3.- La
casa como hogar
“En la
familia, cada persona ya sea el niño más pequeño o el familiar más anciano, es
valorado por lo que es en sí misma, y no es vista meramente como un medio para
otros fines” (Benedicto XVI).
“El nacimiento del niño la noche de Belén dio
comienzo a la familia… La solemnidad de Navidad y, en su contexto, la fiesta de
la Sagrada Familia nos resultan especialmente cercanas y entrañables,
precisamente porque en ellas se encuentra la dimensión fundamental de nuestra
fe, es decir, el misterio de la Encarnación, con la dimensión no menos
fundamental de las vivencias del hombre…, la familia” (Juan Pablo II, Homilía
en Loreto, 8 noviembre 1979).
Hoy ciertamente muchas familias están rodeadas de
graves dificultades para realizar su proyecto. El trabajo se hace un bien
escaso, la posibilidad de la vivienda se complica, incluso muchos tienen que
emigrar de su tierra y de sus lazos familiares. Aquí también la Sagrada Familia
va por delante cuando tuvo que afrontar la exigencia del censo a la hora del
nacimiento de su hijo, y vivió la falta de casa con la inseguridad que supone,
y soportó la emigración obligada e incuso probablemente padeció la inseguridad
laboral.
Sin embargo, las dificultades no agotan el amor. A
través de apoyo mutuo, los esposos aprenden cotidianamente la renuncia a su
propia individualidad, los hijos reciben la garantía de un amor fiel en el que
crecer, los hermanos aprenden a compartir en reciprocidad y los mayores ayudan,
a la vez que son cuidados. Esta trama de relaciones familiares es la herencia
sobre la que se construye la persona que aprende el amor en libertad y la
apertura a las necesidades de los otros.
Así, la familia es el antídoto más poderoso contra
el individualismo, el ámbito más estable para abordar los retos de la vida y la
experiencia de gratuidad donde se reconoce de forma más elocuente el amor
absoluto que nos funda. El hogar de Nazaret trasparente y refleja el amor de la
Trinidad divina, que es la fuente de toda experiencia comunitaria y social de
los seres humanos.
4.- La
familia como Iglesia doméstica y como impulso de compromiso social
“La familia y
la Iglesia, en concreto las parroquias y las demás formas de comunidad
eclesial, están llamadas a la más íntima
colaboración en esa tarea fundamental que está constituida, inseparablemente,
por la formación de la persona y la transmisión de la fe” (Benedicto XVI).
La familia cristiana se vive en un dinamismo de
comunión que le abre a ser iglesia más allá del territorio de sus relaciones de
proximidad. Al saberse fundados en un amor que les trasciende, como la casa de
los primeros cristianos, la familia acoge y sale de si para participar de la
comunidad cristiana, de la parroquia. Si el núcleo familiar se aísla, corre el
peligro de no garantizar la transmisión de la fe y no ofrecer a sus miembros la
fuente, que en la Palabra y la Eucaristía, sostiene su unidad.
Las familias cristianas necesitan comunidades
acogedoras que puedan acompañarlas en las peculiaridades de cada situación.
Pero a la vez, las parroquias necesitan familias que creen una trama de
comunión que pueda ser ámbito de crecimiento para las generaciones que vienen
detrás. Esta sintonía mutua exige la disponibilidad de todos y esfuerzos
renovados y creativos para atender las necesidades cambiantes y las
dificultades siempre nuevas, especialmente para los más jóvenes. La vida
familiar lejos de encerrar, potencia el crecimiento de la conciencia social de
los miembros, que comprenden que los problemas sociales les afectan y que las
situaciones y personas más desfavorecidas suponen una invitación a dar lo que
han recibido. Un hogar acogedor y comunicativo, capaz de relaciones sanas en
crecimiento, es le mejor formador del compromiso social. La caridad cristiana como
desbordamiento en el amor de Dios siempre encuentra caminos de generosidad
desde las peculiaridades de cada uno de los miembros de la familia.
“La comunidad social, para vivir en paz, está
llamada a inspirarse también en los valores sobre los que se rige la comunidad
familiar” (Benedicto XVI).
Una sociedad que no cuida la protección de la
familia acabará por encontrarse con graves problemas de cohesión social. Sus
ciudadanos, sin la experiencia de las relaciones de crecimiento en el amor, se
verán desmotivados para el compromiso ético y para la construcción social. Por
eso, la mejor apuesta de una sociedad, más que las estructuras, son las
personas; y el desarrollo de estas pasa por la instancia familiar.
Cuando han pasado casi 130 años
del inicio de las obras del templo expiatorio, sigue teniendo actualidad la
intuición que movió a aquellos creyentes: “¿Qué hacer para devolver a la
familia su dignidad, la paz y la tranquilidad? No hay más que aficionarla a
imitar el perfectísimo modelo de la Sagrada Familia, y de seguro se reformará,
y reformada ella, quedará saneada la sociedad”. Hoy tenemos, cada vez más
terminado, un símbolo elocuente que nos recuerda este empeño.
Y hasta aquí las catequesis que la archidiócesis de
Barcelona ofreció por la visita del Papa Benedicto XVI.
PORLA