CAPITULO CUARTO
Ventajas de la conversión de personas
insignes
9) ¡Ea, Señor, hacedlo Vos;
despertadnos, reducidnos, encendednos y arrebatadnos; derramad fragancia, y
endulzaos; amemos, corramos! ¿No es cierto que muchos vuelven a Vos de un
abismo de ceguedad más profundo que Victorino, y se os allegan, y son
iluminados (Ps. 33, 6), recibiendo vuestra luz, que cuantos la reciben,
juntamente reciben de Vos la potestad de hacerse hijos vuestros? (Jn. 1, 12)
Pero si son menos conocidos del mundo, menos alegría reciben aun los mismos que
los conocen; porque cuando el gozo es de muchos, es mayor el de cada uno, pues
unos a otros se enfervorizan y encienden. A más de esto, los que son conocidos
de muchos son a muchos ejemplo de salvación, y abren camino a muchos que los
han de seguir. Por eso también alégrense mucho los que les precedieron, pues no
se alegran por ellos solos. Mas no permitáis que las personas de los ricos sean
en vuestra casa preferidas a los pobres, ni los nobles a los plebeyos; cuando
Vos más bien escogisteis lo flaco del mundo para confundir su fortaleza; y lo
vil y despreciado y lo que no tiene ser como si no tuviera, para destruir a lo
que lo tiene (1 Cor. 1, 27-28). Y con todo esto, aquel mismo, el menor de
vuestros Apóstoles (1 Cor. 15, 9), por cuya boca promulgasteis estas palabras,
cuando el procónsul Paulo, domeñada por la estrategia de Saulo su sobrino,
recibió el suave yuyo de vuestro Cristo, quedando tributario del gran Rey,
quiso el mismo Apóstol, como trofeo de tan señalada victoria, trocar su antiguo
nombre de Saulo en el de Paulo. Porque más vencido queda el demonio en aquel a
quien tiene más rendido, y por cuyo medio sujeta a otros muchos. Y más rendido
tiene a los soberbios por razón de su autoridad. Por eso, cuanto era más grato
pensar que el pecho de Victorino había sido un baluarte inexpugnable donde se
había encastillado el demonio, y la lengua de Victorino un dardo grande y
penetrante con que a muchos había dado muerte; tanto más abundante debía ser el
gozo de vuestros hijos porque nuestro Rey había encadenado al fuerte, y veían
que sus armas, de que le había despojado (Mt. 12, 20), eran purificadas y
adaptadas a honra vuestra, haciendo que sirviesen al Señor para buena obra (2
Tim. 2, 21).
CAPITULO QUINTO
Tiranía de la mala costumbre
10) Luego que vuestro siervo Simpliciano
me contó lo que de Victoriano he referido me encendí en deseo de imitarle; y
aun para eso me lo había él contado. Y cuando después añadió que en tiempo del
emperador Juliano se había dado una ley que prohibía a los cristianos enseñar
literatura y oratoria, y que él, acatado la ley, prefirió dejar la escuela de
palabras antes que a vuestra Palabra con que hacéis elocuentes las lenguas de
los infantes (Sap. 10, 21) no me pareció más fuerte que afortunado, pues halló
la ocasión de consagrarse a Vos, cosa que yo suspiraba, atado, no con hierro
ajero, sino con mi férrea voluntad; por la voluntad me tenía cogido el enemigo,
y de ella me había hecho una cadena, y me había aprisionado. Porque de la
voluntad perversa nació la lujuria; y rindiéndome a la lujuria, se formó la
costumbre; y no resistiendo a la costumbre, se creó la necesidad. Y con estas
como eslabones trabados entre sí –que por eso los llamo cadenas- me tenía
aherrojado la dura esclavitud. Y aquella nueva voluntad que yo empezaba a
tener, de serviros por amor, y de querer gozaros, ¡oh Dios, único gozo seguro!,
aun no tenía fuerzas para vencer a la primera, robustecida con la antigüedad.
De este modo mis dos voluntades, una vieja y otra nueva, aquélla carnal y ésta
espiritual, luchaban entre sí, y con su desavenencia desgarraban mi alma.
11) Así vine a entender por personal
experiencia lo que había leído: cómo la carne codicia contra el espíritu, y el
espíritu codicia contra la carne (Gal. 5, 12). Cierto que en la una y en la
otra estaba “yo”; pero más “yo” en aquello que en mi aprobaba; pues en esto más
bien ya no era “yo”, porque en gran parte, más era padecerlo a pesar mío que
hacerlo de grado. Con todo, de mí mismo se había hecho aquella costumbre más
batalladora contra mí; porque a fuerza de querer, había llegado a donde no
querría. Y ¿quién podría con razón protestar de que la pena justa cayese sobre
el culpado?
Y no me quedaba aquella excusa con que
solía parecerme que la causa de no despreciar al mundo y serviros a Vos era
porque aún no veía con certeza la verdad.
Porque ya, sí, la veía con certeza. Mas
migado todavía a la tierra, rehusaba yo seguir vuestra bandera, y temía tanto
desenredarme de todos los estorbos cuanto debiera temer estar enredado en
ellos.
12) Así me sentía dulcemente oprimido
por la carga del siglo como por el sueño; y los pensamientos con que meditaba
ir a Vos eran semejantes a los esfuerzos de los que quieren despertar; pero
vencidos del profundo sopor, tornan a sumergirse en él. Y así como no hay nadie
que quiera estar siempre durmiendo, y al sano juicio de todos es preferible
estar despierto, y, no obstante, difiere frecuentemente el hombre sacudir el
sueño, cuando un pesado sopor encadena sus miembros, y aunque no quisiera y sea
hora de levantarse, se vuelve a dormir con más gusto: así yo tenía por cierto
que era mejor entregarme a vuestro amor que condescender con el apetito; pero
aquello me parecía bien y me convencía, mas esto me deleitaba y encadenaba. Por
lo cual no tenía qué responderos cuando me decíais: ¡Levántate tú que duermes,
y álzate de entre los muertos, y te iluminará Cristo! (Efer. 5, 14). Me hacíais
ver por todos lados que era verdad lo que me decíais, y convencido de la
verdad, no tenía absolutamente nada que responde, sino palabras perezosas y
soñolientas: “Ahora, ahora” no llegaba nunca; y aquel “déjame un poco” iba para
largo. En vano me deleitaba en vuestra Ley según el hombre interior; porque
otra Ley luchaba en mis miembros contrala Ley de mi espíritu y me llevaba
cautivo bajo la Ley del pecado que estaba en mis miembros (Rom. 7, 22). Porque
Ley del pecado es la violencia de la costumbre, que arrastra y retiene el ánimo
contra su voluntad. ¡Desventurado de mí!, ¿quién me iba a librar de este cuerpo
de muerte, sino vuestra gracia, por Jesucristo, Señor nuestro? (Rom. 7, 24).
PORLA
