domingo, 8 de marzo de 2015

LIBRO CUARTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO 5
¿Por qué el llanto es dulce a los desgraciados?
10) Mas ahora, Señor, ya pasaron aquellas cosas, y con el tiempo se ha suavizado mi herida. ¿Podría yo oír de Vos, que sois la Verdad, y acercar a vuestra boca los oídos de mi corazón, para que me digáis por qué el llanto es dulce a los desgraciados? ¡Acaso Vos, aunque presente en todas partes, habéis arrojado lejos de Vos nuestra miseria, y moráis a solas en Vos mismo, mientras nosotros nos revolcamos en nuestras pruebas?
Y, sin embargo, si no llorásemos a vuestros oídos, ninguna esperanza quedaría para nosotros. ¿Cómo es, pues, que de la amargura de la vida se coge como dulce fruto el gemir, el llorar, el suspirar, el quejarse? ¿Consiste, acaso, su dulzura en que esperamos ser oídos de Vos? Así es, ciertamente, en nuestras plegarias, que hacemos con el deseo de que sean acogidos. Pero ¿y en el dolor por el bien perdido y en la desolación que entonces me abrumaba? Que ni yo esperaba que mi amigo volviese a la vida, ni os lo pedía con mis lágrimas; solamente sentía pena, y lloraba porque era desgraciado, y había perdido mi alegría. ¿Diremos que el llanto es amargo de suyo; mas en comparación de la pena de no gozar de lo que antes poseíamos y de horror que nos causa su pérdida, nos deleita?

CAPITULO 6
Triste situación en que se hallaba su alma
11) Mas ¿para qué digo estas cosas, pues no es ahora tiempo de filosofar, sino de confesarme delante de Vos. Desdichado era yo, y desdichada es toda alma aprisionada en la amistad de persona mortal, que se desgarra cuando la pierde, y entonces siente la desdicha con que aun antes de perderla ya era desdichada.
Así era yo en aquel tiempo: y lloraba amarguísimamente, y reposaba en mi amargura (Job, 3, 20).
Era, pues, desdichado; pero más que a aquel amigo, amaba yo aquella misma desdichada vida. Porque aunque hubiera deseado cambiarla empero no hubiera querido perderla ni aun por él; como se dice de Orestes y Pilades (si todo ello no es una fábula), que querían morir el uno por el otro o ambos a la vez, porque el no vivir juntos les era peor que la muerte. Mas en mí había nacido no sé qué afecto enteramente contrario a éste: grandísimo era en mí el tedio a la vida, y el miedo a la muerte. Creo yo que cuanto más le amaba, tanto más aborrecía a la muerte, que me lo había arrebatado, como a un enemigo cruelísimo, y la temía; y pensaba que de un momento a otro iba a acabar con todos los hombres, pues pudo acabar con aquel. Así enteramente era yo; bien me acuerdo. Aquí tenéis mi corazón, Dios mío, aquí lo tenéis por dentro; vedlo, que bien me acuerdo, oh esperanza mía, que me limpiáis de la inmundicia de tales afectos, enderezando a Vos mis ojos, y arrancando del lazo mis pies (Ps. 24, 15). Maravillábame que viviesen los demás mortales, habiendo muerto aquel a quien yo había amada como si no hubiese de morir; y más me maravillaba que habiendo muerto él, viviera yo, que era otro él. Bien dijo uno de sus amigos que era “la mitad de su alma” (1); porque yo sentía que mi alma y la suya habían sido una sola alma en dos cuerpos. Y por eso me horrorizaba la vida, porque no quería vivir con la mitad de mi ser; y tal vez por eso temía morir, porque del todo no muriese aquel a quien había amado sobremanera (2).

CAPITULO 7
Buscando alivio a su dolor, huye a Cartago
12) ¡Oh locura, no saber amar humanamente a los hombres! ¡Oh necio del hombre que no sobrelleva con moderación las cosas humanas! Tal era yo, entonces; y así me acongojaba, suspiraba, lloraba, me desconcertaba, y no hallaba descanso ni consejo; porque llevaba mi alma despedazada y sangrando, impaciente por ir dentro de mí, ni ya hallaba donde posarla; porque ni en los bosques deleitosos, ni en los juegos y cánticos, ni el los parajes olorosos, ni en los banquetes esplendidos, ni en los deleites de la alcoba y del lecho, ni siquiera en los libros de versos hallaba descanso. Todo me daba horror, hasta la misma luz; y todo lo que no era aquel hombre, era insoportable y odioso, si no es gemir y llorar, pues sólo en esto hallaba algún ligero descanso; y cuando dejaba de llorar, luego me abrumaba la pesada carga de mi desgracia.
A Vos, Señor, debiera yo elevar mi alma para que me curaseis; lo sabía; pero ni quería ni podía. Tanto más que cuando pensaba en Vos, no erais para mí una cosa sólida y firme; porque no erais Vos, sino sólo un vano fantasma, y mi error era mi Dios. Y si me esforzaba en apoyar mi alma para que descansase sobre aquel fantasma, luego resbalaba en el vacío, y volvía a caer sobre mí. Y así quedé convertido en una ingrata morada de mí mismo, donde no podía estar ni salir de ella. Porque, ¿adónde podía mi corazón huir de mi propio corazón?, ¿adónde huir de mí mismo?, ¿adónde no me llevaría conmigo? Con todo, hui de mi patria, porque menos le buscarían mis ojos donde no solía verle. De la ciudad de Tagaste me fui a Cartago.
 PORLA