CAPITULO 15
Ofrece a Dios
lo que aprendió en la niñez
24) Oíd, Señor, mi oración, para que no desfallezca
mi alma bajo vuestro azote, ni desfallezca yo en confesaros vuestras
misericordias con que me sacasteis de todos mis perezosos caminos (Jer. 25,
15); para que me seáis más dulce que todos los halagos que yo seguía, y os ame
fortísimamente, y con todas mis entrañas quede asido de vuestra mano, y me
libréis de toda tentación hasta el fin (Ps. 17, 30).
Porque he aquí que Vos, Señor, sois mi Rey y mi
Dios (Ps. 5,3); sea para vuestro servicio todo lo útil que yo aprendí cuando
niño; sea para vuestro servicio todo lo que hablo y leo y escribo y cuento.
Porque cuando yo aprendía cosas, Vos me castigabais; y me habéis perdonado los
pecados que, deleitándome en ellos, cometí. Verdad es que en aquellas vanidades
aprendí muchas palabras útiles; pero también se pueden aprender en cosas que no
sean vanas; y éste es el camino seguro por donde habían de caminar (1).
CAPITULO 16
Contra las
fabulas deshonestas
25) Mas ¡ay de ti, rio de la humana costumbre!,
¿quién te resistirá?, ¿hasta cuándo no te secará?, ¿hasta cuándo arrebatarás a
los hijos de Eva al mar inmenso y espantoso, que apenas pasan los que suben al
Leño? (1). ¿Acaso no fue en ti donde leí de Júpiter, a la vez tonante y
adúltero? Cierto es que no pudo hacer a la vez ambas cosas; mas fingiéronlo así
para autorizar, con el señuelo del trueno fingido, la imitación del adulterio
verdadero. Y ¿qué maestro de los que llevan capote (2) oirá con calma a un
hombre de su profesión, que clama y dice: “Fingió estas cosas Homero,
traspasando a los dioses los vicios humanos; mejor hubiera sido traspasar a los
hombres virtudes divinas?” (3). Pero con más verdad diremos que fingió estas
fábulas atribuyendo divinidad a hombres corrompidos, para que los vicios no
fuesen tenidos por vicios; y todo el que los comete pareciese imitar no a
hombres perdidos, sino a los dioses celestiales.
26) Y, sin embargo, ¡oh río infernal!, a tu
corriente son arrojados los hijos de los hombres, y aun se paga dinero para que
aprendan semejantes torpezas; y se tiene a mucha honra abrir escuela pública en
el foro, a vista de las leyes, que además de la paga conceden pensiones a los
maestros. Y tú vas arrastrando tus piedras con la corriente, y alborotas
diciendo: “Aquí se aprenden las palabras; aquí se adquiere la elocuencia,
sumamente necesaria para persuadir lo que desea y para explicar lo que piensa”.
¡Como si no pudiéramos aprender esas palabras: lluvia de oro, regazo, disfraz,
bóveda del cielo y otras que están escritas en el mismo lugar, si Terencio no
introdujese un joven perdido, que se propone a Júpiter por modelo de estupro,
mirando una pintura mural donde se representaba cómo Júpiter –dicen- envió en
cierta ocasión regazo de Dánae una lluvia de oro, disfraz que engañó a la
mujer!
Y mirad de qué modo se excita a la lascivia como a
vista de un celestial maestro:
¡Y
qué Dios! –dice-. ¡El que con trueno horrísono
estremece la bóveda del cielo!
Y
yo, hombrecillo vil, ¿no haría otro tanto?
¡Hícelo, sí, con el mayor
contento! (4)
No: absolutamente no es verdad que con semejante
torpeza se aprenden mejor aquellas palabras, sino con aquellas palabras se
comete más confiadamente semejante torpeza. No condeno yo las palabras, que son
como vasos escogidos y preciosos; sino el vino del error, que maestros ebrios
nos propinaban en ellos; y aun si no bebíamos, nos azotaban, sin que nos fuera
dado apelar a un juez sobrio. Y con ser esto así, Dios mío, en cuya presencia,
ya sin peligro lo recuerdo, yo lo aprendía con gusto, y, ¡miserable de mí! Me
deleitaba en ello; y por esto decían que era un niño de grandes esperanzas.
CAPITULO 17
Ejercicios
literarios
27) Permitidme, Dios mío, que diga algo también del
ingenio que Vos me disteis, y en qué desatinos lo malgastaba. Proponíanme una
tarea muy inquietante para mi corazón, así por el premio de la alabanza o la
afrenta, como por el temor a los azotes. Había yo de decir las palabras de
Juno, airada y dolorida por no poder apartar de Italia al rey de los Teucros
(En. 1, 38).
Nunca había yo oído a Juno proferir tales palabras;
pero obligábamos a seguir libremente las huellas de las ficciones poéticas, y
decir en prosa algo semejante a lo que el poeta había dicho en verso; y aquel
hablaba con mayor loa, que guardando el decoro a la persona representada,
pintaba más al vivo los afectos de ira y dolor, vistiendo el pensamiento con
palabras significativas (1). Mas ¿de qué me servía, Dios mío, vida verdadera
mía, que al recitar mi escrito me aplaudiesen más que a muchos de mi edad y mis
condiscípulos? ¿No era todo aquello evidentemente humo y viento? ¿Es que no
había otro asunto en que ejercitar mi ingenio y mi lengua? Vuestras alabanzas,
Señor, vuestras alabanzas por vuestras Escrituras, hubieran suspendido en alto
el sarmiento de mi corazón, y no hubiera sido arrebatado por la vaciedad de
aquellas fruslerías, presa miserable de las aves (2). Porque hay muchas maneras
de ofrecer sacrificios a los ángeles transgresores.
PORLA

