedumbre fundó su Iglesia y fue Jefe de todos los justos, que fueron y son todavía sus principales miembros.
Los príncipes de los sacerdotes se coaligaron contra Jesús para darle muerte. Le colgaron en la cruz traspasando sus manos y pies con agudos clavos, y permanecieron al pie de la cruz para insultarle mientras padecía los más agudos tormentos.
Los soldados que le habían crucificado dividieron entre sí sus vestiduras y echaron suertes sobre ellas.

5. El Mesías resucitaría
Isaías predijo que le sepulcro del Mesías sería glorioso; David dijo que Dios no permitiría que su carne padeciera corrupción (Salmo 15).
Cumplimiento: Los cuatro Evangelios están acordes en afirmar que Jesucristo realmente resucitó tres días después de su muerte, así como Él lo había predicho.
Acerca de este milagro no puede caber duda alguna, como veremos en el curso de la historia.


 

 
A partir de ahora repasaremos la Liturgia para este tiempo.
Segunda semana de Adviento.
 
Los profetas mantenían encendida
la esperanza de Israel.
Nosotros, como un símbolo,
encenderemos estos dos cirios.
 
El tronco cortado está rebrotando,
el desierto está de fiesta, la estepa florece.
La humanidad entera se estremece
porque Dios se ha sembrado
en nuestra carne.
 
Que cada uno de nosotros, Señor,
te abra su vida para que brotes,
para que florezcas, para que nazcas,
y mantengas la esperanza
encendida en nuestro corazón.
 
¡Ven Señor, no tardes más!
¡Ven, Salvador!
 
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Ya estamos en la Tercera semana de Adviento.
No olvidemos que es tiempo de esperanza, espera y conversión.
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Cuarta semana de Adviento y última, de preparación para la Navidad.
Escucha, Señor, la oración de tu pueblo, alegre por la venida de tu Hijo en carne mortal, y haz que cuando vuelva en su gloria, al final de los tiempos, podamos alegrarnos de escuchar de sus labios la invitación a poseer el reino eterno.
PORLA
 

 

martes, 3 de diciembre de 2013

Y para finalizar la Séptima Catequesis

3.- La casa como hogar

En la familia, cada persona ya sea el niño más pequeño o el familiar más anciano, es valorado por lo que es en sí misma, y no es vista meramente como un medio para otros fines” (Benedicto XVI).
“El nacimiento del niño la noche de Belén dio comienzo a la familia… La solemnidad de Navidad y, en su contexto, la fiesta de la Sagrada Familia nos resultan especialmente cercanas y entrañables, precisamente porque en ellas se encuentra la dimensión fundamental de nuestra fe, es decir, el misterio de la Encarnación, con la dimensión no menos fundamental de las vivencias del hombre…, la familia” (Juan Pablo II, Homilía en Loreto, 8 noviembre 1979).
Hoy ciertamente muchas familias están rodeadas de graves dificultades para realizar su proyecto. El trabajo se hace un bien escaso, la posibilidad de la vivienda se complica, incluso muchos tienen que emigrar de su tierra y de sus lazos familiares. Aquí también la Sagrada Familia va por delante cuando tuvo que afrontar la exigencia del censo a la hora del nacimiento de su hijo, y vivió la falta de casa con la inseguridad que supone, y soportó la emigración obligada e incuso probablemente padeció la inseguridad laboral.
Sin embargo, las dificultades no agotan el amor. A través de apoyo mutuo, los esposos aprenden cotidianamente la renuncia a su propia individualidad, los hijos reciben la garantía de un amor fiel en el que crecer, los hermanos aprenden a compartir en reciprocidad y los mayores ayudan, a la vez que son cuidados. Esta trama de relaciones familiares es la herencia sobre la que se construye la persona que aprende el amor en libertad y la apertura a las necesidades de los otros.
Así, la familia es el antídoto más poderoso contra el individualismo, el ámbito más estable para abordar los retos de la vida y la experiencia de gratuidad donde se reconoce de forma más elocuente el amor absoluto que nos funda. El hogar de Nazaret trasparente y refleja el amor de la Trinidad divina, que es la fuente de toda experiencia comunitaria y social de los seres humanos.
 
4.- La familia como Iglesia doméstica y como impulso de compromiso social

La familia y la Iglesia, en concreto las parroquias y las demás formas de comunidad eclesial, están llamadas a  la más íntima colaboración en esa tarea fundamental que está constituida, inseparablemente, por la formación de la persona y la transmisión de la fe” (Benedicto XVI).
La familia cristiana se vive en un dinamismo de comunión que le abre a ser iglesia más allá del territorio de sus relaciones de proximidad. Al saberse fundados en un amor que les trasciende, como la casa de los primeros cristianos, la familia acoge y sale de si para participar de la comunidad cristiana, de la parroquia. Si el núcleo familiar se aísla, corre el peligro de no garantizar la transmisión de la fe y no ofrecer a sus miembros la fuente, que en la Palabra y la Eucaristía, sostiene su unidad.
Las familias cristianas necesitan comunidades acogedoras que puedan acompañarlas en las peculiaridades de cada situación. Pero a la vez, las parroquias necesitan familias que creen una trama de comunión que pueda ser ámbito de crecimiento para las generaciones que vienen detrás. Esta sintonía mutua exige la disponibilidad de todos y esfuerzos renovados y creativos para atender las necesidades cambiantes y las dificultades siempre nuevas, especialmente para los más jóvenes. La vida familiar lejos de encerrar, potencia el crecimiento de la conciencia social de los miembros, que comprenden que los problemas sociales les afectan y que las situaciones y personas más desfavorecidas suponen una invitación a dar lo que han recibido. Un hogar acogedor y comunicativo, capaz de relaciones sanas en crecimiento, es le mejor formador del compromiso social. La caridad cristiana como desbordamiento en el amor de Dios siempre encuentra caminos de generosidad desde las peculiaridades de cada uno de los miembros de la familia.
“La comunidad social, para vivir en paz, está llamada a inspirarse también en los valores sobre los que se rige la comunidad familiar” (Benedicto XVI).
Una sociedad que no cuida la protección de la familia acabará por encontrarse con graves problemas de cohesión social. Sus ciudadanos, sin la experiencia de las relaciones de crecimiento en el amor, se verán desmotivados para el compromiso ético y para la construcción social. Por eso, la mejor apuesta de una sociedad, más que las estructuras, son las personas; y el desarrollo de estas pasa por la instancia familiar.
Cuando han pasado casi 130 años del inicio de las obras del templo expiatorio, sigue teniendo actualidad la intuición que movió a aquellos creyentes: “¿Qué hacer para devolver a la familia su dignidad, la paz y la tranquilidad? No hay más que aficionarla a imitar el perfectísimo modelo de la Sagrada Familia, y de seguro se reformará, y reformada ella, quedará saneada la sociedad”. Hoy tenemos, cada vez más terminado, un símbolo elocuente que nos recuerda este empeño.


Y hasta aquí las catequesis que la archidiócesis de Barcelona ofreció por la visita del Papa Benedicto XVI.
PORLA