CAPITULO SEPTIMO
Desórdenes de
la infancia
11) Oídme, oh, Dios: ¡Ay de los pecados de los
hombres! Y esto lo dice un hombre; y Vos os apiadáis de él; porque Vos le
hicisteis, mas no hicisteis en él el pecado.
¿Quién me recuerda el pecado (1) de mi infancia,
pues delante de Vos, nadie está limpio de pecado, ni aun el niño que cuenta un
solo día de vida sobre la tierra? (2) ¿Quién me lo recuerda? ¿Acaso cualquier
párvulo tamañito de ahora, en quien veo lo que no recuerdo de mí?
¿Pues en qué pecaba yo entonces? ¿Acaso en que
ansiaba el pecho llorando? Porque si ahora buscase con aquella ansia, no el
pecho, sino el alimento conveniente a mi edad, justísimamente se mofarían de mí
y me reprenderían. Luego entonces hacía cosas reprensibles; mas como no podía
entender la reprensión ni la costumbre ni la razón permitían que se me
reprendiese.
Pero cuando vamos creciendo desarraigamos y echamos
de nosotros semejantes defectos; y jamás he visto hombre cuerdo que, al limpiar
una cosa, le quite lo bueno. ¿Acaso era bueno también por razón de edad pedir
llorando aun lo que fuera dañoso que se me diese; encorajinarme bravamente, aun
con las personas mayores y libres que no se me sometían, y aun con los propios
padres; y a otros muchos, que, más prudentes, no accedían a la señal de mis
caprichos, esforzarme con golpes por hacerles todo el daño posible, porque no
obedecían a unas órdenes que con perjuicio hubieran sido obedecidas?
De manera que la debilidad de los miembros
infantiles es inocente, no el ánimo de los niños (3).
Vi yo y observé un niño envidioso; aun no hablaba,
y ya miraba lívido y con rostro ceñudo a su hermanito de leche. ¿Quién no sabe
esto? Las madres y nodrizas dicen que, con no sé qué remedios, lo conjura (4).
Si no es que sea también inocencia el no sufrir por compañero en la fuente de
la leche que mana copiosa y abundante, al que está necesitadísimo de socorro, y
con solo aquel alimento sostiene la vida. Toleranse empero blandamente estos
defectos; no porque no lo sean, o porque sean pequeños, sino porque
desaparecerán con la edad. Prueba de ello es que cuando se hallan en personas
mayores, no pueden sobrellevarse con paciencia.
12) Vos, pues, Señor Dios mío, que de niño me
disteis vida y cuerpo, al cual dotasteis, como vemos, de sentidos, y concertasteis
sus miembros, y lo adornasteis de hermosa figura, y para su integridad e
incolumidad le infundisteis todos los instintos de la vida animal, me mandáis
que os alabe por estos dones, y que os confiese y celebre vuestro nombre, oh
Altísimo (Ps. 92, 2); porque sois Dios todopoderoso y bueno, aunque solo
hubierais hecho estas cosas que nadie puede hacer sino Vos, ¡oh Uno, de quien
procede toda proporción, hermosísimo, que dais forma a todas las cosas, y las
ordenáis todas con vuestra ley!
Aquella edad, pues, que no recuerdo haberla vivido,
sobre la cual creo lo que otros me han dicho, y por otros niños conjeturo que
yo debí pasarla –si bien esta conjetura es muy digna de crédito-, no me atrevo,
Señor, a contarla en esta vida que vivo en este siglo. Porque en lo tocante a
las tinieblas del olvido, es igual a aquella que viví en el vientre de la
madre. Pues si fui concebido en pecado me crió mi madre en su seno (Ps. 5, 7),
¿dónde, Dios mío, ruégote; dónde, Señor, yo, tu siervo, dónde o cuándo he sido
inocente?
Pero dejo ya a un lado aquel tiempo; ¿y qué tengo
yo que ver con él, pues no ha dejado rastro de sí?
CAPITULO OCTAVO
La niñez -
Aprende a hablar
13) ¿Acaso desde la infancia, siguiendo adelante,
no llegué a la niñez? (1). O por mejor decir, ésta vino a mí, y sucedió a la
infancia. La cual no se retiró –porque ¿a dónde se fue?-. Y sin embargo, ya no
existía; porque ya no era yo infante (2) –que no hablase-; mas era niño que
hablaba. De esto me acuerdo; y más tarde advertí cómo había aprendido a hablar.
Porque no me enseñaron las personas mayores, presentándome las palabras con
determinado método de enseñanza, como poco después las letras, sino yo mismo,
con el entendimiento que Vos, Dios mío, me disteis, cuando con mis gemidos y
voces diversas y variados movimientos de cuerpo, quería expresar los deseos de
mi corazón para que hiciesen mi voluntad y no podía hacer que me entendiesen
todo y todos los que yo quería, empecé a fijar en la memoria, cuando ellos
nombraban alguna cosa; y cuando, al nombrarla, la señalaban con algún
movimiento del cuerpo, yo, al verlo, entendía que aquella cosa se llamaba por
aquel nombre que pronunciaban cuando querían señalarla. Que esta fuera su
intención, descubríase por los gestos del cuerpo, que son como palabras
naturales de todas las gentes, y se hacen con el rostro, con la mirada y con
los diversos movimientos de los otros miembros, y con la modulación de la voz,
que expresan los afectos del alma al pedir, retener, rechazar o huir de alguna
cosa. De este modo, oyendo muchas veces las mismas palabras, aplicadas a las
mismas cosas en diversas frases, colegía poco a poco qué objetos significaban;
y después de avezar mi boca a pronunciarlas, comencé a declarar mi voluntad por
medio de ellas.
Así empecé a usar los mismos signos que los otros
para comunicar mis deseos a los que me rodeaban; y avancé más adentro en el
proceloso consorcio de la vida humana, pendiente de la autoridad de mis padres
y del gobierno de mis mayores.
PORLA

