lunes, 21 de diciembre de 2015

LIBRO QUINTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO DECIMO
Errores maniqueos que le separaban de la fe católica
18) Me sanasteis, pues, de aquella enfermedad, y disteis salud al hijo de vuestra sierva (Ps. 85, 16), por entonces en el cuerpo, para tener a quien dar otra salud mejor y más duradera. Juntábame yo todavía en Roma con aquellos “santos” engañados y engañadores; y sólos con los “oyentes” de aquellos, de cuyo número era también el dueño de la casa donde yo había estado enfermo y convalecido, sino también con los que llaman “electos”. Todavía me seguí pareciendo que no somos nosotros los que pecamos, sino que es otra naturaleza, no sé cuál, la que peca en nosotros: y cuando había obrado mal, en no confesar que lo había hecho yo, para que sanaseis mi alma, pues había pecado contra Vos (Ps. 40,5), antes me gustaba excusarme, y acusar a no sé qué ser extraño, que estaba en mí, pero que no era yo. Mas el verdadero todo (que pecaba) era yo; y mi impiedad ponía división en mí. Y mi pecado era tanto más incurable, cuanto yo me tenía por pecador; y era detestable maldad preferir que Vos, Dios omnipotente, Vos, quedaseis vencido en mí para mi perdición, que no yo por Vos para mi salvación. Todavía, pues, no habíais puesto guarda a mi boca, ni puerta de discreción a mis labios, para que mi corazón no se deslizase en palabras malignas, buscando con los hombres que abran la iniquidad: y por eso comunicaba yo todavía con los “Electos” de los maniqueos (Ps. 140, 3-6), mas desesperanzado ya de hacer progresos en aquella falsa doctrina; y aun lo que de ella había determinado retener mientras no hallase cosa mejor, profesabale ya más remisa y negligentemente.

19) Se me ofrecía, además, la idea de que los filósofos que llaman académicos habían sido más prudentes que los otros, porque pensaban que se debe dudar de todas las cosas, y que ninguna verdad podía ser comprendida por el hombre; ésta me parecía haber sido claramente su opinión, como vulgarmente se cree, pues hasta entonces yo tampoco había penetrado su intento. Y no me recaté de poner en guardia a mi huésped contra la excesiva confianza que conocí tenía en las fábulas de que están llenos los libros de los maniqueos. Sin embargo, cultivaba su amistad, tratando más familiarmente con ellos que con otras personas que no hubieran pertenecido a la secta. No la defendía yo con el ardor que solía; pero la amistad que me ligaba con ellos –eran muchos los que se ocultaban en Roma- me hacía que más perezosamente buscase otra cosa; sobre todo estando desesperanzado de poder hallar en vuestra Iglesia, Señor del Cielo y de la tierra, Creador de todas las cosas visibles e invisibles, la verdad, de la cual me habían apartado.
Porque parecíame muy indecoroso creer que Vos tenéis figura de carne humana, y estáis encerrado en el contorno de miembros como los nuestros. Y como al querer pensar en mi Dios, no sabía imaginar sino males corpóreos, pues no parecía que fuese algo lo que no fuera tal, ésta era la causa principal y casi única de mi error inevitable.

20) De aquí también me nacía en una cierta sustancia de mal semejante, y que tenía su mole fea y disforme, ya crasa, llamada tierra, ya delgada y sutil, como es el cuerpo del aire, que ellos imaginan como un espíritu maligno que se arrastra por la tierra. Y como mi piedad, por poca que fuese, me obligaba a creer que un Dios bueno no había creado una naturaleza mala, me imaginaba yo dos magnitudes, una en contra de otra, ambas infinitas, aunque menor la mala y mayor la buena; y de este pestilencial principio se me originaban los demás sacrilegios.
Porque cuando mi espíritu se esforzaba por refugiarse en la fe católica, era rechazado, por cuanto no era fe católica lo que yo pensaba que lo era. Y teníame por más piadoso, oh Dios mío, a quien alaban vuestras misericordias para conmigo (Ps. 106. 8), si os creía por todas las demás partes infinito –aunque por una sola, aquella en que se os contraponía la mole del mal, me veía obligado a reconocer infinito-, que si os juzgaba por todas partes limitado en forma de cuerpo humano. Y me parecía mejor creer que no habíais creado mal alguno –que yo ignorante pensaba ser, no solo sustancia, sino sustancia corpórea, pues no podía concebir que el espíritu mismo fuese otra cosa que un cuerpo sutil que, no obstante, se difundía por el espacio-, que creer que procedía de Vos la que yo imaginaba naturaleza del mal.
Al mismo Salvador nuestro, vuestro Unigénito lo imaginaba yo como desprendido para nuestra salud de la masa de vuestro luminosísimo cuerpo; de tal modo, que no creía otra cosa de él, sino lo que podía vanamente fantasear. Semejante naturaleza del Verbo juzgaba yo que no había podido nacer de la Virgen María, sin mezclarse con la carne; mas cómo pudiese mezclarse sin mancharse aquel ser cual yo me lo figuraba, no lo veía; no osaba, pues, creerle nacido de la carne, por no verme obligado a creerle manchado por la carne.
Ahora, Señor, vuestros espirituales se reirán blanda y amorosamente de mí si leen estas mis Confesiones; pero realmente así era yo.

PORLA