CAPITULO 5
¿Por qué el
llanto es dulce a los desgraciados?
10) Mas ahora, Señor, ya pasaron aquellas cosas, y
con el tiempo se ha suavizado mi herida. ¿Podría yo oír de Vos, que sois la
Verdad, y acercar a vuestra boca los oídos de mi corazón, para que me digáis
por qué el llanto es dulce a los desgraciados? ¡Acaso Vos, aunque presente en
todas partes, habéis arrojado lejos de Vos nuestra miseria, y moráis a solas en
Vos mismo, mientras nosotros nos revolcamos en nuestras pruebas?
Y, sin embargo, si no llorásemos a vuestros oídos,
ninguna esperanza quedaría para nosotros. ¿Cómo es, pues, que de la amargura de
la vida se coge como dulce fruto el gemir, el llorar, el suspirar, el quejarse?
¿Consiste, acaso, su dulzura en que esperamos ser oídos de Vos? Así es,
ciertamente, en nuestras plegarias, que hacemos con el deseo de que sean
acogidos. Pero ¿y en el dolor por el bien perdido y en la desolación que
entonces me abrumaba? Que ni yo esperaba que mi amigo volviese a la vida, ni os
lo pedía con mis lágrimas; solamente sentía pena, y lloraba porque era
desgraciado, y había perdido mi alegría. ¿Diremos que el llanto es amargo de
suyo; mas en comparación de la pena de no gozar de lo que antes poseíamos y de
horror que nos causa su pérdida, nos deleita?
CAPITULO 6
Triste
situación en que se hallaba su alma
11) Mas ¿para qué digo estas cosas, pues no es
ahora tiempo de filosofar, sino de confesarme delante de Vos. Desdichado era
yo, y desdichada es toda alma aprisionada en la amistad de persona mortal, que
se desgarra cuando la pierde, y entonces siente la desdicha con que aun antes
de perderla ya era desdichada.
Así era yo en aquel tiempo: y lloraba
amarguísimamente, y reposaba en mi amargura (Job, 3, 20).
Era, pues, desdichado; pero más que a aquel amigo,
amaba yo aquella misma desdichada vida. Porque aunque hubiera deseado cambiarla
empero no hubiera querido perderla ni aun por él; como se dice de Orestes y
Pilades (si todo ello no es una fábula), que querían morir el uno por el otro o
ambos a la vez, porque el no vivir juntos les era peor que la muerte. Mas en mí
había nacido no sé qué afecto enteramente contrario a éste: grandísimo era en
mí el tedio a la vida, y el miedo a la muerte. Creo yo que cuanto más le amaba,
tanto más aborrecía a la muerte, que me lo había arrebatado, como a un enemigo
cruelísimo, y la temía; y pensaba que de un momento a otro iba a acabar con
todos los hombres, pues pudo acabar con aquel. Así enteramente era yo; bien me
acuerdo. Aquí tenéis mi corazón, Dios mío, aquí lo tenéis por dentro; vedlo,
que bien me acuerdo, oh esperanza mía, que me limpiáis de la inmundicia de
tales afectos, enderezando a Vos mis ojos, y arrancando del lazo mis pies (Ps.
24, 15). Maravillábame que viviesen los demás mortales, habiendo muerto aquel a
quien yo había amada como si no hubiese de morir; y más me maravillaba que habiendo
muerto él, viviera yo, que era otro él. Bien dijo uno de sus amigos que era “la
mitad de su alma” (1); porque yo sentía que mi alma y la suya habían sido una
sola alma en dos cuerpos. Y por eso me horrorizaba la vida, porque no quería
vivir con la mitad de mi ser; y tal vez por eso temía morir, porque del todo no
muriese aquel a quien había amado sobremanera (2).
CAPITULO 7
Buscando
alivio a su dolor, huye a Cartago
12) ¡Oh locura, no saber amar humanamente a los
hombres! ¡Oh necio del hombre que no sobrelleva con moderación las cosas
humanas! Tal era yo, entonces; y así me acongojaba, suspiraba, lloraba, me
desconcertaba, y no hallaba descanso ni consejo; porque llevaba mi alma
despedazada y sangrando, impaciente por ir dentro de mí, ni ya hallaba donde
posarla; porque ni en los bosques deleitosos, ni en los juegos y cánticos, ni
el los parajes olorosos, ni en los banquetes esplendidos, ni en los deleites de
la alcoba y del lecho, ni siquiera en los libros de versos hallaba descanso.
Todo me daba horror, hasta la misma luz; y todo lo que no era aquel hombre, era
insoportable y odioso, si no es gemir y llorar, pues sólo en esto hallaba algún
ligero descanso; y cuando dejaba de llorar, luego me abrumaba la pesada carga
de mi desgracia.
A Vos, Señor, debiera yo elevar mi alma para que me
curaseis; lo sabía; pero ni quería ni podía. Tanto más que cuando pensaba en
Vos, no erais para mí una cosa sólida y firme; porque no erais Vos, sino sólo
un vano fantasma, y mi error era mi Dios. Y si me esforzaba en apoyar mi alma
para que descansase sobre aquel fantasma, luego resbalaba en el vacío, y volvía
a caer sobre mí. Y así quedé convertido en una ingrata morada de mí mismo,
donde no podía estar ni salir de ella. Porque, ¿adónde podía mi corazón huir de
mi propio corazón?, ¿adónde huir de mí mismo?, ¿adónde no me llevaría conmigo?
Con todo, hui de mi patria, porque menos le buscarían mis ojos donde no solía
verle. De la ciudad de Tagaste me fui a Cartago.
