jueves, 19 de junio de 2014

CONFESIONES DE SAN AGUSTIN (Continuación)

CAPITULO 15
Ofrece a Dios lo que aprendió en la niñez
24) Oíd, Señor, mi oración, para que no desfallezca mi alma bajo vuestro azote, ni desfallezca yo en confesaros vuestras misericordias con que me sacasteis de todos mis perezosos caminos (Jer. 25, 15); para que me seáis más dulce que todos los halagos que yo seguía, y os ame fortísimamente, y con todas mis entrañas quede asido de vuestra mano, y me libréis de toda tentación hasta el fin (Ps. 17, 30).
Porque he aquí que Vos, Señor, sois mi Rey y mi Dios (Ps. 5,3); sea para vuestro servicio todo lo útil que yo aprendí cuando niño; sea para vuestro servicio todo lo que hablo y leo y escribo y cuento. Porque cuando yo aprendía cosas, Vos me castigabais; y me habéis perdonado los pecados que, deleitándome en ellos, cometí. Verdad es que en aquellas vanidades aprendí muchas palabras útiles; pero también se pueden aprender en cosas que no sean vanas; y éste es el camino seguro por donde habían de caminar (1).

CAPITULO 16
Contra las fabulas deshonestas
25) Mas ¡ay de ti, rio de la humana costumbre!, ¿quién te resistirá?, ¿hasta cuándo no te secará?, ¿hasta cuándo arrebatarás a los hijos de Eva al mar inmenso y espantoso, que apenas pasan los que suben al Leño? (1). ¿Acaso no fue en ti donde leí de Júpiter, a la vez tonante y adúltero? Cierto es que no pudo hacer a la vez ambas cosas; mas fingiéronlo así para autorizar, con el señuelo del trueno fingido, la imitación del adulterio verdadero. Y ¿qué maestro de los que llevan capote (2) oirá con calma a un hombre de su profesión, que clama y dice: “Fingió estas cosas Homero, traspasando a los dioses los vicios humanos; mejor hubiera sido traspasar a los hombres virtudes divinas?” (3). Pero con más verdad diremos que fingió estas fábulas atribuyendo divinidad a hombres corrompidos, para que los vicios no fuesen tenidos por vicios; y todo el que los comete pareciese imitar no a hombres perdidos, sino a los dioses celestiales.

26) Y, sin embargo, ¡oh río infernal!, a tu corriente son arrojados los hijos de los hombres, y aun se paga dinero para que aprendan semejantes torpezas; y se tiene a mucha honra abrir escuela pública en el foro, a vista de las leyes, que además de la paga conceden pensiones a los maestros. Y tú vas arrastrando tus piedras con la corriente, y alborotas diciendo: “Aquí se aprenden las palabras; aquí se adquiere la elocuencia, sumamente necesaria para persuadir lo que desea y para explicar lo que piensa”. ¡Como si no pudiéramos aprender esas palabras: lluvia de oro, regazo, disfraz, bóveda del cielo y otras que están escritas en el mismo lugar, si Terencio no introdujese un joven perdido, que se propone a Júpiter por modelo de estupro, mirando una pintura mural donde se representaba cómo Júpiter –dicen- envió en cierta ocasión regazo de Dánae una lluvia de oro, disfraz que engañó a la mujer!
Y mirad de qué modo se excita a la lascivia como a vista de un celestial maestro:
               ¡Y qué Dios! –dice-. ¡El que con trueno horrísono
               estremece la bóveda del cielo!
                Y yo, hombrecillo vil, ¿no haría otro tanto?
               ¡Hícelo, sí, con el mayor contento! (4)
No: absolutamente no es verdad que con semejante torpeza se aprenden mejor aquellas palabras, sino con aquellas palabras se comete más confiadamente semejante torpeza. No condeno yo las palabras, que son como vasos escogidos y preciosos; sino el vino del error, que maestros ebrios nos propinaban en ellos; y aun si no bebíamos, nos azotaban, sin que nos fuera dado apelar a un juez sobrio. Y con ser esto así, Dios mío, en cuya presencia, ya sin peligro lo recuerdo, yo lo aprendía con gusto, y, ¡miserable de mí! Me deleitaba en ello; y por esto decían que era un niño de grandes esperanzas.

CAPITULO 17
Ejercicios literarios
27) Permitidme, Dios mío, que diga algo también del ingenio que Vos me disteis, y en qué desatinos lo malgastaba. Proponíanme una tarea muy inquietante para mi corazón, así por el premio de la alabanza o la afrenta, como por el temor a los azotes. Había yo de decir las palabras de Juno, airada y dolorida por no poder apartar de Italia al rey de los Teucros (En. 1, 38).
Nunca había yo oído a Juno proferir tales palabras; pero obligábamos a seguir libremente las huellas de las ficciones poéticas, y decir en prosa algo semejante a lo que el poeta había dicho en verso; y aquel hablaba con mayor loa, que guardando el decoro a la persona representada, pintaba más al vivo los afectos de ira y dolor, vistiendo el pensamiento con palabras significativas (1). Mas ¿de qué me servía, Dios mío, vida verdadera mía, que al recitar mi escrito me aplaudiesen más que a muchos de mi edad y mis condiscípulos? ¿No era todo aquello evidentemente humo y viento? ¿Es que no había otro asunto en que ejercitar mi ingenio y mi lengua? Vuestras alabanzas, Señor, vuestras alabanzas por vuestras Escrituras, hubieran suspendido en alto el sarmiento de mi corazón, y no hubiera sido arrebatado por la vaciedad de aquellas fruslerías, presa miserable de las aves (2). Porque hay muchas maneras de ofrecer sacrificios a los ángeles transgresores.
PORLA



domingo, 1 de junio de 2014

CONFESIONES DE SAN AGUSTIN (Continuación)

CAPITULO 13
Su afición a Virgilio. Prefiere a la retórica la escuela primaria
20) Aun ahora no acabo de entender completamente por qué razón aborrecía yo el estudio del griego que, siendo muy niño, me enseñaron. Porque me aficioné al latín, no al que enseñan los maestros de primaria sino al de los que llaman gramáticos. Porque aquellas primeras letras, en que se aprende a leer, escribir y contar, me resultaron no menos pesadas y penosas que el griego. ¿De dónde también esta aversión, sino del pecado y de la vanidad de la vida, porque era yo carne y viento que pasa y no vuelve? (Ps. 77, 39).
Porque sin duda aquellas primeras letras, con las cuales iba logrando, y llegué a lograr, la facultad que tengo de leer cuanto hallo escrito, y de escribir lo que quiero, eran mejores y más útiles que las otras que, olvidado de mis propios extravíos, me obligaban a saber de memoria los pasos errabundos de un tal Eneas (1), y a llorar la muerte de Dido, porque se mató por amores, mientras que yo, miserable de mí, con los ojos enjutos soportaba el morir para Vos, oh Dios, vida mía, con semejantes lecturas.

21) Porque ¿qué mayor miseria que el miserable que de sí mismo no tiene misericordia; y que llorando la muerte de Dido, que fue por amor a Eneas, no llora la propia muerte, que fue por no amaros a vos, Dios mío, luz de mi corazón y pan de la boca interior de mi alma, virtud fecundante de mi inteligencia y del seno de mi pensamiento? No os amaba yo, y fornicaba (2) lejos de Vos (Ps. 72,25); y fornicando, oía resonar de todas partes: ¡Bravo, bravo! (Ps. 39, 16); porque la amistad de este mundo es adulterio contra Vos; y le gritan a uno: ¡Bravo, bravo! Para que si el tal hombre no es adúltero, se avergüence.
No lloraba yo esto, y lloraba a Dido, buscando yo mismo las últimas criaturas vuestras, dejándoos a Vos y yéndome, como tierra, tras la tierra; tanto, que si me prohibían leerlas, dolíame de no leer lo que me causaba dolor (4). Semejantes locuras tienense por más honrados y lucrativos estudios que las primeras letras en que aprendí a leer y escribir.

22) Mas ahora dame vuestra verdad en mi alma, Dios mío, y dígame: ¡No es así, no es así! Mejor de todo en todo es aquella primera enseñanza, pues, evidentemente más querría, yo olvídame de las andanzas de Eneas y de todo lo de ese jaez, que de leer y escribir.
Es verdad que cuelgan unas cortinas a la entrada de las aulas de los gramáticos (5); más con ellas no tanto autorizan su secreto cuanto encubren su error. No gritan contra mí, que ya no los temo, mientras os confieso, Dios mío, lo que siente mi alma, y descanso en detestar mis malos pasos, para aficionarme a vuestros buenos amigos. No  griten contra mí los vendedores de gramática o los compradores (6); porque si les propongo esta pregunta: ¿Es verdad que Eneas vino alguna vez a Cartago, como dice el poeta?, los menos doctos responderán que no los aben, y los más doctos dirán que no es verdad. Mas si les pregunto con qué letras se escribe el nombre de Eneas, todos los que han aprendido las primeras letras me responderán la verdad, según el pacto y convenio con que los hombres entre sí han establecido estos signos.
Igualmente, si pregunto cuál de estas cosas olvidaría uno con mayor daño para la vida presente: leer y escribir, o aquellas ficciones poéticas, ¿quién no ve lo que responderá todo el que no se haya olvidado de sí mismo? Pecaba, pues, yo de niño, Dios mío, cuando anteponía en mi afición aquellas cosas vanas a éstas provechosas; o, por mejor decir, cuando aquéllas amaba y éstas aborrecía. Y, a la verdad, aquel “Uno y uno, dos; dos y dos, cuatro” me resultaba una insoportable cantinela; en cambio, era para mí dulcísimo espectáculo la vana fábula del caballo de madera lleno de guerreros, el incendio de Troya. 

CAPITULO 14
Por qué aborrecía el griego
23) Pues ¿Por qué aborrecía yo también la gramática griega, que tales ficciones canta? Porque también Homero es diestro en urdir semejantes fabulillas y dulcísimamente vano.
Y con todos, era para mí de niño, muy amargo. Creo que también lo será para los niños griegos Virgilio, cuando los apremian a estudiarlos, como hacían a mí con Homero. Y es que la dificultad, la dificultad de aprender totalmente una lengua extraña, rociaba como con hiel todas las suavidades griegas de las narraciones fabulosas. No conocía yo palabra de aquella lengua, y con aterradoras crueldades y castigos me apremiaban a aprenderla. Cierto que anteriormente, en la infancia, tampoco sabía palabra alguna latina; y con todo, fijando la atención, lo fui aprendiendo sin temor alguno ni tormento, entre las caricias de las nodrizas y los juegos y fiestas de los que se reían y jugaban conmigo. Lo aprendí sin el pesado apremio del castigo, estimulado por mi propio corazón, que quería y no hallaba cómo manifestar sus conceptos, sino aprendiendo algunas palabras, no de los que me enseñaban, sino de los que hablaban conmigo, en cuyos oídos iba yo laboriosamente poniendo todo cuanto sentía.
De donde claramente se infiere que para aprender lenguas tiene más fuerza la libre curiosidad que la temerosa necesidad. Pero ley vuestra es, oh Dios, que el temor refrene a la curiosidad resbaladiza; ley vuestra es, que abarca desde las palmetas de los maestros hasta las torturas de los mártires; ley vuestra, poderosa a entremezclar saludables amarguras, que no atraen a Vos, separándonos del ponzoñoso deleite, que nos había separado de Vos.

PORLA