domingo, 17 de enero de 2016

LIBRO QUINTO - CONFESIONES DE SAN AGUSTIN

CAPITULO ONCE
Dificultades que hallaba en la Sagrada Escritura
21) Además no pensaba yo que se podían defender las cosas que ellas impugnaban en vuestras Escrituras; aunque a veces sinceramente deseaba consultar cada pasaje con algún varón doctísimo en aquellos libros, y ver qué sentía de ellos. Porque ya en Cartago habían comenzado a impresionarme las palabras de un tal Elpidio, que celebró una disputa pública con los maniqueos, y alegó en la discusión tales testimonios de las Escrituras, que no era cosa fácil resistir; y la respuesta de aquellos me pareció floja; y aun ésta no la daban fácilmente en público, sino a nosotros en secreto, diciendo que las Escrituras del Nuevo Testamento habían sido falsificadas por no sé quién, que había querido injerir en la fe cristiana la Ley de los judíos; mas ellos no presentaban ningún ejemplar incorrupto. Pero, sobre todo, como yo imaginaba corpóreas todas las cosas, me abrumaban en cierto modo aquellas moles que me tenían preso y sofocado, y no podía respirar, anhelando el aura pura y sencilla de vuestra Verdad.

CAPITULO DOCE
Trapacería de los estudiantes de Roma
22) Con diligencia había comenzado a poner por obra del intento que me había llevado a Roma, que era enseñar allí el arte de la retórica, y primeramente a juntar en casa a algunos estudiantes que empezaron a conocerme y a darme a conocer. Bien pronto me enteré que en roma sucedían otras cosas, que no había tenido que aguantar en África. Porque me aseguraron que realmente aquellos alborotos de jóvenes perdidos no se cometían allí; pero: “De pronto, añadieron, por no pagar al maestro, se concierta un buen número de jóvenes, y se pasan a otro faltando a su palabra, y no haciendo caso de la justicia por amor al dinero”. También a éstos los odiaba mi corazón, aunque no con odio perfecto (Ps.138, 22), pues quizá los odiaba más por el perjuicio que me iban a irrogar, que porque hacían una cosa a todos ilícita. Cierto es, sin embargo que tales son repugnantes; y fornicando, se apartan de Vos (Ps.72, 27); amando volátiles juguetes del tiempo, y un sórdido interés, que mancha la mano al tomarlo, y abrazándose con el mundo que huye, despreciándoos a Vos que permanecéis, y llamáis y perdonáis a la adultera, al alma humana, que se vuelve a Vos. Aun ahora aborrezco a aquellos depravados y descompuestos, si bien los amo para que se corrijan, y que sobre el dinero prefieran la misma doctrina que aprenden, y sobre la doctrina a Vos, oh Dios, que sois la Verdad, y abundancia de bien seguro, y paz castísima. Pero entonces prefería no aguatar los malos, por amor propio, a que se hiciesen buenos por amor vuestro.

CAPITULO TRECE
Se traslada a Milán; visita a San Ambrosio
23) Así, pues, habiéndose perdido de Milán al Prefecto de Roma que les proporcionase un maestro de Retórica y se lo enviaron por cuenta de la ciudad, yo mismo, valiéndome precisamente de aquellos que estaban ebrios con la vanidad maniquea, de los cuales, sin saberlo ellos ni yo, me iba a librar, solicité del entonces Prefecto Sínmaco que, después de hechas mis pruebas sobre un tema propuesto, me enviase. Y llegué a Milán y al obispo Ambrosio, conocido por todo el orbe dela tierra entre los mejores, piadoso siervo vuestro, cuyos discursos generosamente suministraban entonces a nuestro pueblo el pan que sustenta, el óleo que da alegría, y el vino que sobriamente embriaga (Ps. 103, 15). A él era yo llevado por Vos sin saberlo; para ser llevado a Vos por él sabiéndolo. Recibióme paternalmente aquel hombre de Dios, y con solicitud harto episcopal interesó por mi llegada. Comencé a amarle, al principio no todavía como a maestro de la Verdad –que ésta desesperaba yo totalmente de hallarla en vuestra Iglesia-, sino como a un hombre afable conmigo. Oíale con interés cuando enseñaba al pueblo, mas no con la intención que debía, sino para explorar si su facundia correspondía a su fama, o si fluía más o menos de lo que se decía. Estaba colgado de sus palabras, mas no prestaba atención a las cosas, antes las desdeñaba. Deleitabame con la suavidad de sus palabras, aunque más erudita, menos festiva y halagüeña que la de Fausto, cuanto al modo de decir; porque cuanto al fondo, no había comparación, pues Fausto divagaba por las falacias maniqueos. Ambrosio salubérrimamente enseñaba la salud. Mas la salud está lejos de los pecadores (Ps. 48, 115), como era yo entonces; aunque poco a poco me iba acercando a ella sin saberlo.

PORLA