sábado, 29 de marzo de 2014

CONFESIONES DE SAN AGUSTIN (continuación)

CAPITULO SEPTIMO
Desórdenes de la infancia
11) Oídme, oh, Dios: ¡Ay de los pecados de los hombres! Y esto lo dice un hombre; y Vos os apiadáis de él; porque Vos le hicisteis, mas no hicisteis en él el pecado.
¿Quién me recuerda el pecado (1) de mi infancia, pues delante de Vos, nadie está limpio de pecado, ni aun el niño que cuenta un solo día de vida sobre la tierra? (2) ¿Quién me lo recuerda? ¿Acaso cualquier párvulo tamañito de ahora, en quien veo lo que no recuerdo de mí?
¿Pues en qué pecaba yo entonces? ¿Acaso en que ansiaba el pecho llorando? Porque si ahora buscase con aquella ansia, no el pecho, sino el alimento conveniente a mi edad, justísimamente se mofarían de mí y me reprenderían. Luego entonces hacía cosas reprensibles; mas como no podía entender la reprensión ni la costumbre ni la razón permitían que se me reprendiese.
Pero cuando vamos creciendo desarraigamos y echamos de nosotros semejantes defectos; y jamás he visto hombre cuerdo que, al limpiar una cosa, le quite lo bueno. ¿Acaso era bueno también por razón de edad pedir llorando aun lo que fuera dañoso que se me diese; encorajinarme bravamente, aun con las personas mayores y libres que no se me sometían, y aun con los propios padres; y a otros muchos, que, más prudentes, no accedían a la señal de mis caprichos, esforzarme con golpes por hacerles todo el daño posible, porque no obedecían a unas órdenes que con perjuicio hubieran sido obedecidas?
De manera que la debilidad de los miembros infantiles es inocente, no el ánimo de los niños (3).
Vi yo y observé un niño envidioso; aun no hablaba, y ya miraba lívido y con rostro ceñudo a su hermanito de leche. ¿Quién no sabe esto? Las madres y nodrizas dicen que, con no sé qué remedios, lo conjura (4). Si no es que sea también inocencia el no sufrir por compañero en la fuente de la leche que mana copiosa y abundante, al que está necesitadísimo de socorro, y con solo aquel alimento sostiene la vida. Toleranse empero blandamente estos defectos; no porque no lo sean, o porque sean pequeños, sino porque desaparecerán con la edad. Prueba de ello es que cuando se hallan en personas mayores, no pueden sobrellevarse con paciencia.
 
12) Vos, pues, Señor Dios mío, que de niño me disteis vida y cuerpo, al cual dotasteis, como vemos, de sentidos, y concertasteis sus miembros, y lo adornasteis de hermosa figura, y para su integridad e incolumidad le infundisteis todos los instintos de la vida animal, me mandáis que os alabe por estos dones, y que os confiese y celebre vuestro nombre, oh Altísimo (Ps. 92, 2); porque sois Dios todopoderoso y bueno, aunque solo hubierais hecho estas cosas que nadie puede hacer sino Vos, ¡oh Uno, de quien procede toda proporción, hermosísimo, que dais forma a todas las cosas, y las ordenáis todas con vuestra ley!
Aquella edad, pues, que no recuerdo haberla vivido, sobre la cual creo lo que otros me han dicho, y por otros niños conjeturo que yo debí pasarla –si bien esta conjetura es muy digna de crédito-, no me atrevo, Señor, a contarla en esta vida que vivo en este siglo. Porque en lo tocante a las tinieblas del olvido, es igual a aquella que viví en el vientre de la madre. Pues si fui concebido en pecado me crió mi madre en su seno (Ps. 5, 7), ¿dónde, Dios mío, ruégote; dónde, Señor, yo, tu siervo, dónde o cuándo he sido inocente?
Pero dejo ya a un lado aquel tiempo; ¿y qué tengo yo que ver con él, pues no ha dejado rastro de sí?
 
CAPITULO OCTAVO
La niñez - Aprende a hablar
13) ¿Acaso desde la infancia, siguiendo adelante, no llegué a la niñez? (1). O por mejor decir, ésta vino a mí, y sucedió a la infancia. La cual no se retiró –porque ¿a dónde se fue?-. Y sin embargo, ya no existía; porque ya no era yo infante (2) –que no hablase-; mas era niño que hablaba. De esto me acuerdo; y más tarde advertí cómo había aprendido a hablar. Porque no me enseñaron las personas mayores, presentándome las palabras con determinado método de enseñanza, como poco después las letras, sino yo mismo, con el entendimiento que Vos, Dios mío, me disteis, cuando con mis gemidos y voces diversas y variados movimientos de cuerpo, quería expresar los deseos de mi corazón para que hiciesen mi voluntad y no podía hacer que me entendiesen todo y todos los que yo quería, empecé a fijar en la memoria, cuando ellos nombraban alguna cosa; y cuando, al nombrarla, la señalaban con algún movimiento del cuerpo, yo, al verlo, entendía que aquella cosa se llamaba por aquel nombre que pronunciaban cuando querían señalarla. Que esta fuera su intención, descubríase por los gestos del cuerpo, que son como palabras naturales de todas las gentes, y se hacen con el rostro, con la mirada y con los diversos movimientos de los otros miembros, y con la modulación de la voz, que expresan los afectos del alma al pedir, retener, rechazar o huir de alguna cosa. De este modo, oyendo muchas veces las mismas palabras, aplicadas a las mismas cosas en diversas frases, colegía poco a poco qué objetos significaban; y después de avezar mi boca a pronunciarlas, comencé a declarar mi voluntad por medio de ellas.
Así empecé a usar los mismos signos que los otros para comunicar mis deseos a los que me rodeaban; y avancé más adentro en el proceloso consorcio de la vida humana, pendiente de la autoridad de mis padres y del gobierno de mis mayores.

PORLA
 

domingo, 2 de marzo de 2014

CONFESIONES DE SAN AGUSTIN (continuación)

CAPITULO QUINTO
Pide perdón y amor de Dios
5) ¿Quién me dará que yo descanse en Vos? ¿Quién me dará que vengáis a mi corazón y le embriaguéis para que olvide yo mis males, y me abrace con mi único bien, que sois Vos? ¿Qué sois Vos para mí? Apiadaos de mí, para que yo hable. ¿Qué soy yo para Vos que mandáis que os ame, y si no lo hago, os enojáis conmigo, y me amenazáis con ingentes miserias? ¿Acaso es pequeña miseria el no amaros? ¡Ay de mí! Decidme, por vuestras misericordias, Señor Dios mío, ¿qué sois Vos para mí? Decid a mi alma: Yo soy tu salud (Ps, 34, 3). ¡Decidlo de modo que yo lo oiga! Ved aquí, Señor, los oídos de mi corazón delante de Vos: abridlos y decid a mi alma: ¡Yo soy tu salud! Correré tras esa voz y me asiré de Vos. ¡No me ocultéis vuestro rostro! (Ps. 143, 7). Muera yo (1) para que no muera, con tal de veros. 

6) Estrecha es la casa de mi alma para que a ella vengáis: ensanchadla Vos. Ruinosa está; reparadla. Cosas tiene que ofenderán vuestros ojos: lo sé, y lo confieso; más ¿quién la limpiará?, o ¿a quién, fuera de Vos, clamaré?
De mis culpas ocultas limpiadme, Señor, y de las ajenas perdonad a vuestro siervo (Ps. 18, 13, 14). Creo, y por eso hablo (Ps. 115, 1). Vos, Señor, lo sabéis. ¿Acaso no os he confesado ya mis delitos contra mí mismo, Dios mío, y Vos me habéis perdonado la impiedad de mi corazón (Ps. 31, 5). No entro en pleito con Vos (Job, 9, 3), que sois la Verdad; y no quiero engañarme a mí mismo, para que mi iniquidad no mienta contra sí misma (Ps. 26, 12). No entro, pues, en pleito con Vos; porque si os ponéis, Señor, a examinar las iniquidades, Señor, ¿quién quedará en pie? (Ps. 129, 3).
 

CAPITULO SEXTO
Primeras acciones de la infancia
7) Permitidme, sin embargo, que yo hable en presencia de vuestra misericordia, yo, tierra y ceniza (Eccli. 10, 9); permitidme, sin embargo, que hable, pues veis que es a vuestra misericordia a quien hablo, no a algún hombre que se mofe de mí. Y Vos también os mofaréis tal vez de mí, pero volveréis a mirarme, y tendréis compasión de mí.
Pues ¿qué es lo que quiero deciros, Señor Dios mío, sino que ignoro de dónde bien yo acá (1), a esta… no sé si diga vida mortal o muerte viviente? Y me recibieron los regalos de vuestra misericordia (Ps. 93, 19), según oí decir a los padres de mi carne, aquel de quien y aquella en quien me formasteis en el tiempo; pues yo no me acuerdo. Recibiéronme, pues, los regalos de la leche humana. Pero ni mi madre ni mis nodrizas proveían de leche a sus pechos, sino que Vos, por medio de ellas, me dabais el alimento de la infancia según el orden de vuestra providencia, que depositó en la naturaleza semejantes tesoros. Don vuestro también en no querer yo más de lo que me dabais: y el que mis nodrizas quisieran darme lo que Vos les dabais: pues con amor ordenado querían darme aquello de que abundaban por Vos; pues era un bien para ellas el bien que yo de ellas recibía, aunque no era de ellas, sino vuestro por medio de ellas; porque de Vos procedían todos los bienes, oh Dios y de mi Dios toda mi salud. Esto lo conocí más tarde, por las voces que me dais con estos mismos bienes que dentro y fuera me concedéis. Porque entonces no sabía yo sino mamar, y disfrutar de los regalos, y llorar las molestias de mi carne: nada más.  

8) Después comencé también a reír: al principio, dormido; y luego despierto. Esto me han dicho que hacia yo, y lo creo, pues así vemos que lo hace los otros niños; porque de mí no me acuerdo.
Y poco a poco me iba dando cuenta de dónde estaba, y quería manifestar mis deseos a los demás para que los cumpliesen, y no podía; porque los deseos estaban dentro, y aquellas personas fuera, y con ninguna de sus sentidos podían penetrar en mi alma. Por eso agitaba los miembros y gritaba, signos expresivos de mis deseos, los pocos que podía y como podía; aunque no eran verdaderamente expresivos.
Y cuando no se me daba gusto –o porque no me entendían, o porque n me convenía-, me enojaba con mis mayores porque no me obedecían, y con las personas libres porque no me servían; y me vengaba de ellos llorando. Así he observado que son los niños que he podido observar; ellos, sin saberlo, me han enseñado lo que yo fui en aquella edad, mejor que los que me criaron y lo saben. 

9) Cierto es que mi infancia hace mucho que murió, y yo vivo. Mas Vos, Señor, que siempre vivís, y en Vos nada muere -porque antes del principio de los siglos, ya antes que todo cuanto tiene “antes” (2) sois Vos, y sois Dios y Señor de todo lo que habéis creado; y en Vos se hallan estables las causas de todas las cosas inestables, y permanecen inmutables los orígenes de todas las cosas mudables, y viven las ideas  eternas de todas las criaturas irracionales y temporales-, decid, Dios mío, a este vuestro siervo que os ruega; decid misericordioso, a este vuestro miserable; decidme si mi infancia vino después de alguna otra edad mía que ya hubiese fenecido, o si fue tal vez la que pasé en las entrañas de mi madre. Porque también de ésta me han dicho alguna cosa; y yo mismo he visto mujeres embarazadas. Pero aun antes de aquella edad, dulzura mía, Dios mío, ¿era yo algo o estaba en alguna parte? (3)
No tengo quien este me declare: ni mi padre ni mi madre pudieron, ni la experiencia de otros, ni mi memoria. ¿Es que os reis de mí porque lo pregunto. Y me mandáis que os alabe y confiese por lo que conozco? 

10) Os alabo, Señor de cielo y tierra (Mt. 11, 25), y os glorifico por los principio de mi existencia, y por mi infancia, de que no tengo memoria; pero Vos concedisteis al hombre, por las acciones de otros, conjeturar las propias, y crear muchas por el testimonio de las mujercitas. Ser tenía yo entonces y vivía: y ya al límite de mi infancia buscaba señas con que dar a entender a los otros mi deseos. ¿De dónde vino semejante animalito sino de Vos, Señor? ¿Hay acaso alguien que sea artífice de sí mismo?, o ¿hay algún venero por donde corra desde otra parte hasta nosotros el ser y la vida, sino que nos hacéis Vos, Señor, en quien no es una cosa el ser y otra el vivir, pues el supremo ser y el supremo vivir es la misma cosa? Porque supremo sois, y no os mudáis (Mal. 3, 6), ni pasa por Vos el día de hoy, aunque transcurre en Vos, pues en Vos están todas estas cosas; que no tendrían camino para pasar, en Vos no las sostuvieseis.  Y como vuestros años no fenecen (Ps. 101, 23), son vuestros años un día de Hoy (4). ¡Cuántos días nuestros y de él recibieron su medida, y tuvieron ser, cualquiera que fuese: y todas las cosas de mañana y después, y todas las de ayer y antes, Hoy las haréis, Hoy las hicisteis.
¿Qué me importa si algunos no lo entiende? Gócese también este tal y diga: ¿Qué es este? (Ex. 16, 15).

PORLA